Philiph Roth

Con Philip Roth experimentamos algo parecido al estupor que invariablemente atenaza a todo aquel que se enfrenta por primera vez a la obra de Faulkner: su prolijidad, exuberancia y, en definitiva, ostensible brillantez, nos deslumbran pero también engendran una perplejidad que puede resultar abrumadora e incluso, en no pocas ocasiones, paralizante: ante semejante diluvio de obras maestras, ¿cómo decidiremos qué leer?; ¿dónde se encuentra la sabiduría que nos permitirá concentrarnos exclusivamente en lo más esencial de este maestro?[1] Afortunadamente, en el caso de Roth la selección no es, acaso, tan difícil: casi todos los críticos serios aceptan que su canon esencial comienza con las cuatro obras incluidas en Zuckerman encadenado, continúa con La contravida, Operación Shylock y Pastoral Americana, para alcanzar su cénit en ese prodigioso volumen titulado El teatro de Sabbath. En eso más o menos todos concuerdan: después Roth continuó escribiendo y produjo aún algunos libros extraordinarios (La mancha humana) pero nunca superó la descomunal intensidad de El teatro de Sabbath: algunos comenzaron a hablar de un declive creativo y, ciertamente, el propio Roth dejó de escribir a los 77 años (su último libro publicado no es malo pero sí algo decepcionante: es lamentable que esa fuese su despedida). Hay, sin embargo, otra forma de verlo: en realidad Roth sí terminó su carrera con otra gran novela (su canción de cisne, como suelen decir los norteamericanos), un espléndido relato que cierra con enorme dignidad estética una carrera de cincuenta años consagrada al ejercicio de la literatura con rigor casi monástico: me refiero a Sale el espectro (2004), el último tomo –por así decirlo– de la saga de Nathan Zuckerman, un texto que, por muchas razones, me gustaría considerar como el verdadero final de la obra de Roth. Aunque cronológicamente no lo fue, quizá debió haberlo sido: con esta sorprendente narración el maestro de Newark da la vuelta de tuerca definitiva a su dilatada trayectoria y articula un texto que, además de revisitar todas sus obsesiones (la comicidad incesante, lúcida y amarga; la sátira despiadada, casi salvaje, a costa de todo y de todos,[2] que no excluye al narrador mismo; el antisemitismo latente en la sociedad norteamericana sesenta años después de la Segunda Guerra Mundial–apenas creíble pero cierto–;[3] en fin, los obstáculos casi insuperables para existir como artista en la Norteamérica del siglo XXI, obsesionada, como de costumbre, con el éxito, la fama y el dinero: un lugar donde la literatura seria no parece tener, según el propio Roth, demasiado futuro), añade nuevos matices que, a mi juicio, enriquecen notablemente su relato: los espectros de la vejez y la decadencia; las miserias del cuerpo (esa “llaga de nueve orificios”, según uno de los grandes textos budistas) y, finalmente, como asevera el narrador –refiriéndose a las Cuatro últimas canciones de Strauss, para Theodor Adorno una obra tardía por excelencia– “el dramatismo elegíaco de un hombre muy viejo”,[4] un gran intelectual que comprende la futilidad última del Arte ante la crudeza de lo real: nada de lo que ha escrito lo salvará de las humillaciones que se avecinan y, para colmo de males, comete un error potencialmente fatal que lo hundirá aún más en la desesperación: se enamora, de manera ridícula e inexorable, de una mujer cuarenta años más joven.

Pero no nos adelantemos: cuando el relato comienza encontramos a Zuckerman, ese cosmopolita impenitente, viviendo en una mansión campestre a doscientos kilómetros de New York. Aunque la explicación del narrador para este extraordinario acontecimiento[5] resulta inobjetable (no es precisamente tranquilizador ser acosado por un furibundo antisemita que le envía cartas cuyo tono habría entusiasmado a Joseph Goebbels), sigue asombrándonos la radicalidad del cambio y el ascetismo apenas concebible de su vita nova: como admite el propio narrador: “Me había pasado los once últimos años solo en una casita junto a una carretera de tierra en pleno campo, y había tomado la decisión de vivir aislado de ese modo unos dos años antes de que me diagnosticaran el cáncer.[6] Veo a pocas personas… No asisto a cenas, no voy al cine, no veo la televisión, no tengo teléfono móvil ni video ni reproductor de compactos ni ordenador. Sigo viviendo en la Era de la Máquina de Escribir y no tengo ni idea de lo que es la World Wide Web”. Y también: “No doy lecturas ni conferencias ni enseño en una universidad ni aparezco en la televisión. Cuando se publican mis libros, mantengo una absoluta reserva. Escribo todos los días de la semana, y por lo demás guardo silencio. Me tienta la idea de no publicar nada… ¿No es el trabajo todo lo que necesito, el trabajo y su proceso? ¿Qué importa ya si soy incontinente e impotente?” A lo que, en vista de los posteriores acontecimientos, no nos queda otra opción que responder: mucho más de lo que puedes imaginarte. Por supuesto, nada habría sucedido si Zuckerman hubiese permanecido en su soledad autoimpuesta pero, la esperanza –que, como nos recuerda Harold Bloom en un ensayo sobre Chéjov, suele ser más letal que la desesperación– lo impulsa a realizar un último (aunque esto, naturalmente, no puede saberlo) viaje a New York para probar un así autoproclamado “tratamiento milagroso”[7] que promete disipar todas las secuelas del cáncer. A partir de ese momento, Zuckerman está condenado: una cosa lleva a la otra y pronto, embriagado por el adictivo aroma de Manhattan (opio para sus cinco sentidos: “Y me fijaba en las mujeres jóvenes. No podía dejar de hacerlo”), encuentra una pareja poseedora de un magnífico apartamento que desea mudarse al campo por un año (la idea, obviamente, es intercambiar sus domicilios por ese período). Y todo podría haber sido, acaso, diferente, pero el Dios de los judíos[8] –que, como escribe el inimitable Shalom Auslander, “es un cabrón que siempre encuentra la forma de joderte tanto si crees en Él como si no: tu ateísmo le importa un bledo: Él sí cree en ti y te va a aplastar como si fueses un gusano”– tiene otros planes para el ingenuo de Zuckerman –nada más triste que un antiguo libertino enamorado, un auténtico canalla sentimental– y entonces aparece la dolorosamente atractiva Jamie Logan: una femme fatale arquetípica que, sin proponérselo, se convertirá en la némesis definitiva del atribulado protagonista. Pero donde otro escritor menos dotado hubiese convertido el relato en un melodrama deleznable, Roth rechaza la tiranía de lo políticamente correcto (es decir, del humanismo kitsch y la moraleja edificante): se limita a describir, con absoluta maestría, en el mejor estilo antisentimental, duro y objetivo –“el estilo norteamericano”, según Ricardo Piglia–[9] el derrumbe total de Zuckerman, ese libertino inveterado que, en casi todos los libros anteriores (especialmente los que componen la tetralogía Zuckerman Encadenado), había considerado a las mujeres como un entretenimiento muy agradable, ligero y nada doloroso (“just having some fun, no strings attached”: sin compromisos, como dicen algunos cínicos habitantes de Manhattan). En efecto, durante su larga carrera como seductor incorregible, “el pequeño judío vengativo” –para utilizar la descripción que el narrador da de sí mismo en un volumen anterior de la saga– fue siempre una especie de antiPavese: si el desdichado escritor italiano (como lo revela su extraordinario y deprimente Diario) es el perdedor por antonomasia en el juego de las pasiones –el gran fracasado, el tipo que las mujeres manipulan y pisotean, el que nunca consigue lo que desea y conoce una humillación tras otra… hasta que comprende que esa extraña, elusiva condición que algunos llaman felicidad no será nunca para él y se toma cien pastillas de seconal– entonces Zuckerman es su antítesis perfecta: el que nunca toma en serio a las mujeres que enloquecen por él… ni a ninguna otra, el disoluto por excelencia, el libertino amoral y blasé que se divierte mientras deja tras de sí “una senda humeante de mujeres llorosas” (Auden sobre Robert Lowell). Pero eso era entonces, antes del cáncer que lo devastó a los 62 años: ahora las cosas son muy diferentes… y no sólo por eso: habría que tener el ego (y los millones) de Hugh Hefner o Silvio Berlusconi para “enamorarse” a los 71 años de una mujer de treinta: en suma, terminaron para siempre sus aventuras con las muchachas gentiles[10] de New York. Por supuesto, Zuckerman comprende a la perfección lo ridículo que resulta semejante capricho pero, aun así, no puede contenerse: débil es la carne y el despreciador va a sumergirse ahora en las profundas y escatológicas aguas de la abyección: “bueno –habrá pensado Zuckerman–, si Dostoievski lo hizo, ¿por qué no yo?” La respuesta es muy sencilla: el ruso tenía un talento único, un genio perverso y masoquista para soportar todo tipo de humillaciones y transmutarlas en Arte…, pero el bueno de Zuckerman –evidente álter ego de Roth– es esencialmente un humorista y no un maestro del escarnio autoinfligido: para él la humillación es sólo sufrimiento sin paliativos y la Belleza –invirtiendo el famoso aforismo de Stendhal– una promesa de infelicidad perdurable. Jamie Logan representa entonces la venganza profetizada por el más angustiado de los autores bíblicos,[11] el ineluctable memento mori para el decadente Casanova que durante cuarenta años manipuló a las mujeres con inigualable y maquiavélica destreza: como escribió un poeta gauchesco venerado por Borges: “Aquí empieza su aflicción”. Pero la culpa pertenece en su totalidad a Zuckerman, quien ha olvidado los preceptos fundamentales que rigieron su exitosa carrera erótica: para empezar, no tomarse demasiado en serio a sí mismo ni conceder importancia a los rechazos experimentados (después de todo nadie es especial y “la pasión, aunque desgarre, es sólo un juego refinado, un enfrentamiento con estrategias tan abstrusas y retorcidas como las del ajedrez profesional… nadie ha agonizado jamás por perder una partida” (Valéry). Y, last but not least, los consejos que el mismo le daba treinta años antes a un amigo sesentón obsesionado con una joven de veinticinco: “Déjalo ya, David, créeme, estás haciendo el ridículo”. Por supuesto, ese consejo sólo habría provocado un ataque incontrolable de risa en un tipo como Mickey Sabbath…, pero Zuckerman carece de la desenfrenada vitalidad de este gran personaje (a los sesenta y cinco tenía más energía que mucha gente de treinta): lo único que se le ocurre para paliar el sufrimiento es componer una obra de teatro con matices chejovianos –Él y Ella– en la que Jamie le permite ciertas libertades impensables en la realidad (lamentablemente, no demasiadas, en vista de su precaria salud: ni siquiera la ficción –a no ser la de ribetes fantásticos– permite recuperar lo irremisiblemente perdido: el modelo es Chéjov, no Tolkien). Se trata de un intento absolutamente fútil de alcanzar, a través del arte, una suerte de redención, un alivio pasajero en un mundo áspero que ya nada le ofrece… algo que, como es natural, sólo puede conducir al fracaso: tras la última conversación telefónica con Jamie –en la que ella (comprensiblemente) se niega a visitarlo sin conmoverse en lo más mínimo por las abyectas preces de Zuckerman– el escritor empaca sus escasas pertenencias y regresa a su refugio rural, de donde nunca debió haber salido: “la locura del arte” ( Henry James) no es suficiente para derrotar el paso del tiempo, que devasta los cuerpos y las mentes como las hordas mongolas que arrasaron la mitad de Asia en el siglo XIII. Sin duda es un final terrible para el personaje que nos acompañó durante nueve libros pero también posee, a su manera, cierta desolada grandeza: “La verdad, quizás, es triste”, escribió un sabio francés que de estas cosas algo sabía.


Notas:

[1] Porque, evidentemente, la otra posibilidad –leerlo todo, en este caso unas treinta novelas– ni siquiera se plantea: incluso los lectores fundamentalistas comprenden que la vida es demasiado corta y la literatura norteamericana, por el contrario, inagotable: a no ser que quieras terminar como un maníaco (por ejemplo, aquel profesor californiano que, según Ricardo Piglia, “era el tipo que más sabía sobre Melville en todo el mundo y ya ni siquiera preparaba las clases: se sentaba allí y los alumnos podían preguntarle lo que quisieran. Eso sí, había algo excesivo en todo eso: llevaba cuarenta años leyendo a un solo autor y era como si el mundo –o por lo menos la literatura– se hubiese convertido en Melville”). El pragmatismo se impone: tienes que elegir. Y, como es natural, un lector auténtico quiere siempre el contacto abrasador con las novelas verdaderamente grandes: todo lo demás es una pérdida de tiempo.

[2] Aunque sin alcanzar las cimas de misantropía radical y autoaborrecimiento tan elocuentemente descritas en El teatro de Sabbath: un libro tan extremo como ese sólo se escribe dos o tres veces en un siglo.

[3] El libro se publicó en el 2005.

[4] Para algunos 71 años no parecerán, acaso, una edad tan avanzada: para el narrador llegar a los setenta implica decirle a sus amigos: “Piensen seriamente en el año 4000. Imagínenlo. En todas sus dimensiones, en todos sus aspectos. El año 4000. Tómense su tiempo…eso es lo que se siente al cumplir setenta años”.

[5] Después de todo, ¿quién ha amado Manhattan como Zuckerman?

[6] Oh, sí, había olvidado este pequeño detalle: el tipo también ha sobrevivido un cáncer atroz… con secuelas devastadoras para el libertino que alguna vez fue.

[7] Y como todos sabemos que la palabra “milagro” es casi siempre un eufemismo más o menos disimulado para estafa, fraude o –en el mejor de los casos– charlatanería vacua y soporífera, no es difícil imaginar la inanidad de sus esperanzas: se trata de la patética ilusión –una más entre tantas– de un anciano incapaz de aceptar que no sólo no mejorará físicamente sino que –como Hemingway en sus últimos años– ni siquiera podrá conservar su potencia creativa, tan desmesurada que casi parecía inagotable en los mejores momentos de su carrera.

[8] En el que Zuckerman, por supuesto, nunca ha creído… y tampoco Roth: lean su famoso relato “La conversión de los judíos” si tienen alguna duda (por no mencionar las entrevistas).

[9] “Por mi lado, yo soy «un norteamericano», es decir, tengo una serie de lecturas y una poética antisentimental, distanciada, «objetiva», desconfío de la vida interior y de las «confesiones» sinceras”. (Ricardo Piglia, Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices).

[10] Naturalmente, utilizo aquí el término en el sentido de “no judías”.

[11] Acaso el primer nihilista auténtico en la historia de la literatura: “Y he hallado más amarga que la muerte a la mujer cuyo corazón es lazos y redes, y sus manos ligaduras” (Eclesiastés, 7:26).

 

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