Sobre ‘Arte contemporáneo’, de Enrique Winter

La poesía de Enrique Winter recogida en esta antología posee la virtud rara de otorgarle un lugar central a lo no dicho. Esto, que seguramente es un lugar común que él mismo ya ha escuchado decir de su poesía, es también, paradójicamente, un lugar privado. La grieta del verso y de lo no-dicho está allí para que el lector la habite, si así lo desea.

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Antes de referirme a la antología de Enrique Winter que hoy nos convoca, Arte contemporáneo (Nautilus Ediciones, 2025), quisiera detenerme un momento en la idea misma de “antología” y en las aprehensiones que ella genera en quien les habla. Un poemario de esos que podríamos llamar comunes y silvestres suelen ser vistos como pequeños universos autocontenidos que plantean sus propias reglas y que, a menudo, se circunscriben en periodos relativamente breves de la vida de su autor o autora. En tales poemarios hay límites claros: todo ocurre entre tapa y contratapa. Esto les da cierta impunidad y los individúa respecto de sus autores: de allí que a estos les resulte natural referirse a sus obras como sus hijos e hijas. Una antología, en cambio, parece desafiar tal idea. Esto es, la idea de poemario como un pequeño todo autocontenido y distinguible de su autor o autora. Se podría incluso pensar que el propósito de una antología no es más que fastidiar a quienes insisten en separar autor y obra. Esto es así porque en una antología es la vida misma del autor la que establece –en cierto modo– los lindes dentro de los que se juzga la obra. En este caso, el pequeño universo contenido entre tapa y contratapa posee un correlato biográfico directo que suele abarcar varias décadas. Resulta entonces muy tentador aproximarse a la antología de un poeta como quién va y le pone play a un disco titulado, en este caso, “Grandes éxitos de Enrique Winter”. Pero esta aproximación entraña un riesgo, una suerte de impulso museológico que consiste en querer trazar el arco del autor de principio a fin y, eventualmente, dar con algo así como la esencia de su obra. Antologar sería entonces destilar el néctar de una vida hecha de poemas. Pues no. Nada de esto me parece certero o conveniente al momento de adentrarnos en este libro. A continuación, comentaré brevemente por qué la obra de Enrique Winter recogida en esta antología se resiste radicalmente a destilaciones de ese tipo.

Contemplada en su conjunto, los poemas recogidos en Arte contemporáneo parecen revelar un proceso de erosión del verso; continuo e irreversible. En el poema que abre la antología –por cierto, uno de mis favoritos– se despliega una atmósfera desértica e impenetrable en que prima la repetición de versos y una puntuación que marca un ritmo cansino, mántrico, que regula la respiración del lector. Quien nos habla en poema parece exhausto y lleno de asombro a la vez. Desea irse, debe irse y, sin embargo, el verso se repite y se repite. Pero a medida que nos adentramos en el libro, la solidez mineral del primer poema comienza a ceder y, con ello, la mirada del hablante se vuelve inquieta, penetrante y, a la vez, incapaz de descansar sobre su objeto. En el poema “Ribeiro”, pero sobre todo en “Mercadería”, del 2008 y 2009, respectivamente, el lector asiste a lo que solo me podría referir como un agotamiento del “yo” del poema. De allí en adelante, la elipsis del yo se vuelve más y más frecuente. Tal vez justamente porque, en su lugar, ha cobrado protagonismo la mirada, su dinamismo y su nula intención de pulverizar a su objeto. Pero antes de desaparecer el yo casi por completo, desaparece la puntuación. En 2011, un poema cuyo primer verso reza “Aquí se esculpe con los ojos oídos” parece anunciar o renunciar a la puntuación e instaurar, en su lugar, espacios amplios entre palabras de un mismo verso como pequeñas grietas que irán socavando la sintaxis poco a poco. No es casual que la supresión de la puntuación tenga lugar en 2011, un año marcado por la represión policial del Estado de Chile contra los estudiantes y sus demandas. Al respecto, debo señalar que Enrique y yo compartimos, desde el nacimiento, la condición de ser chilenos. Por ello, aunque me pese, me es imposible leer esta antología sin tener nuestra historia reciente a la vista. A ratos, nublándola. Esto lo digo porque sospecho que las y los lectores que no compartan nuestra condición de chilenidad, podrán tal vez deleitarse con mayor libertad en los juegos formales que la poesía de Enrique propone. Por otra parte, quienes sí estén al tanto de la historia de nuestro terruño, podrán apreciar plenamente las hermosas vetas de ironía que atraviesan el libro y recuerdan, en forma de soneto, episodios como la colusión de empresas multinacionales a mediados de la década pasada.

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La poesía recogida en esta antología es generosa, pues tiene algo valioso que ofrecer no solo a cada lectura, sino que a cada relectura posible. Tanto así, que me atrevo a sugerir que quien ha leído esta antología solo una vez, en realidad, solo ha leído la mitad de ella (o menos). Esto no lo digo en el sentido trivial de que toda relectura es distinta de la anterior. Considero, con base en mi propia experiencia, que una relectura de esta antología plantea un ejercicio radical respecto de una primera lectura. Les diré por qué. Hace un momento les hablé de la erosión progresiva del verso y su sintaxis que parece recorrer el libro como un movimiento telúrico que, lejos de acabar, se intensifica. Uno de los últimos versos de un poema del 2014 dice:

cuántas cosas existen que no necesitamos
para decirte cuánto vales requiero números y puntos
comas y aquí no hay

De a poco desaparece el yo, la puntuación y los versos se vuelven espaciados, diluidos. La mirada se vuelve fragmentaria e inquieta como si quien nos hablara fuese abordo de un tren rapidísimo y lo observado fuese solo una parte fugaz de un todo que no llegamos a contemplar. Esta suerte de “fuga hacia adelante” resulta inquietante y, sin embargo, contrasta con la familiaridad de los objetos que nos presenta. Se nos habla de desiertos, empanadas, perros, pinturas de perros, cortinas, gasolina, vitrinas, cuchillos de cocina, jabón. En una primera lectura, el lector parece condenado a tropezar una y otra vez con objetos bien conocidos. La mirada inquieta y veloz del hablante induce una suerte de dislocación en la mirada del que lee.

Pero algo interesante y radical ocurre en la relectura de esta antología. Una vez que el lector se ha resarcido de la impaciencia que suele acompañar las primeras lecturas, la fragmentación del verso se vuelve un espacio, una pausa que el lector proactivo puede aprovechar. Su aprovechamiento implica que este se aproxime al poema no como quien contempla una escultura, sino más bien, como quien se dispone a jugar con un modelo para armar (o desarmar). La elipsis del yo y la amplia espacialidad entre versos y palabras que antes desafiaba la lectura lineal, ahora, curiosamente, parece cederle la palabra al lector. En ese sentido, la poesía de Enrique Winter recogida en esta antología posee la virtud rara de otorgarle un lugar central a lo no dicho. Esto, que seguramente es un lugar común que él mismo ya ha escuchado decir de su poesía, es también, paradójicamente, un lugar privado. La grieta del verso y de lo no-dicho está allí para que el lector la habite, si así lo desea.

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Es por esta razón que Arte contemporáneo no puede leerse como el destilado de más dos décadas de poesía. Sospecho que en ella no encontramos la esencia de la obra de Enrique Winter por la simple razón de que, sin lector o lectora, ella permanece radicalmente incompleta.


* Este texto fue leído en la presentación del libro Arte contemporáneo (Nautilus Ediciones, 2025), de Enrique Winter, en septiembre del 2025 en la ciudad de Colonia, Alemania.

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DANIEL MONTERO
DANIEL MONTERO
Daniel Montero (Santiago de Chile, 1993). Investigador, poeta y traductor. Actualmente es candidato a doctor en filosofía por la Leibniz Universität Hannover, Alemania. Ha publicado sobre historia y filosofía de la psiquiatría en diversas revistas académicas. Es diplomado en escritura creativa por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

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