Carlos Barbáchano
Un oficial de Ministerio del Interior cubano

Nota introductoria

Volveremos, de nuevo, a decirnos adiós.
Gastón Baquero

A pedido de mi amigo, escribo esta breve rememoración como introducción a su testimonio, donde decidió relatar prolijamente los hechos que leerán a continuación. No sé por qué, o sí, parece un fragmento de una intensa novela de Efraín Rodríguez. Poco tengo que agregar (aunque nunca sería suficiente en otra dimensión) a su parca, pero elocuente descripción de su dilatada y fructífera labor cultural en Cuba.

Carlos Barbáchano decidió escribir este texto, me dijo, motivado por algunas referencias que hice a su persona en la entrevista publicada por Rialta. Como se sabe, los recuerdos pueden ser imprecisos. Las rememoraciones, no. Pero, si no fue la misma noche de su regreso a La Habana, entonces la noche siguiente, nos habíamos reunido un grupo de amigos escritores en casa de César López para reencontrarnos con Barbáchano. Y fue cuando nos enteramos consternados de lo sucedido. El “manotazo de plomo”, diría Lezama. No lo volví a ver hasta mi exilio en Madrid en 2004. Algo similar le sucedió a Ana Tomé, quien continuó de una manera espléndida la labor de su colega, ya al frente del Centro Cultural de España, que fue clausurado y Ana conminada también a abandonar el país, como reafirmando una triste aunque previsible tradición. No tengo que dar fe de lo ya conocido, que tanto Carlos como Ana realizaron una labor cultural, pero también (y esto es muy importante) afectiva, invaluable. Hasta la única hija de Carlos fue fruto de su imbricación profunda con nuestra isla. El mismo precisa algunos de los hechos más importantes de su actividad cultural en la isla.

Su pecado fue, acaso, ser notablemente profesional en su trabajo. Como sucedió con la Fundación Pablo Milanés (Carlos fue también miembro fundador de la Cátedra de Estudios Literarios Iberoamericanos José Lezama Lima, de esa fundación, como un cubano más, que ya lo era y es), cada vez que se intentó desde vías civiles, alternativas a la unilateral política oficial, desplegar un trabajo cultural profundo, este, que sin querer ponía en evidencia la normatividad totalitaria o la pobreza de imaginación, era suprimido groseramente. Como cuento en la entrevista mencionada, hasta Roberto Fernández Retamar, cuando Carlos organizó una presentación de su poemario Aquí, ganador del Premio Internacional de Poesía Pérez Bonalde, en la sala José Lezama Lima del teatro Federico García Lorca, se permitió comentarme que la Seguridad le decía que este era un agente del enemigo, pero que él solo conocía de su notable labor cultural. Muchos recuerdos me ligan a Carlos.

Un solo ejemplo. Cuando las Jornadas La Isla Entera en Madrid, había una división entre los que apostábamos por el diálogo y el reencuentro de la cultura cubana –el lema de entonces era que la cultura cubana era una sola– y la línea dura, oficial, que trató de impedir desde Cuba ese encuentro, y la otra, encabezada por Guillermo Cabrera Infante, que desde periódicos en Estados Unidos y también desde España, se oponía a todo diálogo. Algún día habrá que rememorar la ecuménica e inusual actitud de Heberto Padilla durante aquellos encuentros. En una ocasión, durante nuestra estancia en Madrid, una periodista cubana radicada en España publicó fragmentos de una serie de entrevistas, y, entre ellas, destacó con ironía una frase que le dije por teléfono al negarme a darle la entrevista, que la política tanto en Cuba como en España (ya se sabe que, como escribiera, Antonio Machado, “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”) era un asco, y que yo prefería disfrutar del otoño madrileño, una respuesta rápida y ríspida para negarme a contribuir a su labor de zapa. Al día siguiente, en una sesión plenaria en Casa de América, Carlos hizo una generosa defensa de mi persona. Asco me había dado, por ejemplo, la tentativa de Abel Prieto, que ya he contado, de tratar de impedir la asistencia de los escritores cubanos al encuentro, y, muy puntualmente, un texto homofóbico de Cabrera Infante contra Gastón Baquero, que fue el alma simbólica y física de aquellas jornadas. Gracias a Carlos, por ejemplo, obtuve una beca para hispanistas en Madrid, la cual dio después como resultado la publicación de sendos libros sobre y de María Zambrano, La Cuba secreta, e Islas. Asimismo, la excelente compilación que publicara Efraín Rodríguez de la poesía de Baquero, La patria sonora de los frutos, se debió a que Carlos le brindó la misma posibilidad de investigación. Pero estos son sólo hechos nimios frente a toda la ingente labor desplegada por él durante casi doce años. Hasta la propia revista Encuentro de la Cultura Cubana, contó desde sus inicios con el apoyo sapiencial de Carlos, quien le trasmitió a su amigo Jesús Díaz una importante experiencia acumulada.

Bueno, no quiero extenderme más en esta breve presentación, donde –alguna vez habrá que valorarlo, además de como un inteligente promotor cultural, también como un notable ensayista, y traductor– lo que más me mueve es el recuerdo de la calidad humana e intelectual de mi amigo. Solo quiero concluir con la palabra, como decía Cintio Vitier, más hermosa del idioma:

Gracias, Carlos.

Jorge Luis Arcos
San Carlos de Bariloche, 25 de agosto, 2021


Mi expulsión de Cuba, veinticinco años después

Había llegado a Cuba en la madrugada del 1ro. de enero de 1989, treinta aniversario de la clamorosa entrada en La Habana del ejército rebelde. La avenida de Rancho Boyeros que une el aeropuerto con la ciudad estaba repleta de carteles celebrando la fecha. Iba a permanecer en la isla casi media docena de años, primero como coordinador del Colegio Español y poco después como agregado cultural de la embajada desde mi vinculación al Instituto de Cooperación Iberoamericana.

Años en los que desarrollé un intenso despliegue cultural en la isla: años del Cervantes a Dulce María Loynaz, en buena parte culminación de esa labor; del primer encuentro La Isla Entera, donde intelectuales de dentro y de fuera se reunieron en Madrid, tras lograr vencer la negativa del Gobierno cubano a dejar salir a los poetas del interior para celebrar el cincuentenario de Orígenes; de los ciclos culturales conjuntos agrupados en torno al Aula de Cultura Iberoamericana (históricos, literarios, artísticos, socioculturales, económicos) que, partiendo de las sesiones vespertinas celebradas en el modesto Colegio Español, que pronto se convirtieron en un pequeño espacio de libertad, terminaron abarcando gran parte de la isla y estrecharon nuestros vínculos culturales comunes. Casi medio millar de actividades conjuntas realizadas en esos intensos años. Algunas de ellas no muy bien vistas por el oficialismo castrista.

Mi misión había terminado con el gran festival de las Artes y las Letras que ocupó el último trimestre del 95 y que llevó a Cuba a más de un centenar de artistas e intelectuales españoles, exposiciones, compañías teatrales, ciclos cinematográficos, etc. Quedaba, además, el convenio que permitía a nuestro Gobierno la creación del Centro Cultural de España en Cuba, acuerdo que se peleó durante años y que pronto pasaría a ser una realidad, por desgracia efímera pues pocos años después de ponerse en marcha sería clausurado por el castrismo, alérgico, una vez más, a cualquier espacio de libertad. Tras un mes de excedencia, reiniciaba en febrero del 96 mis actividades académicas en España. No hice entonces el traslado de mis muebles y enseres pues había alguna posibilidad de reemprender una nueva misión que, aún remota, justificaba mantener hasta el verano el pequeño apartamento que alquilaba en el Vedado y por el que había pasado en los últimos años buena parte del mundo artístico y cultural cubano. Como escritor, como colaborador habitual de las publicaciones culturales cubanas, me consideraban uno de los suyos.

Barbachano junto a Ivan de la Nuez Reynaldo Gonzales Anabel Rodriguez Olaga Cabrera Guillermo Rodriguez Rivera y Julio Carranza | Rialta
Barbáchano junto a Iván de la Nuez, Reynaldo González, Anabelle Rodríguez, Olaga Cabrera, Guillermo Rodríguez Rivera y Julio Carranza

A él regresaba una calurosa tarde julio con la idea de hacer en pocos días el traslado de mis pertenencias –que ya había concertado con Cubalse, la empresa estatal cubana, perdón por la redundancia, encargada de esos menesteres– y pasar buena parte del verano disfrutando de unas merecidas vacaciones y de la compañía de los amigos y amigas que había dejado en la isla. El viernes había desembarcado en Varadero como turista (al regresar a España devolví a Exteriores el pasaporte diplomático por lo que entraba sin protección) y había compartido un taxi hasta La Habana. Llevaba la mañana y buena parte de la tarde del sábado clasificando y empacando libros y diversos documentos cuando llamaron a la puerta. No esperaba a nadie ni apenas había llamado a ninguna de mis amistades pues quería liberarme ese primer fin de semana de encuentros, por agradables que esos fueran, para centrarme en mi papelería de manera que cuando el lunes pasaran los responsables del traslado se encontraran con buena parte de la labor ya hecha. Nadie como uno mismo para ordenar y empacar sus libros y papeles. Así que me sorprendió la inesperada visita. Al abrir me encontré con un oficial del Ministerio del Interior, un capitán, que con gesto serio preguntó por mi identidad para pedirme de inmediato el pasaporte y el correspondiente visado. Me excusé por no invitarle a pasar ya que las cajas y los montones de libros y carpetas llegaban hasta la puerta y le rogué me diera un instante para buscar lo que me pedía. Cuando tuvo en su mano los documentos y les echó un vistazo, me dijo que debía abandonar la isla en 6 días pues el visado reducía mi estancia en la isla a una semana.

Mi sorpresa fue mayúscula. En el control de pasaportes del aeropuerto habían visado por un mes prorrogable a dos más con el requisito de presentarlo cada 30 días en Inmigración. Tres meses en total. Cuando me preguntó en qué hotel iba a hospedarme, expliqué al agente que mantenía un apartamento en La Habana tras mi larga misión en la isla. Así que rogué al capitán me dejara un momento el pasaporte señalándole a continuación lo que el agente de Varadero había escrito antes de sellarlo: “1 m”; es decir, un mes.

No pone un mes –replicó el oficial; pone una semana: “one week”. La grafía del agente difícilmente podría leerse como una w, pero el capitán se aferraba a aquella singular lectura argumentando que ante la gran cantidad de turistas que llegaban a la isla los agentes de Varadero usaban con frecuencia el inglés en vez del español.

—¿Qué ocurre, capitán, los funcionarios cubanos priorizan ahora el idioma del enemigo? –le dije irónicamente.

Desconcertado y nervioso por mi respuesta, me ordenó: —Haga el favor de acompañarme.

—¿Para ir adónde, capitán?

—A Quinta Avenida, a Inmigración.

—Imagino que habrá venido en algún vehículo, contesté.

—Abajo nos espera un compañero en el coche patrulla.

—Ya ve que estoy en bañador. Le ruego me dé un minuto para vestirme y bajo de inmediato.

—Está bien. Dese prisa. Le esperamos abajo.

Aprovecho ese momento para llamar a la residencia del embajador. No está. Dejo el recado: un capitán de Interior se ha presentado en mi apartamento y me llevan a Inmigración. Pensaba ir el lunes a la embajada –añado– para saludar al embajador al no haber podido hacerlo antes por llegar mi vuelo a Varadero ayer por la tarde. Confío en que se lo transmitan.

Me visto rápidamente y bajo. Dentro del vehículo un conductor uniformado y el oficial. Llegamos a Inmigración sobre las 19 horas. Sol radiante. Atravesamos un patio y subimos al primer piso. Me pide espere unos minutos y tomo asiento en uno de los bancos corridos de la balconada. Los minutos transcurren lentamente. De vez en cuando sale de una de las dependencias un extranjero que toma asiento en otra de las bancadas. Al cuarto de hora reaparece el oficial y dice que pronto me van a atender. Ese pronto se convierte en casi media hora. Reaparece el oficial, esta vez acompañado de un joven que viste informalmente. Descendemos a la planta baja y después a un sótano al que apenas llega la luz. Una pequeña mesa rectangular en el centro, una silla a cada lado. Me señalan una de las sillas y el capitán toma asiento enfrente. Enciende una potente lámpara de mesa que enfoca hacia mí. El joven permanece de pie, a mi izquierda, apoyado en la pared. Comienza el interrogatorio.

—Usted entró en Cuba por Varadero ayer viernes por la tarde. En el control de pasaportes sellaron el suyo por una semana.

—No, capitán. Ya le expliqué que esa grafía señala un mes, doblemente renovable hasta un periodo máximo de tres meses. Así se me indicó.

—Usted tiene una semana, 6 días por ser más precisos, para realizar su traslado y abandonar el país.

—Dejemos de interpretar la grafía porque no nos vamos a poner de acuerdo. Ustedes saben perfectamente quién soy y el trabajo que he desarrollado en Cuba en estos últimos años. Díganme, por favor, cuál es la verdadera razón por la que se me impide permanecer en el país más de una semana.

—No hace falta que se lo explique. Usted puede muy bien imaginarlo.

—Mi imaginación, capitán, no llega a tanto. ¿Cuál es el verdadero motivo por el que ustedes limitan mi estancia a una semana?

Quien ahora responde es el joven observador, sin duda un seguroso, que hasta ese momento permanecía callado:

—Porque usted es un enemigo de Cuba.

Mi contención estalla y protesto indignado:

—¿Enemigo de Cuba yo? Me he dejado la piel durante casi 6 años en este país que quiero como al mío propio. Mi trabajo ha consistido en reafirmar los múltiples lazos culturales que nos unen, en llenar de libros y material audiovisual las muchas veces vacías bibliotecas de las más lejanas provincias, en potenciar las becas y ayudas a investigadores y artistas y a sectores deprimidos de la isla, a propiciar el encuentro entre los cubanos de buena voluntad de dentro y de fuera de la isla, distanciados a veces ideológicamente pero unidos por el amor que profesan a una cultura común … ¿Eso es ser enemigo de Cuba?

—Usted ya me entiende, responde.

Ante semejante salida poco más hay que decir. Detrás del kafkiano pretexto formal del visado, estaban años de trabajo en pos de la democratización de la isla a través de la cultura, del diálogo, el conocimiento y la tolerancia; es decir, todo lo que un régimen dictatorial niega por principio. Estaba el odio de algunos altos cargos, como el poderoso Abel Prieto, presidente entonces de la UNEAC y pronto ministro, al que había dejado en evidencia al lograr el encuentro en Madrid de los escritores que, separados por la intolerancia, llevaban años sin verse y abrazarse. Estaba, entre otras muchas cosas, el viaje de Dulce María para recibir en Alcalá el Cervantes que intentaron abortar sin éxito.

El capitán vuelve a tomar la palabra.

—Los días que va a estar usted en Cuba debe dedicarlos única y exclusivamente a ultimar su traslado. Una vez estén sus pertenencias en un contenedor, le recogeremos para conducirle al aeropuerto. Bajo ningún pretexto debe ver a sus amistades cubanas. Si usted respeta esas indicaciones, podrá regresar más adelante a la isla.

Abandonamos el habitáculo y mientras subimos a la planta de calle comento al joven seguroso, que camina a la par:

—Ustedes me otorgan una importancia de la que carezco.

—Puede ser, contesta.

Ya arriba es el capitán el que me acompaña hasta el patio de salida.

—El lunes debe presentarse aquí a mediodía, en el caso de que no pasemos antes por su apartamento. Buenas tardes.

—¿Cómo he venido hasta aquí? –respondo.

—Con nosotros, en el coche patrulla.

—Hagan entonces el favor de devolverme del mismo modo a mi domicilio.

—Espere un momento –responde, sorprendido–, voy a consultarlo.

Nada más desaparecer, como si estuvieran sincronizados, entra en el patio, derrapando, el todo terreno del Primer Secretario, que deja el vehículo en medio del patio:

—¿Qué ha pasado, Carlos, qué ha pasado?

Mientras me devuelve a casa le resumo lo ocurrido. Me dice que están muy nerviosos por los incidentes ocurridos en el golfo. Varias embarcaciones provenientes de Florida han intentado entrar en aguas territoriales cubanas con intenciones muy distintas a los que se juegan la vida por llegar a la península.

—Pásate el lunes a primera hora por la embajada y le pones al corriente de lo sucedido al embajador.

Se lo aseguro. El domingo, mientras termino de ordenar mis pertenencias, compruebo desde el balcón que vela la puerta de la calle un policía. Ese retén va a estar durante los breves días que permanezca en La Habana. Permaneceré, pues, bajo arresto domiciliario. Con un régimen no excesivamente severo, pues por la noche el retén desaparece hasta las 8 de la mañana siguiente. El lunes salgo a primerísima hora para la embajada. El embajador me pregunta si en mi equipaje llevaba algunos ejemplares de la revista Encuentro de la Cultura Cubana cuyo primer número acababa de salir. No llevaba ni un solo ejemplar. Volveré a la embajada dos días después con un paquete con mi correspondencia particular porque no quiero que husmee en ella la Seguridad del Estado. El embajador ha iniciado sus vacaciones y ha salido de la isla. Ruego a quien está al frente de la misión que la vaya enviando por valija a Madrid que ya pasaré a recogerla. Se niega.

Barbachano junto a Jorge Luis Arcos Pepe Prats Rafael Alcides Anabellle Rodriguez Guillermo Rodriguez Rivera y Pilar Saro | Rialta
Barbáchano junto a Jorge Luis Arcos, Pepe Prats, Rafael Alcides, Anabelle Rodríguez, Guillermo Rodríguez Rivera y Pilar Saro

Al sexto día de mi llegada un camión de Cubalse carga con los muebles y enseres. Queda una pequeña colchoneta para pasar la noche, pues se me informa que al día siguiente vendrán a recogerme para tomar el vuelo que me regrese a España. Informo a la embajada de mi salida. Se me indica que el consulado enviará asimismo un coche para que me acompañe al aeropuerto. Esa noche, cuando el retén se retira, viene a verme un buen amigo y apuramos una botella de ron y un par de tabacos que guardaba.

Cuando bajo la mañana siguiente e intento subir al coche del consulado, el comandante Murga, que es en esta ocasión quien está al mando del vehículo de Interior, me ruega que suba a su coche. Todo un honor pues el comandante es el jefe de Inmigración de La Habana. Tomo asiento atrás, un policía a mi lado. Murga delante y el conductor. Salimos para Varadero. El coche del consulado, conducido por el vicecónsul, tras el del Ministerio. Recorremos el Malecón. Sé que es la última vez que pasaré por él.

Ya en Varadero, me dejan al menos despedirme del vicecónsul y, devuelto el pasaporte, me embarcan, escoltado por dos policías, unos minutos antes de que suba el pasaje. Los turistas observan esa extraña operación desde la cristalera de la sala de embarque. Cuando entran y van ocupando sus asientos me miran como si fuera un peligroso delincuente. Toma asiento a mi lado un cubano de mediana edad que, nada más ponernos los cinturones ante la inminencia del despegue, se interesa por mí.

—¿Qué le ha pasado, compañero? ¿Qué ha ocurrido?

Ante esas preguntas, me levanto y voy a sentarme en una de las dos filas delanteras que quedan libres. Una azafata intenta impedírmelo.

—Caballero, vuelva a su asiento. Vamos a despegar.

—Me niego –le digo con rotundidad– a regresar a España en compañía de un miembro de la Seguridad del Estado.

Ante la contundencia de mi respuesta, cede en su empeño.

Aterrizamos en Barcelona, no en Madrid desde donde inicié el vuelo. Cojo el primer puente aéreo una vez he llamado a mi familia para decirles que estoy de nuevo en España, mucho antes de lo previsto, que ya les explicaré más adelante. Estoy roto. Debo recomponerme.

Madrid, mediado julio de 2021

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