Lino Novás Calvo

Pocas amistades, en la vida literaria cubana de los años cuarenta y cincuenta, fueron más provechosas y constantes que la sostenida por el escritor Lino Novás Calvo y el crítico José Antonio Portuondo. Novás sólo le llevaba ocho años a Portuondo y, sin embargo, en la larga relación epistolar que entablaron había un evidente paternalismo en el trato del primero al segundo, que seguramente era continuación, por escrito, de ciertos modales del afecto. En literatura y en política, Novás era la autoridad en aquella relación, no sólo por ser el artista sino por haber estado cerca del comunismo –tal vez desde su poema “El camarada” en la Revista de Avance–, y, sobre todo, por personificar la leyenda de un veterano del Quinto Regimiento, en la Guerra Civil española.

Gracias a la edición de Laberinto de fuego (2008), el epistolario de Novás Calvo reunido por Cira Romero, sabemos que la amistad entre el escritor y el crítico comenzó en 1939, cuando ambos compartieron un programa radial de la revista Ultra, de la Institución Hispano-Cubana de Cultura, dirigida por Fernando Ortiz. Novás acababa de regresar de España y era, además, editorialista del periódico comunista Hoy. Portuondo formaba parte del mismo círculo intelectual comunista, desde que, a mediados de los treinta, trabajó como coeditor de la revista mensual Mediodía.

Cuando el exiliado republicano, Guillermo de Torre, invita a Novás Calvo a reunir los cuentos de La luna nona, en Losada, Buenos Aires, en 1941, el narrador pide a Portuondo un prólogo que, por lo visto, el crítico mandó a tiempo. En una carta a Chacón y Calvo, de julio de 1942, Novás asegura que Portuondo envió el prólogo directamente a De Torre, sugiriendo que si no antecedió el volumen fue por decisión del editor hispano-argentino. Asegura Cira Romero que en la papelería de Portuondo se encuentra un manuscrito del crítico sobre los cuentos de Novás, reunidos en aquel volumen de Losada, que probablemente haya sido el punto de partida de su ensayo “Lino Novás Calvo y el cuento hispanoamericano”, que apareció en Cuadernos Americanos, en 1947. Luego Portuondo volvió sobre la obra de Novás en su libro El heroísmo intelectual (1955).

Poco tiempo después de La luna nona, la editorial Espasa Calpe invita a Novás a hacer una antología del cuento cubano y el narrador cede el proyecto al crítico. Buena parte de la nutrida correspondencia entre Novás y Portuondo, entre 1944 y 1945, mientras el crítico estudiaba en El Colegio de México, trata sobre esa antología del cuento cubano. Novás propone a los autores básicos (Luis Felipe Rodríguez, Pablo de la Torriente Brau, Rómulo Lachatañeré, Carlos Montenegro, Enrique Serpa, Lydia Cabrera, Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso, Carlos Enríquez…), pero reprocha a Portuondo la lentitud con que ha asumido al proyecto. Finalmente, la antología aparece firmada por Portuondo en 1946, bajo el título de Cuentos cubanos contemporáneos.

La correspondencia entre el narrador y el crítico gana en riqueza e intimidad a medida que Novás Calvo se distancia del comunismo. “Aunque te escribo en rojo, ya no soy rojo –ni de ningún otro color, hasta que se invente un color nuevo–. Todos están ciguatos. Y el día que eso ocurra, tú vas a ser uno de los primeros conversos; será tu tercera reencarnación” –escribe en 1946. Son constantes los reproches al PSP que hace el escritor a su amigo crítico, que, desde la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, se involucra cada vez más en los medios intelectuales del comunismo cubano. Todavía a mediados de los cincuenta, hay una evidente cercanía entre ambos y de las cartas se desprende que cada vez que Portuondo viajaba a La Habana, visitaba a Novás Calvo.

Como en tantas otras amistades entre intelectuales de diferente orientación ideológica, el triunfo revolucionario de 1959 y la rápida radicalización comunista del gobierno hicieron su faena, quebrando el vínculo. En los artículos de Bohemia Libre, entre octubre del ʼ60 y agosto del ʼ61, Novás Calvo se refiere indirectamente a Portuondo cuando comenta el terrible efecto que, a su juicio, había tenido la “publicidad comunista” en la juventud cubana de los cuarenta y cincuenta. Portuondo, por su lado, renegó de aquella amistad, como puede comprobarse, fácilmente, leyendo el Diccionario de la literatura cubana (1984), que él coordinó. Ahí no sólo están, rigurosamente borrados, Lino Novás Calvo y su gran obra, sino los textos que el propio Portuondo dedicó al autor de Pedro Blanco, el negrero.

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RAFAEL ROJAS
Rafael Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965). Es historiador y ensayista. Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Habana, y doctor en Historia por El Colegio de México. Es colaborador habitual de la revista Letras Libres y el diario El País, y es miembro del consejo editorial de la revista Istor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Ha publicado los libros: Un banquete canónico (2000), Revolución, disidencias y exilio intelectual cubano (2006), La vanguardia peregrina. El escritor cubano, la tradición y el exilio (2013), entre otros. Desde julio de 2019 ocupa la silla 11 de la Academia Mexicana de la Historia.
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