Enrique Román: Eduardo Arroyo es, al mismo tiempo, una de las figuras más jóvenes y más polémicas del 23 Salón de Mayo. Estos dos factores caracterizan su conversación. En una discusión con jóvenes estudiantes de pintura, afirmó: “Si viviera en Cuba, probablemente no sería pintor”. En el transcurso del debate que necesariamente siguió a su afirmación, derivó de ella una posición ante la pintura. En nuestra entrevista le pedimos que reprodujera su argumentación.

Eduardo Arroyo: No se trata de que tenga nada contra la pintura, ni de que piense que la Revolución no debe tener sus pintores; todo lo contrario. Sólo que yo, simplemente, no pintaría lo que pinto ahora. No es lo mismo para un pintor preocupado por los problemas de la vida pintar dentro de una sociedad capitalista que en un país que edifica el socialismo. Mi pintura, aquí, no tendría razón; mi pintura es de oposición a los mitos de la sociedad burguesa. Mi acción es negativa, no propone soluciones positivas: mi interés es boicotear, sabotear la sociedad capitalista. Simplemente. No creo que el cuadro por sí solo pueda proponerse resultados más efectivos. Por ello mi acción desborda los marcos de la simple pintura, y tomo parte en actividades de otro tipo, de resultados más tangibles. Y en Cuba, el paisaje revolucionario es muy fuerte, ofrece al artista la posibilidad de intervenir en actividades no necesariamente artísticas, y de suma importancia. No creo en el pintor, ni en la pintura, separados de la historia, como algo mágico, intangible, abstracto.

Hablando en términos más precisos, ¿cuál sería esa pintura mágica, intangible, ahistórica?

No hablo solamente, desde luego, de pintura. Se trata de una posición dentro del arte, común a los extremos de las vanguardias occidentales. En novela sería la Nueva Novela, en Francia, el Grupo 63, en Italia, el mero interés por el lenguaje, la vaciedad. En pintura serían ciertas situaciones de algunas vanguardias, el op art, el elogio de la técnica en tendencias norteamericanas, la entrada de la Coca Cola al museo, las complacencias formales de todo tipo. Sé que al afirmar que estas vanguardias artísticas no tienen nada que ver con las vanguardias políticas de nuestro tiempo, al afirmar que son reaccionarias, dirán que estoy defendiendo el realismo socialista. Falso: no creo que haya sólo dos soluciones. Siento el mismo rechazo hacia el realismo socialista que hacia los objetos, la cinética y otras tendencias paralizantes que proponen ideas falsas sobre el mundo burgués, que pretenden representar el mundo de la técnica, cuando en realidad suelen hallarse retrasadas en varios años con relación a la técnica y a la industria reales.

Arroyo tiene treinta años. Nació en Madrid, pero vive y trabaja en París, “porque está en
desacuerdo total y firme con la situación española. Pintar allí sería servir a las mistificaciones democráticas en que el Gobierno español quiere aprisionar a los intelectuales”. Pinta profesionalmente desde hace nueve años. Su formación anterior fue estrictamente literaria; se confiesa un novelista frustrado. Por eso quizás su pintura es muy literaria, cargada de ideas. Otorga, en fin, más fuerza a la imagen que a la palabra.

Creo en la idea brechtiana de que el artista ha recibido herencias de todo tipo que debe aceptar y utilizar. Por eso entro sin complejos en las obras de los demás, y extraigo de ellas imágenes, actitudes. He deformado e ironizado la imagen de Napoleón, extraída de cuadros de Meissonier y David. Hace algunos años realicé una serie sobre el slogan franquista “Veinticinco años de paz”, utilizando collages de cuadros de Velázquez y El Greco. Una especie de autobiografía, a través de cuadros demistificadores, que atacaban la pintura como cosa mágica, el estilo como factor sagrado. Así entiendo la pintura. No puedo concebir que alguien se pase una vida haciendo gestos, círculos o cuadrados. Quisiera que alguien me lo explicara, pero todo eso me parece insuficiente. Ahora rehago la obra de Miró, que no me satisface ni me gusta. Una especie de antología de Miró, cambiando intenciones y conceptos.

¿Por qué Miró, específicamente?

Creo que Miró es, para el mundo burgués, ejemplo de libertad artística. Para mí, Miró y Duchamp, por el contrario, son ejemplos del mayor aprisionamiento, de la mayor impotencia creativa, como representantes de una concepción mágica del pintor.

Por último, sobre la cultura cubana:

Creo que los cubanos deben aceptar muy críticamente los productos de la cultura occidental. No les son muy necesarios. Curiosamente, las culturas más intensas, más genuinas, más francamente interesantes, son las de países subdesarrollados. Cuba tiene tradiciones, hallazgos propios, valores, que debe universalizar. No se trata, evidentemente, de ningún localismo, de ninguna concepción sectaria. Lo que propongo es algo parecido a lo que pedía Unamuno al hablar de españolizar a Europa en lugar de europeizar a España.

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