La ruleta de los perdidos: Acerca de ‘Mutaciones’, de Marcos Herrera

Es una novela de ciencia ficción en tanto lo humano está puesto en cuestión, más bien puesto en juego, como la bola en una ruleta a la que los personajes juegan en un casino que parece continuarse en cada episodio: suerte, vida, muerte, sexo y drogas.

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Mutaciones (Batata libros, 2026) es una novela de Marcos Herrera en la que el autor trabaja una voz nueva, una voz diferente dentro de su propia narrativa. Se trata de una road novel con atmósferas que le hubieran encantado a John Fante, territorios marginales y personajes que, aunque parecen desplazarse de un lugar a otro, en verdad están viajando hacia adentro de sí mismos. El viaje funciona entonces como una forma de desplazamiento interior, como si cada territorio que atraviesan los personajes fuera también una zona de sus propios cuerpos, de sus deseos, de sus miedos.

Van hacia el pueblo Bendición de la Amnesia. Allí visitan a la curandera Doña Elvira, que se encarga de solucionar algunos problemas con los cuerpos, como el sangrado de manos de Virginia. El cuerpo aparece desde el comienzo como un territorio extraño, algo que no termina de pertenecerles del todo a quienes lo habitan. Hay en Mutaciones una corporalidad que se enferma, se transforma, sangra, desea y se encierra. Y es justamente en esa materia corporal donde la novela empieza a plantear algunas de sus preguntas.

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Es una novela de ciencia ficción en tanto lo humano está puesto en cuestión, más bien puesto en juego, como la bola en una ruleta a la que los personajes juegan en un casino que parece continuarse en cada episodio: suerte, vida, muerte, sexo y drogas. El casino funciona casi como una imagen secreta de la novela. Todo parece estar jugándose permanentemente, pero nunca sabemos del todo cuáles son las reglas ni qué significa ganar. Los personajes avanzan como si apostaran sobre sus propios cuerpos, sobre sus vínculos y sobre la posibilidad de encontrar alguna forma de salida. Como si estuvieran en la búsqueda de un mar primordial, en la búsqueda de esa nota perfecta tocada por Miles Davis en Kind of Blue (disco que escucha, obsesivamente, el narrador). Todas las relaciones de los personajes masculinos y femeninos a lo largo de estas páginas parecen buscar esa diferencia que nunca llega, ese momento en que algo podría finalmente desprenderse de lo que ya conocemos y adquirir otra forma. Pero la mutación parece siempre estar ocurriendo y, al mismo tiempo, no terminar nunca de producirse.

Ahí aparece la cuestión del cuerpo con sus símbolos. El cuerpo no es solamente aquello que los personajes llevan consigo durante el viaje. Es también el lugar donde se inscriben las transformaciones que la novela pone en escena. Lo que sucede afuera parece afectar inmediatamente aquello que sucede adentro, y lo que ocurre en los cuerpos parece ser otra forma, más material y menos explicable, de aquello que no puede decirse.

Los silencios son parte constitutiva de la narración de Marcos Herrera, como un pianista de jazz que interpreta el ritmo y espera para explorar esa frontera entre el adentro y el afuera. Hacer silencio en la cama, hacer silencio entre las miradas cómplices, hacer silencio ante lo que vendrá y ante lo que no viene. En Mutaciones, el silencio no funciona simplemente como ausencia de palabras. También es una forma de narrar. Hay cosas que los personajes no dicen porque quizá todavía no pueden decirlas, o porque la novela encuentra precisamente en esa suspensión una manera de acercarse a ellas.

Las noticias del televisor traen ese afuera siempre destructivo: atentados, políticas de ultraderecha, un mundo que se desbarranca. Y en el adentro, los vínculos que van perdiendo el aspecto familiar. Esa oposición entre un mundo exterior que se deteriora y unos interiores que tampoco consiguen ofrecer refugio termina produciendo una sensación persistente de encierro. No hay un afuera verdaderamente habitable, pero tampoco el adentro funciona como refugio. Los personajes parecen quedar suspendidos en esa frontera.

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mutaciones | Rialta
‘Mutaciones‘ (Batata libros, 2026) es una novela de Marcos Herrera

Cuando comencé a leer por primera vez Mutaciones tuve que dejarla más o menos en el capítulo 4 o 5. Tuve que dejarla con cierta repulsión. Me costaba compartir la historia de estos personajes, su viaje, sus momentos de limbo. Hay una sensación de ahogamiento a lo largo de la narración que termina exasperando al lector. Volver a la novela implicó, en ese sentido, atravesar nuevamente esa incomodidad inicial y aceptar que acaso esa dificultad no fuera un defecto de la novela sino una de sus condiciones de lectura.

Marcos Herrera no hace novelas fáciles ni necesariamente amables para un público que quiera entretenimiento. Mutaciones empuja al lector hacia una zona incómoda, donde la narración no siempre ofrece las compensaciones habituales de la ficción. Herrera nos empuja a pensar en el límite del lenguaje, pero también en aquello que ocurre cuando el lenguaje deja de funcionar como una herramienta transparente para contar una historia y comienza a convertirse él mismo en el territorio donde la historia sucede.

Me parece que es una novela donde el lenguaje aparece bien al frente, donde los diálogos, parcos, eróticos y patológicos construyen portales, escenas que, puestas una junto a la otra, terminan por llegar a un sentido que no está tan claro al comienzo. La novela parece confiar en la acumulación y en el montaje de esas escenas. Algo se va construyendo entre ellas, en ese espacio que queda entre una conversación, un cuerpo, un desplazamiento, una habitación, una noticia que llega desde un televisor. El sentido no está necesariamente en cada episodio, sino en la presión que unos episodios ejercen sobre otros.

También he pensado en Arno Schmidt, como un maestro de esa zona aterradora que no es ni exterior ni interior. Una zona en la que la división entre el mundo y la conciencia comienza a volverse inestable. En Herrera, esa inestabilidad aparece ligada al cuerpo, pero también a la lengua: los personajes no solamente atraviesan territorios extraños, también atraviesan una forma extraña de decir y de percibir aquello que les sucede.

Los lectores encontrarán en Mutaciones una interpelación al presente que abonamos cada día y una aproximación a un futuro constituido con lo que somos y no con lo que soñamos ser. Esa es una de las claves de la novela. El futuro que aparece acá no parece construido a partir de una fantasía sobre aquello que podríamos llegar a ser, sino a partir de los materiales concretos que ya tenemos a mano. La novela no necesita imaginar demasiado para producir una forma de futuro inquietante: alcanza con desplazar un poco el presente, llevarlo unos pasos más adelante y observar qué queda.

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Por eso no creo que alcance con leer Mutaciones desde el género. Sería muy simple leerla de esa manera. Lo que sostienen estas páginas es, antes que nada, un conflicto con lo humano. La novela parece situarse justamente allí donde el cuerpo intenta decir algo que la lengua no consigue formular y donde la lengua, a su vez, modifica la percepción del cuerpo y de aquello que llamamos realidad. Y es que, tal vez, no seamos mucho más que eso…

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DIEGO L. GARCÍA
DIEGO L. GARCÍA
Diego L. García (Berazategui, Buenos Aires, 1983). Profesor en Letras por la UNLP. Escribe crítica y poesía. Entre sus libros figuran Fin del enigma (Ediber, Argentina, 2011), Esa trampa de ver (Añosluz, Argentina, 2016), Una voz hervida (Jámpster ebooks, Chile, 2017), Una cuestión de diseño (Barnacle, Argentina, 2018), (Fotografías) (Zindo & Gafuri, Argentina, 2018) y Las calles nevadas (Barnacle, Argentina, 2020). Forma parte de la antología de poesía latinoamericana País imaginario: escrituras y transtextos 1980-1992 (Ay del Seis, Madrid, 2018). Colabora en diversas revistas literarias con reseñas, traducciones y artículos críticos.

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