Los fascistas bailan el swing. ‘A oscuras’, la última novela de Thomas Pynchon

¿Tenemos, desde hace un siglo, una idea ingenua de Occidente? ¿Estamos en las postrimerías de esa ilusión? Pynchon nos pregunta después de una bofetada. Quizás

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Se ha calificado A oscuras (Tusquets, 2026), la recién publicada novela de Thomas Pynchon –y presumiblemente la última del casi nonagenario autor– de “política” y “urgente”. En la edición española, esta lectura se refuerza desde el propio título, tomado de un diálogo de connotación política: “Estamos a punto de entrar en una edad oscura, chico. Como mínimo mal iluminada”. Por su parte, el original Shadow Ticket está más apegado al argumento y remite a su costado noir, puesto que, en el argot detectivesco estadounidense, ticket significa “trabajo” o “encargo”. En principio, se trata de esto. Un detective, Hicks McTaggart, recibe la misión de traer de vuelta a los Estados Unidos a la hija de Bruno Airmont, un magnate del queso vinculado a la mafia y a los grandes poderes.

Sin embargo, dada su relación con el tiempo, las novelas de Pynchon son más históricas que políticas. Esta no es la excepción. Uno de sus más lúcidos lectores en el mundo hispano, el escritor Juan Francisco Ferré, ha dicho que Pynchon “es el historiador apócrifo de todo lo que la historiografía académica, falta de imaginación y sobrada de positivismo contable, es incapaz de ver en el decurso histórico”. Esto, claro, es una actitud filosófica y política de signo posmoderno, pero la preocupación fundamental de Pynchon es cómo-llegamos-aquí, y la aborda en sus ficciones como un arqueólogo de inspiración rabelesiana, indagando en la historia con una actitud lúdica, carnavalesca.

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McTaggart es un típico personaje pynchoniano: un idiota de buen corazón. Anterior rompehuelgas a sueldo de capitalistas que, tras casi-matar a un obrero, experimenta un alivio liberador y se convierte en detective privado en el Milwaukee de la Depresión, las primeras películas sonoras, el jazz, los trusts leoninos, la Ley Seca y la joven presidencia de un Roosevelt que no llegaría a proclamar el New Deal: “todo tranquilo, es el Medio Oeste, no pasa gran cosa, pero solo tienes que doblar la esquina, probar a mirar desde otro ángulo, y verás una historia muy diferente”. El interés de Pynchon está en la historia debajo de la historia, en las estructuras sumergidas. “Chicos hitlerianos, mafia siciliana, pasillos secretos y túneles de salida, humo demasiado denso como para ver a través de él… Por debajo, la urbe late a toda prisa, completamente desquiciada, eso si tuviera un corazón, que no lo tiene”.

McTaggart es enviado a Hungría, al corazón del Viejo Mundo, donde el mal ha comenzado una andadura indetenible:

“Europa tiembla, no solo de miedo sino de deseo. Deseo de aquello que ha estado a punto de sobrevenir, y que crece en nosotros, un prologado subidón erótico antes del estremecedor instante de claridad, un violento colapso del orden cívico que se propagará desde un punto irradiador, situado en Viena o cerca de ella, y que se extenderá rápidamente y sin límites, en todas direcciones, y a través de todos los continentes, por bosques inexplorados y lagos jamás vistos, por barrios residenciales sencillos y vecindarios nativos crípticos, campos de batalla históricos y del futuro”.

La posguerra da lugar a un hombre que lleva uniformes pulidos y se reviste de un romanticismo herderiano. Es lo suficientemente magnético como para causar furor en los jóvenes. Es el futuro. Un ustacha croata pronuncia una frase que remeda el lenguaje de un poeta del Sturm und Drang: “La historia sigue adelante […] hacia nuestro futuro fascista, inmenso y majestuoso, y nosotros solo somos las ventiscas y tornados que estallan en sus lindes”.

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En un rejuego pynchoniano, simbiotizados con los fascistas más que opuestos a ellos, los comunistas no tardan en aparecer. En Hamburgo, “los barrios de los astilleros firmemente socialdemócratas y comunistas están de repente infestados de camisas pardas cantando con letra nazi la melodía de La Internacional… y la llaman la Hitlernazionale”. Y los Vladboys, fascistas cazadores de judíos que van en motos y bailan el swing, se inspiran en Tibor Szamuely, el líder de los sanguinarios Lenin Boys que operaron al servicio de Béla Kun en la efímera República Soviética Húngara.

El apego occidental a la inmanencia y su contrapunto con lo trascendente, y la tecnología como dispositivo de poder y control ligado a la modernidad tardía, son temas cardinales en la obra de Pynchon.  En A oscuras, estos motivos encuentran su correlato en pasajes como la aparición de Zdenĕk o la mención de Gleb Bokii. Zdenĕk es un gólem checoslovaco que traza su origen hasta el rabino praguense Loew, que tiene un amorío con una robot, y está sujeto a una cláusula oculta del Tratado de Saint-Germain-en-Laye que “regula el tamaño” de los gólems en la nueva Checoslovaquia y a la OAGEL (Oficina de Administración de Gólems Empleados Localmente), cuyos agentes “trabajan en connivencia con diversas entidades tardocapitalistas para las que un gólem es solo una forma primitiva de robot barato”.

El criptólogo e investigador paranormal Gleb Bokii parece un personaje ficticio, pero no lo es. Fue cercano a Lenin y segundo jefe de la Cheka; buscó el reino de Shambhala e intentó aunar budismo y comunismo con el objetivo de crear un hombre nuevo. Realmente, los primeros tiempos soviéticos estuvieron plagados de personajes tan pintorescos como Bokii: Nikolai Fédorov, padre del “cosmismo” y delirante tanatólogo; Konstantín Tsiolkovski, seguidor de Fédorov y pionero de la astronáutica; o Alexánder Bogdánov, entusiasta de las transfusiones de sangre como llave de la inmortalidad. A este propósito, Pynchon lanza una frase antológica: “Rusia sigue siendo el mayor depósito inexplorado de fe precristiana del mundo […] El materialismo dialéctico nunca tendrá éxito con un pueblo que considera lo material algo esencialmente espiritual”.

McTaggart añora Milwaukee, una ciudad –y un país– al que no regresará. Para Odiseo, viajar implica la posibilidad de volver al punto de partida transformado por la experiencia, pero con la certeza de que el hogar permanece, en lo esencial, inmutable. McTaggart, en cambio, encuentra que la historia ha alterado de manera irreversible el lugar que llamaba hogar. Es el regreso como imposibilidad histórica. Noticias de Estados Unidos anuncian una huelga de ganaderos en Wisconsin que deviene insurrección generalizada; un golpe de Estado patrocinado por oligarcas ha derrocado a Roosevelt y puesto en su lugar al general Douglas MacArthur…

Cruzando de vuelta el Atlántico a bordo de un submarino, la evocación de “una estatua de cientos de metros de altura de una mujer con el rostro oculto tras una máscara, y que va ataviada con ropa militar” situada “más allá del extremo occidental del Viejo Mundo” suscita en Bruno Airmont la misma reacción que la del lector. “La Estatua de la Libertad”, se aventura a decir.

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“No. No hay ninguna Estatua de la Libertad, Bruno, en absoluto, allí adonde tú vas. Vamos a Estados Unidos, pero no es el mismo Estados Unidos que dejaste cuando te marchaste. Hay exilios y exilios”.

¿Tenemos, desde hace un siglo, una idea ingenua de Occidente? ¿Estamos en las postrimerías de esa ilusión? Pynchon nos pregunta después de una bofetada. Quizás lo que vemos en la actualidad no es sino el parto de lo que Occidente ha engendrado. No existe tal urgencia.

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MIGUEL MONTERO
MIGUEL MONTERO
Miguel Montero (San Isidoro de Holguín, 1994). Escritor. Máster en Historia y Cultura Cubana, y profesor en la Universidad de La Habana. Tiene publicada la novela Obras mayores y menores de Arsenio Pérez la O (Premio Aldabón, 2021). Pertenece al proyecto de reciclaje transversal KTP-3. Actualmente reside en el barrio de Colón, Centro Habana.

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