Manifestación feminista
Manifestación Ni Una Menos, Buenos Aires, 2017. (REVISTA PUEBLOS)

Ya sé que insisto demasiado en el tema. Ya sé que mucha gente debe estar harta de que las feministas no dejemos pasar una, ni en espacios públicos ni en espacios privados. Ya sé que hay hombres nerviosos por decir o hacer algo que pueda suscitar un cuestionamiento feminista. Pero, querida gente harta del feminismo, permítame decir algo: para nosotras las feministas esto también es agotador. Muy agotador. Yo a veces hasta rompo a llorar del agotamiento tan grande que siento, y no soy de las que están en la primera línea de fuego.

Hace par de días, en un grupo de WhatsApp que tengo con otras dos amigas, hubo un momento en que dije: “niñas, no hay un día en que no hablemos del machismo, qué manera de jodernos la vida”. Y no porque mis amigas y yo nos pusiéramos a teorizar acerca del sistema patriarcal. No. Mis amigas y yo, básicamente, nos contamos nuestro día a día.

Sin embargo, en la base de ese día a día, de nuestras historias, está siempre el machismo: en las relaciones amorosas que hemos sostenido, en varios conflictos familiares, en experiencias de trabajo frustradas por acoso sexual, en las situaciones de peligro en las que hemos estado por ser mujer, en los traumas con los que cargamos. En prácticamente todo.

Ningún hombre que se harte del activismo feminista va a estar nunca más harto que las feministas del machismo. Por lo menos el activismo feminista no mata, mientras que el machismo mata a miles de nosotras cada año. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física y/o sexual. Eso quiere decir que, si en tu círculo de afectos hay diez mujeres, tú convives con al menos una víctima de violencia física y/o sexual.

Un informe de 2013 de la OMS revelaba que anualmente unas cinco mil niñas y mujeres eran asesinadas por hechos relacionados con “el honor” y otras 25 mil recién casadas eran asesinadas o mutiladas como consecuencia de la violencia relacionada con la dote. Mientras yo escribo esto, mientras ustedes leen, hay mujeres temiendo por su vida, luchando por su vida y, en los más tristes casos, perdiendo su vida. Solo por ser mujeres.

Por ser mujeres. Por ser mujeres. Por ser mujeres.

No podemos cansarnos de repetir que la causa de todas las violencias machistas que sufrimos es nada más y nada menos que nuestro género.

Creo que comparto el sentir de muchas feministas cuando digo que nosotras quisiéramos colgar los guantes de una vez, dedicarnos a otros asuntos, andar despreocupadas por la vida. No disfrutamos vivir en constante alerta, pendientes de cada episodio de exclusión, abuso o violencia.

Ahora mismo, por ejemplo, yo quisiera estar escribiendo una novela que empecé, o viendo algunos de los cursos gratuitos de la Universidad de Harvard que me interesan. Quisiera estar en un gimnasio quemando grasa mientras escucho “Bichota” de Karol G. Pero debo, y necesito, escribir esto, porque siento una gran responsabilidad con todas las mujeres que ya no están entre nosotras por causa del machismo y con las niñas que un día serán mujeres.

El pasado 8 de marzo, mi sobrina de 12 años, que vive en Estados Unidos, me escribió para felicitarme por el Día Internacional de la Mujer, y yo aproveché la ocasión para compartirle un texto que había publicado ese día en la revista El Estornudo sobre la importancia de que las feministas cubanas ocupáramos los espacios públicos. Entonces empezamos una conversación que me dejó muy orgullosa de mi sobrina. Pero también muy afligida.

Mi sobrina, que desde los nueve años es una lectora increíble (lee tres veces más que yo), me contó que hacía poco había aprendido sobre la existencia de Umoja, una aldea en Kenya en la que sólo vivían mujeres. “Ellas hicieron su propia aldea porque estaban siendo vendidas para matrimonios”, me contó. “Los hombres de hecho intentaron destruir su aldea y recuperar a sus esposas, pero fueron golpeados con palos y perseguidos. Para hacer dinero, ellas venden brazaletes y otras cosas. Pero todavía reciben amenazas de muerte, no sé por qué. ¿Qué están haciendo mal? ¿Ser independientes?”

Por supuesto, la feminista que me habita enseguida le dijo a mi sobrina que esas mujeres no estaban haciendo nada mal, que eran los hombres que las habían violentado y los que las amenazaban los que estaban haciendo algo mal, que por eso las mujeres debíamos luchar por nuestros derechos. Quería por todos los medios evitar que pensara que eran las mujeres de Umoja las culpables de las agresiones que habían sufrido, que supiera que, a pesar de que el mundo suele ser muy injusto para nosotras, si luchamos por nuestros derechos, las injusticias pueden ir desapareciendo y obtendremos las fuerzas necesarias para sobreponernos a lo que nos toque vivir.

La lucha, no se lo dije a mi sobrina, pero quiero decirlo aquí, para ver si nos entienden los hombres y mujeres que se hartan del feminismo, a veces no es más que nuestra forma de mantenernos vivas, de hacer terapia, de sanar nuestros dolores. A veces la lucha es lo único que nos devuelve un poco de dignidad y da sentido a nuestras vidas. Cuando alguien crea que exageramos, que somos dramáticas o histéricas, recuerden ese dato: una de cada tres.

Yo conozco personalmente a tres mujeres que han sido violadas y abusadas, las tres antes de ser mayores de edad, una de ellas en la infancia, y ninguna ha logrado nunca contar su historia a sus padres. Y no es raro. Un estudio de 2019 expuso que en España –un país que cuenta con una ley orgánica contra la violencia de género desde 2004– las mujeres víctimas tardaban un promedio de ocho años y ocho meses en verbalizar y/o denunciar su situación de violencia.

Volviendo a la charla con mi sobrina: los motivos de la aflicción llegaron cuando me contó que su profesora de educación física había dado una clase sobre protección personal, en la cual había compartido con las niñas los siguientes consejos: nunca caminar sola, llamar a otra persona si no te sientes a salvo, siempre llevar spray de pimienta, aprender defensa personal si tienes la oportunidad, nunca beber en un bar algo de lo que hayas apartado la vista un segundo, empujar a un hombre que intente besarte o tocarte contra tu voluntad… Ese rosario de precauciones que las mujeres interiorizamos desde bien temprano y que, en muchas ocasiones, no nos sirve para nada.

Sin embargo, no fueron exactamente los consejos de la profesora los que me afligieron. Yo también los he dado y los sigo dando. También anoto la chapa del taxi en el que se monta sola una amiga y digo al chofer, medio en broma, para que no se enoje, pero con la voz firme: “que no le pase nada, que tengo tu chapa”. También digo “llámame en cuanto llegues”. También camino por el medio de la calle de noche porque me genera menos miedo que me atropelle un vehículo, que encontrarme con un hombre detrás de cualquier árbol. Lo que me afligió fue el hecho de que la profesora tuviera que dar esos consejos y que mi sobrina, al igual que yo y tantas mujeres, creciera preparándose para prevenir un escenario de peligro o para saber reaccionar ante él. De alguna forma, yo sentía que en ese ejercicio de cobrar conciencia de sus vulnerabilidades se estaba convirtiendo ya en una mujer.

Claro que yo no iba a decirle que ignorara a su profesora, que fuera libre, que viviera sin miedo. ¿Qué mujer diría eso? Lo único que yo podía decirle era que las mujeres podíamos luchar para cambiar esa realidad, porque ya había muchas realidades que habíamos cambiado y estábamos cambiando. Nada se parece más a la esperanza a veces que el feminismo.

Yo me imagino que en la escuela de mi sobrina también enseñen a los niños a no ser machistas y violentos. Según me ha contado, su escuela cuenta incluso con una política para personas no binarias. Por ejemplo, cualquier estudiante puede elegir a qué baño acudir, independientemente de su sexo biológico, y la manera en que se identifica. En el aula de mi sobrina hay una persona que se identifica con el pronombre they (ellos o ellas, en español) y el resto de los estudiantes, excepto una niña, respeta eso. Pero ni mi sobrina ni sus compañeras cohabitan todo el tiempo en la escuela sino en un mundo que es todavía demasiado injusto, desigual y mortífero para las mujeres. Y si, además, eres negra o descendiente de personas que fueron esclavizadas, lesbiana, emigrante, trans, trabajadora sexual, de bajos recursos, madre o activista, tus vulnerabilidades se multiplican.

Desde que elegí hacer periodismo independiente en Cuba, muchos de los ataques que he recibido por agentes de Seguridad del Estado, perfiles falsos en redes sociales o personas que discrepan de mí, han tenido como centro mi género, mi vida privada y la negación de mi rol profesional como periodista. Me han atacado por padecer un trastorno depresivo, por estar soltera, por bailar, por expresar mis ideas políticas, por denunciar lo que considero injusto y hasta por ganar un premio periodístico. De manera pública o privada, me han dicho que soy loca, puta, mercenaria, y hasta satánica, y que debo morir o irme de Cuba.

Yo sé que es porque soy periodista independiente que me vuelvo blanco de todos esos ataques, pero es muy revelador que esos ataques persigan, al mismo tiempo, invisibilizar mi labor como periodista independiente. Uno de los más sutiles y recurrentes es el de tratarme como opositora y activista, que podría parecer algo inofensivo si no fuera por el hecho de que yo soy, primero que todo, periodista. Aunque el ejercicio de mi profesión en un contexto como el cubano implique convertirme en una defensora del derecho a la libertad de expresión, porque para hacer periodismo independiente debo desobeder leyes injustas, en la medida en que esas leyes niegan derechos humanos, ello no significa que mi propósito sea el activismo. Todo el activismo que yo hago a favor de la libertad de expresión está en función de defender mi derecho a hacer periodismo.

Si yo fuera fundamentalmente activista, no sentiría ningún conflicto con que me catalogaran como activista. No creo que el periodismo sea más valioso que el activismo o viceversa. El problema es que cuando otra persona me define como lo que no soy, cuando desconoce mi identidad profesional, no sólo me está negando, sino que también está reforzando, de manera consciente o inconsciente, la cultura patriarcal que durante siglos ha invisibilizado a muchísimas mujeres y sus logros.

Yo no aspiro a que las mujeres que se hacen cirujanas, periodistas, físicas o astronautas, reciban mayores reconocimientos que los hombres que siguen las mismas rutas profesionales, porque creo que en ocasiones los reconocimientos pueden partir de visiones inferiorizantes de las mujeres. ¿Por qué debería asombrarnos que una mujer trabaje como científica en la NASA? Lo que debería asombrarnos es que esa industria estuviera tanto tiempo dominada por hombres. Sin embargo, sí aspiro a que se nos respete lo que elegimos ser.

Detrás de la historia de cada mujer cirujana, periodista, física o astronauta hay una historia social y personal de lucha por llegar a ese punto. A pesar de todas las políticas y leyes orientadas a erradicar la desigualdad que se han implementado en distintos países en las últimas décadas, para nosotras siempre será mucho más difícil el camino hacia la superación profesional y el empoderamiento económico, que lo que pudiera ser para un hombre que parta del mismo contexto que nosotras.

El simple hecho de ser mujer te coloca en desventaja. Implica que desde niña te estás formando y entrenando para asumir más roles y responsabilidades con el hogar y la familia que los hombres. Nuestra disponibilidad de tiempo para invertir en nosotras mismas, desafortunadamente, no suele ser igual que la de los hombres. De acuerdo con datos sistematizados por ONU Mujeres, en 2015 las que vivimos en países en desarrollo destinamos más tiempo al trabajo –remunerado y no remunerado– que los hombres, por tanto, destinamos menos tiempo a la educación, el ocio, la participación política y el cuidado propio.

“Las mujeres –dice el organismo internacional– dedican entre 1 y 3 horas más que los hombres a las labores domésticas; entre 2 y 10 veces más de tiempo diario a la prestación de cuidados (a los hijos e hijas, personas mayores y enfermas), y entre 1 y 4 horas diarias menos a actividades de mercado. En la Unión Europea, por ejemplo, el 25 por ciento de las mujeres informa que las responsabilidades de cuidados y otras tareas de índole familiar y personal son la razón de su ausencia en la fuerza de trabajo, en comparación con el tres por ciento de los hombres”. Y aunque trabajamos más que los hombres, ganamos menos que ellos. En la mayoría de los países, las mujeres ganan, en promedio, sólo entre el 60 y el 75 por ciento del salario de los hombres.

Por otra parte, nos toca enfrentar, en distintas esferas de nuestras vidas, la violencia machista: el acoso o abuso sexual, los maltratos físicos y psicológicos, los prejuicios y expectativas sociales. No es casual que las periodistas que resultan incómodas a cualquier poder, en cualquier lugar del mundo, reporten agresiones por su trabajo que son agresiones machistas.

Un informe de Reporteros Sin Fronteras (RSF) publicado el pasado 8 de marzo reveló que, de los 112 países en los que realizó encuestas a periodistas, 40 fueron considerados peligrosos para las mujeres, y concluyó que Internet fue el espacio más peligroso de todos. “Más allá del estrés, la ansiedad y el miedo, la violencia sexista y sexual lleva a las periodistas a cerrar –de manera temporal e o incluso permanente– sus cuentas en las redes sociales (consecuencia que señala el 43 por ciento de los encuestados en el cuestionario de RSF), y también las conduce a la autocensura (el 48 por ciento), a cambiar de especialidad (el 21 por ciento) e incluso a la renuncia (el 21 por ciento)”, dice la organización. Y si eres asiática, negra, latina o mestiza, tienes un 34 por ciento más de probabilidades que las mujeres blancas de recibir tweets ofensivos o problemáticos.

Mi objetivo, cuando comparto estos datos, no es buscar que nos traten con condescendencia o lástima, que es otra forma de discriminarnos, sino contribuir a que se comprenda lo que significa invisibilizar o ridiculizar el oficio o profesión de una mujer –sea actriz, trabajadora sexual, periodista o científica–. Reivindicar lo que somos, en un mundo que durante demasiado tiempo nos ha negado, y nos continúa negando, el pleno ejercicio del derecho a ser libres no es algo menor.

Quienes se harten de las feministas, de sus denuncias y demandas, tienen dos opciones: acostumbrarse o sumarse. Mientras el patriarcado siga ahí, afectando nuestras vidas, las feministas seguiremos intentando tumbarlo.

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MÓNICA BARÓ
Mónica Baró (La Habana, 1988). Periodista y escritora. Trabajó para la revista estatal Bohemia entre 2013 y 2014 y luego en el Instituto de Filosofía de Cuba. En 2015 formó parte del equipo fundador de la revista medioambiental independiente Periodismo de Barrio, donde fungió como reportera y miembro de su consejo editorial, hasta 2018. Ha publicado en OnCuba, Univisón Noticias, El Toque, Cuba Posible, Hypermedia Magazine. Ha escrito principalmente sobre comunidades vulnerables a desastres naturales, envenenamiento por plomo, problemas de vivienda y violencia de género. En 2019 ganó el premio Gabriel García Márquez con el texto “La sangre nunca fue amarilla”.

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