‘Escena 9 (pensamiento no oriental)’, Luis Enrique López-Chávez Pollán

Sé, pues, que este paréntesis es una justificación, y que una justificación puede encerrar un sentimiento de culpa. Por lo que, quizás, debería aclarar más. Por lo que, quizás, debería tratar de alcanzar la mayor objetividad posible. Pero, repito, está Juan el Buda, que no sabe de ninguna fiesta innombrable; está Octavio Armand, con una cicatriz sin cuerpo; está Sentenat, pintando al monstruo de una playa albina; y está esto, sin rostro, de un exilio.
Lorenzo García Vega, Los años de Orígenes

Es, todavía, a pesar de su absoluto pretérito, el año 2019 y con él se acaba una década. Todo el mundo lo está diciendo por todas partes, que se acaba una década. Me imagino una ciudad de ventanas abiertas y puertas sin pestillo, con gente asomada a las ventanas saludando el año nuevo, celebrando lo que hará el próximo año, con una alegría [arrolladora] humana. En cuestiones de perros y gatos una década es una vida.

Cuando un año se acaba la tendencia de las personas es pasar revista, censar lo bueno y lo malo, sacar cuentas. En cuestiones de humanidad, la cuenta se simplifica: los bosques que se quemaron, los animales que se extinguieron, las ciudades que desaparecieron, los amigos que se fueron, los amigos que se quedaron, las mujeres y los hombres que se murieron, los amores que se olvidaron, los presidentes que se eligieron.

En cuestiones de humanidad, también, la cuenta se multiplica: los animales que se salvaron, los árboles que se sembraron, los hijos que nacieron, las casas que se construyeron, los libros que se escribieron, las obras de arte que se crearon, los abrazos que se dieron, las energías que se acoplaron. Lo demás es publicidad, redes sociales y terreno pantanoso.

Desde el año 2011 hasta el año 2015 viví en La Habana en un pequeño apartamento alquilado de un edificio de San Miguel, entre Espada y San Francisco, a dos cuadras del Cine Infanta y de la esquina de Infanta y San Lázaro donde había una librería con aire acondicionado y donde presenté la novela del dramaturgo Rogelio Orizondo, sin conocerlo, sin que hubiéramos conversado nunca, aunque él diga que eso no es una novela. Igual que la novela de Jamila Medina llamada País de la Siguaraya, que obtuvo el Premio de Poesía Nicolás Guillén. Ambos libros hablan de un espacio, un hábitat, de forma diferente, algo que me interesa mucho, el espacio, el lugar donde estoy parada.

Durante esos cinco años habaneros jamás recibí un telegrama, ni una carta, ni un paquete, ni un regalo por correo postal. Aquel alquiler era como la mayoría de los alquileres para cubanos en Cuba: ilegal. Creo que ahora esos trámites se han vuelto más legales, más fáciles y caros.

El asunto es que durante sesenta meses aproximadamente jamás recibí un paquete postal en La Habana de principios de década. No reparé en esa falta hasta la tercera semana de enero del 2015, cuando me fue enviada (y recibida) mi primera carta de emigración del Condado de Miami Dade. Es una experiencia común a nosotros, emigrantes legales unidos, y la comparto con la sensación de seguridad que transmite un estatus legal en un país [tan] enorme como este, casi un continente, casi un mundo.

A partir de ese primer envío el resto de mi vida en Miami, como el resto de la vida de cualquiera, ha sido un enviar y recibir facturas, cartas, paquetes, tarjetas, regalos, periódicos, cupones, sorpresas, sorpresas. Cierro los ojos y frunzo el ceño, no como señal de enojo sino para ver si me acuerdo de cuándo recibí mi último paquete postal cubano, de la época en que vivía aún en el Reparto Villa Mariana del municipio Camagüey. Normalmente me acuerdo de estas cosas, detalles ínfimos, irrelevantes. Pero esta vez no me acuerdo.

En mi casa número 6 de la calle A entre Acueducto y Primera se recibía el periódico Granma a diario. Los periódicos Adelante y Juventud Rebelde también se recibían pero sus entregas eran semanales. El cartero echaba los periódicos por abajo de la puerta. La puerta era ancha y estaba separada del suelo lo suficiente como para que cupiera un periódico enrollado y hasta una mano. Yo veía la separación y pensaba: dios mío por ahí cabe una mano.

El cartero venía llegando como a las 4:00 o 4:30, cuando ya mis abuelos habían dormido sus siestas y se estaban preparando para el baño. La cuenta de la corriente eléctrica también la traía el cartero, la cuenta del agua y la cuenta del teléfono.

Sabía que el correo funcionaba, más o menos, porque los concursos literarios yo los enviaba igual que aquí, por correo. Sabía que mi sobre había llegado porque oía los comentarios por los pasillos, de boca en boca: “llegó un libro que se llama Ne me quitte pas, son unos cuentos ahí, medio raros”. La anécdota data del año 2009. El libro ganó el premio y salió publicado primero en el 2010, en el 2017 después, con un nombre distinto, en una editorial chilena.

Hay recuerdos en el imaginario popular extranjero cubano que pertenecen a décadas anteriores. Desde que mi hijo logró ingerir alimentos sólidos tuve la debilidad de encender la televisión para que comiera mirando los dibujos animados, sin distraerse. Enseguida me fui a un tiempo donde la niña era yo mirando otros dibujos animados en blanco y negro. Los dibujos de antaño eran, a diferencia de estos, más primitivos y menos coloridos. El televisor Krim 218 no facilitaba la presencia de colores. Sin embargo tengo una sensación de felicidad total al recordar Lolek y Bolek, El lobo y la liebre, La mangosta Riquitiquitavi y un dibujo animado en particular donde aparece un cartero, el cartero Fogón.

Ese cartero pertenecía a una historia rusa donde había un niño muy serio que tenía un gato y un perro. Los gatos y los perros son mis debilidades, sobre todo los perros. El niño se va de la casa con sus mascotas y el cartero aparece para decir que tiene información sobre el paradero del niño. Contada así me parece una historia triste, triste. Si mi hijo se fuera de la casa con sus mascotas yo me quedaría tiesa, petrificada, fría, muerta, inexistente.

El tiempo y los extrañamientos convierten a los recuerdos en escenas felices que tal vez no lo fueron. Mientras veía los dibujos animados rusos mi abuela me alimentaba haciendo como si la cuchara fuera un avioncito donde venían montadas las personas que yo más quería. El avioncito debía aterrizar y mi boca era la pista de aterrizaje, así que debía abrir la boca y comerme a mis seres queridos, lo que me provocaba una risa nerviosa pues no sabía si comerme a mi mamá y a mi papá estaba bien o mal.

Como no me acuerdo de todo con exactitud he buscado en Internet algún dato más específico sobre el cartero Fogón y he encontrado que el cartero pertenecía a una serie de tres capítulos llamados: Pueblo de Leche Cortada, Vacaciones en el Pueblo de Leche Cortada, Invierno en el Pueblo de Leche Cortada.

Cuatro años exactos después de mi llegada a Miami y de mi primera carta recibida por correo postal, recibí una caja que venía desde otro país, una caja que había atravesado el golfo, el desierto, la frontera, como para celebrar aquel cuarto aniversario de esa fecha que todos celebramos, la fecha en que sacamos la nariz al exterior y olemos todo tipo de aires nuevos.

En enero, antes de que el año 2020 empiece a dar dolores de cabeza o satisfacciones domésticas, se cumplirá un año de ese recibimiento, que tal como lo cuento fue un asombro inesperado. Es decir, yo sabía que la caja venía, pero no iba a creerlo hasta que la tuviera delante. Que lo supiera no significaba que la esperara.

‘Travelling‘, de RMR

Mi cartero Fogón de Miami tocó la puerta alto y mi hijo debió haber empezado a llorar, para esa fecha estaba a punto de cumplir ocho meses. Abrí la puerta y ahí estaba la caja, de cartón ordinario y simple, amarrada con precinta para que no se abriera, lo normal en estos casos. Firmé un acuse de recibo y le di las gracias al cartero. Abajo, parqueado justo enfrente, esperaba su vehículo lleno de cajas como estas, amarradas con precinta y llenas de cualquier cosa.

Al poner un pie en el exterior, entiéndase como exterior cualquier lugar diferente de Cuba, sea el país que sea, aprendes a comprar por Internet. Las compras por Internet son siempre sorpresivas. Los productos comprados pueden llegar en buenas o en malas condiciones. La mayoría de las veces llegan en buenísimas instancias. A veces incluso pueden llegar pedidos por error. A veces no queda más remedio que ir corriendo a devolverlos. Todas las tiendas en el mundo tienen una página web activa lista para que un comprador virtual encargue varios de sus productos. Yo aprendí a hacerlo pero me sigue pareciendo una experiencia religiosa, algo místico y no como realmente es, muy práctico y natural.

Lista [clasificada, por Amazon] de algunos pedidos por Internet desde que llegué a Miami: Lacoste Women’s Marthe LCR Flat, KERASTASE Specifique Bain Clarifiant Shampoo, iPhone 5 case, Revlon ColorStay Pressed Powder, Basquiat Crown Womens Tank Top, Hawaianas Womens Top Mix Sandal Flip, Trixie Pet Products Wooden Pet Home, Bundle –5 items– Clipper Mini, Onitzuka Tiger: Mexico 66, L’Occitane Citrus Verbena Fresh Shampoo, El mejor truco del abuelo, Dream On Me Spring Crib and Toddler, CostwayMini Washing Machine Small, GreenShield Organic USDA Baby, Seventh Generation Baby Diapers, Pueri Kids Tableware Set Baby Bamboo, Natursutten BPA-Free Natural Rubber, Obras III. Ensayos. Severo Sarduy, Swatch Womens Digital Quartz, JBL GO2 Waterproof Ultra Portable.

La caja en cuestión traía libros. Era una caja llena de libros que venía por correo postal. Lo repito para que tenga la connotación que merece. Adentro había seis libros. Podía distribuir la lectura leyendo un libro por día más un día de asueto pero con un bebé de ocho meses leer un libro diario es uno de los trabajos de Hércules. Así que no distribuí nada y me dediqué a observarlos, absorta en sus portadas, sus tamaños, sus materiales, sus grosores, sus diseños y tipografías.

‘El libro perdido de los origenistas‘, de Antonio José Ponte

Mi cartero Fogón de Miami había hecho lo que la mayoría del tiempo hace: dejar el paquete en el friso de la puerta, de modo que cuando el cliente abre la puerta de su propia casa, el paquete cae adentro por inercia o se tambalea hasta caer afuera. Me acuerdo como si fuera hoy de lo que hizo la caja llena de libros con seis títulos del catálogo de Rialta Ediciones: se quedó parada en el friso, sin tambalearse, sin caer adentro ni caer afuera. Un símbolo: literatura que no se tambalea.

Los seis títulos eran: Cartas de Hallandale, de José Kozer; Travelling, de Reina María Rodríguez; Los años de Orígenes, de Lorenzo García Vega; El libro perdido de los origenistas, de Antonio José Ponte; Moleskine Sergio Pitol, de Gerardo Fernández Fe; y Tibisial, de Gerardo Fernández Fe. Literatura cubana que no se tambalea traída por un cartero Fogón en Miami el último año de esta década.

Lo que sigue es imaginación (no tregua) fecunda de alguien que puede hacer una película de todo, absolutamente todo, lo que le ocurre. Mi película, mi relato, mi poema y mi drama no tienen subtítulos y están en español. Soñar en español en un país donde se habla inglés podría ser disidencia unánime si ese país no fuera soberano, democrático, libre, libérrimo. Si ese país no fuera [tan] enorme y la comunidad hispanohablante no fuera [tan] mimética: acabo de presenciar [y participar en] el performance About to happen, de Cecilia Vicuña. Me quedé boquiabierta cuando la chilena, radicada en Nueva York, empezó a cantar una canción de poder indígena en inglés. Boquiabierta, tensa, incrédula, decepcionada.

Gracias a mi cartero Fogón, que me trajo la caja y me la dejó en la puerta, leí en español seis libros disidentes que también me dejaron boquiabierta, tensa, incrédula, decepcionada, pero en sentido contrario: empecé a decepcionarme de lo que no era eso. Lectura contranatura. Su comprensión es un desability. Ningún músculo flexiona. Estoy tensa: el libro de Lorenzo está dedicado a los jóvenes del exilio cubano. Unos jóvenes que no somos nosotros, los jóvenes del exilio cubano. Entonces qué. Veo al niño en el corral y me doy cuenta de que no pertenece a ningún exilio, por ahora. Aún no se ha ido de ninguna parte, aún no sabe [leer].

Por supuesto, después de tener al hijo, mis lecturas de los libros son superficiales, transversales, meridionales, irracionales, occipitales. Mis lecturas son un litro de ron Caney Blanco Fundada en 1862 a la una de la madrugada, una pipa de marihuana que rechazo por miedo a irme completamente del parque y no escuchar al hijo si llora, una inyección infantil de penicilina en la nalga, un suero de azúcar prieta orgánica, un dolor de menstruación, una mordida de abeja: la abeja autobiográfica de José Kozer; las orejas grandes de Reina María, el talco en las orejas; las opulencias de la pechuga, la soberanía de un gigantoma muslo de pollo, comiendo el pollo como si fuera un racimo báquico, los delirios de Lorenzo; la ética de la escritura de Ponte; los espacios que abarca Gerardo; el exilio cubano; el exilio cubano; los jóvenes del exilio cubano.

‘Tibisial’, de Gerardo Fernández Fe

Leer a José Kozer una y otra vez no me hace buena madre ni me hace buena mujer. Leer a José Kozer es una maldición. Conocerlo también. Existe un canon vivo (en un edificio con lobby y recepcionista que no te deja pasar si no le enseñas tu ID) al norte de Miami que continúa cada mañana escribiéndole cartas al futuro de la literatura cubana, hispanoamericana. Ese canon se llama Kozer y su contrario se llama Kozer. Cartas de Hallandale, desfile de memorias y arte poética disfrazada de memorias, es en verdad una orden, un tipo de superioridad literaria, una guía de lectura. El hombre que es José Kozer me hizo una recomendación maestra la última vez que [lo] visité su hogar. Esa recomendación es el diablo en mi escritura.

Hay otra escena en mi cabeza que pertenece a un pasado del siglo XX: soy yo casi adolescente descubriendo la revista Letras Cubanas, muchos tomos de esa revista, en la casa de mis abuelos paternos. Me gustaron los colores pasteles y la apariencia, parecían libros. Esos tomos me obnubilaron durante meses, imagínense a una niña. Hasta que me los llevé a mi casa. No aguanté. El día del descubrimiento choqué por casualidad con un fragmento de Travelling, el libro de Reina María Rodríguez que ahora publica Rialta Ediciones, donde se hablaba del kitsch. La literatura cubana que conocía era en su mayor parte para niños y jóvenes. Fui chocando con cada cosa. Aquel fragmento de Travelling fue lo primero que yo me leí de Reina.

Los años de Orígenes no, de ese libro preferiría no hablar.

El problema con Antonio José Ponte es que a uno le interesa el mismo tema que a él. Uno necesita saber de lo que él quiere contar. La punta de una tijera pinchando una ampolla gorda a punto de reventarse. La tijera se llama Ponte y la ampolla se llama historia. La tijera es de pedicura.

A Gerardo Fernández Fe lo conocí en Miami. A él y a sus libros. En Cuba no lo leí y siento que junto a él dejé de leer muchos libros, literatura cubana gruesa. Pero me parece interesante leerlo aquí, desde una posición mayamense, ventajosa, como esta: un lector que lee a un escritor a pocas millas de distancia del escritor. Da la sensación de que en cualquier momento el tipo me llamará por teléfono en la madrugada y me preguntará: ¿terminaste? Imposible terminar. Leer a Gerardo Fernández Fe es adentrarse en un cuerpo paralizado complejo del que se quiere salir huyendo. Un cuerpo literario masculino, lampiño, delgado, cruel.

Mi cartero Fogón de Miami conduce un vehículo de UPS y me trae la correspondencia, los paquetes postales, casi a diario. Su uniforme incluye botas altas, pantalón corto, camisa brown y chaleco. Mi cartero Fogón es afrodescendiente. Eso lo hace más esbelto y atractivo que el resto de los carteros fogones del Condado de Miami Dade.

Tengo suerte de que exista un correo postal semejante, con una puntualidad casi mágica. Claro que no es mi cartero particular y que no me trae la correspondencia sólo a mí. Pero me encanta creer que un día me tocará la puerta sin ningún paquete en las manos y me pedirá un vasito de agua, no muy fría, si es posible, que cuando yo pregunte quién es una voz del otro lado contestará: “soy yo, el cartero Fogón”.

Miami, 18 de diciembre de 2019
22:03

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LEGNA RODRÍGUEZ IGLESIAS
Legna Rodríguez Iglesias. Trabaja en sus labores. Escribe una columna irrelevante en la revista digital El Estornudo. Obtuvo el Premio Centrigugados de Poesía Joven, España, 2019; el Paz Prize, otorgado por The National Poetry Series, 2016; el Premio Casa de Las Américas, teatro, 2016; y el Premio Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar, 2011. Es autora de varios libros como Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo, poesía, Ediciones Liliputienses, 2019; Spinning Mill, poesía, CardBoard House Press, 2019; La mujer que compró el mundo, cuento, Editorial Los Libros de La Mujer Rota, 2017; Mi novia preferida fue un bulldog francés, narrativa hispana, Editorial Alfaguara, 2017; Miami Century Fox, 51 sonetos, Akashic Books, 2017; Transtucé, poesía, Editorial Casa Vacía, 2017; Si esto es una tragedia yo soy una bicicleta, teatro, Casa de Las Américas, 2016; Chicle (ahora es cuando), poesía, Editorial Letras Cubanas, 2016; Mayonesa bien brillante, novela, Hypermedia Ediciones, 2015; No sabe/no contesta, cuento, Ediciones La Palma, 2015; Las analfabetas, novela, Editorial Bokeh, 2015; entre otros.
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