Besaba
la
testuz
de
sus
becerras,
lloraba
a
moco
tendido,
a
grito
pelado
viendo
parir
el
ganado
en
los
establos,
congoja
de
su
propio
nacimiento
en
las
caballerizas
de
una
ciudad
alemana:
comía
pan
negro,
bebía
cerveza
rubia,
seguía
con
la
vista
su
ganado
lanar
en
fila
india
(no
hay
mayor
perfección)
del
aprisco
al
redil:
carne
nunca
comió.
Compartía
con
sus
reses,
corderos,
ovejunos,
la
cosecha
de
su
huerta
donde
trabajan
sus
hijas,
su
mujer,
y
el
varón
que
nunca
tuvo,
lo
llamaría
Daniel:
conoció
la
dicha
de
morir
bocarriba
en
Holanda,
en
el
justo
momento
en
que
daba
a
luz
la
vaca
roja,
nacía
la
ternera
dorada,
el
sol
moría
dándole
en
la
cara,
nunca
sabría
a
ciencia
cierta
cuál
de
los
dos
mugió.
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