Venezuela y el disciplinamiento del cinismo

¿Cómo explicar que un movimiento político acepte una transformación tan radical de su proyecto histórico sin que se produzca una ruptura entre sus integrantes? ¿Por qué quienes durante décadas defendieron determinadas convicciones hoy parecen dispuestos a justificar decisiones que abiertamente las contradicen?

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El viernes 9 de octubre, en Ciudad de México, el expresidente colombiano Gustavo Petro opinó sobre lo ocurrido en Venezuela el 3 de enero de 2026. Entre otros comentarios, cuestionó que el petróleo venezolano terminara bajo control estadounidense y afirmó que los 32 cubanos fallecidos durante la operación militar habían sido los únicos que ofrecieron resistencia.

Más allá de la exactitud, su interpretación coincide con la de muchos observadores externos sobre la evolución de la situación en Caracas bajo tutela estadounidense: un modelo de gobierno que durante décadas hizo del antiimperialismo una de sus principales señas de identidad ha dado un giro de 180 grados y, hoy, tiene en la Casa Blanca a su principal aliado para mantenerse en el poder.

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Lo relevante del episodio fue la reacción del chavismo. Durante el encuentro, el diputado Jesús Faría interrumpió a Petro a gritos, acusándolo de mentir. Posteriormente, Tania Díaz lo confrontó personalmente y lo llamó “Santander”, en alusión a la supuesta traición a Simón Bolívar. Dentro del país, otros representantes del oficialismo difundieron mensajes cuestionando al exmandatario colombiano.

La molestia mayor parece ser que alguien, considerado ideológicamente cercano al chavismo, describa públicamente una realidad que su dirigencia se resiste a reconocer. El chavismo reacciona como si alguien afirmara que la Tierra es redonda, cuando el movimiento en su conjunto parece haber asumido que, por razones estratégicas, ahora debe y tiene que ser plana.

El cinismo no es nuevo en el chavismo, pero después del bombardeo a Venezuela avanza a una nueva frontera. Solo un ejemplo, de tantos: se habló de “soberanía alimentaria”, mientras en 2007 el propio ministro de Alimentación reconocía que el 70 % de las compras de su principal cadena de distribución de comida provenían del exterior. Ahora, la contradicción es mayor: un movimiento que hizo del antiimperialismo una de sus principales banderas se resiste a reconocer la relación de tutela y subordinación que mantiene con Washington.

¿Cómo explicar que un movimiento político acepte una transformación tan radical de su proyecto histórico sin que se produzca una ruptura entre sus integrantes? ¿Por qué quienes durante décadas defendieron determinadas convicciones hoy parecen dispuestos a justificar decisiones que abiertamente las contradicen? Mi hipótesis es que esta situación de cinismo generalizado no surgió espontáneamente. Ha sido posible gracias a un largo proceso de disciplinamiento político, iniciado bajo Hugo Chávez y profundizado durante el gobierno de Nicolás Maduro, cuyos mecanismos continúan funcionando bajo Delcy Rodríguez.

Venezuela y el antimperialismo pendejo
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Cinismo generalizado y disciplinamiento

Según la Real Academia Española (RAE), cinismo es la “desvergüenza en el mentir”. Hay que reconocer que la mentira ha sido una herramienta política desde el inicio de los tiempos. No obstante, hoy la diferencia es la velocidad y magnitud de las mentiras, que se han mostrado eficaces para polarizar sociedades estimulando emociones y (bajas) pasiones. Ante el desfile vertiginoso de mentiras, la imposibilidad de la verificación en tiempo real ha ocasionado que la verdad deje de importar. Por ello, el uso del cinismo se ha viralizado en la sociedad contemporánea. Venezuela constituye un caso particularmente llamativo, pero está lejos de ser el único.

El concepto de disciplinamiento fue desarrollado por el filósofo francés Michel Foucault, que estudió cómo instituciones como las cárceles, las escuelas y los cuarteles conseguían que las personas adoptaran determinadas conductas mediante la vigilancia, las sanciones y la repetición de rutinas. Su conclusión fue que el poder no necesita recurrir permanentemente a la fuerza para conseguir obediencia. También puede lograr que las personas interioricen las reglas y terminen vigilándose a sí mismas.

El disciplinamiento, por tanto, va más allá de cumplir órdenes. Trasladado al terreno político, esto permite comprender cómo los integrantes de una organización pueden terminar reproduciendo determinadas posiciones, incluso anticipándose a las instrucciones de sus dirigentes, y aunque los hechos sean contrarios a la narrativa impuesta.

Un ejemplo de cómo funcionaba el disciplinamiento bajo Hugo Chávez ocurrió en julio de 2012, cuando el mandatario presentó una reconstrucción digital del rostro de Simón Bolívar. La nueva imagen era bastante diferente a los retratos realizados durante la vida del Libertador y mostraba rasgos que algunos consideraron semejantes a los del propio Chávez. A pesar de los cuestionamientos, la imagen fue asumida por el chavismo y comenzó a ocupar un lugar destacado en las instituciones públicas. No hubo una discusión relevante dentro del movimiento sobre su fidelidad histórica. La versión promovida desde la presidencia terminó convertida en símbolo y verdad oficial.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu permite ampliar esta explicación mediante su concepto de habitus. Con él se refiere a un conjunto de disposiciones que las personas adquieren a lo largo de su experiencia social y que terminan orientando sus comportamientos, muchas veces sin que sean plenamente conscientes de ello. Por ejemplo, alguien que ha pasado muchos años dentro de una organización política puede aprender a reconocer qué opiniones son aceptables, cuáles es preferible callar y cómo comportarse ante una controversia, incluso antes de que sus dirigentes fijen una posición.

Las etapas de la cultura disciplinaria

A partir de las ideas de Foucault y Bourdieu, propongo distinguir seis momentos en lo que llamaré el “disciplinamiento del cinismo”. Se trata de una interpretación propia para intentar comprender cómo una organización política consigue que sus integrantes terminen defendiendo públicamente posiciones que contradicen las que sostenían anteriormente. Estos momentos son: a) ruptura, b) desorientación, c) reencuadre, d) prueba de lealtad, e) normalización y f) autodisciplinamiento. No necesariamente ocurren de manera consecutiva ni afectan por igual a todos los integrantes de una organización.

En la ruptura ocurre un hecho que contradice el relato que una organización ha defendido en el tiempo. Le sigue la desorientación: cuando las explicaciones anteriores dejan de servir y sus integrantes no saben muy bien cómo interpretar lo sucedido. En un tercer momento aparece el reencuadre: la dirigencia ofrece una nueva explicación que permite justificar lo que antes se condenaba. Después viene la prueba de lealtad, cuando defender esa explicación se convierte en una demostración de pertenencia al grupo. El quinto momento es la normalización: la contradicción deja de incomodar y la nueva versión comienza a repetirse como si siempre hubiera sido evidente. Finalmente aparece el autodisciplinamiento, cuando los propios integrantes anticipan lo que deben decir, reproducen el discurso oficial y cuestionan a quienes se apartan de él, sin necesidad de recibir instrucciones.

Bajo Hugo Chávez, el disciplinamiento estuvo estrechamente relacionado con su liderazgo carismático. La lealtad al proyecto político terminó fundiéndose con la lealtad a su persona, y cuestionar sus decisiones podía interpretarse como una “traición a la revolución” (como lo demostró la reacción a la crítica de “hiperliderazgo” por parte del llamado Centro Internacional Miranda). La ascendencia del caudillo permitió resolver las primeras tres etapas del disciplinamiento (ruptura, desorientación y reencuadre) y sentó las bases de la “cultura disciplinaria” dentro del chavismo. En este sentido, comparto la interpretación sobre el uso de los “ojos de Chávez” como dispositivo para mantener el disciplinamiento después de su muerte.

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Con Nicolás Maduro, este proceso adquirió características diferentes. El sucesor de Chávez heredó una organización acostumbrada a obedecer a su máximo dirigente. En términos de Max Weber, debió enfrentar el problema de la “rutinización del carisma”: cómo mantener la cohesión de un movimiento después de la desaparición de su fundador. A medida que se acumulaban los fracasos económicos, las denuncias de corrupción y el descontento social, es razonable pensar que también crecía la desafección hacia Maduro entre antiguos simpatizantes del chavismo. Una evidencia es la votación adversa recibida en las parlamentarias de finales del 2015.

Sin embargo, esa pérdida de identificación personal no se tradujo en una disminución equivalente de la disciplina dentro de las estructuras del poder. La obediencia comenzó a depender cada vez más de los controles institucionales, las recompensas por la lealtad y las consecuencias de disentir. Hay dos momentos significativos dentro de los dispositivos disciplinarios generados bajo Maduro, ambos dirigidos a públicos diferentes. El primero fue el inicio de los llamados Operativos de Liberación del Pueblo (OLP), en julio de 2015, cuando el descenso abrupto de los precios del petróleo y gas anunciaba el inicio de una crisis económica. Por ello era importante mantener el control territorial en las barriadas del país. El segundo fue la detención de Tareck El Aissami y otros, en abril de 2024, quien había construido una tendencia dentro del chavismo para sobrevivir al naufragio del madurismo. Aquí el mensaje era para los cuadros internos del oficialismo.

Un momento cumbre de la “prueba de lealtad” a la cultura disciplinaria lo constituyeron las elecciones de julio de 2024. La oposición esperaba que la magnitud del voto contra Maduro provocara una fractura dentro del chavismo, y que algunos de sus dirigentes protegieran su futuro político tendiendo puentes con la oposición. Pero no fue así. No solamente sus principales dirigentes: las estructuras partidistas, los poderes públicos y los componentes fundamentales del aparato estatal sostuvieron la versión oficial.

Sin embargo, ese comportamiento del chavismo institucional contrastó con lo ocurrido entre sus antiguas bases sociales. He sostenido que una parte importante de los votos que tradicionalmente recibía el oficialismo, posiblemente alrededor de dos millones, se desplazó hacia la opción de cambio. Esta interpretación permite comprender mejor lo sucedido el 29 y 30 de julio, cuando sectores populares que durante años habían sido bastiones electorales del chavismo protagonizaron protestas contra los resultados fraudulentos. Mientras el chavismo institucional cerraba filas alrededor de Maduro, una parte de lo que podríamos llamar el chavismo popular expresaba su ruptura con el gobierno, primero mediante el voto y después en las calles. El disciplinamiento había conseguido preservar la cohesión del aparato político, pero no logró impedir la desafección de una parte de su antigua base social.

Hay una diferencia importante entre el disciplinamiento que se inició bajo Chávez y lo que vino después. Para quienes permanecían dentro del aparato político, conservar la disciplina podía convertirse en una condición para preservar sus cargos, sus privilegios e incluso su propia seguridad. La supervivencia individual comenzó a depender de la supervivencia del grupo. Esta transformación ayuda a comprender una aparente paradoja: el chavismo institucional fue capaz de cerrar filas alrededor de Maduro después del fraude electoral de 2024, pero también de reorganizarse rápidamente sin él después del 3 de enero de 2026. Lo que debía preservarse ya no era necesariamente la figura del dirigente, sino la continuidad de las estructuras de poder de las que todos dependían.

Delcy según Foucault

Bajo Delcy Rodríguez, la cultura disciplinaria del chavismo enfrenta una situación inédita. Después de décadas denunciando al imperialismo estadounidense, el movimiento debe justificar su cooperación con el mismo gobierno que capturó a Nicolás Maduro. El proyecto político que durante años habló del rol principal del Estado social, ahora se abre al libre mercado y la inversión extranjera. Sin embargo, el cambio de orientación no ha provocado una fractura significativa del chavismo institucional. Mi hipótesis es que esto se explica, en parte, por el autodisciplinamiento acumulado durante años.

A esta cultura disciplinaria se ha incorporado un elemento que no existía bajo Maduro: la relación con Estados Unidos como dispositivo de control sobre las élites chavistas. La entrega de Alex Saab en mayo de 2026 resulta particularmente ilustrativa. En octubre se conoció también la llegada a Estados Unidos de Álvaro Pulido, su socio en negocios investigados por corrupción. Estos acontecimientos introducen una inquietud desconcertante para quienes integran el oficialismo: si personas que habían contado con semejante protección política terminaron ante la justicia estadounidense, ¿qué garantías tienen los demás?

En estas condiciones, el autodisciplinamiento adquiere una función adicional. Quienes forman parte del chavismo institucional conocen los costos que podría tener una fractura y pueden anticipar las posiciones que deben defender para conservar su lugar dentro del grupo.

Lo ocurrido después del 3 de enero permite observar las seis fases del disciplinamiento. La captura de Maduro por Estados Unidos produjo una ruptura con el relato antiimperialista que el chavismo había defendido durante décadas. La desorientación inicial dio paso a un reencuadre de los acontecimientos: la cooperación con Washington comenzó a justificarse como una necesidad para garantizar la paz y la estabilidad del país. La prueba de lealtad consistió en acompañar esa nueva orientación, incluso cuando contradecía las posiciones defendidas hasta entonces. Con el paso de los meses llegó la normalización: las relaciones con el gobierno estadounidense comenzaron a formar parte de la actividad cotidiana del oficialismo, sin que la contradicción provocara una discusión pública proporcional a su magnitud. Finalmente, el autodisciplinamiento puede observarse en la disposición de los propios dirigentes a defender la nueva narrativa y cuestionar a quienes la ponen en duda, como ocurrió con las declaraciones de Gustavo Petro. No hizo falta que desaparecieran las contradicciones para que el movimiento aprendiera a convivir públicamente con ellas.

Lo anterior no significa que el disciplinamiento del cinismo explique, por sí solo, el comportamiento actual del oficialismo. En otro artículo sostuve que, pese a su insistencia en la soberanía, el chavismo realmente existente se acostumbró a tercerizar funciones esenciales del Estado. Desde esta perspectiva, lo ocurrido después del 3 de enero no representaría tanto una ruptura con esa práctica como un cambio de quienes ejercen esas funciones. El outsourcing del poder, en definitiva, estaría cambiando de manos. Lo que seguiremos intentando comprender es cómo una organización política ha conseguido adaptarse a semejante transformación sin que sus propias contradicciones provoquen una fractura significativa entre quienes la integran. Si no fuéramos venezolanos, quizás esta duda intelectual nos pesaría menos.

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RAFAEL UZCÁTEGUI
RAFAEL UZCÁTEGUI
Rafael Uzcátegui. Escritor, editor independiente y activista de derechos humanos venezolano. Autor de La rebeldía más allá de la izquierda. Un enfoque post-ideológico para la transición democrática en Venezuela (Náufrago de Ítaca Ediciones, 2021).

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