Luis Manuel Otero Alcántara: el culto al líder manifestado como su contrario

Lo que resulta sorprendente, casi siete décadas después del horror totalitario, es que no comprendamos cuán diferenciada puede ser la violencia según los casos, cuán calculada y diseñada puede ser la supuesta arbitrariedad de la imposición de esa violencia; y la manera en que seguimos (como comunidad) colaborando con el régimen en la tarea de repartir culpas entre las víctimas.

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I

Los sucesos de los últimos días en torno a la llegada a Miami de Luis Manuel Otero Alcántara deberían servir para iniciar una conversación donde la comunidad cubana opositora al régimen se planteara reconocer su obsesión casi patológica por un líder carismático que termina por manifestarse como su contrario: la acción compulsiva por destruir a cualquiera que haya tenido capacidad de influir en los rumbos de la contestación cívica y contribuir a la articulación de un cuerpo político. Hoy es Luis Manuel Otero Alcántara, pero antes han sido otros, y así seguirá siendo seguramente mañana. Calcular libras de peso corporal, especular sobre precios de un reloj, escuchar paranoicamente cada segundo de palabras dichas a menos de una semana de salir de cinco años de encierro y 11 días en una casa de la Seguridad del Estado cubano para inferir de ellas una culpabilidad sospechada y en espera de su propia confirmación. Desviar, en fin, la responsabilidad de un régimen criminal hacia una de sus víctimas porque no luce ni actúa suficientemente como víctima, parece ser el último episodio de una pulsión nacional alimentada por el culto a un líder que resultó siendo un sociópata, pero del que parece difícil librarse.

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Hay en esa pulsión mucho de identidad trastocada; un odio tan visceral al régimen que solo reconoce como igual a quien pueda encarnar a la víctima perfecta o al líder perfecto, o a la combinación de ambos que consiste en pagar con el martirologio el derecho a tener voz y ser escuchado. Hay también probablemente mucho de indignación prefabricada, de la que participan tanto agentes encubiertos como colaboradores no intencionados por su propensión a la reactividad y la indignación sin mediaciones. Y hay, para complicar aún más las cosas, un entorno que suma ruido y radicalidades virtuales porque premia (en unos casos con reacciones y en otros con monetización) el exceso emocional y la violencia.

La expectativa de liderazgo que se manifiesta como su contrario –o sea, como deseo de destrucción de cualquiera con capacidad real de influencia– es una pulsión que opera continuamente contra la posibilidad de la acción política. Primero, porque, por definición, el líder esperado por la comunidad ávida y expectante, que demanda la llegada de su Mesías, no existe. Y no existe solo porque no exista ser humano perfecto que domine la palabra, la acción y tenga el carisma suficiente para convocar a su alrededor una nación destrozada en miles de pedazos, sino porque la acción misma de esa comunidad lo impide. Si cada activista, expreso político, artista, periodista, incluso figura propiamente política que puede convocar a su alrededor un segmento de esa enorme y fragmentada comunidad cubana, es confrontado una y otra vez con la maquinaria destructiva, la articulación posible que una persona comprometida con la causa pudiera convocar corre el riesgo de morir antes de nacer.

Es –entre otras razones– esa dinámica que circula interminablemente entre el deseo y la eliminación de su posible fruto la que conspira contra la posibilidad de hacer política en su sentido más básico. La acción política, en particular en las condiciones en extremo restrictivas de la realidad cubana, requiere encontrar una forma de superar las fracturas y las limitaciones impuestas por el contexto, para producir articulaciones, alianzas y capacidad real de incidencia contra un régimen que se sostiene hoy a través de la violencia y la represión descarnadas, pero también a través de maniobras de manipulación dirigidas justamente a impedir cualquier intento de articulación.

El caso de Luis Manuel Otero Alcántara es paradigmático del uso de esas maniobras. Ante la inminencia del cumplimiento de su tiempo en prisión y a la espera de la gestión que conducirá a su objetivo esperado –la expulsión de Cuba–, el artivista fue conducido a una casa de protocolo (eufemismo horrible para un lugar que es básicamente un sitio de retención bajo el control de la Seguridad del Estado) en la que todo parece estar bien: hay comida, hay incluso comida y cerveza, y visita familiar. La maquinaria propagandística represiva del régimen cubano calcula, como hace siempre, el impacto que tendrá la imagen de alguien que no sale famélico, y que ha tomado cerveza y se ha bañado en una piscina, y sabe que esos hechos serán leídos por cómplices y supuestos radicales de la misma manera: Luis Manuel no es una víctima, le sobran libras; osó incluso disfrutar la compañía de su hijo y tomarse unas cervezas. No importa lo que dirá después; la suerte está echada. Falta solamente incitar, ordenar o pagar a algunos influencers y medios prorrégimen para que comiencen a hablar –antes incluso de que Otero Alcántara se baje del avión en el sitio del destierro– de las libras de más. El resto de la construcción de este relato corresponde, voluntariamente, ese segmento de una comunidad que, a golpe de ser tan radical, ha terminado resultando funcional al mismo régimen al que dice oponerse. Lo que resulta sorprendente, casi siete décadas después del horror totalitario, es que no comprendamos cuán diferenciada puede ser la violencia según los casos, cuán calculada y diseñada puede ser la supuesta arbitrariedad de la imposición de esa violencia; y la manera en que seguimos (como comunidad) colaborando con el régimen en la tarea de repartir culpas entre las víctimas para así olvidarnos, por los días que dure el episodio de la catarsis, del verdadero victimario.

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II

En Matrix (con todo y que a estas alturas esa película ha sido usada para justificar cualquier cosa) hay una visión del liderazgo que, sin renunciar a una mirada individual del asunto, puede resultar más productiva que la obsesión con la aparición (o su reverso, que es la negación) de un líder o cualquier cosa que pudiera parecérsele. Esta visión me parece sobre todo más útil para devolver esa obsesión hacia nosotros mismos; para salir del desplazamiento continuo de responsabilidad que implica que el líder sea siempre alguien más, mientras uno mismo puede darse el lujo de excluirse de los deberes que implican participar en una tarea que es inevitablemente colectiva. En la película, Neo (el personaje protagónico interpretado por Keanu Reeves) ha sido profetizado como El Elegido para destruir la Matrix, y como tal, lleva sobre sí la expectativa de una comunidad que ha despertado (sabe que vive en la Matrix). Buscando la respuesta de si es o no el Elegido, y luego de salir de un encuentro con la Pitonisa con una respuesta negativa que no hace más que intensificar su tormento, Neo tiene que decidir, frente a un peligro inminente, si asume o no el riesgo de defender a sus amigos, y lo hace. Esa era justamente la respuesta a sus devaneos metafísicos. Ser “el elegido” es, más que un asunto de carisma o decisión cósmica de fuerzas que nos trascienden, el resultado de dar un paso y asumir responsabilidad en situaciones concretas. Nadie es de por sí un líder, se convierte en uno cuando se hace responsable y asume encargarse personalmente del problema de todos.

Por supuesto. Matrix, como mucha de la producción audiovisual y narrativa en eso que llamamos vagamente Occidente, no logra librarse de un entendimiento individual del asunto. Neo descubre qué es ser el elegido, pero ese descubrimiento, que podría aplicarse a cualquiera de los de su equipo, e incluso a la totalidad de quienes pelean a su lado por liberarse de la Matrix, sigue estando al servicio de una misión trascendente que solo él puede realizar.

En otros mundos sociales el liderazgo no es entendido como una capacidad exclusiva marcada por el carisma o el designio de algo más allá de lo humano, y por tanto puede moverse de persona a persona, o activarse únicamente cuando es necesario ante circunstancias excepcionales como una guerra o una catástrofe. Y, en ese punto, ni siquiera se trata ya completamente de liderazgo, porque se carece de la idea de excepcionalidad del individuo que parece intrínseco al concepto.

En el caso cubano, una idea verticalista de tintes incluso mesiánicos y providenciales del liderazgo resultó en el plegamiento a una figura particular que obtuvo, por su propia imposición, pero también por la devoción acrítica de todo un pueblo, el poder para imponer una dinastía totalitaria durante casi siete décadas. Esa misma idea ha terminado reproduciéndose en la forma de su contrario, una reactividad que impulsa, ante cualquier indicio de la capacidad de alguien de generar articulación y capacidad movilizativa, hacia la destrucción de la credibilidad y la legitimidad de la persona en concreto. Esta pulsión colectiva, sin embargo, en los últimos tiempos ha regresado en su forma originaria, como devoción al líder que todo proyecto autoritario requiere, solo que desplazada a un líder externo. Para un segmento de la comunidad cubana, Donald Trump resulta el depositario de las ansias, los anhelos y la esperanza de fin del régimen cubano.

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El desplazamiento de la responsabilidad termina produciéndose así de manera doble: como una negación de deseo que busca destruir a cualquiera que tenga capacidad real de articular y movilizar –no porque sea un Mesías, sino porque ha asumido la responsabilidad y el riesgo de involucrarse personalmente y ha entendido como propia la tarea que nos corresponde a todos–, y como reubicación de la adoración a alguien que va a solucionar nuestros problemas, a cambio de que lo sigamos y apoyemos ciegamente.

En las luchas sociales no hay elegidos –muchos menos, un Elegido–, así que la metáfora de Neo no tiene que ver aquí con Luis Manuel ni con ninguna figura que emerja como protagonista momentáneo de la pelea colectiva contra el régimen cubano. Se relaciona más bien con el reconocimiento de que a cada uno corresponde una responsabilidad, y que esa responsabilidad no reside en adorar ni en demeritar a nadie, sino en preguntarnos qué parte nos corresponde en la tarea mayúscula que nos excede, pero también nos contiene, la de trabajar para el fin del régimen totalitario cubano.

Ese reconocimiento debería venir acompañado de algunas preguntas: ¿cómo colaborar con la causa de los presos políticos y sus familias? ¿Cómo contribuir a que las protestas espontáneas adquieran una mayor organización y capacidad de coordinación? ¿Cómo ayudar a la supervivencia de una población que vive en la precariedad más desoladora? ¿Cómo participar de la construcción de una imagen de futuro que pueda inspirarnos más allá del objetivo inmediato de acabar con el totalitarismo?

Hay otras muchas preguntas, muchas más que respuestas, pero quizás la clave esté en hacérnoslas de manera personal, y no para saber quién se está ocupando de ellas y poder entonces decir, como si fuéramos jueces ajenos de dramas que no nos atañen, si lo están haciendo bien o mal. La clave está en plantarnos todas estas preguntas con la finalidad de responder qué más puede hacer, aquí y ahora, cada uno de nosotros. Y quizás incluso esas respuestas puedan colaborar a sumar fuerzas en este momento crítico de la historia cubana, para que acabemos con el totalitarismo, y también para que lo que siga no sea una réplica o una extensión de la misma tragedia, hablada en otro lenguaje y vestida con otro ropaje.

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HILDA LANDROVE
HILDA LANDROVE
Hilda Landrove. Investigadora, ensayista y promotora cultural cubana radicada en México. Se ha dedicado durante años al emprendimiento social y cultural, y más recientemente a la investigación académica en temas de antropología política. Es Dra. en Estudios Mesoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Entre sus principales líneas de investigación se encuentran la acción política en contextos cerrados, los movimientos políticos de los pueblos amerindios y las dinámicas del poder y el contrapoder a través de las disputas narrativas en la esfera pública. Es profesora de Cátedra del Tecnológico de Monterrey (campus Querétaro). Conduce y coordina el podcast Caminero.

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