Fotograma de ʻCamioneroʼ, Sebastián Miló dir., 2012
Fotograma de ʻCamioneroʼ, Sebastián Miló dir., 2012

El juego de poderes que son las relaciones humanas se soporta mayormente en rituales de (auto)reafirmación de unos a partir del quebrantamiento de otros y de externalización/exorcismo de las debilidades propias en sujetos expiatorios. Mientras más se agrede a los respectivos Doppelgänger, más se trascienden los propios defectos y se ocultan los esqueletos en el clóset. La humillación, menoscabo y ocasional destrucción de estos redunda en la consolidación de la personalidad y las fuerzas de los más robustos, quienes tras los procesos de desdoblamiento y proyección quedan liberados de las flaquezas conjuradas en el fetiche apaleado.

Las concentraciones humanas forzosas en espacios reducidos donde la convivencia es igualmente obligatoria, tales como cárceles, cuarteles militares, conventos, campamentos y para el caso cubano escuelas al campo en el período de enseñanza secundaria e institutos preuniversitarios (estructurados sobre la base del estudio-trabajo agrícola desde la década de 1970 hasta un presente donde tal sistema está en plena disolución), son caldos de cultivo propicios para el establecimiento de tales relaciones de tribalización, dominio y aniquilación hasta sus peores consecuencias.

Sobre estos presupuestos y contextos se asienta la trama del cortometraje Camionero (Sebastián Miló, 2012), que exhala una corrección profesional técnica que traslada toda la carga autoral a la amarga crítica social y ríspida desacralización de instituciones del establishment detentadas por la obra de marras, fiel al generacional espíritu cuestionador, deconstructor de discursos y posturas oficiales manifestado en disímiles obras fictivas y documentales precedentes y contemporáneos.

No abandona con estos propósitos denunciadores, la indagación psicológica directa en la conflictualidad mental y posterior evolución psíquica de los protagonistas Raidel (Héctor Medina) y Randy (Antonio Alonso), al estilo de cintas como Elephant (Gus Van Sant, 2003) y April Showers (Andrew Robinson, 2009), que tocan el tema de la violencia escolar juvenil desde la perspectiva estadounidense, harto conocida por su cobertura periodística e investigativa (por ejemplo, Bowling for Columbine, de Michael Moore, 2002).

Todo lo contrario ha sucedido, para el caso cubano, no carente de sucesos sórdidos y no dudo que semejantes. Quien diga lo contrario que rememore honestamente sus años de becado, suerte experimentada por un altísimo porciento de los cubanos nacidos después de 1959, lo cual coadyuvó para bien y/o para mal a modificaciones substanciales del sistema de valores sociales, morales y familiares de la población.

Resulta Camionero revelación y reconocimiento de áreas ocultas del transcurrir adolescente y juvenil insular casi siempre representado mediáticamente como un dechado de despreocupación camaraderil, apenas atormentados los muchachones por la pareja que los abandonó, los malos resultados en los estudios, algún disgusto entre los padres y hasta motivados por misterios detectivescos, con honrosas excepciones de series televisivas como Blanco y Negro ¡No! y Doble juego, las cuales tampoco alcanzaron a tantear los abismos revelados por Miló en una suerte de contrarrepresentación respecto a la imagen de la beca fomentada por la fabular (por ejemplo, Una novia para David, Orlando Rojas, 1989).camionero | Rialta

En este emotivo clásico de los ochenta dirigido por Orlando Rojas el desprecio a la diferencia simbolizada por la gorda interpretada por María Isabel Díaz se reduce a leves escaramuzas bromistas dignas de la comedia romántica que es a la larga. Sucede algo semejante con la más cercana Habanastation (Ian Padrón, 2011), contendiente derrotada en la brega por el premio de la Muestra, cuya aleccionadora tesis sobre el natural bondadoso del ser humano es justo lo contrario de este estoico Camionero, martirizado en el ambiente cuasi carcelario por los bullies de turno en una retorcida obediencia a la enseñanza cristiana de colocar la otra mejilla ante la bofetada del prójimo, dispersados a los cuatro vientos los restos de su dignidad.

Su mórbida pasividad, a la vez que sirve de ideal vehículo de expiación de culpas íntimas y reafirmación constante de fuerza para los abusones, desata otra reacción en el Raidel muy bien interpretado por Medina desde una precisa contención (quizás lo mejor de su carrera hasta ahora), joven becario quien, tras identificarse más allá de los límites con Randy, ve amenazada su propia integridad en el calvario ajeno. En desesperado arrebato muy cercano a las encrucijadas carcelarias, decide imponerse de la manera más brutal antes que ser vejado de igual manera. Da rienda suelta a su miedo, a su represión ante tanta crueldad presenciada sin tomar partido y acontece la tragedia.

Bajo la divisa latina Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit (Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro), el realizador estructura un certero guión sobre el cuento original “A la vencida va la tercera”, de Yomar González, sostenido por una impecable edición y una puesta gélida, calculadora de tan diáfana, meticulosa e ilustrativa, libre de cualquier afeite efectista o tremendista que recargue la percepción al contrario de la también muy sólida pero bizarra, hiperbólica y grotesca Utopía (Arturo Infante, 2004), igualmente deconstructiva de una institución sagrada como era entonces la pretendida “cultura general integral” del cubano.

Los hechos hablan por sí solos en el caso de la desgarradora historia de Camionero. Concomita Miló así en más de un aspecto con los gélidos obrares de Todd Solondz (Storytelling, 2001) y Giorgos Lanthimos (Kynódontas, 2009), lubricada la progresión dramática de las acciones en un crescendo que estalla en paroxística masacre shakespeareana y definitiva alegoría de la crueldad humana.

Camionero sostiene en alto el rigor y la valentía del apartado de ficción de la Muestra Joven, precedido en su triunfo por la cinta Memorias del Desarrollo (Miguel Coyula, 2010) para la validación del movimiento de audiovisual independiente cubano como hervidero de interrogantes, denuncias, preocupaciones sociales, aunque la legitimidad autoral siga siendo un rara avis difícil de capturar.

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Antonio Enrique González Rojas (Cienfuegos, 1981). Periodista y crítico de arte. Textos especializados suyos aparecen en publicaciones como La Gaceta de Cuba, Cine cubano: La pupila insomne, El Caimán Barbudo, Hypermedia Magazine, Altercine (IPS Cuba), Cine Cubano, Esquife, Noticias de Arte Cubano, Bisiesto (Muestra Joven ICAIC), Enfoco (EICTV), la revista del Festival de Cine de La Habana, y otras. Ha sido guionista de varios programas televisivos especializados en audiovisual como Lente Joven, Banda Sonora e íconos del celuloide. Ha integrado jurados de la prensa en eventos como el Festival de Cine de La Habana. Ha publicado libros de ficción y crítica de cine, entre los que se encuentran: Voces en la niebla. Un lustro de cine joven cubano (2010-2015) (Ediciones Claustrofobias, 2016) y Tras el telón de celuloide. Acercamientos al cine cubano (Editorial Primigenios, 2019). Un tercer volumen titulado “Críticas, mentiras y cintas de video” está en proceso de edición.

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