Detalle de cubierta de ‘Cubantropía’, Periférica, Cáceres, 2020

Aunque muchos otros se otorguen el copyright, fue Francisco Umbral, hace casi cincuenta años, quien primero se refirió al término “perreo”. O al menos fue el primero que lo verbalizó y lo hizo literatura en su libro Mortal y rosa para describir los paseos por la ciudad con su hijo pequeño, su arte del vagabundeo, idéntico al de los perros. Por eso, el editor (o el mismo Umbral, quién sabe) consideró necesario colocar una línea a pie de página para aclarar que eso de perrear no era más que un neologismo del autor madrileño.

Sin embargo, el verbo perrear no aparece con esa connotación umbraliana en el diccionario digital de la Real Academia de la Lengua Española, y sí con otras acepciones llegadas del Nuevo Mundo: una de Costa Rica, otra de Venezuela… ninguna de Cuba o de Puerto Rico.

Menudo desacierto el de los académicos al no incluir esa otra definición que desde hace unos años fija al perreo como uno de los modos, el más expresivo y procaz, de bailar el reguetón, un género sin pedigrí dentro de la música latina, sin grandes padres fundadores, y que, como la zarabanda en los siglos XIV y XV, ha sido vituperado desde los flancos más pendientes de la imagen y de la moral, tanto de la derecha como de la izquierda.

De la caída del Muro de Berlín al reguetón –ya sea por razones cronológicas (1989-2019), como por cuestiones meramente simbólicas– se desplaza el libro Cubantropía (Periférica, Cáceres, 2020), de Iván de la Nuez (La Habana, 1964), ensayista, curador y crítico de la cultura radicado en Barcelona, un tomo que reúne textos aparecidos en publicaciones periódicas mexicanas, españolas, alemanas o cubanas, en blogs digitales, o que fueron parte de libros y de catálogos de exposiciones producidas a lo largo de los últimos treinta años.

Y no se trata sólo de que el autor le haya dedicado uno de sus ensayos a este fenómeno que, en el caso cubano, va más allá de lo musical, sino que sus conclusiones sobre el perreo –en pocas palabras: la reconfirmación del fin de una épica, la desconexión de los cubanos más jóvenes de cualquier idea de sacrificio, la certeza de que la búsqueda de una utopía se ha desplazado rampantemente hacia el goce exclusivo de los cuerpos– sintetizan la reflexión seminal y los desvelos de Iván de la Nuez: algo pasa cuando este tipo de expresión artística pierde su función de divertimento para convertirse en cosa “seria” política, demasiado política, ninguneada por estudiosos, vigilada por cuadros de un partido equis y sometida a la censura, luego incluso de haber sido considerada un asunto de Estado.

Este movimiento enfático, carnal e irresponsable vale para significar el estado de las cosas en Cuba, tres décadas después de que Iván de la Nuez saliera de manera definitiva. Las cosas han cambiado tanto desde entonces –en hábitos, sonidos y expectativas– que hasta el propio concepto de la “salida definitiva del país” ha desaparecido (al no ser para unos proscritos, siempre pocos demográficamente, aunque afectados de perversa manera), al tiempo que nada ha cambiado, toda vez que la misma gerontocracia y sus herederos miméticos continúan decidiendo caprichosamente los designios de la nación, a espaldas de cualquier reclamo de democratización.

Esta es la paradoja: la de una Cuba dogmática hasta la exasperación, aunque no a la manera norcoreana, una Cuba porosa, aunque jamás como una real democracia, y una Cuba poscomunista, en un limbo que justifica y ampara a los pequeños negocios, la repatriación de varios miles de exiliados, la filmación de una película como Fast and Furious en La Habana, la pompa de los nuevos ricos en Instagram y la presencia más que necesaria en Twitter o Facebook de activistas e informadores independientes que perviven a espaldas de las instituciones del Estado. Como banda sonora, un género bailado por todos y repudiado por lo que Norberto Bobbio llamó “franjas extremas”, a la izquierda y a la derecha, allí donde estalinistas y evangélicos se dan la mano. “La cultura –dice de la Nuez– pone a los poderes bajo sospecha”.

No son pocos los hilos que sintonizan a Cubantropía con aquel libro emblemático de Norberto Bobbio titulado Derecha e izquierda, publicado en 1994. Primero, porque ambos parten de un acontecimiento medular, la caída del Muro de Berlín, y de la necesidad de un replanteamiento de los conceptos a través de los cuales se gestiona la vida política. Así que ambos han visto esta fecha como un punto de giro para la reformulación de postulados y utopías, estrategias ideológicas y visiones del mundo. Iván de la Nuez es consciente de que, en el caso cubano, la disolución del bloque comunista y el cierre de filas dictado por Fidel Castro condujeron, no sólo a la recomposición de un “arsenal simbólico” y a aspirar a recuperar “la grandeza cubana” de los años sesenta, sino al carpetazo encima de la mesa que abolía completamente “los sueños de mi generación por cambiar las cosas dentro del socialismo”.

Aquel “sopapo” al que se refiere el ensayista, que describe el empecinamiento de la izquierda cubana en el poder, continúa vigente en nuestros días en los discursos de sus líderes, en los artículos de la Constitución (sobre todo ahí donde se estipula el “carácter irrevocable del socialismo”), en las pataletas de la diplomacia en las organizaciones internacionales y sobre todo en la acción de los órganos represivos. No hay nada que cambiar, parecen decir, ni siquiera si las propuestas provienen de una izquierda como la que defendía Bobbio, igualitaria y libertaria a la vez, tan distante de esta otra, autoritaria, jacobina, desestabilizadora.

De manera que, a estas alturas, vistas no pocas decisiones tomadas en “esta Cuba orwelliana” (el desprecio a los mecanismos democráticos, la instauración de un capitalismo de Estado en cuestiones económicas que en la práctica se olvida de los más frágiles, “la asfixia de la individualidad”, el acogotamiento de las fuerzas de trabajo a manos de una burocracia imponente, el irrespeto a una diversidad real, el rechazo al matrimonio homosexual, la ausencia de una ley de protección animal, etcétera), el gobierno cubano sigue dejando mucho que desear en materia de políticas de izquierda.

No sin razón, Iván de la Nuez retoma en una entrevista reciente el consejo de un amigo cubano al ideólogo español Juan Carlos Monedero, de visita en la Isla, de que no se asomara a las instituciones estatales si deseaba conocer a la “nueva izquierda” cubana.

En el trasfondo de Cubantropía hay una preocupación por los destinos de la izquierda global. “¿Adónde va la izquierda?”, se preguntaba Bobbio. “¿Quién saldrá vencedor en este nuevo ajedrez: la capacidad de transformación o el acomodo táctico inevitable para conseguirla?”, escribe el cubano. Se siente aquí un pugilato del autor, tanto con la tradición de una izquierda cubana intransigente, poco dispuesta a la evolución, como con aquellos a los que fuera de Cuba se les hace difícil lidiar con la democracia “en ninguna de sus posibilidades”, ya que nunca han hecho suya la divisa de Rosa Luxemburgo de que “la libertad es siempre la libertad para el que piensa diferente”.

Lejos del espíritu pontificador de los ideólogos, Iván de la Nuez acude a su biografía de exiliado para que los focos de lo teórico terminen desplazándose a un costado más humano. Este ardid –y esta necesidad– le permiten armar su propia bronca con un interlocutor que el lector identifica al acto. “En cuanto me defino como poscomunista, veo a mi alrededor alguna roncha”, denuncia. “¿Que soy un mal patriota?”, “¿que ahora resulta ambigua mi posición?”, “¿que no soy suficientemente combativo y ofrezco resquicios de supervivencia al régimen de La Habana?”.

Como pocos intelectuales salidos de Estados totalitarios de izquierda, Iván de la Nuez deviene pieza incómoda para la gerencia esclerótica del país que dejó atrás, para aquellos que desde el extranjero prefieren que nada cambie en su isla fetiche y que justifican a un gobierno que continúa capitalizando “el arsenal romántico de la Revolución”, así como para los tantos académicos que trabajan el “tema Cuba” y defienden una muy retorcida idea de la pureza, la pureza de lo antinorteamericano, además de para quienes, en la otra punta de la cuerda, ven la solución en el desmontaje total de lo establecido hace sesenta años y en la puesta en práctica de políticas liberales y de derecha.

A Norberto Bobbio le ha pasado lo mismo. Tras las críticas que suscitó su libro, su introducción a la segunda edición italiana (1995) se presenta con un subtítulo más que elocuente: “Respuesta a los críticos”. Aquí admite que su valoración de una única palabra, la de su desvelo, arrastra también con un “significado emocional”.

No son dos teóricos fríos los que aquí juntamos y que defienden sus tesis; lo menos que deben conseguir es el respeto del lector que no coincide con sus postulados. Al tiempo que Bobbio se reafirma en su malestar “frente al espectáculo de las enormes desigualdades, tan desproporcionadas como injustificadas, entre ricos y pobres”, Iván de la Nuez fustiga la respuesta tribal, poco cuestionadora, de la comunidad exiliada con respecto al capitalismo que la ha acogido, e insiste en su autodefinición como poscomunista y en su propuesta de “utilizar la energía crítica empleada en el antiguo sistema para actuar, también de manera crítica, ante la actual apoteosis del capitalismo y frente al fracaso cultural de las estrategias liberales en los países del Este”.

Porque los efectos del desplome de aquel muro famoso no sólo se sintieron en el lado más gris y estepario del planeta. De la Nuez está convencido de que, paradójicamente, el fin del comunismo ha implicado a la larga el desmantelamiento paulatino del orden liberal y el aplastamiento de la democracia bajo el peso del mercado.

“Así como el comunismo demostró que no era eterno, no hay muchas razones –salvo la inercia– para confiar en la eternidad de un capitalismo que hace aguas por todas partes”, escribe en otro momento de este libro que pudiera llevar como subtítulo “Notas amargas de un poscomunista cubano”. Su visión de las cosas no puede ser más pesimista. Tras constatar el derrumbe del liberalismo “tal y como hoy lo conocemos”, el ensayista cubano se atreve a decretar el carácter mortal del capitalismo.

De ahí que su visión de la Cuba futura esté signada por el escepticismo. Este estado de ánimo conecta con lo manifestado por Mark Lilla cuando, en el epílogo a la última edición (2016) de Pensadores temerarios, se imagina a los historiadores del futuro criticando la ligereza con la que los intelectuales y los políticos de hoy concebían las transiciones a la democracia “como si fuera un proceso tan natural como la caída del agua por un precipicio”.

Insurgido contra el estajanovismo y la voracidad capitalistas, y convencido de que en su país natal no bastará con impulsar la democracia “tal cual existe hoy en Occidente”, Iván de la Nuez apela a una revisión crítica de los postulados de la izquierda. Mientras, no halla contradicción en oponerse al gobierno cubano y en anhelar “una posibilidad progresista para el futuro”, donde prime la redistribución de la riqueza y el respeto a las libertades individuales, el sostén de lo público y el cuidado de las minorías, la igualdad y la solidaridad, “un país –dice– en el que justicia social y democracia no sean palabras antagónicas en el diccionario”.

Pero aquí no acaba el caudal de este libro. Al detenerse en el éxodo de la vanguardia de la plástica cubana a inicios de los años noventa, en los escritores de la generación Mariel que escaparon a Estados Unidos en 1980, en el desembarco de Ry Cooder y Wim Wenders, Oliver Stone y Steven Spielberg en La Habana, en el hálito de mercadeo que cualquier ojo avezado revela al escudriñar en el fenómeno Buena Vista Social Club, o en la publicación de la novela 1984, de George Orwell, ¡sesenta y ocho años después!, entre otros temas, Cubantropía está proponiendo también un paneo sobre el modo en que se han imbricado el arte, la política y la ideología en Cuba, casi siempre de manera perversa, desde enero de 1959.

Son esos signos de lo real los que este lector de la cultura ha puesto sobre la mesa tras cada uno de sus viajes a Cuba –viajar o no viajar, otro de los dilemas del exiliado cubano que este autor tiene resuelto–, los mismos que lo han llevado a adelantar la hipótesis de una realidad poscomunista, ahora que aparentemente los cubanos se aprestan a transitar del estado de servidores (cumplidores, fieles, integrados) al de consumidores, sin plantearse al parecer convertirse algún día en ciudadanos.

¿No fue Nietzsche quien afirmó que cada gran filosofía parte de “una confesión personal de su autor y una especie de memoria inconsciente e involuntaria”? Al bordear ciertas zonas de intimidad (su barrio, la figura de su padre, sus viajes, la playa donde se crio), Iván de la Nuez ha querido que su libro sea leído también como “una biografía intelectual” y como el producto de ese Hombre Nuevo guevarista que nunca llegó a ser.

Ante Cubantropía, un “lector de sensibilidad” –ese sujeto contratado por una editorial para rastrear contenidos incómodos en los libros por publicar–, hallará trazas de lo biográfico, reacciones de exiliado, arremetidas contra “los mercaderes del patriotismo”, fijaciones, algunos dolores y, al fondo, el sonido pegajoso de un género musical que lo menos que propone es la vida teresiana, la persecución de un ideal, el sacrificio y la redención.


* Este texto fue publicado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos.

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