Un judío asesinado en Vinittsa, Ucrania, en 1941.
Un judío asesinado en Vinittsa, Ucrania, en 1941.

A Roman Brodsky lo mataron en la primera semana de la invasión de las tropas rusas a Ucrania, el domingo 27 de febrero. Tenía 37 años, trabajaba como DJ en la capital, Kiev, e intentaba huir de los bombardeos cuando fue interceptado por un control militar cerca de la frontera con Moldavia. En un confuso incidente, Roman, judío y nacido en Israel, fue confundido con un espía checheno, cuestión que derivó en un altercado y su muerte en manos de un guardia ucraniano de gatillo fácil. La guerra, que durará quién sabe cuánto, y menos aún cómo terminará, acababa de comenzar.

Mi hermano me escribió por WhatsApp queriendo saber si acaso Roman era pariente o un familiar remoto. Por supuesto que no. Sin ninguna duda que sí. Hay muchos Brodsky en Ucrania. Antes había más, muchísimos más. Cientos de miles. Acaso millones repartidos entre los antiguos territorios de la vieja Rusia y Polonia, Rumania, Lituania, Estonia y Letonia, desde Odessa y el Mar Negro por el sur hasta el Báltico y Riga por el norte.

Es una metáfora, claro, o una sinécdoque que cuenta la parte por el todo. Esto sucede porque la invasión a Ucrania que vemos en las noticias de hoy tiene como escenario lo que, desde 1791, fue conocida como la Zona de Asentamiento, The Pale of Settlement, o el límite que confinaba a los judíos en la Rusia imperial, cuando Catalina II estableció dicho territorio exclusivo para ellos.

El objetivo no era premiar a los hebreos por sus habilidades comerciales o administrativas, sino alejarlos de las ciudades de Moscú y San Petersburgo, donde los burgueses reclamaban por la influencia que tenían en los asuntos locales. Como respuesta, a mediados de 1800 se inicia la gran migración judía desde la vecina ciudad de Brody, cuna de Joseph Roth, entonces parte del Imperio Austrohúngaro, hacia Europa, los Estados Unidos, América del Sur y Palestina.

En 1891, dos mil judíos son deportados desde San Petersburgo a la Zona de Asentamiento, y veinte mil más desde Moscú. Medio millón es obligado a dejar sus casas para habitar en pequeños pueblos de la Zona, los llamados shtetls o villorrios. Hacia finales del siglo XIX, cerca de cinco millones y medio de judíos ashkenazis, es decir originarios de Europa Central y Oriental, vivían confinados en la Zona de Asentamiento, convirtiendo el territorio en el granero del Zar gracias a la fertilidad de sus tierras y la abundancia de mano de obra barata. Eso hasta que la revolución bolchevique de 1917 abolió del todo los límites de la Zona. Ucrania declaró entonces –y por unos pocos meses– su independencia como república, mediante un Parlamento provisorio que duró lo que el Ejército Rojo se encargó de ocupar el nuevo país en pañales. En 1922, finalmente, la República Socialista de Ucrania fue incorporada política y territorialmente a la Unión de República Socialistas Soviéticas, hasta el fin de la Guerra Fría y la disolución de la URSS en 1990. Fin del comunicado.

Ese país no existe, lo inventó Lenin, dice Putin. Y tiene algo de razón: la República Socialista de Ucrania fue, como tantas otras de la fenecida patria grande del comunismo, una estación repetidora de las autoridades centrales de Moscú, sin ninguna relación con el anhelo patriótico de tan corta vida y nacido de las mezclas que habían habitado el territorio.

Nuestro objetivo es desnazificar Ucrania y que deje de ser una amenaza para los intereses de Rusia, dice Putin. Y otra vez tiene algo de razón: el antisemitismo, mezclado con el nacionalismo armado, tiene un largo y triste historial en Ucrania, desde la Zona de Asentamiento hasta la Shoa, el término con que el judaísmo designa el exterminio nazi durante la Segunda Guerra, y que tuvo uno de sus clímax en el barranco de Babi-Yar, al oeste de Kiev, donde los Einsatzgruppen o tropas de asalto hitlerianas, con apoyo del colaboracionismo ucraniano, llevaron a la muerte a más de 33 700 judíos, en una fusilada de dos días sobre niños, mujeres, ancianos y adultos en septiembre de 1941.

Desnazificar Ucrania con una nazificación a gran escala de las tropas rusas que bombardean ciudades, universidades y plazas mientras buscan la cabeza del primer presidente judío del país, no guarda ninguna relación con un acto de liberación.

En la retórica guerrera, desnazificar un país significa limpiarlo de su terrible pasado. Pero, de nuevo, desnazificar Ucrania con una nazificación a gran escala de las tropas rusas que bombardean ciudades, universidades y plazas mientras buscan la cabeza del primer presidente judío del país, no guarda ninguna relación con un acto de liberación. La prueba es que incluso el memorial de Babi-Yar fue alcanzado por los bombardeos del mes de marzo. Y el resultado es aún peor: si se trataba de impedir que Ucrania ingresara a la OTAN, ahora todos los países surgidos de la antigua Zona de Asentamiento y del desmoronamiento de la URSS han cerrado filas con el frente común europeo. Para Putin, que sin duda conquistará Kiev, es lo que se llama ganar una batalla y perder la guerra, con Zelensky convertido hoy en un héroe y mañana en un mártir.

¿Qué habrá estado haciendo Román en Ucrania, aparte de poner buena música para las fiestas y bailes de ucranianos y rusos mezclados en una tierra cuya identidad tambalea desde hace siglos entre dos Europas de muy distinto signo? Descartada la hipótesis del espía checheno, queda pensar en lo más obvio: vivir su vida en la pluralidad de las muchas culturas, etnias y religiones que Ucrania comenzaba a construir bajo la forma de una ciudadanía democrática tras un pasado tormentoso. Fue lo que se acabó el 24 de febrero, y puede que no solo en Ucrania.

Hace un tiempo mi hijo Samuel visitó Auschwitz y me envió una foto del muro donde están inscritos los muchos Brodsky asesinados entre 1940 y 1945, según consta en el muro cuya fotografía colgué en un identikit: allí están Nina, de Odessa (Ucrania); Boris, de Lodz (Polonia); Anatoli, de Tallinn (Estonia); Elisabeth, de Berlín (Alemania); Benjamin, de Melitopol (Ucrania); Chana, de Vilna (Polonia); Gilda, de Kiliya (Rumania); Fruma, de Yekatorinoslav, también de Ucrania, en la ribera este y más extrema del río Dnieper, en la ciudad de Dnipropetrovsk donde nació Zelensky, y que es también desde donde salió mi abuelo Bernardo con sus hermanos rumbo a Buenos Aires, huyendo del zar y los pogromos a comienzos del siglo XX, hace cosa de cien años y más. Mi bisabuelo Moisés se quedó en Odessa, donde despidió a su mujer Rosa y a sus hijos para un viaje que parece no haber terminado. Ignoro cuál fue su destino en Ucrania, pero puedo adivinarlo en la suerte de Roman, un Brodsky como tantos otros que no conozco pero que sí reconozco en el fuego cruzado. Todos somos parientes, y eso ya es motivo suficiente para la guerra.

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Roberto Brodsky (Santiago de Chile, 1957). Escritor, profesor universitario, guionista y autor de artículos de opinión y crítica. Entre sus novelas se cuentan El peor de los héroes (1999), El arte de callar (2004), Bosque quemado (2008), Veneno (2012), Casa chilena (2015) y Últimos días (Rialta Ediciones, 2017). Residió durante más de una década en Washington como profesor adjunto de la Universidad de Georgetown. Ha vivido por largos períodos en Buenos Aires, Caracas, Barcelona y Washington DC. A mediados de 2019 se trasladó a vivir a Nueva York.

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