don juan
Michael Fassbender en un fotograma de ‘Shame’, Steve McQueen dir., 2011

Para Marie-Ange Lebas

Di rider finirai pria dell´aurora
La estatua de piedra, Don Giovanni

En diciembre de 2020, en medio de una pandemia mundial, se estrenó en el Teatro Real de Madrid una versión de Il dissoluto punito o sia Il Don Giovanni de Mozart-Da Ponte, dramma iocoso en dos actos. Que yo sepa es la última representación escénica del mito de Don Juan. Las reflexiones que siguen no tienen tanto que ver con la ópera, el teatro, el texto, los cantantes o la orquesta como con el mito al que se aproximó Mozart de la mano –o de la imaginación– de Da Ponte, y, quien sabe, si de la del mismísimo Casanova, residente en Praga por las mismas fechas en que el italiano pergeñaba el libreto. Me propongo en lo que sigue reflexionar sobre la actualidad del mito en la sospecha de que, dado el contexto que le proporcionan las tendencias culturales que dominan la sociedad de nuestros días, se impone la certeza de que el mito del seductor múltiple ha “caducado”, ni más ni menos que como caducan los alimentos y otros objetos perecederos. En un tiempo que desde hace décadas reclama la absoluta igualdad entre los sexos o géneros, los de siempre y los nuevos, en un tiempo que ha inventado el “poliamor”, ¿quién puede contemplar sin sonrojarse a un tipo que corretea por el escenario detrás de las mujeres?

Comencemos por declarar que Don Juan está muerto y bien muerto en estos años de liberación e igualación entre hombres y mujeres. Este asaltante de alcobas es un anacronismo del Antiguo Régimen, cosa que se pone de manifiesto en multitud de ocasiones, por ejemplo, cuando recurre a su condición de caballero para doblegar la voluntad de Zerlina en la obra de Mozart-Da Ponte. Recuérdese todas las veces que Don Juan seduce haciéndose pasar por quien no es, su inclinación por el disfraz y la máscara o las promesas, mentiras y amenazas en que se apoyan todos los Don Juanes desde el Burlador de Tirso, que en el primer parlamento de la obra jura en falso para conseguir los favores de la duquesa Isabela.

Todo esto es indiscutible. Pero entonces, dejemos a Don Juan descansar en su tumba, suponiendo que la tenga. Pero eso no sucede. Y no me refiero a que no repose en una tumba, ya que es arrastrado directamente al infierno de la mano del Comendador, sino a que se programe su representación y el teatro se llene de un público respetuoso y expectante. Algo nos induce a contemplar la recreación de su figura surgida de las tensiones de nuestro barroco católico con la Modernidad. Ni siquiera escandaliza, aunque, al parecer, sí entretiene. ¿Solo entretiene? ¿Acaso no molesta un poco al enseñar de dónde venimos y qué somos aún en nuestros sueños menos conciliables con la moralidad social reinante en este neopuritanismo de lo “políticamente correcto” que amenaza con ahogar la creatividad? Ética y estética no juegan en la misma liga.

Sea lo que fuere, lo que aún justifica que perdamos unas horas asistiendo a un Don Giovanni o a cualquier otra representación de los múltiples “Don Juanes”, lo que no debemos hacer es juzgarlo, menoscabarlo o ningunearlo. Y eso es lo que me pareció que ocurría, que ocurre, en la forma en que la figura de Don Giovanni fue tratada en ese último montaje al que me referí al principio y que continúa una tendencia que he podido observar en otros montajes teatrales. En los últimos diez años. Mientras que todos los personajes, hasta el torpón Don Ottavio, conservan su forma de ser y su estilo, incluso Leporello, el criado, es fácilmente reconocible, a pesar de su transformación de pícaro inteligente en oportunista calculador, Don Giovanni decae de su dignidad –escasa, si les parece–, pero sobre todo, decae de su gracia. Este es el quid de la cuestión. El dilema es seduce o no seduce. Ahora bien, para seducir hay que tener gracia, que no es lo mismo que ser gracioso. Si evito el lenguaje teológico, no me queda más remedio que recurrir a metáforas como comparar la gracia con el duende de los cantaores flamencos o la inspiración de los artistas. De una u otra forma se trata de un estado excepcional: es un acertar sin rodeo ni esfuerzo. Las palabras acudirán a los labios de Don Juan, incluso cuando miente o disimula.

Echemos una mirada a las artes seductoras del último Don Giovanni.

Cuando seduce a Zerlina, mientras que ella se balancea en un grácil columpio, Don Juan dice sus palabras de seducción tumbado a sus pies, cuan largo es. Y cuando le toca cantar una de las arias más hermosas, Deh vieni alla finestra, la canta abatido en posición fetal. De hecho, el actor que interpreta a Don Giovanni se pasa la opera por los suelos: está más tiempo reptando que caminando erguido. No es menester atribuir a este lenguaje corporal un significado irreversible, pero si lo hiciéramos me temo que solo podríamos hablar de humillación.

Imagen promocional de la representación de ‘Don Juan’ en el Teatro Real de Madrid, diciembre de 2020
Imagen promocional de la representación de ‘Don Juan’ en el Teatro Real de Madrid, diciembre de 2020

El espectador se encuentra, cuando se levanta el telón, ante una parada de autobús en mitad de un misterioso bosque a las afueras de la ciudad. Lo primero que acontece es el duelo entre el Comendador y Don Juan. Este resulta herido, al parecer de cierta gravedad. (Como todo el mundo sabe, esta es una licencia que se toma el director de escena. Como la de negarle a Don Giovanni el espacio de la ciudad. ¿Dónde iba a seducir a mil e tre?).

Quizá se trate de mandar al público un mensaje subliminal: vale, hemos decidido resucitar a este libertino sin consistencia, pero ya no lo ensalzamos. Lo mostramos herido y doliente, cojo, impotente, desorientado, y, sobre todo, inferior a las mujeres que seduce. Vengan al teatro a reírse de Don Juan. Pero luego resulta que nadie se ríe. Más bien la gente sale del teatro pensando que el director de escena de turno nos ha robado algo.

Al menos en esta representación los responsables del montaje no se atrevieron. Pero seguro que lo pensaron –alguien lo ha pensado: Don Giovanni está muerto desde el comienzo de la representación–. Todo será un sueño; o peor, el libertino aguanta como puede todas las escenas, pero muere al final a causa de sus heridas. Se ahorran la estatua de piedra. No fue el caso esta vez. Las escenas finales con el Comendador resucitado con una pala de enterrador en las manos resultan convincentes, y fieles al libreto original, aunque se haya prescindido del artificio de la piedra parlante. Eso es más difícil de admitir en un mundo que tiene problemas para distinguir la realidad virtual o lo que ahora llaman “realidad aumentada”, de la realidad de los cuerpos, con su placer y su dolor. Mejor que el director de escena castigue desde el principio al libertino por sus abusos ya que nadie espera que la justicia divina se haga cargo. Podría seguir especulando, pero declaro con ingenuidad lo que creo: al mostrar a un Don Juan débil, que, en efecto, se arrastra, que apenas puede mantenerse en pie cuando seduce, resulta que nada es verosímil o tan verosímil como un rinoceronte en el escenario. Solo que entonces nos habríamos equivocado de teatro.

¿Cómo explicar entonces cómo y por qué seduce Don Juan? La posible respuesta: él ama la vida por encima de todas las cosas… tanto que, aun muriendo, seduce… Pero es muy difícil trasladar eso, la gracia, el encanto, la promesa, al escenario. La verdad es que Don Giovanni seduce porque canta. Es lo único que se sostiene. En esta “tragicomedia”, la comedia devora a la tragedia o, para decirlo con los términos originales, la burla al drama. Si Don Giovanni es un memo que repta, el dolor de Doña Ana, huérfana, el amor, entrega y sufrimiento de Doña Elvira, la inocencia mancillada de Zerlina se quedan en nada y toda la obra acaba envuelta en una vaga nube de absurdo. El sentido de la música, su fuerza e inspiración, queda disociada de lo que vemos sobre el escenario.

Don Juan desenvainando la espada en Don Giovanni de Mozart, cuadro de Max Slevogt, Francisco d'Andrade como Don Giovanni, 1912
Don Juan desenvainando la espada en ‘Don Giovanni’ de Mozart, cuadro de Max Slevogt, Francisco d’Andrade como Don Giovanni, 1912

Sospecho que el responsable del montaje que vimos en el Real se planteó: ¿cómo representar a este seductor –ni siquiera sadiano– en los tiempos en que se cuentan por cientos las manifestaciones feministas que movilizan ciudades enteras? Una respuesta habría sido: no representemos más el Don Giovanni. Solo que con ese espíritu terminaremos diezmando no solo las óperas sino las novelas, los filmes, los cuadros que cuelgan en los museos –recordemos los escándalos en torno a Egon Schiele en Europa (2018) o con Balthus en Nueva York (2017)–. El fin de la “era patriarcal” puede salir cara. ¿A quién le importa? Pero con Don Juan, desaparecerán también las Elviras, las donna Ana, doña Inés etc.

El privilegio de los mitos es que no cometen acciones humanas punibles por el código penal. No creo que nadie se irrite demasiado por la suerte de Acteón que, por espiar a la hermosa Artemisa, fue condenado a morir despedazado por sus propios perros, que no pudieron reconocer a su amo encarnado en un mudo ciervo. En esta desolada posmodernidad, en lo que al sexo se refiere, solo parecer hablarnos la obviedad machacona de la pornografía y las vulgaridades improvisadas que se reiteran las redes sociales. ¿Para cuándo recuperar deseo con aventura, honor, traición, venganza y milagros? Aludo al hecho de que Don Juan admite bromear con una estatua de piedra, invitarla a cenar, y asistir a la cena cuando la estatua le devuelve la invitación. Una cultura que ha dejado de comprender sus mitos está condenada primero al tedio y luego a la extinción.

Probaré a “salvar” a Don Juan, es decir, a comprender su papel simbólico en nuestro horizonte moderno. Este libertino y las mujeres por él seducidas fueron posibilidades humanas que en su momento tuvieron pleno sentido. Informaron nuestros sentimientos y nuestros sueños. Y no solo los masculinos. Cierto, Don Juan es un campeón de la seducción como acredita la “lista numerosa”, pero no necesariamente de la consumación del placer a toda costa. Algo tiene que ver la prisa, el afán de novedad, tan moderno, y el juego de arrebatar el corazón de la dama. Incendiar pasiones, descubrirle a la mujer el poder de su propio deseo como instrumento de liberación social. ¿Estaríamos entonces ante un Don Juan libertador? Lacan lo insinuó el algún pasaje circunstancial de sus cursos y el poeta antillano Derek Walcott, premio Nobel de literatura en 1992, escribió una versión libre de El Burlador de Sevilla de Tirso de Molina sobre la hipótesis de que Don Juan no es solo un manipulador que adula sin creer ni entregarse, sino un generoso incitador, un enviado de Eros que incendia el alma femenina.

Reflexionando sobre las monótonas descripciones a que se entrega el Marqués de Sade en sus noveladas orgías, Octavio Paz observa que, en efecto, la sexualidad humana es limitada y tediosa. Por eso, añade, el ser humano tuvo que inventar el erotismo, sexualidad atravesada por la fantasía. Eros es cazador, le cuenta Diótima a Sócrates en cierta velada ateniense, animada por flautistas. Ahora bien, vivimos una época hipersexualizada, pero deserotizada. Y una de sus primeras víctimas es el juego de la seducción. De ahí la mala prensa que padece en nuestros días el más brillante seductor que ha concebido la Modernidad.

Queramos o no, somos también nuestro pasado. Ignorarlo o juzgarlo en términos morales, a veces antes de comprenderlo, no nos va a volver precisamente más sagaces ni nos ayudará a iluminar la oscuridad de nuestros propios corazones. Vivimos un tiempo demasiado pagado de sí mismo. Es como si hubiéramos invertido la vieja divisa melancólica: “cualquier tiempo pasado fue mejor” por la de “fue peor”. Moralmente hablando. Esto no solo es falso, sino que asumirlo es peligroso porque desactiva nuestros mecanismos de autocrítica. Nos vuelve complacientes.

Bill Murray en un fotograma de ‘Broken Flowers’, Jim Jarmusch dir., 2005
Bill Murray en un fotograma de ‘Broken Flowers’, Jim Jarmusch dir., 2005

Desde que irrumpió desde el subsuelo de la historia, Don Juan ha provocado, al menos en Occidente, en todas las lenguas y en todas las épocas. No somos los primeros en juzgarlo con dureza. Unamuno lo soñó impotente, Marañón lo diagnóstico como homosexual, Valle-Inclán lo elogió como blasfemo –y no me refiero a su Bradomín, sino al Don Lope de las comedias bárbaras– y Ortega lo definió como el solitario que las sedujo a todas, pero no pudo amar a ninguna, figura trágica en un tiempo de ideales mancos.

Es curioso que el cine haya retenido la inspiración del mito en algunos filmes, aunque no mencionen la figura del seductor. Pienso en una versión trágica y compleja del mito, Shame (2011) de Steve McQueen. Hasta donde he leído, ningún crítico alude al mito, aunque coincidieron con una sola voz en hablar de “adicción sexual” o “paseo por el lado oscuro del sexo”. ¿Y si el protagonista fuera poseedor de un don, o gracia, el de seducir, pero lo confundiera con las formas dominantes de la sexualidad en su sociedad? De ahí su desorientación, sus búsquedas infructuosas por los portales de sexo virtual y su incapacidad para amar a una sola mujer. Diría que McQueen evita caer en la moralina gracias a un final lleno de incertidumbre, pero con un sentido claro: comprende el mensaje de Eros cuando vuelve a cruzar la mirada con la chica del metro a la que siguió al principio del film.

En el extremo opuesto, Broken Flowers (2005) es una versión giocosa, tierna e inteligente, debida a Jim Jarmusch. Ignoro si el director conoce el apunte de Baudelaire en que proyecta una obra de teatro protagonizada por un Don Juan que ha envejecido y tiene un hijo, pero el motivo central de su película parece calcado. La mezcla de nostalgia y autoironía que un Bill Murray, magnífico en su interpretación, confiere al personaje, convierte su viaje al pasado en un reconocimiento de los límites de la seducción y el erotismo. A diferencia de las metamorfosis, privilegio de los dioses y sus amoríos, los pobres humanos están condenados a volver la vista atrás y advertir que los fuegos se apagan y las flores se marchitan… O se rompen.

Las paradojas de nuestra sexualidad en el presente o la nostalgia que se vuelve hacia el pasado pueden seguir siendo vías que permitan recuperar el único mito que inventó la Modernidad. Necesitamos un Don Giovanni en todo su esplendor, para criticarlo, para rechazarlo, si es menester, pero no antes de haberlo atendido y comprendido. Para saber quiénes somos necesitamos saber quiénes fuimos. Y para ello tenemos que seguir confrontando con nuestros mitos. Pero me temo que la única posteridad que le cabe a este mito del seductor incandescente es la música cuasi divina de Wolfang Amadeus Mozart.

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José Lasaga Medina. Doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid Profesor de filosofía de la Universidad nacional de Educación a Distancia (UNED) e investigador de la Fundación José Ortega y Gasset – Gregorio Marañón de Madrid. Ha publicado José Ortega y Gasset. Vida y filosofía (1883-1955) (Biblioteca Nueva-Fundación José Ortega y Gasset, 2003), Metamorfosis del seductor. Ensayo sobre el mito de don Juan (Síntesis, 2004). Figuras de la vida buena. Ensayo sobre las ideas morales de Ortega y Gasset (Madrid, Enigma editores, 2006; Hannah Arendt. Un ensayo biográfico Madrid, (Eila, 2017) y en colaboración con Antonio López Vega, Ortega y Marañón ante la crisis del liberalismo (Cinca, 2017).

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