Las páginas que siguen están consagradas a la memoria de José Rodríguez Feo. Hombre de audaces empresas culturales, animador, mecenas, editor y crítico de excelentes dotes,
Tu última carta donde me pides, con esa avidez de conocimiento tan digna de elogio, una evocación de la década del cincuenta me pone realmente en un gran aprieto, pues las brumas del olvido...
Hace apenas unos minutos un amigo ha venido a traerme la noticia de la muerte de José Rodríguez Feo. Con él no muere un ensayista, muere un modo de vivir en la literatura.
Querido Pepe, perdóname por escribirte en tiempo presente, pero no lo hago por capricho, sino porque aún no me he acostumbrado a pensar que no estás ahí, en tu casa de La Habana.
Acaba de llegar la triste noticia: José Rodríguez Feo ha muerto. Con él desaparece una de esas figuras literarias insólitas como sólo Cuba sabe producirlas.
A principios de 1990 me pidieron que hablara de Casa de las Américas en un coloquio sobre revistas latinoamericanas que se celebraría en París, en la Sorbonne Nouvelle, a mediados de mayo.
La incidencia de Pepe en la órbita de esa revista fue mucho más allá de la ayuda monetaria, porque vino a resultar como la otra mitad de la esfera creadora y aglutinante de José Lezama Lima.