Sin título, Gerard Fieret, circa 1965-1975, Leiden University Libraries

Me desenrollo en mí
yo a, yo b, yo etc.
me disuelvo en la lluvia
yo a, yo b, yo etc.

En el país de las cuatro corrientes
continúo
yo a, yo b, yo etc.

Así llego en aluviones
a las imágenes extremas
del pasado
yo a, yo b, yo etc.

Me nombro zeus júpiter
odiseo ruido
yo a, yo b, yo etc.

Rastro

Así atornilla el yo dentro de sí mismo
el rastro al centro del origen
el movimiento del lenguaje es un flujo
en el puente cuento mis pasos
con la mano de plomo de los siglos
sólo soy palabras
a la luz del día

Un nombre

Del vacío que no es vacío
yo perdí mi yo
el que como vacío quiero ser

como piedra errante
en el cruce de rutas
encontré a su madre –el río

como el vacío en la piedra
quiero ser
porque ella me da un nombre

como piedra errante quiero ser
con su madre –el río.

La piscina

¿Que no me queda aire?
La piscina frente a mí
nado con brazadas lentas
cuesta llegar al otro lado

allí te encuentro, verde amarilla
de rabia por la forma penosa
en que cruzo el agua

de ti a mí, de mí a ti
y al revés
¿Que no me queda aire?
la piscina está llena
hay incontables manos
ojos buscando gente fea
gente bonita

también hay ladrones,
se roban todo el agua

ahora es una piscina vacía
cuesta llegar al otro lado

tú verde de rabia, yo pálido
de miedo frente a tanto vacío

Los espacios de mi ojo

corriente rebasa
mi casa a un tiro de piedra más allá
árbol de mañana
en el que vivo
yo hombrepájaro
nadie me conoce
nadie me oye

Una cosa frágil

Una cosa frágil, la paloma esa… Siempre quería estar con aquellas otras y ellas la habían aceptado completamente. Pero ese día no me di cuenta que quería estar dentro de su jaula. Bueno, la vi, pero pensé, bueno, después le abro. Y una hora después la habían matado a picotazos. Ella lo sabía. Me había pedido que la entrara y me siento culpable. Un descuido y la vida te castiga de inmediato.

Pasan unas mujeres por la calle.
—Hola Bernadien, Hola Jenny.
Buena gente. Ella a veces me da ropa, a veces me da calzoncillos.
No me gusta la política.
Me gusta el antiguo liberalismo restaurador, que construye. Lo peor es el lobby.
La enfermedad de estos tiempos es el lobby.

Sin título, Gerard Fieret, circa 1965-1975, Leiden University Libraries

Una aventura belga

Era 1945. Los americanos nos habían liberado del cautiverio alemán. En Alemania yo había buscado refugio en la casa de un campesino, que acabó chantajeándome para que trabajara para él. Un día de primavera, cuando llegué a la Bélgica recién liberada, paseando por la estación del norte, me encontré con una pequeña dama que me preguntó si estaba fatigué. No, soy Fieret, dije. Ah, es usted holandés, dijo en flamenco. Y me explicó que fatigué no era un nombre, sino que quería preguntarme si estaba fatigado. No, no estoy cansado. En fin, ella me llevó a su casa porque me veía fatigado. Regentaba una tienda de sombreros y me presentó a su marido. Simplemente un gesto muy amable de una dama belga. Un poco más tarde yo estaba disfrutando de un café y un dulce en la tienda de los sombreros y todavía no sabía lo que me esperaba. No me había dado cuenta que ella era una celestina y que quería presentarme a alguien. Después del café me preguntó si quería conocer a una dama. Le pregunté por qué. “Creo, por su apariencia, que podría caerle bien a una amiga mía, una baronesa joven de Bruselas. Si quiere, venga usted este domingo a las 11:30 a la tienda para un café y le presentaré a mi bella amiga.”

Pues allí volví aquel domingo a tomarme un café y un dulce. Y me sorprendí cuando un poco más tarde vi llegar un coche enorme. No un Rolls Royce sino un hispanosuizo, de antes de la guerra. Y un chofer bien vestido le abre la puerta a una mujer bella que después se me acerca. La miré y pensé “así que esta es la mujer que vienen a presentarme.” Yo era joven, torpe, tímido, ni veintiún años tenía. Se parecía exactamente a Janet McDonald, una estrella de cine, americana muy famosa de los años treinta. Después de la guerra volví a verla en una película con Nelson Eddy, un famoso actor suecoamericano, un cantante, en una película con el título Rose Marie. Esta baronesa belga se parecía exactamente a Janet MacDonald.

En fin, después de terminar mi café nos subimos todos al coche hispanosuizo y así nos dimos una vuelta por la periferia de Bruselas, cenamos en una terraza, tomamos de todo: limonada, cerveza. Pero lo que ocurrió era que el contacto entre la baronesa y yo no fluía muy bien, sobre todo porque yo no hablaba nada de francés. Así que se quedó en eso.

Bastante tiempo después, cuando ya estaba viviendo en La Haya, de repente tuve nostalgia de mi aventura belga y decidí volver a Bruselas, buscar la tienda y quizás a la baronesa. Me fui y llegué muy tarde a Bruselas, a las 11 de la noche, di mil vueltas, pero no encontré la tienda. Buscaba y buscaba, pero no encontraba aquella tienda de los sombreros. No me acordaba bien, pero pensaba que el apellido de la mujer de la tienda era René. Así que fui tocando diferentes puertas y viendo cómo se asomaban diferentes cabezas por la ventana y les preguntaba: ¿es usted madame René? “No, no, no, ya estoy en la cama, ¿qué quiere?” Todas esas mujeres: “no, no soy madame René”.

Bueno, vueltas y vueltas, y cada vez se hacía más tarde, así que casi al amanecer decidí buscar un hotel cerca de la estación del norte, pero todas las habitaciones estaban llenas. El señor dijo, bueno, hay un cuarto más, en el ático, aunque no lo suelo alquilar, si no le importa quedarse allí por veinte florines, es suyo. Hubo que subir todas las escaleras. No funcionaba el ascensor, era justo después de la guerra.

La habitación no se había abierto en años. Entré y resultó que el cuarto entero estaba lleno de telarañas, un metro de polvo encima de la cama. “Pues eso, si no le importa quedarse aquí, es suyo.” Bueno, me quedé, pero imagínate, a las 7 de la mañana ya tuve que salir porque no lograba respirar, me había convertido en un capullito de telarañas y no dejaba de estornudar. Así bajé la escalera. Salí. Y en la calle todo el mundo me miraba con espanto. Mira, es un fantasma, decían. Uno pensaba que yo era un dibujo de Henri Moore en el tiempo de los subterráneos, de las bombas. Dibujos muy bonitos. Todo el mundo me miraba preguntándose qué era aquello cubierto de telaraña. Y así entré en el tren. La gente se movía de sitio, tenía miedo, yo todo cubierto de telarañas. ¿Qué se movía allí?

Y bueno, después de algunas horas llegué a Holanda con una gran decepción de no haber encontrado ni la tienda de sombreros ni a la baronesa. Esa fue mi aventura belga justo al terminar la guerra.

Un francés arrusado

Mis historias son tan ilimitadas porque mi tatarabuelo fue un francés ruso. Mi obra es tan ilimitada porque Rusia es tan ilimitadamente grande. Además, mi bisabuela trabajó en la corte en los tiempos del Rey Guillermo III, el hijo de Anna Paulowna. Mi bisabuela se quedó embarazada de Guillermo II, así que también por esa vía tengo sangre rusa. Bueno, rusa, los Románovs venían de Silesia. Hace poco soñé con eso. En ese sueño yo me encontraba en un cuarto azul pero no sabía dónde estaba. Unos días después estoy leyendo una revista y ¿qué veo? Ese cuarto. Resultó ser el dormitorio del zar.

Flautas y el toc toc

Llevo tocando la flauta dulce aquí en la calle desde que cumplí sesenta. Ya llevaba un tiempo alimentando a las palomas y eso cuesta dinero. Así que decidí tocar en la calle para ganarlo. Sólo me muevo por el centro. Escogí veintiún lugares donde tiro un poco de comida para las palomas. Muchas son víctimas de la competición. Y la gente me pregunta por qué les doy de comer si tienen de sobra. Pero eso no es verdad, no tienen nada.

Toc toc toc dicen las gallinas, y talk talk talk en inglés es parecido, los ingleses son familiares de las gallinas. Y en Indonesia al extranjero se le llama tok tok. Todos los occidentales somos gallinas.

Había hecho veintiún flautas de bambú, pequeñas, grandes, soprano, alto. Todo eso depende del largo de la madera. Pero las guardé en un armario donde también hubo una plaga de ratones, sin saber que a los ratones les encanta la cera. Y bueno, esta es la única flauta que me quedó.

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