Mural dedicado a Hugo Chávez en la plaza Armando Reverón, Caracas

La pluralidad es un hecho; el pluralismo, un principio.

La pluralidad es un dato empírico, un fenómeno constitutivo de la vida social. El pluralismo es una aspiración normativa, un proyecto que propone defender la pluralidad como algo positivo, deseable.

Pluralidad es diversidad, conflicto, contradicciones. Pluralismo es respetar los desacuerdos, tratar de gestionarlos pacíficamente, aceptar la coexistencia legítima de distintos intereses, creencias o puntos de vista. Pluralidad significa que tenemos diferencias; pluralismo, que reconocemos el valor de lo diferente.

La irrupción populista atenta contra ambos. Por un lado, porque trata de reducir a su mínima expresión la multiplicidad de identidades propia de una sociedad plural, simplificándola en la polarización entre un “ellos” y un “nosotros”. Y, por el otro lado, porque al pretenderse encarnación de la “voluntad popular” se arroga el monopolio de la representación democrática e identifica a quienquiera que se le oponga o lo critique no como un interlocutor cuyas razones podrían ser válidas, según la premisa pluralista, sino como un adversario cuyos motivos siempre serán cuestionables. En nombre del “pueblo”, en suma, el populismo no asume la necesidad de la tolerancia, el diálogo y la negociación; en su lugar despliega una política que consiste en denunciar, acusar y enfrentar permanentemente.

El populismo brinda certezas en un mundo inseguro, cuenta relatos sencillos para realidades complejas, reivindica experiencias frustrantes dotándolas de un sentido épico.

El éxito populista radica en su capacidad de apelar a un agravio. Contra la pluralidad, por parte de grupos sociales que la interpretan como una amenaza en su contra; o contra el pluralismo, por parte de grupos que se perciben como excluidos del mismo. En el primer caso, el “pueblo” populista se concibe como una nación bajo acecho (de extranjeros, migrantes, minorías étnicas, u otros grupos tradicionalmente marginales o subordinados); en el segundo, como una clase social oprimida (por élites corruptas, empresarios abusivos, políticos mafiosos u oscuros intereses transnacionales).

Dichos agravios pueden ser reales o ficticios, no importa. Lo que importa es la capacidad del discurso populista para atrapar la imaginación de sus destinatarios y, entonces, movilizarlos.

El populismo funciona no porque lo que diga sea necesariamente cierto, sino porque eso que ofrece cobra mucho sentido en ciertos contextos: brinda certezas en un mundo inseguro, cuenta relatos sencillos para realidades complejas, reivindica experiencias frustrantes dotándolas de un sentido épico.

En pocas palabras, el populismo ofrece una alternativa a las incomodidades de la pluralidad y los dilemas del pluralismo. Contra las diferencias que tenemos, la afirmación de identidades homogéneas; contra el valor de lo diferente, la emoción de la pertenencia.

El problema, en el fondo, no es tanto el discurso populista. El problema, más bien, son las condiciones que lo hacen posible y las consecuencias que produce. Ahí es donde está su fuerza.

Es fácil condenarlo como una aberración. Sostener que los populistas son perversos y quienes votan por ellos son estúpidos. Pero quizá valga la pena, más allá de condenarlo, tratar de entenderlo. Porque esas condenas claramente no sirvieron para evitarlo ni tampoco han servido para debilitarlo.


* Este texto fue publicado originalmente en la revista Expansión.

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CARLOS BRAVO REGIDOR
Carlos Bravo Regidor. Historiador, periodista y analista político. Se desempeña como profesor asociado y coordinador de investigación en el programa de Periodismo del Centro de Investigación y Docencia Económicas, A.C.  (CIDE). Ha sido becario del programa Fullbright-García Robles, de la Fundación Ford, de la Fundación Mellon, del CONACyT y del Centro de Estudios de Historia de México CARSO. Sus áreas de especialización académica son la historia constitucional, la historia del pensamiento político, las elecciones y el periodismo.

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