Funes
Jorge Luis Borges (Atilio Pernisco)

Kant no estuvo nunca en su vida cerca de una montaña.
También es probable que nunca haya visto el océano.
David Markson, This is Not a Novel

En un ensayo autobiográfico, Jorge Luis Borges relata su primer encuentro con Rafael Cansinos Assens. Cuenta que tímidamente lo felicitó por un poema que Cansinos había escrito sobre el mar y quedó sorprendido por la respuesta: “Sí –me contestó– y cómo me gustaría verlo antes de morir!” De hecho, Cansinos murió sin conocer el mar. A lo largo de su vida, si alguna vez abandonó la estepa de Madrid, lo hizo solo para visitar la aridez de Toledo.[1]

Diez años después de ese encuentro, en 1929, el otro gran maestro de Borges, Macedonio Fernández, ensayó en “Papeles de Recienvenido” un nuevo género literario, el perfil biográfico de una persona desconocida y de quien, por lo tanto, nada podemos decir. En una frase que resume el sarcasmo paradojal de Macedonio, se lee: “Si se llega a saber que algo más puede ignorarse de él, nos apresuraremos a comunicarlo; no consentiremos que se nos supere en la ignorancia que nos hemos labrado pacientemente a su respecto ni en la prontitud en difundirla”.[2]

Así, en contraste con Cansinos, que ahonda en formas de expresar lo que no conoce, Macedonio hace de la falta de conocimiento el objeto de su expresión. Cansinos Assens introdujo a Borges al estudio de la interpretación mística de los textos sagrados y del misticismo oriental. No era simplemente un metafísico, era un megametafísico. Es significativo que la otra gran influencia contemporánea en Borges haya sido el escritor antimetáfisico por antonomasia, Macedonio Fernández.

Antes de ahondar en la relación dialéctica entre megametafísica y antimetafísica en Borges hay que señalar que la metafísica es un tema central en su obra. Todos sus tópicos recurrentes: el tiempo, el espacio, el lenguaje, la identidad, apuntan a ese desajuste entre lo sensible y lo inteligible. Pero como de costumbre, Borges no asume este proyecto como filosófico, sino que explora sus posibilidades narrativas; y el cuento “Funes el memorioso” se ofrece como laboratorio ideal para analizar la particularidad que lo metafísico adquiere en su ficción.

A la inversa de “Papeles de Recienvenido”, espacio negativo donde se profundiza y se insiste en lo que no sabemos, “Funes, el memorioso” es un perfil biográfico de una vida tan abarrotada de detalles que contar un solo día, ocuparía puntualmente un día entero. Borges, el narrador, no ha visto a Funes más de tres veces (y cuando lo ha visto ha sido a la distancia o en la oscuridad); y a pesar de que reconoce que su “testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre”, sus descripciones son de una concentración y de una minuciosidad tan abrumadora como la que asedia al protagonista. Después de un accidente, Funes despertó a una percepción y una memoria absolutas: “Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que solo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. […] Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso”. Ese mundo vertiginoso e infatigable, de pura percepción, le impedía la abstracción, “era casi incapaz de ideas generales, platónicas. […] Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”.

A través de esta exploración literaria del conflicto entre los arquetipos platónicos inferidos por la razón y el inacabable e inconstante mundo material captado por los sentidos, asoman esas dos influencias opuestas pero fundamentales en Borges: Cansinos, el cabalista andaluz que encuentra las palabras para plasmar un universo arquetípico solo experimentado intelectualmente, y Macedonio, el juez anarquista cuyo conocimiento aporístico se cifra en la pura acumulación de ignorancias.

En un ensayo titulado “Borges y Platón: divertimento sobre Funes”, la teórica italiana Adriana Cavarero, proponía que Funes constituye el ataque más formidable que el siglo XX montó a la tradición metafísica. Se refería, posiblemente, a la percepción total de Funes como demostración concreta de la naturaleza irreductible de la experiencia sensible. Y en tándem con ese ataque a la tradición metafísica, se explora en Funes el tema de la inefabilidad; es decir, la incapacidad de todo lenguaje de expresar el flujo incontenible de la experiencia. En ese sentido es elocuente que Borges haya elegido el género del perfil biográfico como marco para este cuento porque esa brecha entre experiencia y proposiciones generales remite también al desafío de transformar el caos y lo contingente de una vida en coherente materia narrativa.

El problema de concebir un lenguaje capaz de articular la realidad inagotable, tal como queda planteado por Funes, remite a ese otro microcuento de Borges “Del rigor de la ciencia”; allí somos testigos del contrasentido de un mapa que coincide, punto por punto, con el territorio de un imperio. Contrasentido, digo, porque el desproporcionado éxito de ese proyecto cartográfico coincide con su fracaso: “las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos”. Esta contradicción irresoluble de un mapa que termina ocultando el territorio, encuentra ecos en ese lenguaje de Funes que justamente por ser infalible termina siendo inservible. Funes deshecha el proyecto: “Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil”.

Pero mientras Funes claudica ante la contradicción, Borges, el autor, la eleva a figura retórica central. Según el narrador, esos imposibles proyectos lingüísticos “son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza”. En contraste con Funes, atrapado en un devenir eterno e inescapable, la ficción de Borges queda siempre en suspenso entre la posibilidad de un sentido último, a pesar de nuestra limitación, y la inminencia de la ignorancia, a pesar de la acumulación abrumadora de información. Aquí radica quizá, y no en Funes, el más formidable ataque a la tradición metafísica: en la singularidad de la distancia irónica que va componiendo Borges, suspendida siempre en un balance precario entre la megametafísica y la antimetafísica.

Funes comenta que antes del accidente, él era como el resto de los cristianos: “un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado”. Pero Borges, el autor, sabe que la percepción absoluta es una forma de ceguera y que la representación total equivale a la ofuscación y al vacío. Esta contradicción, sin embargo, nunca implica una pérdida. La utopía de la representación absoluta y la distopía de una representación perpetuamente inadecuada no son concebidas en Borges como proyectos antitéticos. Por el contrario, constituyen su mutua y más íntima resignificación.

Roberto Alifano, que fue secretario de Borges y reunió en un libro innumerables anécdotas, cuenta que en 1981 Borges se encontró con el gran pintor argentino Antonio Berni. Intercambiaron los elogios habituales y Berni, como era sordo, le pidió a Borges que hablara un poco más alto. Borges le respondió: “No se haga problema; nos compensamos muy bien. Usted no me oye y yo no lo veo”. Ese encuentro fugaz habría sido todavía más interesante para esta exploración de la poética borgeana, si hubiera ocurrido entre un pintor ciego y un escritor afásico. En la colaboración entre esos dos personajes inadmisibles podríamos ver erigirse finalmente ese monumento a la iconoclasia, conmemoración del formidable ataque que Borges descarga contra toda tradición, empezando por la metafísica.


Notas:

[1] A pesar de no haber visto nunca el mar, Rafael Cansinos Assens escribió uno de los textos críticos más espléndidos sobre la influencia del mar en la poesía; unas pocas páginas que llevan el título “Influjo del mar en la lírica”. Dejando de lado la erudición, este pequeño texto revela con inusual agudeza “el alma viva, desordenada y contradictoria del mar”. Pasando revista a esa “enorme música sin letra”, desde los cánticos prodigiosos que entonan las sirenas, “cuyos senos se yerguen sobre las aguas”, hasta los versos que cantan la belleza de Galatea, “escritos a la orilla de la mar”, las epopeyas navales de Heredia o el lejano zumbido de las caracolas de Salvador Rueda. Cansinos Assens celebra no solo las armonías y los enigmas del mar sino también “los tesoros que encierra […] su flora maravillosa […] sus seres silenciosos […] sus muertos […] sus buques encallados, eternamente quietos”. En diálogo con Osvaldo Ferrari, Borges menciona otros poetas, como Rimbaud o Coleridge que también escribieron sobre el mar (respectivamente “El barco ebrio”, “Balada del viejo marinero”) sin conocerlo.

[2] “Ignoramos siempre si cumplía años, si nació disgustado, si mejoraba de las enfermedades o moría cada vez; si su vida se prolongó hasta el fin de sus días o pudo la ciencia hacerla concluir antes; si disputó que su deceso era prematuro o se puso del partido de la concurrencia mortuoria que lo lamentaba por tardío; si por extremo de puntualidad se presentaba siempre en el lugar de la cita un cuarto de hora antes de llegar o al contrario tenía reputación de ser el primero en llegar tarde, a casa del dentista u otros locales de distracción; si se conocía cuando tosía o nadie lo oía por tratarse de tan famoso desconocido […] Esto último y algo anterior, pertenece a lo que no se sabe de él y lo insertamos como muestrario de la variedad inmensa de cosas que somos capaces de idear para rellenar una existencia de contenido ignoto”.

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Pablo Baler (Buenos Aires, 1967) es novelista, crítico y profesor de literatura latinoamericana en la Universidad Estatal de California en Los Ángeles. Es el autor de la novela Circa (Galerna, 1999, premiada con el Fondo Nacional de las Artes y el Premio Cultura de la Nación en Argentina) y el ensayo Los sentidos de la distorsión: fantasías epistemológicas del neobarroco latinoamericano (Ediciones Corregidor, 2008), publicado en traducción al inglés como Latin-American Neo-Baroque: Senses of Distortion (Palgrave Macmillan, 2016). Baler es el editor de la antología internacional The Next Thing: Art in the Twenty-First Century (Fairleigh Dickinson University Press, 2013), once ensayos sobre la sensibilidad estética que va a definir el siglo XXI. Su colección de cuentos La burocracia mandarina fue publicada en español en el 2013 y en portugués en el 2017 (Ed. Lumme, San Pablo, Brasil). Graduado de la Universidad Hebrea de Jerusalén, la Universidad de Stanford y la Universidad de Berkeley, Baler es también International Research Fellow del Centro de Investigación sobre el Arte de la Universidad de la Ciudad de Birmingham en el Reino Unido. Su última novela, Chabrancán, fue publicada en 2020 por Ediciones del Camino.

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