El embajador Dr. Guillermo Belt Ramírez firma la Carta de las Naciones Unidas en 1945 como jefe de la Delegación de Cuba en la Conferencia de San Francisco.
El embajador Dr. Guillermo Belt Ramírez firma la Carta de las Naciones Unidas en 1945 como jefe de la Delegación de Cuba en la Conferencia de San Francisco (foto cortesía de Guillermo A. Belt).

“Lucidez”, esa es la primera palabra que me viene a la mente cuando pienso en Guillermo A. Belt. “Mesura” sería la siguiente. Incluso, como se verá, a la hora de evaluar al régimen de un exilio que le ha durado toda la vida. El mismo régimen que a la hora de definir a su padre Guillermo Belt Ramírez, uno de los diplomáticos cubanos del siglo XX, lo tacha de “servil al imperialismo” entre otras lindezas. Ecured, la enciclopedia digital oficialista, ha preferido ignorar que el padre de nuestro entrevistado estuvo entre los fundadores de la ONU y de la OEA, y que en la primera fue el designado para presentar la Carta de las Naciones Unidas a la asamblea plenaria y a pesar de las presiones norteamericanas votó en contra de la creación del Estado de Israel en territorio palestino. O que como representante cubano ante la OEA logró hacer aprobar en abril de 1948 la Doctrina Grau que prohibía la agresión económica entre los países miembros de la organización, iniciativa dirigida principalmente a frenar las pretensiones de usar la cuota azucarera como elemento de presión sobre Cuba. El antiguo embajador terminaría emigrando a los Estados Unidos con el resto de su familia donde su hijo entraría a trabajar en la misma OEA que ayudara a fundar su padre años atrás junto a un largo centenar de exiliados cubanos. A sus 88 años Guillermo A. Belt acaba de publicar un libro bilingüe Tiempo para todo bajo el sol/ A Time to Every Purpose que intenta resumir la extensísima saga familiar (son pocos los cubanos que pueden rastrear sus ancestros hasta el siglo XI) que me sirve de pretexto para disfrutar una vez más de su lucidez y su mesura.

Me acabo de leer su libro Tiempo para todo bajo el sol/ A Time to Every Purpose que recoge muy bien la historia familiar de los Belt, pero toma demasiada distancia de la suya. Pongámonos personales entonces: ¿Cómo fue para usted crecer siendo hijo de una personalidad como su padre?

Vamos a ver. A mi edad los recuerdos se difuminan, pierden claridad. Tu pregunta me lleva a otra: ¿cuándo me di cuenta de que mi padre era una personalidad? Sería como a los 10 años. Papá, conversando con mamá y nosotros, sentados a la mesa en nuestra casa en La Coronela, hablaba de Grau y su campaña para la presidencia. Fines de 1943 o comienzos del 44. Mi padre nos contaba lo que estaba haciendo para lograr la elección de Grau.

Recuerdo que un día me preguntó un amigo: “¿Qué hace tu viejo apoyando a Grau, cuando la gente decente como él apoya a Saladrigas?” Buena pregunta porque Carlos Saladrigas, el candidato del gobierno, era una persona honesta, muy conocida, un amigo de mi padre que se había destacado en la lucha contra Machado.

¿Es cierto, como afirma Ecured, que su padre “conspiró junto con la embajada de Estados Unidos contra el Gobierno de los Cien Días”?

Lo de Ecured es una falsedad, otra más. Lo que ocurrió lo cuento en un párrafo, el primero de la página 48 de mi libro, y también en las páginas 171 y 172 del texto en inglés. Mi padre no aceptó un cargo ofrecido por Grau en su primer gobierno por lealtad a Céspedes, quien lo había nombrado secretario de Instrucción Pública. Así lo declaró a la prensa y cito la publicación que conozco, de la Associated Press, recogida en The Baltimore Sun, así como la del New York Times. No dudo que hayan salido sus declaraciones en la prensa cubana, pero no tuve acceso a ella cuando escribí el libro.

Lo cual explica que once años después Grau le ofreciera a su padre la representación de su gobierno ante Estados Unidos ¿Qué recuerda de los años en que su padre fue embajador en Washington? 

Para nosotros, “los niños” –soy el mayor y cumplí los 12 poco después de llegar a Washington– fue grande el cambio de estilo de vida. Algo de esto lo cuento en el libro. A mi padre y mi madre los recuerdo muy jóvenes y sumamente ocupados, pero siempre pendientes de nosotros.

Con mis hermanos José Agustín (Sonny) y Noel, hoy ambos en la paz eterna, y nuestra hermana Marilys –40 días de nacido tenía Juan, el menor, al llegar a la embajada– nos asomábamos al balcón interior del tercer piso para ver llegar a los invitados a cenas diplomáticas ofrecidas por mis padres. A Sonny, Noel y a mí nos gustaba ver a personajes de la Guerra Mundial recién terminada, como el almirante Chester W. Nimitz, jefe de la Marina de Guerra de los Estados Unidos, que venían de uniforme de gala. Era como asomarte a la historia reciente del mundo, con protagonistas reales, en vivo y en directo.

En el libro hay una foto de todos nosotros en el balcón interior del segundo piso. No hay constancia gráfica de nuestra atalaya en el tercero, donde estaban los dormitorios.

La Familia Belt FOTO pagina de Facebook de Daniel Pedreira | Rialta
La Familia Belt (FOTO Facebook de Daniel Pedreira)

¿Cómo fue integrarse de nuevo al sistema educativo cubano? ¿Era muy diferente del norteamericano?

Fue muy difícil. Los profesores del Instituto del Vedado me examinaron de las asignaturas que no se estudiaban en Estados Unidos, como el Español, la Historia y Geografía de Cuba, y la Cívica. Querían examinarme, además, de Historia y Geografía universal. En aquel entonces me pareció una exageración; hoy no estoy tan seguro. Traté de convencerlos de que era mucho pedir; se apiadaron de mí. Mis padres me pusieron a estudiar con un tutor, de lunes a viernes, horario escolar. Regresamos a Cuba a comienzos de 1949 y en septiembre ya estaba listo para ingresar en cuarto año de bachillerato en el Colegio De La Salle del Vedado, tras aprobar en el Instituto todos los exámenes de las asignaturas no convalidadas, correspondientes al ingreso y a los años primero, segundo y tercero del bachillerato. Así alcancé a mis antiguos compañeros de clase de la primaria.

Sus años universitarios fueron de los más tormentosos en la historia de la república. ¿Cómo los recuerda personalmente?

Lo tormentoso de aquellos años me puso a escoger entre la Universidad de La Habana y la recién inaugurada Universidad de Villanueva. Mi abuelo materno José Agustín Martínez, gran abogado, autor del Código de Defensa Social, quería verme en La Habana, su alma máter y la de mi padre y abuelo paterno. Elegí Villanueva porque en la Universidad de La Habana la carrera de Derecho me habría llevado más de cinco años debido a frecuentes huelgas estudiantiles.

Yo quería graduarme a tiempo para comenzar a trabajar con mi padre. Salvo en época de exámenes iba todas las mañanas al bufete de mi padre en Morro 158, y por las tardes a clases. En Villanueva no hubo huelgas. Un día llegaron unos estudiantes de La Habana a hablar con nosotros. El rector me encargó atenderlos como presidente de la Escuela de Derecho. Tuve que explicarles que no podíamos acompañarlos en la huelga que planeaban porque no lo permitía el reglamento de nuestra universidad privada. Ese día me arrepentí de no haberme matriculado en la Universidad de La Habana.

Uno de los artículos de fe más insistentes de la propaganda oficial era la total subordinación de la política exterior cubana a la norteamericana durante la República. ¿Llegó a ser así en algún momento? ¿Cambió a lo largo de los años? ¿Cómo?

Buen ejemplo de la falsificación sistemática de la historia de Cuba por el régimen atrincherado en el poder. En el exilio cubano se hacen esfuerzos por rescatar la verdad de lo que fue la República de Cuba. Destacan los de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, de la que soy miembro. A poco de mi incorporación, la AHCE amablemente acogió en su blog un artículo mío, “Relaciones Internacionales de la República de Cuba”, publicado originalmente en el número especial de la revista Herencia en conmemoración del centenario de la República. Allí doy antecedentes de la trascendental actuación oficial de Cuba en escenarios internacionales, desde la III Conferencia Internacional Americana en 1906, hasta la VI, celebrada en La Habana en 1928, que aprobó el Código de Derecho Internacional Privado y lo denominó Código Bustamante en honor de su autor, el ilustre jurisconsulto cubano Antonio Sánchez de Bustamante. Recuerdo también la doctrina de la agresión económica que mi padre planteó, en representación de Cuba, en la conferencia interamericana de 1947 en Río de Janeiro, y que al año siguiente fue acogida en el artículo 16 de la Carta de la OEA al aprobarse este tratado en Bogotá.

Estas propuestas y actuaciones de Cuba republicana, y otras que no cito para no alargar la respuesta, fueron a contrapelo de la política exterior de los Estados Unidos.

La presencia de su padre en Washington coincidió con uno de los períodos más activos de la política exterior cubana durante la república con la participación destacada y distintiva de Cuba en la fundación de la ONU y la OEA. ¿Qué me puede decir al respecto?

Días después de su elección por una montaña de votos, Grau le preguntó a mi padre si quería ser ministro de Relaciones Exteriores o embajador en Washington. Mi padre eligió la embajada porque pensaba que como embajador podía hacer mucho más que como canciller. Corrían los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y sus aliados iban camino a la victoria, y la capital estadounidense era el centro de la actividad diplomática mundial.

En septiembre de 1944, mi padre acompañó a Grau en la visita que hizo a Estados Unidos como presidente electo. El presidente Franklin D. Roosevelt le ofreció un almuerzo al antiguo profesor universitario, el mismo que se había negado a reconocer cuando asumió la presidencia en 1933, por exigencia de los estudiantes de la Universidad de La Habana al disolverse la pentarquía instalada a la caída de Machado. Mi padre recordaba que Roosevelt, después de una amable charla con Grau en la Casa Blanca, le comentó que le costaba trabajo pensar que no había reconocido su gobierno anterior. El próximo embajador de Cuba en Washington entraba con buen pie, aún antes de comenzar su misión.

El 27 de noviembre, el embajador Belt presentó sus cartas credenciales a Roosevelt. En diciembre voló de regreso a La Habana para el bautizo de Juan, su quinto hijo, y para pasar la Navidad con su familia. No había tiempo que perder, así que el 1 de enero de 1945 llegamos todos a Washington, a la base aérea de Andrews.

El 25 de abril mis padres estaban en San Francisco para la conferencia internacional que creó las Naciones Unidas. El primer día los Cuatro Grandes –Estados Unidos, Gran Bretaña, la URSS y China– integrantes del Comité de Coordinación, eligieron al Embajador Guillermo Belt, jefe de la Delegación de Cuba, relator de este. Fue, por tanto, la primera persona electa a un cargo en esa conferencia, y en tal calidad presentó la Carta de las Naciones Unidas, que lleva su firma, a la aprobación del plenario.

Desde el comienzo, Cuba desempeñó un papel muy destacado y ampliamente comentado en la prensa internacional. En el libro, cito artículos referentes a las actuaciones de mi padre en contra del veto, que estaba reservado a los Cinco Grandes (al sumarse Francia al club exclusivo de los cuatro primeros), así como oponiéndose a la partición de Palestina. Estas propuestas, fuertemente impulsadas por Estados Unidos, fueron aprobadas. Sin extenderme demasiado, el tiempo ha dado la razón a los argumentos del embajador cubano en ambos casos.

Mi padre fue jefe de la delegación de Cuba a la Conferencia Interamericana celebrada en Bogotá en 1948, que aprobó la Carta de la OEA. Ya mencioné su propuesta de prohibir la agresión económica, acogida en el articulado de la Carta. Esta doctrina, reconocida como tal por tratadistas de Derecho Internacional, debió llamarse Doctrina Belt –y así lo escribió uno de ellos–.[1] Mi padre prefirió denominarla Doctrina Grau por lealtad al presidente que le había encargado la defensa de Cuba en el ámbito internacional.

La iniciativa fue combatida por los Estados Unidos porque iba dirigida a su gobierno, que podría valerse de la cuota azucarera de Cuba en el mercado estadounidense para ejercer presiones indebidas sobre nuestro país. La creación de este principio de Derecho Internacional la explico con citas textuales en el capítulo XV del libro (del texto en inglés), y de manera resumida en el capítulo correspondiente en español.

Daniel Pedreira autor de la biografia An Instrument of Peace The Full Circled Life of Ambassador Guillermo Belt Ramirez Lexinton Books 2019 junto a Guillermo A. Belt | Rialta
Daniel Pedreira, autor de la biografía ‘An Instrument of Peace The Full-Circled Life of Ambassador Guillermo Belt Ramírez’, Lexinton Books, 2019, junto a Guillermo A. Belt (FOTO página de Facebook de la Cuban Cultural Heritage)

Siendo su padre el creador de la doctrina que se oponía a la agresión económica, ¿qué opinaba sobre el embargo norteamericano hacia Cuba instaurado en 1960?

Durante la Segunda Guerra Mundial, la República de Cuba hizo un aporte importante a la economía de los Estados Unidos al garantizar el suministro de azúcar. Cuba no se aprovechó de su posición como principal vendedor para exigir un alza del precio del azúcar.

La preocupación de mi padre, planteada en la conferencia que tuvo lugar en Río de Janeiro en 1947 para definir los actos de agresión y aprobar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, fue evitar que Estados Unidos, al distribuir su cuota de compra de azúcar entre Cuba y productores menores, pudiese valerse de su posición de comprador para exigir ventajas de tipo económico en sus relaciones con Cuba a cambio de mantener nuestra cuota.

La Carta de la OEA prohíbe la adopción por un Estado miembro de medidas coercitivas de carácter económico o político para obtener ventajas de cualquier naturaleza o para forzar la voluntad soberana de otro Estado. Esta disposición recoge fielmente el principio de Derecho Internacional propuesto por el jefe de la Delegación de Cuba, primero en Río de Janeiro y un año más tarde en Bogotá.

Mi padre no consideraba que el embargo de los Estados Unidos sobre el comercio con Cuba constituía agresión económica puesto que no se llevaba a cabo con el fin de obtener ventajas, ni como una presión indebida sobre su voluntad soberana.

La ley de Estados Unidos estableciendo el embargo tiene por propósito el retorno de Cuba al régimen de democracia y respeto por los derechos humanos que prevaleció, aunque de manera imperfecta, durante la República. Al aprobarse la ley, el gobierno de Cuba no cumplía, y no cumple hasta hoy, los compromisos que al respecto contrajo al firmar la Carta de la OEA y la Convención Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José).

¿Y qué piensa usted?

Comparto la opinión de mi padre sin reservas.

¿Cuál era el credo de los gobiernos auténticos en política exterior?

El nacionalismo fue el credo del gobierno de Ramón Grau San Martín, fundador del Partido Revolucionario Cubano Auténtico, como de su sucesor inmediato en la presidencia, Carlos Prío Socarrás. Mi padre recibió de Grau un voto de confianza sin restricciones para llevar a cabo su misión diplomática.

¿Cuál fue el papel de su padre en ponerlo en práctica?

El papel de Guillermo Belt Ramírez en la defensa de los intereses de Cuba lo resumo así en el libro:

Cuando un embajador, de carrera o político, goza de la confianza absoluta del presidente, sus decisiones y declaraciones, al reflejar fielmente el pensamiento del jefe de Estado, constituyen la política exterior con respecto al país donde está acreditado. Guillermo Belt, acreditado ante el gobierno de los Estados Unidos, la Organización de las Naciones Unidas y la Organización de los Estados Americanos, hizo política exterior en los tres ámbitos.

De izquierda a derecha el embajador cubano en el Reino Unido Guillermo Willy de Blank el primer ministro Winston Churchill yGuillermo Belt Ramirez FOTO Facebook de Daniel Pedreira | Rialta
De izquierda a derecha el embajador cubano en el Reino Unido Guillermo (Willy) de Blank, el primer ministro Winston Churchill, y Guillermo Belt Ramírez (FOTO Facebook de Daniel Pedreira / Life)

¿Qué cambios apreciables introdujo Batista en política exterior tras su golpe de Estado?

Batista supo trasmitir a los Estados Unidos la idea de que él garantizaba la estabilidad del país, trabajando hábilmente por medio los embajadores Sumner Welles y Jefferson Caffery en los años convulsos en Cuba a comienzos de la década de 1930.

Digo esto sobre la base de lo que le oí contar a mi padre y en lo que he leído años después. Con el mismo fundamento pienso que en su única presidencia producto de elecciones, 1940-1944, continuó dando garantías de estabilidad al vecino del norte, muy valoradas por este, especialmente en tiempos de guerra como aquellos.

Tras el golpe de Estado hizo lo mismo porque esperaba obtener tan buen resultado como en ocasiones anteriores. Estados Unidos lo tiró por la borda cuando consideró, hacia 1958, que la situación en Cuba quedaba fuera del control de Batista, el hombre fuerte, el strongman.

Son apreciaciones muy básicas, desde luego. No entro en detalles porque no puedo decirte que haya estudiado a fondo la política exterior de Cuba entre 1952 y 1959.

¿Recuerda las circunstancias concretas en las que usted y su familia decidieron marcharse de Cuba? 

Mi padre tenía varios clientes extranjeros a quienes representaba como abogado en Cuba. A fines de enero de 1959 y comienzos de febrero viajó a Miami para reunirse con uno de ellos que había comprado grandes extensiones de tierra en Isla de Pinos con miras a su desarrollo turístico. En marzo una compañía de reaseguros de Múnich que había abierto oficinas en La Habana lo invitó, con todos los gastos pagos, a una sesión de su junta directiva en la ciudad alemana, en calidad de presidente de la sucursal cubana y abogado de la empresa. Papá invitó a mi madre y a mi hermano Juan a acompañarlo.

Estando a cargo del bufete de mi padre, un día me avisaron que unos milicianos habían arrestado a un grupo de personas en El Vedado, y entre ellos iba un cliente nuestro, ciudadano de los Estados Unidos. La noticia era que los habían llevado al Palacio de los Deportes. Sin muchas esperanzas fui allí, con tan buena suerte que en la puerta me encontré con un hijo de Pelayo Cuervo [líder del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), asesinado el 13 de marzo de 1957 a raíz del asalto al Palacio Presidencial] a quien conocía socialmente. Me preguntó qué hacía yo por allí, así que le di el nombre de mi cliente, con su nacionalidad, afirmando que el hombre no mataba ni una mosca. Dio órdenes a un miliciano y minutos después el muchacho regresó con el americano, que traía cara de susto. Mi amigo providencial me dijo, “ahí lo tienes”, y sin más ni más nos fuimos de allí, sin firmar un papel, pero desde luego agradeciéndole yo profusamente por su amabilidad al hijo de Pelayo, que vestía uniforme con insignias de comandante.

Esa fue una clara señal de que el estado de derecho había pasado de moda. Cuando mi padre, de regreso con Mamá y Juan en New York, me llamó para decirme que planeaban volver a La Habana en esos días, le sugerí que no lo hiciera y le conté lo sucedido en el Palacio de los Deportes, y otras cosas más que mejor me guardo.

Mi padre me hizo caso, gracias a Dios. Mamá y Juan volvieron a La Habana a fin de hacer arreglos para mi abuela en su casa y para Juan en el colegio. Poco después ellos salieron de Cuba, y fue por última vez, aunque no lo supieran entonces. Luego fueron saliendo, por separado, Noel y Marilys, ella con su esposo y dos hijos. Con excepción de Sonny –que eligió quedarse en Cuba un tiempo más porque era amigo de Yoyi García Bango, entonces en un alto cargo en la Dirección de Deportes– fui yo el último en salir, no sin antes viajar a Wisconsin en el verano de 1959 por invitación de otro cliente de Estados Unidos, agradecido por haberle aconsejado una rápida salida de Cuba tan pronto cayó Batista. Y no me fui sin primero embarcar hacia Miami a mi hija Mimi, de dos años, con su madre y abuela, para reunirme con ellas unos meses después.

Poco después de su llegada a los Estados Unidos usted junto a un centenar de cubanos exiliados pasa a trabajar en la estructura administrativa de la OEA. ¿Puede describirme las circunstancias en que se produjo esa “invasión” cubana?

Gracias por la pregunta porque me permite agradecer públicamente al embajador uruguayo José Antonio Mora Otero, en aquel entonces Secretario General de la OEA, por la generosa acogida que nos brindó a un grupo de algo más de cien cubanos exiliados. Cuba participaba en las reuniones de la OEA, el régimen no había sido excluido. Un día el embajador Carlos Lechuga protestó en una sesión del Consejo Permanente contra el ingreso de tantos cubanos, a quienes calificó de enemigos de la revolución. El Dr. Mora le contestó que, por los sueldos fijados reglamentariamente, inferiores a los de otros organismos internacionales como el Banco Interamericano de Desarrollo, había contratado a funcionarios cubanos altamente capacitados en beneficio de la OEA.

¿Esa presencia de exiliados cubanos tuvo algún impacto en el funcionamiento de la OEA? ¿Puede darme ejemplos concretos?

El tiempo le dio la razón a Mora, quien además, para honra suya, no se amilanó ante la critica de Lechuga. José Antonio Guerra, reconocido economista, ocupó un alto cargo en la Secretaría Ejecutiva para Asuntos Económicos. René Monserrat, otro economista cubano, fue nombrado director del Departamento Económico. Guillermo de Zéndegui llegó a la dirección del Departamento de Asuntos Culturales, y el Dr. Marcelo Alonso –uno de cuyos libros sirvió de texto en varias universidades de los Estados Unidos– a la del Departamento de Asuntos Científicos. El jurista Francisco García Amador fue director del Departamento Legal, y el exembajador de Cuba ante la Santa Sede, José Miguel Ribas, actuó hasta su retiro como asesor de alto nivel. García Amador dejó de recuerdo un libro suyo sobre el Sistema Interamericano, que fue obra de consulta imprescindible por muchos años. Zéndegui dirigió la puesta en valor del casco antiguo de la ciudad de Santo Domingo.

Ejemplos concretos, como me pides. Y como también me invitas a contar mis cosas, ahora hablaré de mí (le robo el título a Antonio Gala). Cuando entré a la OEA en junio de 1961 los compatriotas mencionados ya estaban allí, y algunos me ayudaron. Recuerdo los consejos de Guillermo de Zéndegui, viejo amigo de mi padre, también los de José Miguel Ribas, y especialmente los de Valentín Riva, muy querido amigo que había trabajado con mi padre en la embajada y dirigía la división de publicaciones de la OEA.

No te canso con detalles de mi carrera de treinta y siete años. Trabajé de cerca con cinco secretarios generales: dos habían sido presidentes –Galo Plaza, del Ecuador, y César Gaviria, de Colombia; tres, embajadores de carrera con distinguida trayectoria– Mora, del Uruguay, Alejandro Orfila, de Argentina, y Joao Clemente Baena Soares, de Brasil. Trabajé mucho, y se dice que bien. Creo que no dejé mal al Dr. Mora, que me abrió las puertas, ni a los otros cuatro, que me confiaron funciones a veces difíciles y delicadas.

Su vinculación al mundo diplomático debe haberlo mantenido al tanto sobre la evolución de la diplomacia castrista. ¿Qué nos puede decir sobre esta?

Al comienzo de mi carrera en la OEA no tuve acceso a los órganos políticos, como el Consejo Permanente, donde habría podido observar la actuación de la diplomacia castrista en el escenario interamericano. Poco después se excluyó la participación del régimen en la OEA, lo que libró a los colegas de Lechuga de sus consignas y reclamos, no dudo que para beneplácito general. Diplomáticos cubanos aparecían de vez en cuando en sesiones públicas del Consejo, y de la Asamblea General cuando esta tenía lugar en el bello edificio de la avenida Constitution y la calle 17. Cabildeaban más o menos discretamente con sus aliados naturales, los representantes diplomáticos de regímenes “de izquierda”.

Los diplomáticos castristas tienen formación profesional. En el arte de la diplomacia, desde luego, y también en las mañas de lo que se ha dado en llamar la inteligencia, por no decir el espionaje.

De izquierda a derecha Manuel Brana editor de periodicos Ramon Grau San Martin presidente cubano y Guillermo A. Belt FOTO Facebook de Eleonor Gonzalez CBS Archive | Rialta
De izquierda a derecha Manuel Brana, editor de periódicos; Ramón Grau San Martín, presidente cubano; y Guillermo A. Belt (FOTO Facebook de Eleonor González / CBS Archive)

¿Tendría alguna manera de comparar la diplomacia cubana antes y después de 1959? ¿Persiste algún parecido? ¿Cuál es la diferencia fundamental?

La diplomacia de Cuba después de 1959 es una diplomacia reactiva. Se opone automáticamente a todo lo que pueda plantear Estados Unidos. Es más, a todo lo que representa este país, capitalismo incluido. El imperialismo yanqui, las entrañas del monstruo y todo eso. Por otra parte, es una diplomacia de apoyo a los regímenes bajo su tutela en América Latina y el resto del mundo.

A veces se les mojan los papeles a estos agentes de la diplomacia y/o del MININT. Como cuando gritan a voz en cuello para que no se oiga la denuncia que algún opositor del régimen trata de presentar al Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

No recuerdo nada parecido en la diplomacia cubana antes de 1959.

Dicho esto, debo reconocer que los diplomáticos del régimen castrista logran sus objetivos cuando, por ejemplo, se elige a Cuba para integrar un organismo de protección de los derechos humanos. Lo logran con el apoyo de otros regímenes que son también violadores sistemáticos de estos derechos. Si hay amargura en mis palabras es porque vienen de quien alguna vez creyó en la bondad de la diplomacia multilateral.

 ¿Cómo evalúa el estado actual de las relaciones exteriores de Cuba? ¿Cuál cree que sea su proyección en los próximos años?

Por visibles razones geográficas y otras de índole histórica tenemos que reconocer el peso de las relaciones de Cuba con los Estados Unidos. Me parece que las relaciones exteriores están hoy en compás de espera en lo tocante al gobierno de Biden. Con toda seguridad hay gestiones en marcha para contrarrestar la mala publicidad generada por la represión del Movimiento San Isidro, que va en aumento sobre otras personas. Gestiones que no sólo se enfocan en la rama ejecutiva, sino que se dirigen al Congreso, la prensa complaciente y la academia comprometida.

No me atrevo a esbozar siquiera una proyección de lo que serían las relaciones exteriores de Cuba, y por ende su diplomacia, en los próximos años. Sí deseo, para ti y para quienes lo vean, un regreso honorable a lo que fue Cuba, su gente y su visión del mundo en nuestra efímera y valiente República.

La historia de la familia Belt puede rastrearse incluso entre los acompañantes de Guillermo de Normandía en la conquista de Inglaterra en 1066 y ha atravesado la historia de varios países y continentes. Cuba puede parecer apenas un desvío en la extensa historia familiar y sin embargo usted ha elegido ser, como aquel Juan Dahlmann del cuento de Borges, hondamente cubano. ¿Qué me puede decir de esa elección?

Dahlmann, nieto de alemán, se aferró a la nacionalidad de su abuelo materno, de apellido Flores, muerto en combate en Argentina, por romanticismo, según Borges. O quién sabe por qué, es una de esas ambigüedades que Borges planteaba al lector.

Mis abuelos y abuelas nacieron en Cuba, las bisabuelas también. Y el bisabuelo John Benjamin Belt, nacido en la ciudad de Washington, descendiente de muchas generaciones de estadounidenses, tuvo el acierto de echar su suerte en Cuba, como se dice al comienzo del libro.

Y el acierto de emparentarnos, agrego ahora, mediante su esposa con Dulce María Loynaz, por vía materna.[2] Para contarlo mejor, me permito copiar un párrafo de las memorias de mi madre, publicadas privadamente:

El Arzobispo de La Habana llevó a John Benjamin al palacio del Capitán General de Cuba, Serrano, a quien llamaban el “General bonito”. Serrano le pidió a Belt que fuera tutor de sus hijos y que viviera en su palacio. Así sucedió que John Benjamin conoció a la que iba a ser su mujer, Carmen Muñoz Baena y Romay, hija del marqués de Santa Olalla, Juan Muñoz Baena y Fernández de Castro.

A diferencia de tu personaje el British, en Turcos en la niebla, me siento afortunado de haber nacido en Cuba, en 1933, mientras mi padre trabajaba por derrocar a un buen gobernante que seducido por el poder quiso perpetuarse en la presidencia. Afortunado también por la crianza que a todos nos dio mi madre, tan cubana siempre, estuviese ella en Washington, Madrid, Londres o París, mujer cosmopolita que escribió sus memorias en español cubano, a mano y en varias libretas escolares, sin aspirar a verlas publicadas. En el libro cito algunos fragmentos; ojalá los lean quienes como tú tengan esa amabilidad, y verán que para un día de fiesta quisiera yo escribir como Mamá.

La cubanía se hereda, no sólo por orgullo legítimo en nuestros antecesores, sino que también puede trasmitirse por otras vías. Mis hermanos y yo nos criamos en la casa donde nacimos todos menos Juan, a quien le tocó nacer en una clínica. Allí aprendimos las delicias del arroz con frijoles negros, la ropavieja, el arroz con picadillo y plátanos maduros, las frituras de malanga (las de seso me gustaban más), la yuca con mojo y el arroz con pollo. Ah, las croquetas de jamón y de pollo, que puedes comer a cualquier hora. De postre, dulce de guayaba con queso crema, o casquitos de guayaba, o flan de caramelo.

Mi hija mayor nació en Cuba, pero vino a los Estados Unidos con dos años de edad. Mi hija menor, el nieto y las dos nietas nacieron en este país. A todos les encantan estos platos, con la posible excepción de las frituras de seso. Y a todos les gusta mucho la música cubana.

La cubanía también se siembra. Mis padres la sembraron en mis hermanos y en mí. Continuaron esta noble tarea en su casa en Westmoreland Hills, Maryland, zona residencial de Washington, ciudad donde nació el bisabuelo John Benjamin. Nosotros, con nuestros hijos y nietos, allí nos reuníamos los domingos, en el exilio todos, como nos reuníamos antes en La Coronela, y disfrutábamos de esos platos, oíamos y bailábamos nuestra música, y hablábamos de Cuba, siempre Cuba.


Notas:

[1] Félix Fernández-Shaw: La Organización de los Estados Americanos, Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1963, p. 425.

[2] Cfr. Guillermo A. Belt: “La tristeza y Dulce María”, Blog de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, 28 de octubre, 2020.

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Enrique Del Risco Arrocha (La Habana, 1967). Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana y Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Nueva York (NYU), en donde actualmente se desempeña como profesor del Departamento de Español y Portugués. Ha publicado, entre otros textos, Obras encogidas (1992), Pérdida y recuperación de la inocencia (1994), Lágrimas de cocodrilo (1998), Leve Historia de Cuba (2007) y ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? (2008), obra con la que ganó el V Premio Iberoamericano Cortes de Cádiz. Turcos en la niebla, su primera novela, obtuvo el XX Premio Unicaja de novela Fernando Quiñones en 2018 y fue publicada en 2019 por Alianza Editorial. Con el seudónimo Enrisco publicó una columna semanal en el diario digital Cubaencuentro por varios años y lleva un blog desde 2007.

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