El director uruguayo Alex Piperno presenta su ópera prima en el Vancouver Latin American Film Festival

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Fotograma del filme ‘Chico ventana también quisiera tener un submarino’(2020); Alex Piperno
Fotograma del filme ‘Chico ventana también quisiera tener un submarino’(2020); Alex Piperno

Tan enigmática como su título, Chico ventana también quisiera tener un submarino es una de las producciones más sugestiva del cine latinoamericano realizado en 2020. Decididamente vanguardista, heredera de las poéticas de Apichatpong Weerasethaku, Tsai Ming-liang y Lisandro Alonso, esta película estrena en el largometraje de ficción al uruguayo Alex Piperno, realizador de una serie de cortometrajes bastante celebrados por la crítica. Estrenada en la sección Forum del 70 Festival de Cine de Berlín, esta obra de naturaleza experimental compite ahora en la sección Nuevos Directores del Vancouver Latin American Film Festival.

El evento dio inicio a su 19ª edición el pasado día 25 de agosto y se extenderá hasta el 5 de septiembre. Chico ventana… se presenta, dado su alto grado de inventiva fílmica, como una de las entregas más interesantes de la competencia. Concursan en el mismo apartado: Mujer de soldado (Patricia Wiesse Risso), de Perú; Canela (Cecilia del Valle) e Implosión (Javier Van de Couter), de Argentina; Meu nome é Bagdá(Caru Alves de Souza), de Brasil; Nudo Mixteco (Ángeles Cruz), de México; 1991 (Sergio Ramírez), de Guatemala, y Como el cielo después de llover (Mercedes Gaviria Jaramillo), de Colombia. La programación del evento incluye otras secciones de sumo interés, sobre todo las dedicadas al cine indígena y al cine cuir, zonas de marcada fecundidad en nuestro entorno cultural; las cuales, a un mismo tiempo, condicionan novedosas estrategias de representación, fertilizan la gramática audiovisual e inciden políticamente en los ordenamientos sociales.

Alex Piperno potencia en su primer largometraje de ficción muchas de las marcas estilística que colocaban sus propuestas de formato corto en el campo de la experimentación: una serie de procedimientos constructivos que tensan al máximo las concepciones elementales del relato cinematográfico. Una vez más, el cineasta abriga una vocación poética que apuesta a la autosuficiencia de la escritura fílmica, relegando a un segundo plano el imperio de la comunicación y la historia. Es un autor interesado en explorar las posibilidades performáticas de las formas culturales, y del audiovisual específicamente. No es la suya una pieza de vocación social al estilo de ese otro cine latinoamericano tan recurrente: Chico ventana… es casi una película abstracta en la que pasa bastante poco en términos de acción dramática y que ensaya un ejercicio narrativo que violenta las leyes del espacio y el tiempo. Fascinado con el lenguaje y el espesor de la representación, el filme se aproxima con sutileza a la noción de literatura fantástica que motivó a Jorge Luis Borges.

Piperno estructura el relato en tres escenarios diferentes donde se emplazan anécdotas individuales, en algún momento entrelazadas por la sola virtud del arte cinematográfico. Chico ventana… comienza en una región montañosa de las islas Filipinas, donde un grupo de campesinos ha descubierto una insólita cabaña en medio de la selva, la cual genera toda clase de preocupaciones en tanto es e cuerpo “aparentemente mágico” puede perturbar la vida corriente de la comunidad. Entre planos estáticos, con continuas variaciones de escala, la cámara observa acompasada el trascurrir cotidiano de estos individuos inmersos en sus creencias míticas y religiosas. De forma inesperada, en algún momento, el filme pasa a un apartamento de clase media de alguna ciudad latinoamericana donde una mujer madura es espiada por un joven. Pronto sabremos que ese taciturno muchacho es trabajador de un crucero turístico que navega en los mares de la Patagonia –el navío es el tercero de los escenarios–. El joven marinero ha llegado al apartamento de la mujer a través de una puerta ubicada en el cuarto de servicio del barco, una suerte de portal que permite viajar en el espacio, y que en el momento de su aparición revela el universo fantástico en que transcurre la anécdota.

Identificado nomás como Chico, el joven vaga por los laberínticos corredores del navío, indiferente a su trabajo y extrañado ante los turistas. Recurrentemente cruza al apartamento de la muchacha, con quien emprende una imprecisa relación con que busca mitigar el desconcierto existencial en que parece sumergido. Pero en Chico ventana… apenas hay diálogos. Estos dos personajes apenas se cruzan algunas palabras. Los aldeanos de la selva filipina hablan más, en su desesperación por desentrañar el misterio de la cabaña. También las acciones son mínimas, y no responden a conflicto físico alguno. El progreso dramático responde a la retención de una incógnita que todo el tiempo amaga con revelarse, y que se respira en la atmósfera inquietante y misteriosa de la diégesis.

Uno de los aspectos más interesantes de la realización es el contraste entre la condición fantástica del relato y la concepción estética del plano expresivo. El criterio minimalista de la exposición y la dramaturgia –todo se reduce a la funcionalidad del espacio y a una estricta economía de acontecimientos físicos–, junto a la cualidad contemplativa de la fotografía –planos fijos que ceden importancia al movimiento interno del cuadro–, disfrazan, o bien disimulan, los códigos estrictamente fantásticos de la película. Visto así, Chico ventana… pudiera versar sólo acerca de un personaje con la posibilidad de viajar en el espacio.

Sin embargo, los portales del mundo fantástico creado por Piperno devienen también una metáfora de la descolocación de los individuos que los pueblan. No es de ningún modo fortuita la elección de los escenarios: una aldea campesina en el oriente del orbe donde habitan seres de estrictas creencias religiosas, atormentados por sus sueños; un crucero repleto de turistas angloparlantes en medio de la Patagonia, donde el mozo de la limpieza no consigue encajar; el apartamento de una urbe latinoamericana en que trascurre la monótona vida de una mujer. Cada una de esas circunstancias acoge ciertas posiciones de clase, un cosmos de valores, visiones del mundo incompatibles. El protagonista de la película es un obrero condenado, incluso en el orden de lo fantástico, por los límites clasistas del mundo. Los aldeanos filipinos, perturbados por su aparición, intentan desentrañar el misterio de la caseta por medio de ritos y sacrificios animales. La catástrofe final, que acaece cuando los filipinos deciden destruir la cabaña que da paso al navío en el otro lado del mundo, quizá patentiza la naturaleza del vínculo posible.

Chico ventana… emprende una notable aventura estética, que con admirable sutileza dialoga con la realidad contemporánea. El filme –más aún en su condición de ópera prima– confirma la fuerza con que se ase el cine latinoamericano al mundo contemporáneo. Otra evidencia de ello es precisamente la insistencia de certámenes como Vancouver Latin American Film Festival en promover estas producciones cinematográficas.

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Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.

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