Imitadores de Perec hay muchos, pero yo soy el más inofensivo. Cada vez que hago una lista me siento Perec. Cada vez que miro mi edificio y lo disecciono soy Perec. Cada vez que me afeito –una vez a la semana: soy bastante lampiño– me dejo un poco pelo en la barbilla y pongo cara de asco, cara francesa, como quien huele algo inenarrable, para que se me pegue el talento de Perec.
Pero no soy Perec y no quiero morir a los 45 años. Aspiro, sin embargo –y creo que es una misión bonita y reconfortante– a recordar como Perec, fotográficamente, cada aspecto de mi vida. Quisiera escribir como Perec, pero la matemática no es mi fuerte y cada vez que introduzco problemas lógicos en mis libros (regresión infinita, combinatorias, el I Ching, el tarot) surge un monstruo algebraico con el que no sé lidiar y al cual termino matando.
Nacido en París en 1937, hijo de sus tíos –a sus padres los mataron durante la guerra–, Perec estaba destinado a recordarlo todo. Su memoria es la memoria de una generación y eso supone un peso tremendo, trágico, pero él lo supo dotar de levedad. Italo Calvino dijo que su obra consistía en sustraer peso a todas las entidades del cosmos, desde una mosca hasta un planeta. Como su amigo cubano, Perec fragmentó y unificó su mundo en libros que no leen miles de lectores, sino unos pocos cientos. Libros para escritores. Una lástima.
Yo creo en la resurrección de Perec en una época donde la memoria vuelve a ser trágicamente colectiva, y no en el buen sentido. Contra el gran depósito de la memoria digital –la memoria de silicio, diría Umberto Eco–, Perec postula la memoria artesanal. Sin el cultivo del recuerdo individual, por fragmentario que sea, a uno le queda solo el public domain.
Si Perec no fuera capaz de resucitar, mi fe sería vana. Pero asómense a las librerías, suspicaces lectores, y encontrarán. Pregunten y les darán una edición crítica, o un volumen maravillosamente editado. Llamen y se les abrirá la puerta del mítico immeuble de la calle Simon-Crubellier número 11.
El manifiesto memorialista de Perec es, por excelencia, Me acuerdo. Escrito en 1978, un libro tan breve no puede salir de la imprenta sin notas, prólogos y comentarios. Es el libro que mejor ejemplifica la advertencia del alucinado Kinbote de Nabokov: textos así no se comprenden si alguien no explica las cadenas de realidad que los rodean, for better or worse, is the commentator who has the last word.
La edición de Impedimenta prologada por Hervé Le Tellier –miembro del grupo OuLiPo, como lo fue Perec– y preparada por Eduardo Berti contribuye al culto de Me acuerdo y no engaña a nadie: es un desafío a la memoria de silicio y la búsqueda de un ángel de la guarda contra la hipervigilancia artificial (Impedimenta edita también cosas de Lem y Gospodínov, recopilaciones sobre autómatas y monstruos, y a la bella y extraña Starobinets). Perec es nuestro ángel de la guarda y su letanía de 480 “me acuerdo” son nuestros exorcismos.
“Estos «Me acuerdo»”, escribe Perec en la nota que abre el libro, “no son exactamente recuerdos, y mucho menos recuerdos personales, sino pequeños retazos de lo cotidiano, de cosas que, en tal o cual año, todas las personas de una misma época vieron, vivieron o compartieron, y que después desaparecieron, se olvidaron; no merecían ser memorizadas, no merecían formar parte de la Historia, ni aparecer en las memorias de estadistas, alpinistas o monstruos sagrados”.
Engañosamente, Perec lo presenta como una revisión de los I Remember de Joe Brainard, que también tuvo una vida breve por culpa de una neumonía agravada por el sida. Del libro de Brainard solo queda “el título, la forma y, en cierta medida, el espíritu”.
En la edición de Berti, cada “me acuerdo” tiene su comentario. Generalmente son útiles –como los que explican quién era el primo Henri Chavranski–, bastante útiles –como los que indican dónde encontrar tal o más cual disco raro de Art Tatum o Lester Young–, inútiles pero eruditos –como el inventario de modelos de tracción delantera de Citröen: el 7CV, el 9CV, el 11CV, el 11BL y el 22CV–, absolutamente inútiles –como el que explica la diferencia entre el chocolate viennois y el chocolate liégeois– o rotundamente descorazonadores, crueles, innecesarios. Pongo un ejemplo.
Cuando Perec dice, en el “me acuerdo” número 478: “Me acuerdo de
en el metro” –que por cierto es mi “me acuerdo” preferido–, yo creí ver un jeroglífico de alguna situación o persona querida de la que Perec no podía hablar, y por tanto hacía una seña, un jeroglífico, para de esa manera no traicionar el secreto, pero tampoco suprimir las necesidades de su memoria. Todo fue un gran malentendido.
Resulta que, según explica Berti, “en el interior de los vagones del metro de París había un dibujo con una suerte de monograma que identificaba la línea. Lo que reproduce Perec es un detalle del dibujo que enmarcaba el monograma”. Ya no me importa.
Hay décadas y décadas de educación sentimental en los “me acuerdo”, también mi educación sentimental. Está incluso Fidel Castro, de-quien-no-quiero-acordarme, y también Bahía de Cochinos, Fangio y el Huracán sobre el azúcar de Sartre. Están Voltaire y Hitler, los “verdadero o falso” de las pruebas y Caravan de Duke Ellington, está el Kon-Tiki y el zapato de Jrushchov, Chartres, Glenn Miller, un apagón en Nueva York, el submarino de Cousteau y algunas páginas en blanco para que, “a petición del autor”, también nosotros recordemos cosas.
Ver a Perec con treinta años en un documental francés explicar su poética y mostrar sus esquemas oulipianos, saber que sus libros nacen de una fractura entre la belleza del mundo –el mundo es rico– y la imposibilidad de llegar a él –somos pobres–, convierte a Me acuerdo en un libro anestésico. Tuvo que serlo para él como lo es, ahora, para nosotros. Al menos el deseo es nuestro, al menos la memoria es nuestra, al menos somos dueños de algo.
Perec tiene muchos imitadores, y yo no solo soy el más inofensivo sino también el más sincero. Los escritores y los críticos mencionan poco a Perec porque Perec les ha enseñado demasiado. Es mejor que sea un “autor de culto”, un “oulipiano”, o –como dijo maliciosamente Paul Auster– “un escritor prodigiosamente entretenido, en el sentido que Lewis Carroll y Laurence Sterne son entretenidos”. Ningún imitador de Perec dirá “Me acuerdo de Georges Perec”. Pero yo sí, yo sí me acuerdo. Cómo no me voy a acordar.


