Mis primeros libros fueron todos antiguos porque eran los libros que habían sido de mi madre cuando era chica. Los niños peruanos que nacimos en familias numerosas durante los años sesenta no teníamos nada nuevo, porque con excepción del cepillo de dientes, siempre heredábamos todo de nuestros hermanos mayores: la ropa, los zapatos, los textos escolares y hasta los juguetes. No obstante, en casa había libros infantiles y juveniles porque mamá era lectora y los conservó para que sus hijos también fueran lectores. Y como de siete hermanos el único lector fui yo, me los traje desde Lima para contagiarle a mis hijas el antiguo vicio de la lectura. De hecho, antes de escribir estas palabras los desperdigué sobre mi mesa. Así, conmigo están Chicharrón de Constancio C. Vigil (Buenos Aires, 1942); Las travesuras de Sofía de la Condesa de Segur (Buenos Aires, 1943); Cien lecciones de Historia Sagrada del Presbítero Juan Scavia (Buenos Aires, 1945), Bomba en el Pantano de la Muerte de Roy Rockwood (Buenos Aires, 1955) y Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno de Julio César Croce (Buenos Aires, 1944), quizá los personajes literarios más amados por mi madre, razón por la cual todos queríamos ser Bertoldo y por lo mismo no había nada peor que mamá nos resondrara lapidaria: “No seas cacaseno, pues, hijito”.

Sin embargo, en casa había otra maravillosa antigüedad encuadernada: el Diccionario Enciclopédico Ilustrado de José Alemany y Bolufer, publicado en 1950 en Buenos Aires por Editoriales Reunidas con autorización de la Editorial Ramón Sopena de Barcelona. Cuando mi padre se recibió de teniente del Ejército Peruano fue destinado a Ilave, un helado pueblo en la frontera con Bolivia donde vivió cuatro años y así aquel Sopena se convirtió en su compañero inseparable porque papá leyó más de una vez aquellos dos macizos volúmenes, inculcándome la sana costumbre de abrir el Diccionario al azar y elegir una palabra para aprendérmela. La primera edición de aquel Sopena se publicó en 1924, aunque a mi hija mayor le conseguí la de 1936 cuando se marchó a Estados Unidos para cursar su doctorado. Me conmueve saber que ya somos tres generaciones leyendo el mismo Diccionario.

El poeta Eduardo Chirinos –que era como mi hermano– dijo con mejores palabras lo que me gustaría decir cuando recordó así a su padre –a mi tío Lalo– en uno de los poemas de Escrito en Missoula (2003):

Un día mi padre llegó del trabajo y me dijo:
“Esto es para ti”.
Y sin decir más lo dejó sobre la mesa.
Tenía sólo nueve años,
¿qué interés
podía despertarme un libro como ese?

Se llamaba Pequeño Larousse pero era gordo.
Me gustaba ver las banderitas de colores,
los mapas de países que la historia ha borrado,
las figuras de plantas y animales.
(“Aquí los mamíferos, aquí los insectos, aquí
las aves salvajes y las aves de corral”).

El mundo entero cabía en ese libro.
Las páginas rojas estaban en latín, y las blancas
en aquella que era menester para la vida.

No sé dónde estará ese diccionario.
Pero fue el regalo que me hizo mi padre.
Todas las noches me acuerdo de él.

Como pueden apreciar, mi relación con los libros antiguos comenzó en la infancia, mucho antes de conocer la existencia de ferias, baratillos, libreros de viejo, primeras ediciones, librerías de lance y bibliomanías varias. Sabía que eran antiguos porque habían sido de mi madre y ¡pobre de mí si los rompía, los garabateara o les doblaba las páginas! No obstante, a pesar de las admoniciones maternas los leía con angurria y curiosidad para descubrir qué atesoraban esos libros tan viejos y descuajeringados, como para que mi madre los hubiera guardado con tanto celo. Había manuales de Historia Natural, atlas anteriores a la Segunda Guerra Mundial, textos escolares de inglés y francés, todos los clásicos juveniles de la colección Robin Hood –de Cervantes a Jack London pasando por Dumas, Dickens, Verne, Stevenson, Defoe y Amicis, entre otros– y varios números de la revista argentina Billiken. Nunca apareció el hallazgo fulgurante que buscaba ni me sobrecogió ninguna epifanía, pero durante aquella búsqueda aprendí lo suficiente como para subir el nivel de exigencia de mis lecturas, pues sobre la mesa de noche de mi madre ya se amontonaban los libros de Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, Marguerite Duras y Marguerite Yourcenar.

Los libreros de viejo y los Amigos del Libro Antiguo de Sevilla me han invitado a pregonar su feria anual, pero me ha parecido más honesto comenzar este pregón evocando los libros viejos que me hicieron lector nuevo. Por otro lado, hablar de librerías de viejo en Sevilla después de Andrés Trapiello y Juan Bonilla o delante de Abelardo Linares y José Manuel Quesada se me antoja una osadía, porque no soy un bibliófilo sino más bien un bibliofilowcost; es decir, un híbrido que tiene todos los caprichos de los ricos y todas las necesidades de los pobres.

Sin embargo, como hace cuatro años publiqué Somos libros, seámoslo siempre (2014), la obra que la Universidad de Sevilla pone en circulación cada vez que los libreros de viejo se reúnen al conjuro de la Feria del Libro Antiguo de Sevilla, me siento exonerado de hacer inventario en alta voz de mis pesquisas y adquisiciones por rastros, mercadillos y librerías de lance, porque quiero pensar que a mí –como a la guardia civil el valor– el amor por las librerías de viejo se me supone. Por lo tanto, voy a compartir con ustedes un pregón distópico para hablarles del futuro que nos aguarda cuando todas las librerías de nuevo hayan desaparecido y sólo sobrevivan los libreros de viejo. En realidad, el adjetivo “antiguo” siempre solemos asociarlo al pasado, pero como soy de letras quiero creer que el orden de los factores sí puede alterar el producto y por eso me atrevo a fantasear que quizá algún día la Feria del Libro Antiguo involucione hacia la “Antigua” Feria del Libro o –peor todavía– hacia la Feria del “Antiguo” Libro. Así, en mi pregón esbozaré una teoría conspiranoide sobre el apocalipsis de los libros.

En realidad, el Apocalipsis supone los libros y la lectura, porque su primer versículo comienza con estas palabras consteladas de esperanza: “Bienaventurado el que lee”. Hemos llegado al fin de los tiempos y el mundo está a punto de ser destruido, pero el profeta se propone narrar aquel Armagedón para que los improbables supervivientes puedan extraer lecciones de su lectura. Desde entonces el fin del mundo se ha convertido en un tópico literario y las ficciones posapocalípticas son uno de los grandes territorios del cine y la literatura, aunque su relación primordial con la lectura es cada vez más borrosa y quebradiza.

Piensen –por ejemplo– en el Capitán Nemo, quien antes de sumergirse para siempre en las profundidades marinas instaló una biblioteca de doce mil libros en el Nautilus, donde había decidido recluirse hasta el inminente fin de los tiempos. Aquella biblioteca me hechizó cuando leí Veinte mil leguas de viaje submarino (1869) y estoy persuadido de que Nemo fue el primer héroe de ficción que quiso ser bienaventurado leyendo mientras el mundo era arrasado. ¿Fueron nuevos todos los libros del Nautilus? De ninguna manera, la mayoría eran viejos, antiguos, únicos y por eso merecían ser salvados de la destrucción.

Algo semejante ocurría en Un mundo feliz (1932), donde el apocalipsis ya se había producido porque Aldous Huxley fantaseó un futuro distópico donde la lectura estaba prohibida y el conocimiento era controlado, pues leer era subversivo y podía despertar la conciencia en aquella sociedad totalitaria que había erradicado el arte, la filosofía, el amor, la ciencia y la literatura. Por eso el héroe revolucionario de la novela –John El Salvaje— era lector de Shakespeare, a quien había leído violando las leyes con la ayuda de su madre. Aquellos volúmenes de Shakespeare devorados en la clandestinidad tampoco debían ser nuevos, sino ajadas ediciones antiguas que la familia de El Salvaje escondió para no ser represaliada.

Otra novela distópica y posapocalíptica vendría a ser 1984 (1949), donde George Orwell nos describía una dictadura de partido único que no sólo vigilaba a los ciudadanos, sino que controlaba las palabras, los significados, el lenguaje y por lo tanto la lectura. De hecho, el protagonista de 1984 era funcionario del Ministerio de la Verdad y su cometido era escribir El Libro; es decir, la única obra que podía ser leída y que cifraba todos los mecanismos represores de la dictadura. De ahí que el Gran Hermano –es decir, el Estado totalitario– se dedicara a destruir los libros antiguos para imponer la lectura del Libro Nuevo a los Hombres Nuevos manipulados por el régimen.

Y así llegamos a la gran novela distópica que narró el apocalipsis letrado por excelencia: Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury, una obra donde todos los libros estaban prohibidos, donde los bomberos quemaban bibliotecas clandestinas y donde una sociedad adocenada vivía pendiente de los programas emitidos por un régimen autoritario que instalaba pantallas en todos los espacios posibles de las viviendas. En Fahrenheit 451 no existían libros nuevos porque los volúmenes que escondía la resistencia tenían que ser forzosamente antiguos, y por eso podríamos decir que en aquella fascinante ficción distópica los conspiradores, los disidentes y los revolucionarios eran –casi, casi– libreros de viejo.

Como se puede apreciar, durante gran parte del siglo XX la humanidad fantaseó con apocalipsis que suponían los libros, la lectura y regímenes totalitarios que reprimían los libros y la lectura, porque aquellas distopías requerían estructuras estatales, ideologías dominantes o alguna forma de racionalidad. Pensemos en otra novela distópica de la década de los sesenta, mejor conocida por sus secuelas cinematográficas. Me refiero a El planeta de los simios (1963) de Pierre Boulle y a la saga que comenzó en 1968 con Charlton Heston a la cabeza del reparto. Incluso en aquel mundo bárbaro dominado por los simios, los chimpancés eran científicos y los orangutanes guardianes de la doctrina y del libro sagrado escrito por el mismísimo padre de los simios. Volumen antiguo y venerable, por cierto, que le daba al cascarrabias del doctor Zaius un aire a librero de viejo.

Cada una de las ficciones posapocalípticas que he enumerado fueron tan valiosas por sus originales literarios como por sus versiones de cine, pero precisamente con El planeta de los simios las películas no sólo comenzaron a ser más importantes que los libros, sino que los mismos libros empezaron a perder protagonismo en aquellas tramas distópicas donde ya nadie era bienaventurado porque leer era innecesario.

Pensemos en Blade Runner (1982), una película extraordinaria con parlamentos majestuosos, aunque en aquella posapocalíptica ciudad de Los Ángeles no existían libros ni hacía falta leerlos porque los replicantes tenían almacenada toda la literatura universal en sus circuitos, con la ventaja de que, así como atesoraban todas las cualidades narradoras de una Sherezade, al mismo tiempo ofrecían otro tipo de prestaciones que el pudor me insta a omitir. De ahí que en Blade Runner los replicantes y sobre todo las replicantas, casi nunca estaban en “modo” Sherezade.

La imagen de la lectura en futuros distópicos recibió un nuevo desaire con The Matrix (1999), pues en el mundo de Matrix tampoco hacía falta leer para adquirir conocimientos, ya que los protagonistas sencillamente se “descargaban” los saberes específicos que necesitaban para cada ocasión, como quien se baja una canción, una película, un programa o una aplicación. Así, en aquella realidad poblada por nombres librescos como Sión, Morfeo, Merovingio, Mjölnir, Perséfone o Nabucodonosor, uno pensaba que al menos El Oráculo encarnaría la sabiduría o que su escondite sería una especie de librería de viejo, pero no; El Oráculo era un marujón que recibía en la cocina mientras horneaba galletas, aunque encima de la refrigeradora colgaba un cuadro con la única frase impresa de la película: Temet Nosce, traducción latina del apotegma griego inscrito en el pronaos del oráculo de Delfos. Menos mal que no se les ocurrió pegar el aforismo con imán en la nevera.

Por otro lado, como el mundo también puede ser arrasado por una catástrofe natural, El día después de mañana (2004) se sacó de la manga una vertiginosa glaciación que congeló la Tierra, cargándose al mismo tiempo los paneles solares y el calentamiento global. La película –no obstante– transcurría durante la metamorfosis polar de Nueva York, cuando un grupo de ateridos sobrevivientes que huía de los lobos y la criogenización no encontró mejor lugar para esconderse que la Biblioteca Pública de Nueva York, donde encendieron eruditas fogatas para calentarse. Es decir, que en El día después de mañana los libros no es que no se leyeran, sino que se quemaron directamente, incluso con más alegría que en Fahrenheit 451. Por fortuna, los supervivientes fueron rescatados cuando ya les quedaban pocos libros que chamuscar –la New York Public Library atesora 53 millones de ejemplares–, porque la verdad es que habría sido una pena que hubieran tenido que quemar los muebles.

Nueva York es un majestuoso escenario para el fin del mundo y así en 2007 se estrenó con gran éxito la versión cinematográfica de otra novela posapocalíptica —Soy leyenda (1954) de Richard Matheson– que transcurre en la Gran Manzana. Una epidemia terrible había provocado la muerte de millones de personas y quienes superaron la enfermedad sufrieron una horrenda mutación que los convirtió en salvajes humanoides que no toleraban la luz del sol. Sin embargo, Will Smith había sobrevivido y recorría en su todoterreno los escombros de una Manhattan por donde trotaban los ciervos y crecían los jaramagos. ¿Y a qué dedicaba el tiempo libre –como preguntaba Perales– el único superviviente de aquella distópica Nueva York? A escuchar música, ver películas, jugar con su perra y hacer deporte. Will Smith vivía en una mansión de Washington Square que tenía hasta un laboratorio en el sótano, pero ni un libro, ni una revista, ni un puñetero cómic.

En realidad, el apocalipsis tiene que ser un momento tan delicado, que, si el hombre contemporáneo ya dispone de poco tiempo para la lectura debido al vértigo del trabajo, los gimnasios y las redes sociales, no sería justo esperar que leyera ni media página si encima le agregamos el estrés del fin del mundo. Es lo que ocurre en La carretera (2009), película basada en la novela distópica que Cormac McCarthy publicó en 2006 y donde un padre huía despavorido con su hijo del acoso de una maligna humanidad apiñada en hordas caníbales. Sin wifi, sin Facebook, sin móviles, ¿a quién se le ocurre que alguien podría ponerse a leer?

Y así llegamos a las ficciones posapocalípticas que triunfan ahora mismo en todos los formatos audiovisuales; es decir, en series, películas y juegos para ordenadores y videoconsolas. Me refiero a las producciones que narran la tragedia de nuestro planeta invadido por zombis que persiguen a los aterrados supervivientes para mordisquearlos y de paso convertirlos en otros zombis. Pienso en series como The Walking Dead (2010-2018), filmes como World War Z (2013) con Brad Pitt y juegos como Dying Light (2015) o Bloody Zombies (2017), aunque debo precisar que del videojuego Resident Evil nació en 1996 la saga de películas que desde 2002 hasta 2016 ha completado ya seis entregas. ¿Qué significa que sólo los zombis poblarán la Tierra después del apocalipsis? Muy sencillo: que en aquel futuro distópico ya no va a leer ni Dios, porque el zombi es una criatura reñida con la higiene y el conocimiento. De hecho, en todas las ficciones posapocalípticas de zombis los desesperados sobrevivientes se la pasan recogiendo lo que pueden por farmacias, gasolineras, comisarías, hospitales y supermercados. Nunca los veremos entrar –por ejemplo– en una librería de lance ni siquiera para buscar pilas, lo que significa que los libreros de viejo seguirán pasando fatigas incluso después de transformarse en zombis, porque no podrán comerse a nadie.

Así, puestos a elegir entre un planeta de cadáveres caminantes y El planeta de los simios yo preferiría a los simios, porque los monos al menos serían lectores y eso los convertiría en nuestros semejantes, aunque sean los zombis quienes desciendan de nosotros. ¿Por qué los libros y la lectura han desaparecido de las ficciones distópicas en la era digital y audiovisual? Porque de donde están desapareciendo en realidad es de la enseñanza escolar, de los planes de estudios universitarios, de las páginas de cultura de la prensa, de los programas de televisión, de las revistas de decoración, de los presupuestos públicos, de las representaciones simbólicas del conocimiento y de los imaginarios que desde la antigüedad grecolatina habían establecido que ser ciudadano de la República de las Letras –como lector, propietario de una biblioteca o escritor de libros– suponía un factor de prestigio. Así pues, no debería extrañarnos que los libros brillen por su ausencia de las ficciones distópicas contemporáneas, porque los mismos profesores universitarios somos instados a dejar de escribir libros, ya que las agencias de acreditación académica valoran mucho mejor que publiquemos artículos en revistas científicas indexadas, en lugar de esos adoquines empastados donde solían compilarse los resultados de procelosas investigaciones o donde se formulaban perspectivas que abrían nuevos derroteros para que otros plastas siguieran encuadernando ladrillos. Por lo tanto, libros como La cultura del barroco de José Antonio Maravall o Las formas complejas de la vida religiosa de Julio Caro Baroja no sólo dejarán de escribirse sino que jamás volverán a formar parte de la bibliografía de los sillabi correspondientes, porque a los profesores también nos exhortan a recomendar artículos publicados en revistas indexadas con el propósito de que ciertos algoritmos analfabetos registren los impactos que nutren de información a rankings universitarios tan diversos como el del BBVA y la Universidad de Shangai o a elitistas bases de datos académicas como Scopus o el Journal Citation Report. ¿Qué pasará entonces con títulos tan señeros como Las revoluciones burguesas de Hobsbawn, Erasmo y España de Bataillon, El otoño de la Edad Media de Huizinga o Mitológicas de Lévi-Strauss? Terminarán todos en las librerías de viejo, donde en realidad ya se encuentran arrumbados desde hace años.

El fin del mundo zombi dejaría sin fundamento al primer versículo del Apocalipsis –“Bienaventurado el que lee”– pues aunque el zombi tiene condición humana jamás desarrollará la condición humanitas. Incluso a nuestros admirables monos distópicos les están arrebatando la humanitas, ya que los simios de las primeras cinco películas (1968-1973) eran científicos, intelectuales y militares; mientras que en la versión dirigida por Tim Burton en 2001 los simios resultaron ser unos energúmenos hasta que el astronauta perdido escapó de aquella dimensión, volvió a viajar a través del tiempo y se encontró a unos simios reporteros más parecidos a los paparazzi y a los tertulianos del Sálvame o del Tomate, lo que significa que nuestra realidad ya está a un tris de ser posapocalíptica. Finalmente, en la última trilogía que narra el Origen, el Amanecer y la Guerra del Planeta de los Simios (2011-2017), tras la muerte de César no quedó un solo simio que atesorara un vestigio de la vieja humanitas clásica en medio de aquella horda salvaje –aunque solidaria y sostenible– y por eso César fue (nunca mejor dicho) el último mono que pisó una biblioteca, un escritorio y quizá una librería de viejo.

Ustedes se estarán preguntando qué tiene que ver esta teoría conspiratoria finisecular con un pregón que debería exaltar las virtudes del libro antiguo, pero es que no puedo dejar de asociar el fin del mundo con el fin de la lectura, sobre todo después de haber vivido en pequeña escala mi propio apocalipsis de los libros.

Cuando mi padre falleció en 2012, recayó en mí la responsabilidad de entrar en su escritorio para decidir qué debíamos conservar y qué se tenía que tirar a la basura. Dispuse de menos de tres días para enfrentarme al desorden de su ausencia: una tonelada de papeles guardados en sobres, cajones, carpetas, archivadores y cajas que papá atesoró a lo largo de toda su vida, desde remotos trabajos escolares hasta informes reservados del ejército peruano, pasando por cartas personales, análisis clínicos y actas de todas las corporaciones a las que mi padre perteneció, por no hablar de innúmeras postales, fotografías y libretas. Por supuesto, en aquel despacho convertido en depósito también me aguardaban algunos centenares de libros.

Los libros de mi casa limeña podían agruparse de la siguiente manera: libros institucionales aceptados con resignación; libros escolares que despertaron en mí súbitos repeluznos; libros dirigidos a mí que nadie me trajo a Sevilla; libros que pertenecieron a mis padres desde antes de conocerse y todos los libros que mi madre leyó y subrayó fascinada desde los años setenta hasta que el Alzhéimer le amputó la lectura a mediados de la primera década del presente siglo. Sin duda, los dos últimos grupos eran los más interesantes, pero yo había viajado a Lima para asistir a los funerales de mi padre y no para hacerme de un botín libresco.

Mi padre murió de infarto un miércoles y yo arribé a Lima al día siguiente, jueves. El entierro se programó para el sábado, porque uno de mis hermanos no podía llegar hasta el viernes, día en que además todos los herederos teníamos que ir al notario, la municipalidad y dos ministerios para enfrentarnos a la burocracia de la muerte, porque hasta que no se firma o se timbra el último papel, nadie se muere nunca del todo. Mi expurgo, por lo tanto, tuve que llevarlo a cabo en horarios reñidos con cualquier lógica y encima a contrarreloj, porque el domingo de aquella misma semana tenía el vuelo de regreso. No obstante, antes de volver a Sevilla me las arreglé para exhumar diversos papeles que consideré de enorme valor sentimental y elegí unos doscientos y pico de libros que juzgué de interés para hermanos, yernos, nietos, nueras y sobrinos.

Entre 2012 y diciembre de 2017 apenas fui a Lima en un par de ocasiones, como invitado de la Bienal de Vargas Llosa y el Hay Festival de Arequipa. De cada uno de aquellos viajes regresé con alguno de los libros que aparté durante los funerales de mi padre, porque nadie había tenido la curiosidad o la tentación de hojear la selección. Sin embargo, como el Alzhéimer de mamá empeoraba los hermanos decidimos por mayoría vender nuestra residencia de toda la vida y pasar juntos la Navidad de 2017 en Lima con nuestras respectivas familias, para despedirnos de casa y repartirnos ciertos enseres de valor más sentimental que material. En el caso de mis hijas, ellas además sabían que viajaban para ver por última vez a la abuela Lila, porque a sus 30, 28 y 22 años tan sólo habían podido visitar el Perú dos veces, y así es verdad que se despidieron de mi madre con la certeza terrible de aquellos versos de Idea Vilariño: “No volveré a tocarte, / no te veré morir”.

Por supuesto, volvió a recaer en mí la misión de ordenar los cuadernos, papeles y fotografías de mamá, mucho más importantes para mí que sus joyas, sus vestidos o sus bolsos, porque así descubrí su caligrafía adolescente en las letras de los mambos de Pérez Prado, su escritura de recién casada en las recetas que copió para endulzarnos la vida, su inventario de los libros leídos a lo largo de cuarenta años y sobre todo los ejercicios que escribía a escondidas desde que supo que el Alzhéimer aboliría su memoria. Los primeros fueron inventarios de autores y obras; luego aparecieron listas con los nombres y cumpleaños de sus dieciséis nietos, y en los últimos ejercicios mamá se esforzó por recordar los nombres de sus siete hijos. Por eso sé cuándo olvidó quién fue el autor del Quijote, a cuál de sus nietas invocó hasta el final y en qué momento mi nombre desapareció de esa lista esencial. Salvé aquellos cuadernos del oprobio de los ropavejeros, pero no pude hacer lo mismo con sus libros.

Nadie quiso la biblioteca de mi madre. Volúmenes de Vargas Llosa, Ribeyro, Bryce Echenique, Alonso Cueto y Jaime Bayly entre los autores peruanos. Como mis hermanos no estaban por la labor lo intenté con los sobrinos. Libros de Sábato, García Márquez, Onetti, Cortázar, Quiroga, Isabel Allende, Laura Restrepo y Ángeles Mastretta entre los escritores latinoamericanos. Los libros de mamá tampoco fueron de la incumbencia de mis sobrinos y entonces alguien decidió llamar a los Traperos de Emaús –esa funeraria del cachivache– porque ningún colegio, cárcel, oenegé o librería de viejo contaba con medios para recogerlos de casa. Títulos de Javier Marías, Rosa Montero, Camilo José Cela, Clara Sánchez, Torcuato Luca de Tena y Ana María Matute entre los autores españoles. Mis hijas cogieron las novelas de Marguerite Duras, Milan Kundera y Albert Camus, y menos mal que convencí a mi ahijado para que trincara los Comentarios Reales del Inca Garcilaso y se los llevara a su pisito de Praga. José Saramago, Georges Simenon, Lawrence Durrell, Günther Grass, Marguerite Yourcenar y Antonio Lobo Antunes entre los escritores europeos. Demasiados kilos para muy pocas maletas y nuestro escaso presupuesto familiar. Había colecciones de historia y geografía peruana, enciclopedias caducadas por estos tiempos digitales y varias colecciones de clásicos de la literatura universal regaladas por periódicos peruanos, aunque al ver las tripas reconocí las mismas ediciones que vendieron aquí los diarios españoles, quienes seguro saldaron sus retales y en el Perú recurrimos al viejo truco de cambiarle las tapas. Los Traperos de Emaús tampoco tenían cajas y colocaron los volúmenes entre los muebles, televisores y sanitarios que arrumbaban en la tolva de una furgoneta, mientras me decían que los libros eran geniales porque “bien encajados” impedían que las cosas más valiosas chocaran entre sí. En aquel momento eché de menos las tapas duras de los libros de quiosco de la prensa española.

Como habrán comprendido, me concierne el final de los tiempos como fin de la lectura, porque el desguace y derribo de mi casa limeña no fue ordenado ni por el Gran Hermano ni por los cancerberos de Malpaís. Si los bomberos de Fahrenheit 451 les hubieran prendido fuego a los libros de mamá, al menos tendría el consuelo intelectual de su rebeldía; pero ese desamor hacia la lectura no lo habrían tenido ni los simios del primero de los planetas, porque el Dr. Zaius habría despachado los libros de mi madre hacia la Zona Prohibida. El Alzhéimer también construye una zona prohibida, pero las lecturas no se difuminan como los recuerdos porque se refugian en otros lugares. Mamá no sabe quién soy, pero completó los versos de Darío que comencé a recitar para ella. La mujer que fue mi madre camina todavía por las estanterías de sus antiguas lecturas, porque ha sublimado lo leído y gracias a la poesía que la habita encarna el hallazgo de Gracián: “devoró libros, pasto del alma, delicias del espíritu”.

Sin embargo, del apocalipsis de los libros de casa rescaté los únicos volúmenes que no tenían el prestigio de una autoría rimbombante ni el marchamo de un sello de campanillas. Me refiero al modesto Diccionario Enciclopédico Ilustrado de mi padre, que no es benemérito como el de la RAE, ni etimológico como el de Coromines, ni compendioso como el de María Moliner, ni alabado por Andrés Trapiello como el de Saturnino Calleja. Por no ser, no es ni la edición príncipe que Sopena publicó en 1924 sino un clon argentino impreso en 1950; pero fue el único libro que mi padre se llevó al fin del mundo –una puna helada a 3 850 metros sobre el nivel del mar– cuando cumplió 23 años. La edad del menor de mis hijos y la misma edad que yo tenía cuando llegué a Sevilla en 1985.

Siempre me ha parecido pasmarota la pregunta por el libro que me llevaría a una isla desierta, pero es curioso que nadie quiera saber qué libro nos gustaría leer durante el final de los tiempos. Cuando Borges se divorció de su primera mujer sólo se llevó la Enciclopædia Britannica y cuando reviente la traca del apocalipsis a mí me haría ilusión pertrecharme con el Diccionario de mi padre. Un libro antiguo poblado por palabras antiguas y donde tampoco encontraríamos sustantivos extraños como ciborg, mutante o zombi, esas criaturas distópicas que sin duda destruirán la Tierra, porque nunca tendrán la oportunidad de saber que sólo leyendo alcanzarían la bienaventuranza.

La Vereda de los Carmelitas, otoño de 2018


* Esta conferencia fue pronunciada en la apertura del Festival de Libro Antiguo de Sevilla en 2018.

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FERNANDO IWASAKI
Fernando Iwasaki Cauti (Lima, 5 de junio de 1961). Escritor, historiador, filólogo y gestor cultural peruano. Actualmente vive en Sevilla, España, donde es profesor titular de la Universidad Loyola Andalucía. Es colaborador del suplemento El País Semanal del diario El País, de la revista Jot Down y, desde el año 2000 hasta la actualidad, es columnista del diario español ABC, para sus ediciones de Sevilla y Madrid. Ha publicado, entre otros textos, las novelas Libro del mal amor y Neguijón; ensayos como Mario Vargas Llosa, entre la libertad y el infierno o Las palabras primas; y libros de crónica entre los que se encuentran El sentimiento trágico de la Liga o Somos libros, seámoslo siempre.
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