Aunque no soy un historiador ni un politólogo ni un economista ni un sociólogo y ni siquiera me dedico preferentemente al estudio de las ideologías ni a los análisis culturológicos, sino al ensayo literario, especialmente sobre poesía, y si algún pensamiento me interesa es el pensamiento poético —tan aparentemente lejano, pero tan cercano al filosófico—, hace más de diez años tuve que redactar para la Historia de la Literatura Cubana un epígrafe sobre un grupo de ensayistas de la época republicana. A esa coyuntura debo mi conocimiento de dos pensadores que desde entonces agradezco haber leído casi en su totalidad: Jorge Mañach y Medardo Vitier.[1] Pero enseguida algo me perturbó. ¿Cómo era posible que dos obras tan importantes para la cultura cubana hubieran permanecido silenciadas por más de treinta años, incluso en los claustros universitarios y en los medios académicos en general? En el caso de Mañach, silencio mediado hasta por cierta leyenda negra.[2]
La respuesta la sabemos todos: no fueron pensadores marxistas —aunque Vitier simpatizara con el ideal social del socialismo—. En el caso de Mañach, su intensa y controvertida actividad política, que lo situó a veces en posiciones de derecha, lo hacían escapar de ciertos esquemas ideológicos que mediaban entonces el análisis cultural, y se le vinculaba directamente (no sin razón, por cierto) con la expresión de un ideario burgués. Razones ninguna de peso suficiente para extirpar de nuestra cultura nacional a dos de sus más lúcidos exponentes.
Debo confesar que, entre ambos, y sin que ello implique ningún juicio de calidad ni ninguna jerarquía intelectual, prefiero a Vitier, acaso porque me conmueve más, y porque su pensamiento tuvo más trasfondo filosófico y más comprensión del pensar poético que el de Mañach, quien ofrece una impresión más aséptica para mi gusto personal. He pensado también si la severa formación de Mañach en medios académicos norteamericanos, que lo convertían en una rara avis en el medio cultural republicano, más acaso las características de su propia personalidad, así como cierta sobrevaloración de la inteligencia, de las minorías cultas, entre otros factores, no le granjearon a Mañach —pasiones políticas mediante— cierta antipatía, como si emanara de su persona una distancia incómoda, sensación que se trasmitía a cualquier tema que abordase.
Eso quizás explique por qué, en muchas de las polémicas en que se vio envuelto (con Rubén Martínez Villena, con Juan Marinello, con José Lezama Lima, entre otros),[3] uno tenga la impresión de que sus opositores fueron algo desproporcionados, como si se opusieran en realidad a algo más, algo invisible, que radicara, más allá de sus ideas, ya en su persona, ya en el tipo de intelectual que representaba. Eso, y ser portador de un discurso casi siempre brillante, inteligente —por polémico que fuese—, dicho o escrito además con una gran precisión e incluso elegancia, en fin, con un inconfundible estilo, debió ser al menos una parte de los motivos que hicieron de su figura pública blanco de tantas críticas y recelos.
Otra razón, esta más general, es aquella que pudo distinguir a Mañach como el intelectual emblemático de la República, algo así como el representante oficial de una república tan criticada por tantas tendencias; incluso, paradójicamente, por el propio Mañach, quien, por ejemplo, a los epítetos posteriores de república mediatizada o neocolonial, o a la calificación de pseudorrepública, anticipó el de desustanciada.[4] Sin embargo, ya visto con cierta distancia y objetividad, ninguno de esos criterios, objetivos o subjetivos, justos o no, justifican el desconocimiento (mucho menos el mal conocimiento o conocimiento parcial) de uno de los pensamientos mejor estructurados, más lúcidos, de toda la historia de nuestra cultura y en donde la problemática de la conciencia nacional cubana tuviera un peso tan sustancial.
Un buen retorno
No ha sido hasta la presente década de los años 90 cuando su obra ha vuelto a valorarse con más objetividad. Se reeditó su hermosa biografía Martí, el apóstol;[5] y pronto se publicarán su Estampas de San Cristóbal en la colección El Ateneo y una compilación de sus ensayos por la Editorial Letras Cubanas, que incluye su conferencia “La crisis de la alta cultura en Cuba”, sus libros Indagación del choteo e Historia y estilo, y su texto “El espíritu de Martí” que se reprodujo en la desaparecida revista Albur, precedido por unas palabras de Graciela Pogolotti.[6] En las publicaciones periódicas cubanas han aparecido al menos tres ensayos panorámicos que intentan rescatar el valor de su pensamiento para nuestra cultura, a saber: “Jorge Mañach: un pensador polémico”, de quien esto escribe, “Mañach o el desmontaje intelectual de una república”, de Rafael Rojas, y “Mañach, el vilipendiado”, de Jorge Domingo. Acaba de publicarse en La Gaceta de Cuba el ensayo de Salvador Arias “Martí en Jorge Mañach”, seguido de dos breves y tempranos textos de Mañach sobre Martí.[7]Aún espera por ser recopilada una enorme cantidad de sus colaboraciones en las publicaciones periódicas cubanas. No obstante, es un buen retorno, aunque todavía no exento de recelo. En esta ocasión me limitaré a comentar algunos contenidos ideológicos de su libro Historia y estilo[8] y a hacer algunas consideraciones sobre su estilo y la proyección de su pensamiento, así como sobre la calidad y cualidad de su ensayismo.
La nación añorada
Pudiera afirmarse que también por azar cronológico Jorge Mañach es el ensayista —nótese que no digo pensador— paradigmático de la República “desustanciada”, pues nace en 1898 y muere en 1961, es decir, nace en las vísperas de su instauración y muere inmediatamente después de su desaparición, justamente —y valga la trágica paradoja— cuando alcanzó nuestro país la tan añorada por Mañach categoría histórica de nación. Asimismo, nace en el año de la primera guerra imperialista moderna, la Guerra Hispano-cubano-norteamericana, preludio del primer ensayo neocolonial en América Latina, y muere después de algo más de dos años del triunfo de la Revolución cubana, que devendrá el primer ensayo de una revolución socialista en nuestra América.
Vivió Mañach a lo largo de toda esa República con la obsesión y la esperanza de que de su seno pudiera emerger algún día la nación cubana. Por eso, por la conciencia profunda y dramática de esa carencia, fue uno de sus críticos más lúcidos y constantes. No en balde proyectó escribir un libro con el nombre de “La nación que nos falta”, como prolongación de su conferencia —recogida en Historia y estilo— “La nación y la formación histórica”,[9] por “el deber —dice allí— en que todos los cubanos estamos de crearnos la nación que nos falta”,[10] y ya al final de este ensayo habla incluso de su “conquista”.[11] Repárese en que ese texto fue escrito a principios de la década de los 40, después de creada la importante Constitución del 40, y, sin embargo, el ideólogo de una hipotética burguesía nacional cubana consideraba que Cuba no había alcanzado la categoría histórica de nación; cuando más, escribía allí, meliorativamente, “andamos en rumbo de nación”.[12] En un ensayo anterior, publicado inicialmente en el periódico Acción, en 1934 —es decir, inmediatamente después de la revolución antimachadista, pero recogido también en Historia y estilo—, añora “la Revolución verdadera, la que sí lleva mayúscula y está todavía por hacer…”.[13] Por eso no es de extrañar que se oponga resueltamente al golpe de Estado de Fulgencio Batista, participe en la campaña pro-amnistía política para los asaltantes, entonces presos, del Cuartel Moncada, y salude a la Revolución triunfante del Primero de enero de 1959. Aunque, como también es coherente con el carácter y los límites de sus ideas políticas, muera desencantado del rumbo socialista de la Revolución, mientras impartía un curso en la Universidad de San Juan, Puerto Rico.
¿Qué hubiera pasado de no haber muerto en fecha tan temprana? ¿Cuál hubiera sido su probable trayectoria futura? Muchas veces he escuchado estas interrogantes. Algo pudiera acaso barruntarse por su libro póstumo, Teoría de la frontera,[14] con el contenido de sus conferencias en Puerto Rico, pero no creo que Mañach fuera una persona fácilmente previsible. Si por un lado no escondió nunca sus simpatías por algunos valores positivos de la cultura norteamericana, ni su afinidad con ciertos principios pragmáticos de aquella nación —los cuales veía como necesarios para nuestro país—, amén de que su nacionalismo burgués preveía para Cuba un Estado capitalista con una República liberal burguesa como sustentadora de la nación cubana; por otro, por consecuencia con su propio ideario nacionalista, fue un acérrimo crítico del plattismo, y de la funesta mediación norteamericana.
Al igual que Lezama Lima, por ejemplo, consideraba que los Estados Unidos habían interrumpido el proceso de integración histórica de la nacionalidad cubana, logrado en la culminación del siglo XIX. ¿Cómo hubiera reaccionado Mañach ante la severa agresión de toda índole que comenzó a ejercer el gobierno de aquel país contra Cuba inmediatamente después de su muerte? No lo sabemos, y más vale no especular. Atengámonos por lo pronto a los hechos conocidos. Entre ellos, a uno muy importante: en la década de los 50 Mañach militaba en el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). Un análisis del ideario económico, político y social de Mañach revela cómo, en muchos aspectos esenciales, su pensamiento coincide con el desenvuelto en el programa del Movimiento 26 de Julio y expresado por Fidel Castro en su conocido alegato La Historia me absolverá.
Como ya aventuré en mi ensayo ya citado, la contradicción mayor de Mañach estuvo en querer ser el ideólogo de una burguesía nacional inexistente, en prever utópicamente, como fundamento de la nación cubana, un Estado liberal burgués —eso sí, antineocolonial y nacionalista— porque la única burguesía realmente existente en la República fue una burguesía dependiente. Mañach preveía que una Revolución —que él quería, citando a Martí, “con todos y para el bien de todos”— no tenía que interrumpir el proceso de integración de la nación que había comenzado en el siglo XIX cubano la burguesía insular, sino encauzar, dentro de la misma República, dicho proceso. En ese dilema imposible, en esa contradicción entre el ser estructural de la burguesía entreguista cubana y el deber ser de Mañach quedó detenido, congelado, su pensamiento político.
Sin embargo, concurrentemente con la proyección de ese deber ser —porque como él mismo afirmaba, “los pueblos también se definen por lo que se proponen ser”—,[15] y más allá de los límites objetivos, históricos de su ideario, en el contexto particular cubano su pensamiento contribuyó como pocos, con frase de Rafael Rojas, al “desmontaje intelectual de la República”, esto es, a su crítica profunda, a la vez que estimulaba un positivo proceso de integración social como garantía de la consolidación futura de nuestra nación. Por un lado, pues, está su medida, fundada en su perspectiva burguesa nacionalista; por otro, empero, no puede desconocerse la actividad de su pensamiento, este sí muy atendible en muchas proyecciones teóricas, metodológicas incluso, como puede apreciarse —por ejemplo— en muchos de los contenidos de su “Esquema histórico del pensamiento cubano”, ensayo que, aunque polémico en muchas instancias puntuales, constituye un modelo de análisis de una circunstancia concreta desde una perspectiva ideológica determinada.
Incluso, en muchos aspectos, su pensamiento, opuesto a las tesis del materialismo histórico, cala con agudeza en la problemática nacional cubana, a la vez que anticipa males que fueron consecuencia de una aplicación mecánica o mimética del socialismo. Como ejemplo de dos de los momentos más lúcidos del pensamiento de Mañach, citaré dos párrafos de su ensayo “Esquema histórico del pensamiento cubano”. El primero, y más conocido, es el siguiente:
“Quedó entonces Cuba lista efectivamente para lograr la Nación [se refiere al término de la guerra del 95 y fundamentalmente al inicio de la República], que es cosa muy distinta de la mera nacionalidad jurídica. Pero la insustanciación económica de la Independencia por un lado, y por otro el plattismo, que dejó como intervenida por voluntad ajena la aspiración de la conciencia cubana, se combinaron para que lo meramente formal y jurídico prevaleciera. Durante los primeros treinta años de soberanía, solo por excepción significativa (Sanguily, Juan Gualberto Gómez, Márquez Sterling) se invoca en Cuba a la Nación. Solo se habla de «la República»: de la forma, no de la sustancia; de la ley, no de la vida; de lo convencional, no de lo real. Se repitió en nuestra tierra lo que con tanta insistencia había advertido Martí al enjuiciar la independencia en las otras zonas de la América nuestra: «la colonia siguió viviendo en la República». Y no se le ocultó al juicio contemporáneo más sincero que todo había venido a parar aquí en una mera figuración de himno y bandera, sin independencia vital efectiva. Economía precaria y de mando ajeno; tierra en fuga; moneda y banca extranjeras; españolidad enquistada y cubanidad en derrota; cultura perezosa y mimética; política vacía de sensibilidad social; conato de Estado en una patria sin nación.”[16]
Mañach, en una sociedad neocolonial, padecía, como vocero de una utópica burguesía nacional independiente, el límite, también inexorable, de la condición entreguista, dependiente, de la burguesía de la Isla que, pese a la tradición antimperialista cubana, podía hacer posible la otrora frustrada tendencia anexionista.
El segundo párrafo aludido es el más importante a mi parecer, porque, en apretada síntesis, y por vía negativa, Mañach va enumerando todos aquellos elementos que conspiran contra la integración social de una nación, pero ya no desde una perspectiva teórica, como había hecho en razonamientos precedentes, sino aplicados al caso particular cubano. A través de ellos se podrá apreciar, incluso, no ya la agudeza con que el ensayista disecciona el contexto cubano o el estado de la nacionalidad cubana en la década de los 40, sino que el lector atento podrá detectar algunos elementos negativos, todavía hoy no resueltos o que amenazan por reaparecer. Dice Mañach:
“Más doloroso es el trance de los pueblos que son patrias y no han logrado llegar a naciones —aquellos que, habiendo alcanzado todas las condiciones iniciales para la nacionalidad, se han visto frustrados o detenidos en el logro de ella. En su ámbito, todo se ha vuelto provisional, inseguro, problemático. Ricos de pasado, no lo sienten ya, sin embargo, como asidero; ilusionados de futuro, viven en perenne aprehensión de su propio porvenir. Por glorioso que sea su historial, no resulta objeto de veneración pública. Las tradiciones apenas cuentan. Los ritmos colectivos de la costumbre se ven cada vez más desplazados por los manierismos sociales y las oleadas de la novelería. La recordación patriótica es un cumplido, y a menudo un cálculo logrero. Se mira la propiedad pública como bien mostrenco, accesible a todos los descuidos y vandalismos. Hasta los amores terruñeros han cobrado no sé qué aire rutinario de fidelidad animal, cuando no es que la tentación de la ciudad le devora su gente al campo, y la posibilidad de medrar en el extranjero le quita ciudadanos a la patria. La ley es siempre una norma sin gloria, una imposición que todos procuran esquivar. Los hombres públicos —que, por lo demás, no suelen merecer otra cosa— se mueven entre la fidelidad servil y la difamación sistemática. Los cultores del espíritu tienen que hacerse un mundo propio para que la general indiferencia no los desaliente. No hay avidez de autocontemplación histórica, ni ambiente para la obra sustantiva, ni estilos que acusen un alma común. Toda la vida de la comunidad tiene un aire desmesuradamente festivo o angustiadamente melancólico. Solo el individuo se comporta como soberano, aunque en el fondo sea muy precaria su independencia vital. Los ricos se desentienden de los pobres; la «sociedad», entre comillas, de la sociedad verdadera; los ciudadanos, de los partidos; los partidos, del pueblo; y el pueblo, de todo lo que no sea su incertidumbre de cada día. La soberanía colectiva anda siempre en duda y aprensión. El Estado no tiene densidad de nación en que apoyarse e improvisa sus políticas según los humores de turno, sin grandes puntos históricos de referencia. Todo, en fin, está como sin raíces, expuesto a ser barrido por cualquier fuerte viento de fuera.”[17]
Una pregunta me ronda con insistencia: ¿cómo pensaba conciliar Mañach una república sin todos estos lastres, una república independiente, anticolonial, antimperialista, con el imprescindible desarrollo de una industria nacional —algo todavía no logrado, pero que ciertamente indica que Mañach valoraba ya el límite que significaba para Cuba su deformación económica estructural, que la condenaba al subdesarrollo con todas sus consecuencias— con una república liberal burguesa? ¿No había algo de utópico en la República con que soñaba Mañach? Efectivamente, su pensamiento suele ser muy contradictorio, lo cual no disminuye para nada su caudal de aciertos o desaciertos. Hay que valorar el hecho de que Mañach era un heredero de la tradición ecléctica —en un sentido creador— del pensamiento cubano del xix, que se debatía entre los polos de la creación y el mimetismo dentro de los límites de una sociedad colonial, cuya burguesía criolla o sacarocracia tuvo en la esclavitud, durante mucho tiempo, un límite inexorable para su radicalización; de ahí las tendencias reformistas primero, autonómicas o asimilistas después, del patriciado cubano. Mañach, en una sociedad neocolonial, padecía, como vocero de una utópica burguesía nacional independiente, el límite, también inexorable, de la condición entreguista, dependiente, de la burguesía de la Isla que, pese a la tradición antimperialista cubana, podía hacer posible la otrora frustrada tendencia anexionista. No por gusto Mañach no se permitió veleidades neoanexionistas —y recordaba siempre, como un valor, el antimperialismo martiano—. Por ejemplo, es muy sintomático que cite, a propósito del antianexionismo de Saco, este terminante juicio de aquel cubano sagaz: “Privada [Cuba] del apoyo de su antigua Metrópoli, víctima de la rapacidad americana, en cuyas garras perecerían sus tradiciones, su nacionalidad y hasta el último vestigio de su lengua”.[18] Juicio, por cierto, que conserva toda su vitalidad hoy día.
Otra contradicción muy visible de Mañach se aprecia cuando trata con frecuencia de conciliar, por ejemplo, lo que Rafael Rojas considera como las dos
racionalidades en pugna durante el siglo xix cubano, la pragmática, capitalista, y la ética, emancipatoria.[19] Es indudable que, de alguna manera, esas dos esquemáticas racionalidades confluyen en el ideario de Mañach; de ahí que trate, por ejemplo, de conciliar en la República (o a veces sencillamente al hacer la historia desde la perspectiva de su ideario burgués) la tendencia autonómica con el independentismo martiano, cuando afirma en “Esquema histórico del pensamiento cubano” que —refiriéndose a Martí— “Su apostolado separatista en el exterior coincide con la propaganda autonomista en Cuba, que difunde la cultura política y sensibiliza a la nación para el gran llamamiento de 1895”.[20]Inmediatamente antes había caracterizado la “fórmula autonómica” como “el esfuerzo cauteloso de la burguesía por desembarazarse de la explotación española sin comprometer su predominio social interior”,[21] acaso el mismo ideal de Mañach en la República con respecto a la dominación norteamericana. Finalmente, más allá de su discrepancia con el pensamiento marxista, al perfilarse el carácter socialista de la Revolución y constatar que esta iría más allá de los límites de una revolución liberal burguesa, tuvo que sentir que su ideal utópico de república se desvanecía. En Mañach pugnaron siempre en una contradicción insoluble las dos modernidades posibles, por eso se hace a veces tan difícil emitir juicios demasiado categóricos o simplificadores a la hora de calificar los derroteros de su pensamiento.
Hubiera querido detenerme en otros tópicos de su pensamiento, como el de su comprensión del antimperialismo martiano, tan claramente expresado y comprendido en el ensayo citado antes;[22] o refutar, si es que a esta altura hiciera ya falta, aquella crítica que lo consideraba afiliado a la tesis de la neutralidad de la cultura —bastaría leer simplemente su artículo “El estilo de la Revolución” para echar por tierra esa filiación. De más ardua dilucidación sería detenerse en sus presupuestos teórico-metodológicos y en las categorías que propone para el estudio del proceso histórico cubano y para la integración de la nación, que demuestran la actividad de su pensamiento, su voluntad de coherencia; virtudes —por encima de cualquier discrepancia puntual— de todo pensador, algo que ya había demostrado al escribir su Indagación del choteo (1928).[23] Queden, pues, estas insinuaciones como un estímulo para los investigadores y especialistas de estas disciplinas.
Ajuste de la palabra al concepto
El estilo de Mañach le confiere a su pensamiento parte importante de su eficacia comunicativa y persuasiva, el poder de trasmitir clara y directamente la esencia de sus argumentaciones sin renunciar por ello a cierta elegancia, cierta voluntad de forma, cierto moderado pathos incluso. Prosa reflexiva la suya, pero detentadora de cierta sensibilidad artística, de una armónica coherencia interna, recursos siempre ajustados a la expresión de su pensamiento. El mismo autor caracterizó así, acaso, su propia voluntad de estilo: “La actitud ensayística de por sí reclama un estilo peculiar de prosa, que retiene del impresionismo la agilidad y el matiz, pero asistiéndolos de una mayor precisión y firmeza estructural”.[24] Se declaró heredero del ensayismo de Ortega y Gasset, pero como advierte a propósito de Martí: “Sufrir una influencia ¿no es, al cabo, elegirla?”.[25] Describiendo el estilo de Ortega, perfila acaso el suyo: “ceñir el pensamiento del modo más exacto posible a la experiencia del ser y de las cosas es la clave del método fenomenológico”.[26] Y enseguida agrega: “es que el rigor lógico, la nitidez expresiva de la sustancia y el matiz, se conjugan con la gracia de la metáfora, utilizada ya no como ornamento, ni como ilustración siquiera, sino como fórmula de intuición”.[27] No hay, exceptuando el caso sobrecogedor de Martí, una prosa ensayística tan brillante como la de Mañach hasta la de un Cintio Vitier y, posteriormente, hasta la de un Roberto Fernández Retamar, que guarda con la de Mañach, por cierto, notables afinidades. Otros casos notables fueron los de Fernando Ortiz y Alejo Carpentier, y, tan singular como Martí, la de José Lezama Lima. En este sentido, no puedo dejar de mencionar la prosa de un gran historiador cubano, Manuel Moreno Fraginals.
Es precisamente en el ensayo final de Historia y estilo, “El estilo en Cuba y su sentido histórico”, donde Mañach explaya con mayor desenvoltura todas sus dotes de ensayista. Llega incluso a lograr una imbricación indiscernible entre su forma de expresión y sus contenidos, al hacer un sintético pero sugerente panorama de la evolución del estilo en Cuba de la mano de sus vicisitudes históricas, a través de la creación de imágenes significativas. Y ve las variaciones del estilo como concurrentes con las de la conciencia colectiva, esto es, les sorprende un sentido, una coherencia, una necesidad, imbricadas con el proceso histórico. Hay pocos ensayos sobre el proceso cultural cubano tan brillantes como este de Mañach. No puedo detenerme en el análisis de sus múltiples contenidos puntuales, aunque sí señalar, por ejemplo, que sus valoraciones del modernismo y del vanguardismo cubanos son muy revolucionarias.[28]Creo que este ensayo es el antecedente directo, aunque desde una perspectiva mucho más general, de un libro como Lo cubano en la poesía, de Cintio Vitier. Su conclusión final así lo demuestra: “Nuestro estilo no ha sido, en último análisis, sino el gesto artístico de nuestra conciencia en busca de su plena realización histórica”.[29]Y ya había expresado antes: “el estilo es un testimonio de lo más íntimamente histórico de la conciencia colectiva misma”.[30] Lo que sobresale siempre como ganancia final es su precisión conceptual, añorada virtud de todo gran ensayista de prosa reflexiva. Lo expresa así: “un ajuste delicado de la palabra al concepto”.[31] La tesis central de este ensayo la expone Mañach de la mano de su ejemplo supremo, José Martí:
“No quisiera extremar la tesis que estas páginas sustentan —la de un sentido histórico del estilo—; pero señalo el hecho, que no me parece fortuito, de que esa máxima libertad expresiva no se produzca en Cuba hasta el momento y el hombre que representan la voluntad decisiva de emancipación de la conciencia cubana. Se diría que hay una profunda afinidad entre la voluntad de forma frente a la norma y la voluntad de carácter histórico frente al régimen que la limita.”[32]
No es extraño que en los ensayos de Mañach se tenga la impresión de la preeminencia del pensamiento, de la conciencia, por sobre los procesos materiales sobre los que discurre. Eso se hace muy evidente en su “Esquema histórico del pensamiento cubano”. Una mirada simplista lo puede calificar de idealista. Pero, aunque así fuera, su idealismo, legítimo, no le impide alcanzar un notable realismo en sus argumentaciones.
Lo que decide la validez o no de un pensamiento, más allá de sus fuentes, es su validación por la práctica. Y, con todo, la realidad es también en cierto sentido lo que queremos que sea (al menos en el mundo cuántico la realidad es alterada cuando es iluminada por la conciencia, por lo que para establecer sus posibles leyes hay que contar con el sujeto. En última instancia, quien mira al objeto ¿no se está mirando de alguna forma también a sí mismo?, y si la realidad mirada reacciona a nuestra mirada, ¿no será que ella también de alguna forma nos mira a nosotros?; de ello podría colegirse que la materia siempre se mira a sí misma, es consciente de sí misma).
No estoy validando aquí ningún trasnochado idealismo subjetivo, a pesar de la no despreciable actividad cognoscitiva que puede desplegar la subjetividad. Como se ha demostrado finalmente por la ciencia más avanzada en el estudio de la materia, del universo, la física cuántica ha indicado la relevancia que tiene la conciencia, su capacidad para elegir, esto es, para establecer una medida. Quiere esto decir, en suma, que el conocimiento del universo, la comprensión y establecimiento de sus leyes, supone un conocimiento de participación, supone la medida de la conciencia.[33]Cierta vulgarización del marxismo nos regaló el facilismo de calificar como idealismo todo lo que se quería denostar, como si bastara la calificación de idealismo para descalificar un pensamiento. En última instancia, si la existencia del ser humano tiene algún sentido se lo debe al privilegio de su conciencia, y esta no existe sino para el conocimiento de sí mismo —como medio de cognición que es— y de la naturaleza. El ser humano ¿no es la conciencia de la naturaleza, del universo, de la materia?
Insisto en esto, solo porque la calificación de pensador idealista les valió tanto a Mañach como a otros pensadores cubanos su proscripción de la tradición creadora, revolucionaria, de la cultura cubana. Una de las consecuencias de esta minimización de la conciencia en la percepción de los fenómenos históricos y sociales, lo ha sido el descuido de la actividad de la cultura. De ahí las críticas a quienes confiaban, sobre todo, o le conferían un papel sobresaliente —cuando no decisivo— al papel de la cultura y de la educación en la consolidación de la nación cubana. Tal es el caso, entre otros, de Mañach o de Medardo Vitier; solo que el propio Mañach no consideró a la cultura, a la imprescindible actividad de su contemplación, como algo decisivo, como algo que estuviera por encima de otros órdenes de la realidad;[34] pero sí como un componente insustituible en la formación, sobrevivencia y perfeccionamiento de una nación, así como de cada persona.
No quisiera concluir sin tocar un punto muy delicado que constantemente me asediaba mientras releía Historia y estilo, de Jorge Mañach. ¿Por qué todo el tiempo sentía que la obsesión recurrente de este libro —la de encontrar una coherencia, una forma, incluso un estilo, al proceso histórico y cultural cubano, de la mano de su conciencia, de su amarga certidumbre de la nación que nos falta— no podía relegarla al pasado, esto es, no podía verla como una problemática privativa de la pseudorrepública? Asimismo, la obsesión subyacente, invisible, pero por eso mismo más poderosa, de todo su discurso, ¿no es siempre la búsqueda, la necesidad de encontrar un sentido? Y todo sentido último es necesariamente trascendente. Mañach mismo pensaba —y más que pensar sentía— con mucho acierto cuando escribía que “la nación, como estado moral que es, no resulta ponderable ni visible. Pero ¿no están siempre fuera de lo concreto los hechos y las fuerzas que más decisivamente mueven al mundo?”.[35] Pero enseguida advertía, después de plantearse un dilema hamletiano: “ser o no ser nación”,[36]que “si la nación no «se ve», tiene en cambio, modos muy inequívocos de manifestarse”.[37]
Y a revelar, descubrir esos modos, esas manifestaciones, dedicó todo este libro. Porque si la nación es trascendente, entonces la incesante búsqueda de un sentido devela el proceso ininterrumpido en que consiste siempre la cultura y la nación misma. De ahí que, aunque podamos sentir que a partir de 1959 vivimos por fin en la nación cubana, esa certidumbre no nos pueda conducir al espejismo de que ese proceso no pueda revertirse. Por eso es necesario sentir también la incertidumbre —como estímulo a la actividad del conocimiento—, porque es la única que nos puede alertar para salvaguardar la nación, para seguir, siempre, cuidando lo invisible, para continuar siempre buscando un sentido. Creo que esta es la lección mayor que se desprende del discurso todo de Mañach. Ahora mismo conviven con nosotros elementos desustanciadores de la nación. ¿Quién lo duda? Uno de ellos pudiera ser, por ejemplo, haber dejado en el olvido el sentido del pensamiento de Jorge Mañach. Creo que reconocerlo es uno de los más justos homenajes que le podemos hacer a los cien años de su nacimiento.
Notas:
[1] Jorge Luis Arcos: “Medardo Vitier: vivir es creer”, Revolución y Cultura, n. 3, La Habana, mayo-junio, 1996, pp. 4-10.
[2] Jorge Domingo: “Mañach, el vilipendiado”, Revolución y Cultura, n. 35, La Habana, noviembre-diciembre, 1996, pp. 14-19.
[3] Me refiero a las siguientes polémicas: con José Lezama Lima (véase Ciro Bianchi, nota 24, pp. 124-5, en José Lezama Lima, Imagen y posibilidad, Letras Cubanas, La Habana, 1981); con Rubén Martínez Villena, “Carta a Jorge Mañach”, El País, La Habana, octubre de 1927, y “Con motivo de la muerte de José Ingenieros”, en Órbita de Rubén Martínez Villena, Ediciones Unión, La Habana, 1964; y con Juan Marinello, “Carta a Jorge Mañach” y “Aventura y triunfo de la plástica de La Habana”, en su Cuba: Cultura, Letras Cubanas, La Habana, 1989.
[4] Jorge Mañach: “El estilo en Cuba y su sentido histórico”, Historia y estilo, Minerva, La Habana, 1944, p. 192.
[5] Jorge Mañach: Martí, el apóstol, (prólogo de Luis Toledo Sande), Letras Cubanas, La Habana, 1990.
[6] Jorge Mañach: “El espíritu de Martí” (1952), Albur, La Habana, mayo, 1992.
[7] La Gaceta de Cuba, n. 6, La Habana, 1998, pp. 34-40.
[8] Jorge Mañach: Historia y estilo, ob. cit.
[9] Jorge Mañach: “La Nación y la formación histórica”, Historia y estilo, ob. cit.
[10] Ibídem, p. 19.
[11] Ibídem, p. 64.
[12] Ibídem, p. 65.
[13] Jorge Mañach: “El estilo de la Revolución”, Historia y estilo, ob. cit., p. 99.
[14] Jorge Mañach: Teoría de la frontera, San Juan, Puerto Rico, 1970.
[15] Jorge Mañach: “La Nación y la formación histórica”, ob. cit., p. 25.
[16] Jorge Mañach: “Esquema histórico del pensamiento cubano”, Historia y estilo, ob. cit.
[17] Ibídem, pp. 42-44.
[18] Jorge Mañach: “Esquema histórico del pensamiento cubano”, ob. cit., p. 82.
[19] Véase Rafael Rojas, “La otra moral de la teleología cubana”; Cintio Vitier, “Comentarios a dos ensayos sobre axiología cubana”; y Arturo Arango, “Otra teleología de la racionalidad cubana”, Casa de las Américas, n. 194, La Habana, enero-marzo de 1994, pp. 85-113.
[20] Jorge Mañach: “Esquema histórico del pensamiento cubano”, ob. cit., pp. 87-88.
[21] Ibídem, p. 87.
[22] Escribe allí Mañach: “Con un nuevo siglo, se estrena también la República «con todos y para el bien de todos». Pero la avidez económica de un mundo político nuevo estaba en acecho. En la dimensión americana de su pensamiento, Martí había dado el máximo radio de previsión; había querido tomarle la delantera al imperialismo, mas este se percató justamente a tiempo para viciar su obra. Superada ya su fase pionera interior, los Estados Unidos necesitaban desahogar energías congestionadas, hacerse de nuevos mercados y puntos de apoyo estratégicos. Interviniendo en la emancipación de Cuba, adquirieron el derecho a mediatizar sus destinos. Obtuvieron el botín de la guerra y la Enmienda Platt. De suerte que la independencia política no se tradujo para Cuba ni en una soberanía cabal, ni en el resarcimiento inmediato de los quebrantos ocasionados a la burguesía y al pueblo por treinta años de luchas, expatriaciones y despojos. La independencia se encontraba con un pueblo divorciado de su riqueza”. Ibídem, p. 88.
[23] Jorge Mañach: Indagación del choteo, Editorial Libro Cubano, La Habana, 1955.
[24] Jorge Mañach: “El estilo en Cuba y su sentido histórico”, Historia y estilo, ob. cit., p. 193.
[25] Ibídem, p. 178.
[26] Ibídem, p. 196.
[27] Ídem.
[28] Jorge Mañach, “El estilo de la Revolución”, ob. cit.
[29] Jorge Mañach: “El estilo en Cuba y su sentido histórico”, ob. cit., p. 206.
[30] Ibídem, p. 205.
[31] Ibídem, p. 194.
[32] Ibídem, p. 181.
[33] Stephen Hawkings: Breve historia del tiempo, Planeta Colombiana S.A., 1995.
[34] Jorge Mañach: “El estilo de la Revolución”, ob. cit.
[35] Jorge Mañach, “La Nación y la formación histórica”, ob. cit., p. 39.
[36] Ídem.
[37] Ídem.

