Calvert Casey
Una playa en Cape Cod (Foto JMR y Pedro Lopes de Almeida)

Mi fantasma favorito es, ya se sabe, Calvert Casey Fernández (Baltimore, 1923-Roma, 1969). Si una vez me declaré su viuda y me asumí su segunda albacea ‒después de Antón Arrufat‒, vuelvo a la carga con estos textos casi inéditos suyos, que incluí como anexos en el libro Diseminaciones de Calvert Casey hace más de una década, traducidos para Rialta Magazine por el escritor y amigo boricua Urayoán Noel: bilingüe como él, habitante de los niuyores como el otro lo fue allá por la década de los cincuenta del siglo XX.

Cuando entre 2007 y 2008, bajo la tutela de Nara Araújo Carruana (La Habana, 1945-2009), revolví cielo y tierra tras los pasos del autor de Memorias de la isla, llegué hasta su correspondencia con Guillermo Cabrera Infante, María Rosa Oliver, Sergio Pitol y el propio Arrufat, entre los anaqueles de Princeton University. En uno de esos legajos hallé los poemas de marras, que por entonces barrunté con mi madre al español y que, todavía hoy, ni de la mano de Urayoán, y tallereados desde su apartamento en el Bronx, se abren del todo para mí. Como expresa su traductor, “oscilando entre un vernáculo y un barroco, ambos muy suyos”, los textos “tienen su magia rara” y, entre “sus idiosincracias” y “su energía neologística a lo vieja escuela”, no se entregan “nada fáciles”.

Sin embargo, estar de paso en Providence (Rhode Island), nuevamente a las aulas como una estudiantina y nuevamente echada a las carreteras, me ha regalado saber que New England fue un espacio por el que deambularon tanto Casey como uno de sus ídolos: José Martí. Si las arenas de Newport fueron el escenario de “Los zapaticos de rosa” ‒como me reveló el politólogo Richard Snyder‒, un cabo de la región fue por su parte el de “Chowder-bowl Rhoda at Cape Cod” ‒lo dice a gritos su título, mas solo ahora pude escucharlo en la semipenumbra del sueño que me hizo temer haber perdido mi parada, e ir a dar allá una noche de noviembre, en otra jugarreta típica de Calvert, para sus cercanos, la Calvita‒. Obnubilada por el descubrimiento, pasé a narrarlo enseguida a otros amigos, y el escritor José Antonio Mazzotti lo vio más que coherente: “Chowder bowl, la famosa sopa de almejas con leche, típica de New England, muy sabrosa. Cape Cod, claro, el cabo Bacalao, península curiosa y divertida a tres horas de Boston y un par de PVD. Al extremo está la pequeña y pintoresca ciudad de Provincetown [Ptown], la capital gay de los EE. UU”.[1] Como siempre con Casey, donde todo parece (y es) críptico, pero el sésamo brota haciendo saltar los pines del candado, el texto vino así a entregar parte de su misterio.

De New York a New England: de Greenwich Village ‒barrio en que supe o me he inventado que habitó‒ o de Queens ‒donde me consta que vivía aún por 2015 aquel novio suyo de La Habana‒ a Provincetown ‒adentrándose en Cape Cod…, a beberse ese caldo levantamuertos‒, lo siento dibujarse perfectamente. No sería difícil, siendo que ambos puntos estaban conectados para hacer el viaje, fuera por tierra, vía ferrocarril o manejando por la famosa Ruta US 6, The Grand Army of the Republic Highway, si es que no por mar y en ferry desde Boston. Restando la abulia y la ironía que les endilga a sus findes en la Gran Manzana el narrador de El regreso (Ediciones R, La Habana, 1962 y 1963), no es difícil entrever el ambiente, a un mismo tiempo bohemio, despreocupado y cosmopolita de la urbe niuyorkina para la época, al leer entre líneas el cuento homónimo:

Vivía, como tantos otros millones de seres en la enorme ciudad, completamente solo en un viejo apartamento desprovisto de calefacción, que era preciso calentar con gas o con carbón, y que cada mañana amanecía helado. El edificio era uno de muchos miles construidos el siglo anterior para familias obreras. Abandonados por generaciones más prósperas en busca de albergues más modernos, los edificios venidos a menos y semidestruidos estaban ocupados por señoras inmensamente ancianas, viudas que esperaban un cheque providencial de la beneficencia pública para sobrevivir, viejos que desempeñaban funciones de sereno en alguna fábrica en espera de la muerte, pianistas sin piano, violinistas sin violín, cantantes sin voz, en cuyas paredes alguna foto amarillenta recordaba un recital olvidado, actores sin trabajo, actrices sin papel, y por la enorme masa de gentes que arribaba a la ciudad desde las ciudades del interior del país, dotadas de algún pequeño talento que les había hecho abandonar vida rutinaria y cómoda del pueblo natal y las condenaba a morir de soledad en los pequeños tabucos, saltando todas las mañanas de los lechos vacíos (o transitoriamente ocupados por algún transeúnte compasivo) para encender de prisa los quemadores de gas y desalojar el frío.

Ante la crisis universal de la vivienda, se había puesto de moda entre artistas, pseudoartistas y gente de mucha originalidad y pocos recursos, alquilar las pequeñas estancias y decorarlas caprichosamente hasta convertirlas en una curiosa mezcla de pobreza extrema y extravagancia inútil. La decoración seguía los gustos o aspiraciones, manifiestas u ocultas, de los moradores. De un corredor mugriento se pasaba a una salita adornada con primorosos espejos de marcos dorados. Un ojo surrealista contemplaba desde algún techo que filtraba la lluvia la vida tormentosa de los inquilinos de turno. Brillantes litografías de castillos franceses anunciaban que sus propietarios habían estado en Europa, y se encontraban muchas veces de vuelta. El olor a incienso que inundaba algunas noches los sucios corredores delataba las inclinaciones de los que meditaban en cuclillas, junto a las viejas cocinas siempre apagadas.

Un mundo de gentes cuya aspiración suprema era estar de vuelta de todo, vivía, pared por medio, con un mundo de rezagados del siglo anterior, que no habían estado en ninguna parte. El tiempo transcurría sosegadamente con la soledad como único elemento común, y las viejas señoras, al subir entre ahogos y disneas los pedazos de leña con que encender sus viejas estufas, notaban poca diferencia entre los pálidos rostros de una generación de inquilinos originales y los pálidos rostros de la generación siguiente.

Por demás, escuchando cómo le temía a “los sábados lívidos de aquella inmensa Nueva York donde vivía” y a “los domingos vacíos con su terrible sabor a ceniza”, tampoco es muy descabellado discurrir que invirtiera algún fin de semana en escapar, con esa misma comitiva de “artistas” y “pseudoartistas”, hasta las costas de New England: desde las que ya conozco (de Barrington a Narragansett, pasando por Easton y Sachuest Beach) hasta esa ciudad liberal que debió resonar “providencialmente” en él ‒por usar una palabra que le encantaba y que recuerda no tan de lejos la sonoridad de ese lugar, y muy de cerca el de la ciudad que hoy me acoge‒. Sus conexiones con Humberto Arenal y, a través suyo, con el teatro hecho en los Estados Unidos, para cuyos escenarios tradujo incluso, compelido por aquel, una comedia musical: El muchacho francés, lo habrían puesto al corriente de la movida de Provincetown. Cuando Casey vuelve al país norteño en 1949, habían recalado ya en Ptown tanto Eugene OʼNeill como E. E. Cummings, Jackson Pollock o Tennesse Williams ‒quien da nombre a un festival de teatro acontecido desde 2006 en la punta del cabo‒; y (se) habían estrenado los Provincetown Players, venidos de y devueltos a Greenwich, donde continuaron sus performances por una década en el # 139 de MacDougal Street. Suficiente caldo de cultivo para que esta región, caracterizaba por nightclubs y espectáculos de drag queens en los cincuenta, y por una tradicional disipación de la moral puritana (yendo de los peregrinos fundadores de la nación a los pescadores de ballenas o a los migrantes fundamentalmente portugueses), ejerciera asimismo sus artes sobre la Calvita y llevara sus pasos hasta Provincetown, en la década y en el balneario en que ‒según cuenta la leyenda‒ el mismísimo Jack Kerouac concibió On the Road, al amparo de las cabañas primigenias que fungieron como residencias artísticas durante décadas, y perviven aún en pie a la orilla de la playa.

Capturada al menos desde el siglo XIX ‒con la Cape Cod School of Art, abierta por Charles Webster Hawthorne como la primera de su tipo: outdoor, en los EE. UU.‒, la claridad de ese Cape Cod “very luminous”, en la que tanto se regodearon la paleta y los pinceles de Hopper, por su “longer summer season”, y su desapego terrestre: “an island almost”, muy probablemente sedujo al autor de Notas de un simulador, como a tantos. Justo “esta luz” ‒y ahora es un segundo poema suyo lo que cito‒ pudo haberlo fascinado por “la exquisita transparencia del aire”; como cuando se perdió ‒entre lo real y lo imaginario‒ detrás “del sol, del sol, del sol”, en un round-trip que lo hizo volver a y no regresar de La Habana. Me refiero, entre tantos de sus viajes, a aquel que lo llevaría ‒al menos en la narración de “El regreso”‒ a perecer en esa capital, interrogado, torturado[2] y a merced después, acaso no tan casualmente, de la fauna marítima, mientras deambulaba “dando gritos agudos con la boca muy abierta, cantando, tratando de hablar, aullando, meciendo el cuerpo sobre las piernas separadas, logrando un equilibrio prodigioso sobre el afilado arrecife”, para concluir con la pieza, muerto más no del todo: “Donde primero hundió las tenazas el cangrejerío fue en los ojos miopes. Luego entre los labios delicados” ‒en un acto que lo incorporaba a su vez a la cadena alimenticia y, por tanto, al ciclo de la vida en la isla, devorado entre el equívoco y sus deseos frustrados de comunión.

Me parece notorio que, si bien los poemas que hoy me convocan a repensar la ruta homoerótica de la Calvita, fueron un hallazgo entre la papelería de Cabrera Infante, a cuyo vecino londinense, John Booksmith, se dirigía el envío ‒con lo que presumiblemente daten de finales de los sesenta, cuando escribió en inglés el fragmento “Piazza Margana”, de su proyectada o desaparecida novela Gianni Gianni‒, las asociaciones temáticas a las que invitan conducen más bien a ese cuento suyo de fines de los cincuenta[3] o, máxime, a principios de la década siguiente. Los moluscos, el tentáculo que al parecer flota en la sopa, la (des)enroscada espera… me susurran una receta que no logro paladear del todo, y me llevan a reparar en la forma del cabo, que finiquita en un barroquismo de voluta. ¿Se referiría Casey en sus descripciones a la mujer que lo atendió en aquel “clam-chowder bar”,[4] a la sopa misma o al perfil de esta geografía en el mapa? Cuando pensaba en el cangrejerío finalizando sus días y en el dienteperro bajo sus pies, ¿viajaba también entre los cronotopos, hibridándolos ‒como hizo con Roma y La Habana‒, yuxtaponiendo aquel litoral que pudiera recordar a una tenaza con una costa cualquiera de su Cuba, la deseada?

He citado ambos fragmentos porque no solo ayudan a atar, literalmente, cabos, sino que me llevan a la segunda traducción de Urayoán Noel que, desde su título: “And this delicate balance” ‒en “equilibrio” de suyo “prodigioso”‒, insinúa cercanías, geometrías, anhelos de armonizar acaso irreconciliables, rejuegos mentales más que vivenciados, tal cual se esbozan las pulsiones pasionales del autor, en ese cuento de claros tintes autobiográficos. De “El regreso” entresaco otros pasajes que conectan con la incertidumbre de este otro poema:

De la gama total de actos posibles había recorrido una enorme variedad en sus cuarenta años de vida, pero ninguno tenía el menor viso de realidad. Todos se habían inscrito como sobre el lecho arenoso de un río de aguas vagas y tenían el mismo sabor desolado de la arena.

Era como si entre él y cada uno de los episodios de su vida […] se interpusiera un vacío del que hubieran extraído el aire, y los contemplara del lado de allá, lejanos, como objetos tumefactos a los pocos segundos de nacer, incapaz de cruzar la terrible barrera y tocarlos.

[…]

Sus episodios amorosos eran casi todos, si no imaginarios, sí altamente imaginativos. […] en los períodos de arrobo profundo con cada nuevo ídolo […] solo ellos y sus palabras tenían realidad. Todo lo demás se teñía de un color impreciso, perdía contornos y lo rodeaba en un mundo doloroso en el que se arrastraba penosamente, acertando apenas a realizar los actos más necesarios para la vida, y a pronunciar las palabras imprescindibles apretándose el estómago con las manos en un gesto nervioso que le era habitual, hasta que el ídolo reaparecía y hablaba, y por unas horas su mundo tornaba a sosegarse, a reasumir su realidad. Cada nuevo huésped tenía el poder de derribar todo un universo de ideas, reales o prestadas, y actitudes. […] A todos los imitaba fiel e irresistiblemente, copiaba sus gestos, sus palabras, sus malas o buenas costumbres, y no descansaba hasta haberse convertido en facsímil exacto de ellos.

El esfuerzo comunicativo de un cuerpo que actúa (como) lo que ama para procurar el acercamiento, mientras sabe que su sentir es incomunicable, y queda sin lograr la comunión con ese otro: incomunicado, titila también entre las brumas donde se expande la pregunta que sella “And this delicate balance”. Hay un estilo demorado aquí, zigzagueante, que, si bien puede asociarse con las largas oraciones del Casey narrador o con las divagaciones de muchos de sus personajes, desborda por su opacidad poética el idiolecto que le conocíamos, para mostrarnos al escritor neobarroco que pervivió en nuce en él, aflorando apenas en “Meditación junto a Caballería”, “En San Isidro”, “Polacca brillante”, entre pasajes de “Mi tía Leocadia, el amor y el Paleolítico Inferior” o en “Piazza…” misma.

Me interesa por último (a)traer al diálogo las remembrazas finales del personaje de “El regreso”, donde la luz, las manos, el viento y el mar se combinan, escoltándolo a la muerte:

Recuperó de nuevo el conocimiento cuando lo sacaron del auto y la brisa le azotó el rostro. Oyó las olas golpeando la costa con golpes secos y duros y supo que estaba muy cerca del mar. Lo dejaron solo, de pie, sobre las rocas, muy cerca de la carretera.

[…]

Pocos minutos antes de morir perdió la lucidez terrible que le había alumbrado los últimos meses de su vida con una luz intolerable. Antes de perder la razón, recordó detalles aislados e insignificantes de su existencia: el monograma con orla de un pañuelo, la forma de sus uñas, […] las palmas finas y húmedas de las manos de Alejandro.

Al margen de fechas y géneros, el ritornello de símbolos y angustias entretejido en “And this delicate balance” y “Chowder-bowl Rhoda at cape Cod” (como en “El regreso”) confirman (su pertenencia a) y conforman el contexto genético del corpus de Calvert Casey: espacio-tiempo escritural en que el autor como individuo hizo por negociar en tortuosos round-trip (tartajeantes como su lengua) ya no solo su ser-en-común, sino su ser a través de sus estancias: entre una orilla y otra, entre el día y la (v)ida, entre las (s)ol(ed)a(de)s y la noche.

Jamila Medina Ríos
Providence, Rhode Island, New England,
1-2 de enero de 2022

Mapa de Cape Cod, 1940
Mapa de Cape Cod, 1940

Chowder-bowl Rhoda en cape Cod[5]

Sin ser tocada
Por el olvido o la angustia; ella merodea
Arriba
Sobre el aire cósmico.
Un oráculo despistado; está perdida.
La cuenta de sus siglos y sus caracoles
(espacio doble)
Respetuosa
De sus invitados narco-no-comprometidos,
Ella se anomita
Con calma moluscoide,
Y con la misma distancia
Podría desenroscar un tentáculo con perejil,
O bien
Revelar el ajo
(espacio doble)
Pero ella prefiere seguir flotando—
Hierática;
O reptar a lo largo de la pared
Y la melaza.
O contemplar
Alguna difunta turgencia—
Fascinada.
O dormitar
Transfigurada por el sudor insidioso
Que rezuma y chorrea
Por su cuello.

Y este delicado balance

Y este delicado balance que el golpe,
construyó sobre intangibles
tan subrepticiamente como se logra la levitación,
y tan inevitablemente;
esta extraña red de torpeza y destreza,
este ufano estampado de precariedad
que a menudo regateará el borde del horror
por el dobladillo de los ferrotipos;
este prolongarse en el vientre del tiempo
(del tiempo silenciado hasta el húmedo palpitar en tus entrelazadas
palmas):
esta insulsa economía de desechos y deseos,
este ciego chorro de gestos y palabras,
tan inesperado
como fatales temblores repentinos en las profundidades del mar;
y este terco hurgar por una imagen
y este inútil claustro de muchos espejos que se miran;
este insostenible santuario de sonidos,
esta luz, esta oscuridad—
Será que se salvará
por algo improbable, por nacer intangible
lo cual alterará (por alguna discreta fracción)
los fanfarrones números del infinito
—para que pueda merodear
ileso y olvidado
en la exquisita transparencia del aire?

Traducción: Urayoán Noel

Chowder-bowl Rhoda at cape Cod

Untouched
By oblivion or distress; she lingers High
Upon the cosmic air.
An absent-minded oracle; she’s lost.
The count of both her centuries and shells (double space)
Respectful
Of her narcomittal guests, She anomits herself
With molluscoid calmness, And with the same remoteness
She could uncurl a tentacle with parsley, Or else
Vouchsafe the garlic (double space)
But she would rather float on­ Hieratic;
Or crawl along the wall And the molasses.
Or gaze
At some departed turgidness­ Entranced.
Or doze
Transfigured by the insidious sweat That oozes up and trickles down Her neck.

And this delicate balance

And this delicate balance that the strike,
built on intangibles
as surreptitiously as levitation is achieved,
and as inevitably;
this strange web of clumsiness and craft,
this smug pattern of precariousness
that so often will barter the edge of horror
for the hem of tintypes;
this tarrying in the womb of time
(of time hushed down to the damp throbbing in your clasped
palms);
this bland economy of waste and want,
this blind stream of gestures and words,
as unexpected
as sudden deadly tremors in sea-depths;
and this obstinate fumbling for an image
in this hopeless cloisters of many facing mirrors;
this untenable sanctuary of sounds,
this light, this darkness-
Might it be spared
through some improbable, for born intangible
that will alter (by some discreet fraction)
the highfalutin numerals of infinite
-that it may linger
unscathed and forgotten
in the exquisite transparency of the air?


Notas:

[1] Revisando la plana, en segundas conversaciones con el profesor peruano, acota algo que me encantaría considerar, siendo que remite a otra conexión por carretera: California-Cape Cod (“3517 miles coast to coast”). Habría que “especificar que Provincetown es la capital gay del noreste norteamericano, ya que la más grande, San Francisco (en la costa oeste), es más conocida como la capital gay de los EE. UU. La capital lésbica del país es Northampton, en Massachusetts, a dos horas de Boston”.

[2] La imaginaria redada en que el protagonista muere parece remitir a 1957, año en que los mártires de Humboldt fueron masacrados tras el asalto al Palacio Presidencial.

[3] Tampoco descontaría el hecho de que, a mediados de los cincuenta, Calvert Casey se introdujo en el psicoanálisis, justo tras haber ganado un premio en la editora Doubleday con un cuento en inglés: “The Walk” (luego “El paseo”), que habla veladamente de su primera experiencia homoerótica. Si no los textos, al menos el viaje a Cap Code tendría en última instancia que pertenecer a esta época, puesto que el autor no vuelve a los EE. UU. luego de su affaire con Cuba, y su regreso allí, imantado entre el sol y la Revolución.

[4] En nota a J. B., Casey añade al pie del poema: “Rhoda was a huge Negress working in a clam-chowder bar in Cape Cod”.

[5] A diferencia del que sigue, este poema comienza en mayúsculas cada verso. Se ha respetado la ortografía y la puntuación del original. No así la secuencia en que se hallaban ordenados en el fajo, inversa en realidad, de lo que quizás podría aducirse una cronología.

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