Vengo leyendo en este tiempo algunos libros de autores nacidos en los noventa (o después) que me tienen fascinado. Algunos de ellos como JJ Romero, Fran Bariffi, Valeria Mussio, Eduarda Rocha y Martina Cruz podrían componer una idea contundente de lo poético en el presente. Las viejas preguntas siguen y seguirán, ¿lo coloquial, lo barroco, el yo presente, el yo diseminado, el efectismo, la cámara desplazada? Desde las poetas chinas de la dinastía Tang a la generación beat, desde los hijos del neoliberalismo a las vertientes folklóricas, en todas las posturas se reciclan las preguntas esenciales. El comentario viene para resquebrajar ciertos prejuicios perezosos sobre las poéticas contemporáneas que cuestionan un supuesto registro simple como primer plano.
Las cosas inútiles (Liliputienses, España, 2026; Santos Locos, Argentina, 2024) de Martina Cruz desarma políticamente esa crítica: “Ya no pienso que un poema pueda salvarme. / El poema es una cosa inútil. / A mí siempre me obsesionan / las cosas que no sirven para nada”. Vida y escritura, amor y confusión, desde los epígrafes de Estela Figueroa y Fabián Casas, este libro nos pone a pensar en nuestras definiciones sobre esas cosas que conforman una vida. Cosas ¿simples? No lo creo, aunque sí normalizadas y hasta a veces desatendidas. Las transitamos, las atravesamos desde la sensibilidad que se puede, corriendo en la cinta del tiempo, las valoramos como éxitos o fracasos, pero pocas veces las traducimos en palabras. Quizá allí aparezca una de las operaciones más interesantes del libro: no volver extraordinario lo cotidiano, como si hiciera falta embellecerlo, sino demostrar que ya estaba cargado de intensidad antes de ser escrito. La poesía no rescata esos objetos ni esas escenas; apenas les devuelve el espesor que el hábito les había quitado. En esa diferencia, mínima pero decisiva, se juega buena parte de la propuesta de la autora.
Hay un poema de la escritora norteamericana Marie Howe que siempre me gustó mucho y que volvió a mi mente durante esta lectura. Se titula “Lo que hacen los vivos” y comienza así: “Johnny, la pileta de la cocina hace días está tapada, algún cubierto probablemente cayó por ahí. / Y el Drano no funciona, huele peligroso, y los platos sucios se han ido apilando // a la espera del plomero que todavía no llamé. Eso es de lo que hablamos cada día” [trad. propia]. Este título parece ofrecer una clave para leer el libro de Martina Cruz: podemos concluir que lo que hacen los vivos es hablar, decir la vida, los hilos y nudos que hacen a su textura; traducir sus revelaciones, sus piedades, sus bellezas a palabras. El aliento vital se pega como las gotas de humedad al vidrio de las voces. Hay otros y hay tiempos que caben en ese dibujo antes de desvanecerse por completo: “Mi mamá mentía. / Volvíamos caminando de la estación de tren / comprábamos pan, leche, fideos / charlábamos de películas / de las cosas que pasaban en la escuela. // Cuando mi padre indagaba / ella simplemente: / volvimos en colectivo. // Le pregunté: ¿por qué haces eso? / Durante casi toda mi infancia ella estuvo incómoda / él apenas la escuchaba / me respondió: / quiero que algo sea mío”.
Las películas de esas conversaciones no son tan diferentes de la película del poema. Y, no casualmente, nuestra autora es también cineasta (recomiendo su ópera prima Nuestra cosa perdida). La posibilidad de exponer detalles y recortes de esos detalles en una secuencia que no necesita la linealidad hace que lo dicho sea imagen y viceversa. Las cosas: las cosas que pasaban en la escuela y las cosas que compraban; alimentos sencillos, sin lujo, poco metafísicos para cierta mirada de la poesía que se estanca en viejas impostaciones (sin embargo, ¿qué más materno que la leche y el trigo, más bendito, más elemental, más simbólico? Véase, por ejemplo, el claroscuro junguiano de la madre que bien se trasluce en estos poemas). La relación con los padres que el sujeto poético femenino va desarrollando es a su vez una relación con la lengua: “Vimos las olimpiadas / en pleno invierno / con mi papá desempleado / la televisión de aire fallaba / mostrándonos de a fragmentos / esa gente que enfocó toda su vida / en una sola cosa / para que nosotros podamos ver / lo que es tocar un sueño / desde una casa que se derrumba”.
Es la belleza de aquello que funciona a medias y que por ello no nos pertenece del todo. La TV y los padres, la imperfección que sale de lo estándar y lo aviva. Esa lejanía olímpica es lo que vuelve memorables a estas estampas. No obstante, no creo que este libro sea un álbum, pero sí pone en juego algunos de sus recursos por momentos de manera irónica: “No me voy a olvidar de vos / ni de esta noche / aunque no la escriba”. El blanco está, como en lo que no entra en foco, en lo que se guarda y desecha. Hay un plano de la poesía para uno mismo, una fotografía en el paréntesis personal: “Lo tuve claro desde chica. / Voy a escribir, voy a ser horrible. / Me aterra y me tranquiliza: / en la mentira es en el único lugar donde estoy completa. / La literatura es el último fortín / donde no tengo vergüenza”.
El no tener vergüenza puede leerse como el abandono de los mandatos: patriarcales, morales, económicos, entre los tantos que recaen sobre el sujeto. Es una actitud rimbaudiana: “l’enfant gêneur” que nombra en el poema titulado, justamente, “Honte” (“Vergüenza”). Ser la niña molesta, el estorbo, en el fortín final de lo sentimental. ¿Ya no se habla de lo sentimental? Ahora es preferible, menos vergonzoso, hablar de inversiones financieras e inteligencia artificial. Me gusta esta postura: ¿qué es de la poesía cuando la vergüenza domina el acto? Mera copia, un diálogo de siluetas tratando de encajar en algo, voceros de estéticas ya fenecidas. Como bien lo sabía el poco amable Arthur, la verdadera rebeldía está en ser horrible. Pienso en una rebeldía literaria, que no es poco; es, para muchos, ni más ni menos que la vida. Escribir sin vergüenza implica aceptar la torpeza, la contradicción, el cambio de tono, incluso la posibilidad del ridículo. En tiempos donde toda enunciación parece buscar aprobación inmediata, esa renuncia al prestigio resulta inesperadamente desafiante.
“arreglás el modem para que se vea bien el partido / vas a alentar aunque no sea tu camiseta / estoy muy drogada / tenés puesta una remera que dice lost fantasy / no nos veíamos hace cuatro años / no sé si estoy triste”. Ese texto es parte de una serie titulada “Lost fantasy”, dividida en cinco estancias. Me interesa que específicamente ese título surja del estampado de una remera. No hace falta explicar que los mensajes aleatorios inundan el paisaje humano con inscripciones entre absurdas y banales. Tan absurdas y banales que, a veces, me parecen bellas. Como en este caso, en que el significado de esa vestimenta se inscribe en lo sensible. Bien podría ser el nombre de una banda punk o el subtítulo de una adaptación de Peter Pan. De hecho, si lo googlean, es el título de un cómic (creado por Curt Pires y Luca Casalanguida) con reminiscencias a la clásica saga de videojuegos Final Fantasy,nacida en 1987. Esta última, paradójicamente con una serie ya de 16 entregas, tomó su nombre por ser el último intento creativo del legendario diseñador Hironobu Sakaguchi.
En el poema citado antes, las fantasías perdidas tampoco parecieran ser las últimas. Más bien un tramo reducido a la sintonía de un televisor o a una noche que se estira, en el resto de las estancias, todo lo que puede estirarse una noche. Aparecerá en esos últimos versos la idea del error, del hablar sin que se entienda, como una falla en el modem humano.
Acaso por eso el libro insiste tanto en las interrupciones. No porque celebre el fracaso, sino porque entiende que allí, donde la experiencia deja de ser transparente, comienza el trabajo de la escritura. Los poemas no buscan cerrar una verdad sino sostener una forma de atención sobre aquello que normalmente pasa de largo. Todo lo que este libro recoge –fallas, desechos, fugacidades, fugas– termina siendo exactamente aquello que una escritura necesita para ser congruente consigo misma. Ser una propuesta con suficientes pliegues para sostener lecturas nutritivas y defraudar la última fantasía del lector: la de creer que la poesía todavía puede reducirse a una sola idea de sí misma.


