Cinco movimientos de alabanza (fragmento)

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Pueblo

La tierra sube y baja, un soplo geológico.

Se eleva hacia bajas colinas marrones de roca desnuda y cae por entre pequeños valles marrones de grava suelta. Un cielo descolorido por tanta luz cuelga muy arriba, inalcanzable. El sol se precipita desde allí, así han madurado rocas y grava, matorrales y espinas. El viajero no elige sus paisajes. Acepta lo que venga. En lugar de un bosque, puede que encuentre un desierto, en lugar de un estanque con los peces más pequeños, puede que encuentre un océano sin fin. Algunos le dirán que puede encontrar lo que necesite en vez de lo que desea. Y el viajero les dirá que no le quedan deseos ya que todos se han convertido necesidades.

Sus miedos viajarán con él, se aferrarán a él con un amor sin fin.kristin foto | Rialta

Cada cosa aquí, las rocas, la luz, el suelo, el calor, es dura e inflexible. Se parecen en su devastadora perseverancia. Lo único que parece ligero y espacioso son esos arbustos que, vistos desde abajo, se adhieren a las laderas como si fueran nubes de color marrón grisáceo. Aunque arriba, cuando los toco, me parecen tan persistentes como todo lo demás aquí; ásperos, irrompibles, tan arraigados en estas laderas que incluso si tiro las partes más bajas con fuerza, no consigo desalojarlos. En la tierra debajo de las colinas hay algunos árboles demacrados con hojas verdes, y pese a que podrían arrojar una sombra, nunca dan sombra. Este es el límite de la diminuta ciudad.

Cuatro mausoleos se encuentran debajo de las colinas, están hechos de piedra de color marrón oscuro. Aquí la piedra ha sido tallada en entradas arqueadas, ventanas con filigrana de estrellas, repisas con flores y hojas que corren a lo largo de ellas. Cerca de estos mausoleos hay un dargah blanco que refleja y multiplica la luz del sol.

“Seiscientos años”, dice. “Dargah de Shaykh Sharafuddin”. El guardián de este dargah es un anciano delgado que sonríe tranquilamente. “Y los mausoleos se remontan a quinientos años. Algunos son generales, otros son sufíes. Todos querían ser enterrados aquí, cerca del Shaykh. Quinientos años … este es un lugar antiguo y sagrado”.

El cuerpo del hombre es delicado, ligeramente inclinado y recogido hacia adentro, y se endereza gradualmente con satisfacción.

“Ven”, me hace pasar. Su larga túnica verde descolorida no tiene forma y es demasiado larga. Barre el suelo mientras camina, acumula tierra y polvo.

El patio tiene dos rectángulos de un inesperado y cuidado césped, y en ambos hay varias tumbas blancas. Entre las tumbas, como un triste placer que florece, veo arbustos con flores blancas, las únicas flores que he visto en millas.

El dargah es una habitación pequeña, y tan oscura que mis ojos tardan un tiempo en discernir aquella tumba cubierta con una tela verde y dorada, el techo tiene amplias cortinas de terciopelo rojo con bordes dorados. Es una tumba sencilla, sin pétalos de rosa, de hecho, sin flores, sin techos ni paredes suntuosamente decoradas. Todo está impecablemente limpio y bien cuidado. Hay una sombra que el techo proyecta sobre la plataforma blanca fuera de la habitación. Me siento adentro, aunque si retrocedo aunque sea un poco quedaré bajo el sol ardiente. Llega una mujer con burkha, se arrodilla con ese sol y comienza a rezar. La mujer mira hacia abajo, con su rostro cubierto, se queda de cara al suelo, luego mira hacia la tumba y finalmente hacia ese cielo cegador, todo esto mientras en voz baja dice sus oraciones. Cuando termina, se quita el velo de la cara, cubre el sol de sus ojos con la mano derecha, y me mira como si hubiera estado atenta de mi presencia todo este momento.

“¿Te quedarás mucho tiempo?” me pregunta.

“No lo sé”, le respondo.

Mira a su alrededor lentamente, como quieriéndose asegurar de que ese descolorido cielo y las colinas marrones estén en su lugar.

“Siempre tenemos que arrodillarnos ante la oscuridad o la luz cegadora”, dice. “Solo así nuestros ojos se vuelven inútiles”.

Se baja el velo y reanuda sus oraciones.

El guardián de dargah me bendice con la escoba sagrada. Me pregunta de dónde vengo. Es la única pregunta que hace. Veo en sus ojos la más superficial de las curiosidades, aquella que no reclama nada. Cuando le pregunto su nombre, aparece en su rostro una sonrisa tristísima. Dice que su nombre es Rashid, con una vocal larga al principio, lo que lo diferencia del mismo nombre con la vocal larga al final, la cual significa “amigo”, mientras que su nombre significa “aquel que muestra el camino correcto”.

Me quedo en el borde del dargah, mirando durante mucho tiempo hacia afuera.

“En este suelo …”, le digo.

“No crecen ni flores ni hojas”, retoma Rashid, “porque da lugar a cosas más eternas”.

Un grupo de muchachos, tal vez de trece o catorce años, se para en la amplia cornisa que rodea uno de los mausoleos. Están allí como si estuvieran examinando la tierra. Me miran.

“La entrada está detrás”, me dicen. “Aunque no hay nada adentro excepto una tumba”. Todos son delgados y angulosos, con ojos abiertos y delineados con surma. Les pregunto de quién es la tumba. Se encogen de hombros.

Los grandes ventanales del mausoleo son jalis hechos de pequeñas estrellas posicionadas en círculos. Los más delicados de los patrones con forma de panales corren por las entradas arqueadas. En el interior, en medio de un silencio acumulado por siglos, hay una tumba, encima de la cual hay una solitaria caléndula marchita de hace un par de días. El tiempo no está realmente aquí, solo está parado. Mientras miro, algo cae desde la alta cúpula y golpea la tumba. Es un gorrión, y yace allí con su pequeña cabeza separada de su cuerpo. La cabeza cortada descansa sobre la caléndula, ambas parecidas en su extrema ligereza. Un viento que entre con fuerza desde los arcos los volaría el uno junto con el otro. Pero no hay viento. El pájaro y la caléndula están destinados a permanecer donde están hasta que se reduzcan, hasta que sean insustanciales, hasta que se conviertan un pasado sin narrativa.

Una mirada individual no puede revivir nada más que a sí misma.

Sobre la tumba está la vasta cúpula desde donde ha caído el gorrión. Allí todavía se puede reconocer una repentina y frágil turquesa, un indicio de que lo material sigue siendo destruido aquí, sin cesar. Pero los jalis, creados hace tanto tiempo, parecen ahora tan potentes a la luz de este sol, lo que permite que pequeños puntos de iluminación cuelguen suspendidos en la oscuridad. De repente la luz de la entrada se oscurece. Veo a los chicos, que parecen formas delgadas y oscuras, con el sol detrás de ellos, curiosos por averiguar por qué estoy aquí. Con su llegada el tiempo muestra todas sus manifestaciones, y se mueve hacia la eternidad. Pero solo para mí. Los chicos le dan la espalda a la oscuridad y se van.

*  *  *

Parece que cuando viajo nunca reúno datos, como lo hace un historiador, un periodista o un científico. Lo que aparece frente a  mí son los hechos que ya conozco. No busco nuevos. Pero esta vez trato de recopilar algunas verdades rudimentarias. Esta ciudad tiene un total de 2507 hombres empleados y de 347 mujeres. El ingreso promedio es de 3.700 rupias. Algunos de estos hogares tienen diez u once miembros. Cuanto mayor sea la familia, mayor será el nivel de ingresos.

La mano de obra no calificada comprende el 46,5% de la población activa. Hay trabajadores de la construcción, barrenderos, sirvientes, recolectores de basura. Algunos mendigos. El resto de la población se compone principalmente de mano de obra calificada: pintores, electricistas, soldadores, albañiles, panaderos y alfareros. Otros trabajan por cuenta propia. En esta categoría hay vendedores de frutas y verduras, carniceros, barberos, sastres, agricultores. Una parte muy pequeña de la población son maestros, médicos, empleados del gobierno.

En esta ciudad no hay industrias.

El sol está bajo en el cielo cuando comienzo a subir una de las colinas. Los chicos me siguen un rato.

“¿Vas a la cima de la colina?” grita uno de ellos. “Allí tampoco hay nada”. Me detengo y miro hacia atrás. Están muy cerca de mí. Veo en sus ojos la misma mirada que vi en los ojos del guardián de dargah, una curiosidad rápidamente seguida por la resignación, un conocimiento previo de que lo nuevo nunca les pertenecerá.

Paso una cueva situada en la ladera de la colina. Un hombre de mediana edad está sentado adentro con los ojos cerrados y las manos sobre las rodillas. Sigo subiendo. Mi bandhni dupatta roja es delicada y se queda atrapada en los arbustos afilados, así que la dejo colgando de un pequeño arbusto, con la intención de recogerla de regreso. Llego a la cima de la colina y miro el sol anaranjado. Una amplia gama de colinas bajas y marrones se extiende ante mí, a la luz del atardecer. Abajo, el lecho seco de lo que fue un río. Cerca, a una milla de distancia, Aurangzeb yace enterrado en una tumba sorprendentemente simple, una losa de mármol. Esta sencilla tumba fue pagada por el Emperador con el dinero de la venta de casquetes que había cosido con sus propias manos, así como copias del Corán que él mismo había escrito. Al otro lado de las colinas hay un fuerte construido por Muhammad bin Tughlaq. A la derecha, aunque no visibles desde aquí, están las cuevas de Ellora, donde los escultores se encontraron con la roca más antigua del subcontinente, un basalto volcánico que ofrecía mucha resistencia. De ahí vino el volátil Shiva, el asesino Durga. Cuando los escultores vencieron la resistencia de la roca, cuando la entendieron, ahí aparecieron los amantes inclinándose hacia el vacío, y Jatayu volando por el aire con una gracia urgente. Esta roca se formó a partir de lava volcánica, hace al menos 65 millones de años.

Escucho una canción que viene de lejos. Me doy la vuelta y veo a los chicos de pie muy abajo, hablando entre ellos. También a una mujer sentada sola sobre una roca. El guardián de la darga está de pie junto a su puerta arqueada. La canción parece no venir de abajo, sino de muy arriba. Miro a mi alrededor, es una canción que parece un círculo. Luego de seguir la melodía por casi tod el cielo despejado veo a dos personas en lo alto de otra colina, no sé si hombres o mujeres, es demasiado lejos para decirlo, pero puedo decir que están tomados de la mano y están cantando. No sé si es un canto de oración o de amor. Viaja por los valles y sube por las colinas, es lo único que se mueve en este paisaje. Justo cuando estaba empezando a aprender algo de la dura e inquebrantable resistencia de las rocas y los arbustos, llega esta canción. Es algo en constante movimiento, no es algo del pasado sino del ahora, y por tanto no perdurará.

Mientras la oscuridad se acumula, subo la colina. Busco mi dupatta, doy vueltas por muchos arbustos pero no la encuentro. Alguien lo ha tomado en el momento en que subí y volví a bajar. Quizás los chicos, para regalársela a una chica que uno de ellos desea, quizás el hombre que meditaba en la cueva. El rojo es un color propicio para muchas cosas.

En la parte inferior de la colina, los niños todavía están jugando con sus pies, mueven la grava suelta del camino, lanzan algunos guijarros bien lejos con un gesto similar al de lanzar una pelota de cricket. “Alguien me quitó la dupatta que había dejado en un arbusto allá arriba”, les digo. “¿La han visto?”

“No sabemos nada de lo que sucede allá arriba”, dicen. Hay mucho movimiento en estos niños, pero estos movimientos en realidad consisten en contracciones y tirones del cuello, de sus extremidades, caras, y por eso el deseo de moverse parece ser mayor que lo que el movimiento logra. Aparece un hombre solo, un hombre alto, de complexión ancha, con una kurta blanca y un salwar, con los ojos marcados con surma. Me mira directamente, con la mirada sostenida.

“Tienes que dejar algo a cambio de lo que has recibido”, dice. “La dupatta estaba hecha de un algodón suave, un poco transparente, bandhni en amarillo y rojo. ¿Quién sabe los muchos usos que se le pueden dar?” Sus ojos se deslizan hacia el lugar que habría cubierto la dupatta.

“Dime más”, le respondo, manteniendo mis ojos con los suyos. “Tengo curiosidad por saber más”.

“Sería bueno extender la dupatta sobre la hierba, mirar los diminutos puntos amarillos con esos contornos que se funden como pequeñas llamas en el rojo, recostarse sobre su suavidad y luego mirar hacia el cielo vacío”.

Sabe que le quitaré algo de aquí, pero no sabe qué. Sus ojos son diferentes a los de los niños o los del guardián de dargah. Son ojos quietos, y en ellos no hay resignación.

“Podrías hacer eso con la dupatta”, le digo.

“Podría, pero no soy yo quien lo ha tomado. Y luego, una vez que alguien se acueste sobre la dupatta, sentirá el filo de las espinas, en muchos lugares, como si lo rasgara. Entonces tendrá que cambiar la función d eesta, podría convertirla en un trapo para limpiar cosas, o podría romperla en tiras delgadas para así pedirle un deseo en el dargah”.

Los chicos continúan arrastrando los pies sobre la grava mientras escuchan la conversación. Rashid se sienta en cuclillas en la entrada, sobre él se ve el gran arco de la puerta, y llora y se limpia con la manga de su túnica verde descolorida.

“Saleem”, dice entre lágrimas. “Saleem. No no”.

Mi interrogador lo mira una vez y luego aparta la mirada.

La canción sigue, sube y baja, es como si la oscuridad le cediera incluso más espacio que a la luz.

*  *  *

Los sufíes dicen que uno viaja por muchas razones: para conocer a los maestros, para aprender, para autodisciplinarse, para buscar el anonimato. La influencia de un viaje a la hora de domesticar nuestra alma, dicen, no es menos importante que una oración o ayunar. El viajero sabe que también se puede viajar sólo para experimentar el movimiento, cuando se está agotado por aquello que ya no tiene vida. Cuando no hay curiosidad, cuando ni la mente ni los ojos avanzan.

Salgo antes de que el sol salga muy alto, temprano en la mañana. Veo a Rashid regando sus flores y el césped. Más allá del dargah veo un tramo de tierra abierta. Solo hay un árbol con protuberancias gruesas en el tronco y tres ramas. Una rama crece en diagonal hacia la izquierda, otra serpentea hacia la derecha y la tercera es tan corta que casi parece un muñón, inclinada hacia abajo. Todas las ramas tiene algunas espinas. Por debajo, como si fuera un árbol que ofreciera sombra, hay una mujer corpulenta con burkha, en la posición surya namaskar. Es una mujer de mediana edad con un rostro casi masculino. Sus ojos son pequeños y en su alta nariz veou un aro de plata. Observo cómo dobla las rodillas y junta las manos, con extrema flexibilidad y gracia, para quedar ante el sol. No hay nada entre ella y el suelo. Sus rodillas y palmas descansan sobre grava y piedras. Cuando me acerco veo que todo su cuerpo está temblando, es un temblor muy delicado, como las hojas de un árbol en medio de un suave viento.

Camino pero ella me ve. Se sienta en la grava con las piernas cruzadas. El temblor se acaba.

“Tú eres quien perdió su dupatta ayer”.

Asiento con la cabeza.

Su rostro está lleno de sospecha. “¿Estás casada?”

“No”.

Su boca se tuerce en una sonrisa cruel. “Eso pensé”.

Sigo mirándola, sé que quiere que le haga la misma pregunta.

“Estoy casada”, dice. “Pero no tengo hijos”, agrega, con una voz que se vuelve desafiante.

Mira al sol y junta las palmas de sus manos.

“Mírame todo lo que quieras”, dice. Luego escupe su desdén, una pequeña y espesa masa de saliva que brilla como si fuera rocío sobre las piedras.

Sus brazos se elevan por encima de ella, bajan, ella se arrodilla, queda apoyada sobre manos y rodillas, su cabeza baja y sube de nuevo hacia el sol, es como un fluir continuo, trémulo, incansable. La miro durante mucho tiempo, sin poder moverme. Cuando empiezo a caminar, ella me mira por encima del hombro.

Un cementerio brota entre dos colinas, veo plantas y frutos de la tierra árida, no hay muros que limiten el lugar. Es un espacio que parece dispuesto a multiplicarse hacia todas direcciones, culpa del calor, del aire despejado. Sentado en una lápida está mi interlocutor de ayer.

“Hay una cosa que en realidad me gustaría hacer con ese dupatta”, dice. “Me gustaría tapar mis ojos con su suavidad y así bloquear esta luz llena de malicia. El perfume que sale de la tela, ese olor a jazmín marchito, me calmaría, y tal vez, al menos por una hora, dormiría”.

*  *  *

Ya es la tarde. No hay nadie aquí. Me siento frente a la habitación con la tumba, dejo que mis ojos se acostumbren a esta oscuridad donde no hay ventanas interiores. Hoy veo pétalos de rosa esparcidos sobre la tela verde que cubre la tumba. Hay un olor a rosas casi imperceptible. Un rayo de luz con forma de daga atraviesa repentinamente la habitación, cae sobre la tumba, ilumina algunos pétalos. ¿De dónde ha venido? La luz tiembla al igual que el agua en movimiento. Ahora aparece una pequeña ventana arqueada en la pared del fondo, desde donde se puede ver una luz solar diferente, tan pálida como la de un día invernal. La daga de luz atrapa el dobladillo plateado y deshilachado de una túnica, se mueve, y debajo de ella veo dos pies marrones delgados y envejecidos. Me arrodillo en el umbral e intento ver mejor. Hay movimientos, un trozo de túnica verde, un pie, una mano larga y esbelta, es todo tan repentino como el aleteo de un ala que pasa. Por sólo un momento, cierro los ojos. Cuando los abro, veo a un anciano con una túnica verde, con un dobladillo y plateado deshilachado, de pie ante la ventana arqueada. Está de espaldas a mí. De pie junto a él, me veo a mí misma, estoy sosteniendo a una niña en mis brazos. La niña tiene el pelo lleno de rizos, soy yo de niña. El hombre de la túnica pone su mano en mi cabeza y la acaricia. Por mi parte yo acaricio la cabeza de la niña que tengo en mis brazos y que soy yo.

Es una infancia que parece separada de la niña desde el principio, como una feminidad detenida, o una adultez dentada, forzada y falsa en ciertos momentos, aunque en otros una adultez luminosa, capaz de atraer muchas cosas hacia su luz.

La niña comienza a reír. Se ríe como a veces lo hacen los niños, sin razón. Mientras se ríe, gira la cabeza y me mira a mí, a quien la sostiene. El hombre de la túnica toma la cara de la niña entre sus palmas. Luego hace un gesto hacia el exterior, más allá de la ventana. Me levanto para tratar de ver hacia dónde está gesticulando. No veo nada, la ventana es demasiado alta. Ahora puedo escuchar el agua fluyendo, en algún lugar fuera de la ventana. Es como un río lejano, pero pronto el sonido se hace más presente y fuerte, como una cascada. A medida que crece el sonido, las figuras desaparecen, y luego la ventana y la luz. La habitación vuelve a oscurecerse. Solo quedan los pétalos de rosa.

Rashid entra a la habitación y es entonces cuando el sonido del agua corriendo se detiene abruptamente. Yo cierro mis ojos.

Traducción de Antonio Díaz Oliva (ADO)

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SHARMISTHA MOHANTY
Sharmistha Mohanty. Autora de tres obras de prosa: Book One, New Life, y Five Movements in Praise. También publicó el poemario, The Gods Came Afterwards, Su obra más reciente es Extinctions, un libro de poemas en prosa que apareció en 2022. Mohanty también es editora fundadora de la revista literaria digital Almost Island y la iniciadora de los Diálogos Almost Island, un encuentro internacional de escritores que tiene lugar anualmente en Nueva Delhi.

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