He calls me diablo: la exposición ‘Rosa Pájaro’ de Maikel Domínguez

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‘He Calls Me Diablo (Boys don’t Cry)’, Maikel Domínguez, 2019

La taxidermia en el arte cubano pertenece a Maikel Domínguez: lo escribí en Facebook como si Facebook fuera un documento word, como si fuera una moleskine.

La hemorragia en el arte cubano también pertenece a Maikel Domínguez. La eyaculación final, el instante sublime de la decapitación, el grito mudo y la subida de sangre, en el arte cubano, pertenecen a Maikel Domínguez. Qué más. No me interesa qué más. Llegado al punto donde el ojo se abre y mira, hinchándose y ardiendo, un ojo inyectado de jabón, inyectado de sustancia cualquiera que arde, viendo esto y aquello, no me interesa qué más.

Ninguna gracia en el ojo para abrir y cerrar pero igual abro y cierro. Una baba. Una leche. Una cosa borrosa. Un incesante desgarramiento. La miopía me excita. Miro y veo cosas sucias, muy sucias. Mágicas, muy mágicas. Muy mágicas y muy sucias. Lo de mágicas, por el músculo. Se le ve el músculo a todo. La fuerza, por el músculo. Un músculo detrás de otro. Un cartílago, una vena, un tendón detrás de otro. Un glande.

En vez de conejos, glandes. Medianos, enormes, amorosos glandes con orejas de conejo y velocidad de conejo, pezuñas. Hambrientos glandes con erecciones de animalitos nerviosos, miedosos, apetitosos. Cuando era niña, comí conejos. Cuando era niña, maté conejos. Fricasé de conejo en porcelana de Miami. Fricasé de glande.

Que yo recuerde, conocí a Maikel Domínguez en un subterráneo. Debe haber habido caca de conejo o de ratón por todas partes pero yo sólo tenía ojos, narices y orejas para Maikel Domínguez. Caca de marsupial y semen, por todas partes. Fui atrás de Maikel Domínguez por un camino que no conocía, podía perderme pero no me importaba: quería una foto suya para la portada de mi libro de cuentos ¿Qué te sucede, belleza? En vez de una persona, eso que es Maikel Domínguez me recibió a la entrada del subterráneo y me sonrió como mismo sonríe a su presa. Maikel Domínguez se sonríe a sí mismo cuando se lava las manos en el agua después de tasajear un venado con las manos y la sonrisa se le mancha de un fluido gelatinoso, coagulado, lánguido, semántico.

Se lava las manos con agua de manantial, eso se nota. El manantial ha venido desenvolviéndose desde un bosque sin árboles y cuando Maikel Domínguez se inclina para lavarse los dedos, los nudillos, las falanges y las uñas, embarrados de trocitos de conejos desvirgados, el agua fría se entibia como si sus manos fueran un calentador eléctrico. Cuerpo de bosque.

Que yo recuerde (hablo de un evento ocurrido hace diez años) mi libro salió con aquella portada sangrienta sobre fondo rojo de Maikel Domínguez. Era el relato de una golpiza real, oculta en los archivos de la policía forense, que mostraba el torso de una mujer en ajustadores, atestada de hematomas, absolutamente triste.

La foto formaba parte de una muestra colectiva. Maikel Domínguez jamás tituló su conjunto porque nunca expuso el total en solitario. Yo lo vi con ojos tapados colocando mis manos sobre mi boca y mis ojos, en forma de nasobuco bucólico para no sentir los golpes, la paliza, el homicidio.

Cambiado el subterráneo por el Laundromat, la galería que sirve de plataforma a una exposición que Maikel Domínguez tuvo el t(r)ino de titular Rosa Pájaro, podría esperarse como mínimo una avalancha de chorros de sangre sobre los zapatos de quienes asistan. Yo particularmente me he comprado una bata rosada, un ajuar característico de La niña que levita, para alzar el vuelo y esquivar el chorro, o de lo contrario, recibir el chorro con la bata abierta, descalza, desnuda, frágil.

Esa fragilidad por exceso del cuerpo muerto y abierto vendría siendo, en la obra de Maikel Domínguez, el momento anterior a la taxidermia, la sonrisa después de la muerte, la eyaculación después de la sonrisa. Se puede, cómo no, morir y eyacular. Se puede eyacular mientras se está muriendo. Se puede eyacular eternamente. Se evitará la eyaculación pero no se evitará la erección. La muerte sabe a eyaculación.

Lo Maikel Domínguez, en un espacio llamado insomnio, es amor. Lo Maikel Domínguez, en un espacio llamado muerte, es amor. Nada ha quedado vivo en la naturaleza mortal del amor. Ni el pico de pájaro, ni el rabo de conejo, ni el lomo de venado, ni el pezón de niño, ni mi ojo. Maikel Domínguez me dijo que, a fin de cuentas, se trataba de una historia de amor. Me dio las gracias por formar parte. Me rosó con una mano. Por eso estoy así.

Las piezas, curadas por el propio taxidermista, completan un ciclo de putrefacción fascinante que empieza desde los Crímenes Pasionales Cacocún. Aquellas escenas de plastilina que Maikel Domínguez realizó y luego fotografió, donde los amantes se mataban unos a otros como conejos carnívoros en la miseria del amor-odio.

Sienta bien al Rosa Pájaro la periferia del Laundromat Art Space, inscrito en la segunda avenida y la calle 59 del noreste, o como se dice en Miami, en el barrio de los negros. Sienta bien al Rosa Pájaro la periferia y la oscuridad, la luz tenue de un barrio marginal, excitante. La belleza cruel de un eufemismo que Maikel Domínguez domina sin moverse. La elegancia siniestra de un cuerpo rosado, muerto.

Cartel de la exposición ‘Rosa Pájaro’, de Maikel Domínguez

 

Sienta bien al Rosa Pájaro el mes y la fecha. Hace sólo una semana la gente celebraba con besos de lengua el día del amor. Esperaste a propósito, Maikel Domínguez.

En su declaración, pegada con vinilo rosa sobre una de las paredes de entrada del Laundromat Art Space, Maikel Domínguez miente descaradamente:

Tres veces fui desollado, colgando de la cabeza desde una acacia roja. El primer corte fue circular en los tobillos, al borde de la soga hecha con fibras de maguey. Como estoy muy delgado, la piel parecía estar pegada al hueso. Cuando logré desprender apenas un palmo, tiré con todas mis fuerzas. En aquel momento el terror al dolor fue más fuerte que el dolor mismo. Entonces volví a tirar con más fuerza, era la única manera de acortar el momento. Mi cuerpo sin piel era blanco, con zonas de un perla entre amarillo y violáceo. Algunas cabezas de venas se abrían y lagrimeaban brea. La piel se me resbalaba de las manos al tirar, así que enrosqué la piel de mis piernas a mis manos y apreté los puños. Irónicamente, yo que siempre agradecí no haber sido circunciso, me arrancaba la piel tres veces. Los genitales sin piel casi desaparecen, de no ser por las gotas saliendo por mi uretra habría olvidado dónde estuvo mi sexo. El abdomen, pecho y espalda resultaron fáciles, por eso ahora entiendo que el 90% de los disparos fueran allí. Los brazos se aclararon con dos tirones; las manos no, tuve que cortarlas. El cuello desollado se tornó oscuro y más largo. La cabeza fue lo más difícil, no por lo aferrada que pueda estar la piel de los pómulos, sino por el miedo a ver mi verdadero rostro. Un rostro sin labios, nariz, orejas y párpados. Es horrible, pero entonces descubres que los ojos no parpadean y sabes que, en el fondo, aquel que no reconoces sigue siendo tú mismo. Y cuando todo acaba, lo que eran dos, ahora son tres, que forman un péndulo desde un árbol.

Tal desollamiento padecerá el asistente, no Maikel Domínguez, quien con seguridad permanecerá quieto, indiferente, calculador, tal vez moviéndose entre los espectadores, como el depredador que en realidad es, aunque duela, desde el sábado 22 de febrero de 2020, a partir de las 6:00 p.m., hasta el lunes 2 de marzo de 2020. La última semana de un febrero bisiesto.

Rosa Pájaro consta de catorce piezas, cinco realizadas a base de acrílico sobre lienzo y nueve a base de resina. Los lienzos, de mayor formato, miden entre 90 x 160 pulgadas y 60 x 48 pulgadas. Las resinas miden lo mismo que una hoja formato Carta. Papeles son papeles, cartas son cartas, palabras de los hombres siempre son falsas.

Al final de la galería, en un espacio rosado como un pastel de cumpleaños, se proyectará un video sobre un plástico transparente manchado de pintura también rosada. La imagen en el video estará distorsionada (close-up de la cara de Maikel Domínguez leyendo en inglés su declaración). El sonido del video deberá escucharse en la galería entera mientras dure el show.

Los animales de Maikel Domínguez, intrínsecos, pertenecen a una zona anatómica del arte. El método que emplea y la técnica de la que se apropia se han ido sofisticando desde su propia plastilina y su propio osito de felpa. En nombre de las ciencias exactas, lo que Maikel Domínguez lleva a cabo podría considerarse como un museo patológico del dolor y del deseo.

Que yo recuerde, la película húngara Taxidermia, del director húngaro Gyorgy Pálfi, tuvo el mismo efecto en mí que la obra de Maikel Domínguez, aunque en otras direcciones, y fue vista por mis ojos en una fecha cercana a la fecha en que conocí a Maikel Domínguez.

Que yo recuerde, la película norteamericana Gummo, del director norteamericano Harmony Korine, tuvo el mismo efecto en mí que la obra de Maikel Domínguez y la película húngara, aunque en otras direcciones, y fue vista por mis ojos en una fecha cercana a la fecha en que conocí a Maikel Domínguez.

El triángulo que he creado me permite apartarme y mirar esos efectos con suficiente distancia como para reconocer algo que necesito reconocer: a mí. No tanto como espectadora del Rosa Pájaro que tengo delante, sino como espectadora del Rosa Pájaro que tengo por dentro.

Mantos vegetales y papel de regalo son los fondos que Maikel Domínguez usa como atenuante a un paisaje muy desagradable y muy atractivo. Vegetal rosado. De hecho, cada lienzo se convierte en lo que uno está pensando, recordando, imaginando cuando no puede más con la rutina diaria y se para frente a una pared y cree ver un agujero negro del que asoma un glande o una lengua viscosa, babosa, que te toma por la cabeza y te jala. Envuelto en papel de regalo rosa, tu propio cuerpo violado, masturbado, rajado.

Porque uno se acostumbra al deseo como mismo se acostumbra al dolor, de la única forma posible, pero no sabe decirlo, no se atreve a expresarlo. Maikel Domínguez lo expresa de la única forma posible, posicionado en el centro de un deseo que es dolor que es deseo que es dolor que es la forma del deseo que es la forma del dolor.

Porque Rosa Pájaro es un regalo, un lazo, una cinta con una piedra atada a los tobillos. Nadie que venga por sus propios pies a semejante espectáculo de muerte y amor, regresará a su casa pensando en otra cosa que no sea eso: muerte y amor. ¿Recuerdan cuando van a la playa y al llegar sólo meten los pies hasta los tobillos?

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LEGNA RODRÍGUEZ IGLESIAS
Legna Rodríguez Iglesias. Trabaja en sus labores. Escribe una columna irrelevante en la revista digital El Estornudo. Obtuvo el Premio Centrigugados de Poesía Joven, España, 2019; el Paz Prize, otorgado por The National Poetry Series, 2016; el Premio Casa de Las Américas, teatro, 2016; y el Premio Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar, 2011. Es autora de varios libros como Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo, poesía, Ediciones Liliputienses, 2019; Spinning Mill, poesía, CardBoard House Press, 2019; La mujer que compró el mundo, cuento, Editorial Los Libros de La Mujer Rota, 2017; Mi novia preferida fue un bulldog francés, narrativa hispana, Editorial Alfaguara, 2017; Miami Century Fox, 51 sonetos, Akashic Books, 2017; Transtucé, poesía, Editorial Casa Vacía, 2017; Si esto es una tragedia yo soy una bicicleta, teatro, Casa de Las Américas, 2016; Chicle (ahora es cuando), poesía, Editorial Letras Cubanas, 2016; Mayonesa bien brillante, novela, Hypermedia Ediciones, 2015; No sabe/no contesta, cuento, Ediciones La Palma, 2015; Las analfabetas, novela, Editorial Bokeh, 2015; entre otros.
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