Ana Iris Simón (FOTO Infobae)

Dicen los expertos neurocientíficos que la lectura es una actividad que se origina en el hemisferio izquierdo del cerebro. Independientemente de la ideología del lector, todo sucede en el mismo hemisferio. Esto es bueno recordarlo a la luz de la más reciente polémica en el mundo cultural español desatada por la publicación de la primera novela de una joven autora manchega. Se trata de Feria, de Ana Iris Simón, editada en octubre de 2020 por Círculo de Tiza y que ya ha agotado varias ediciones.

La polémica la hizo visible el escritor Juan Soto Ivars en su columna del diario El Confidencial del 26 de enero de este año, cuyo titular ya debería estar nominado al clickbait del año: “La escritora roja que enamora a la gente de derechas”. Decía Soto Ivars que “a Ana Iris Simón le ha salido un libro más rojo que el hierro incandescente que, sin embargo, hace parpadear con beatitud y babear de ternura a media derecha española. ¿Qué pasa aquí?”.

El atajaperros o rifirrafe (ya va siendo hora de que yo empiece a usar los barbarismos peninsulares) lo ocasionó, no obstante, otra frase del artículo en la que Soto Ivars anunciaba que con Feria se cerraba un ciclo panfletario y feministoide dentro de la literatura neorrural española (los términos son míos, pero creo que expresan el sentido general del dardo). Esto hizo saltar las alarmas dentro del feminismo de izquierda más recalcitrante, que respondió a lo que consideró un ataque velado al libro Tierra de mujeres, de María Sánchez. Se produjo un intercambio de tuits entre los implicados, sin ninguna baja mortal que lamentar. Días después, Alberto Olmos sacó su artillería desde las páginas de Zenda para rematar la faena. Pues, no solo Feria era un libro reseñado con entusiasmo por medios considerados de derecha, sino que, además, puntualizaba Olmos, hasta el momento había sido silenciado (o no había sido mencionado) en los medios de izquierda. Como El País, por ejemplo.

Al leer todo aquello de inmediato compré la novela y en los dos segundos que tardaba en descargarse en mi Kindle pensé (pongamos que fue así) en lo extraño que eran las cosas aquí en España. Hace ya varios años, un amigo que vive en Madrid me advirtió que el asunto con los libros funcionaba exactamente de esa manera: si te reseñaba bien el ABC, luego en El País te daban un garrotazo. Y viceversa. Y la verdad es que así me sucedió con mi primera novela. Tuve una reseña muy entusiasta en el ABC y poco después apareció una reseña muy negativa en El País donde uno de sus críticos me acusaba de haber hecho una versión fracasada de la Antología de Spoon River. Lo cual me llamó la atención pues yo no había leído (y sigo sin leerla) la obra de Edgar Lee Masters. Mucho menos podía proponerme imitarla. Pero en estas cosas, como en la psicoterapia, hay que hacerle caso a los críticos: ellos saben mejor que tú lo que en realidad quisiste y debiste hacer con tu obra.

Puede que esto haya sido una coincidencia. El asunto es que también recuerdo un artículo bastante peregrino que publicó El País sobre la literatura venezolana contemporánea donde, esta vez, se nos reclamaba a los narradores venezolanos no haber escrito todavía la “gran novela del chavismo”. Como si el chavismo fuera ya cosa del pasado y como si escribir esa novela fuese un imperativo categórico y estético. Yo les juro que no había atado estos cabos hasta ahora. Sin embargo, todo este asunto de novelas de izquierda y de derecha, o de lectores de derecha y de izquierda, me sigue pareciendo tan exótico y chapucero como aquella desafortunada dicotomía propuesta por Cortázar del lector macho y el lector hembra.

El único modo de escapar al fuego cruzado de las etiquetas era leer la novela de Ana Iris Simón, pensé. Y la leí. Y la disfruté tanto que enseguida empecé a sospechar que quizás yo fuera de derechas. Para más de un amigo español, o de algún lector español que me siga en Twitter, esto debe de ser obvio. Aborrezco de Podemos, del PSOE y del lenguaje “inclusivo”. Le huyo a la horrenda moralina de ahora y toda su cancel culture. Le creo a Woody Allen y detesto a profesionales del sufrimiento como James Rhodes. Y en lo económico, el desastre es mayor: reivindico el derecho de El Rubius y de todos los youtubers españoles a irse a Andorra o a donde mejor les parezca, siempre que el origen de sus fondos y el modo en que los utilicen sean legales. Por si fuera poco, me encanta comprar libros en Amazon. Todo esto es cierto. Pero lo es también que me da risa y asco la gente de Vox. Que el PP para mí es sinónimo de naftalina y que Ciudadanos me produce una ternura que termina en bostezo. Apoyo el aborto, el matrimonio homosexual y los derechos de los trans a ser quienes quieran ser. Soy, así me siento, el más utópico en cuanto a lo político: me gusta imaginarme de centro. O un paria, si se quiere, lo cual condice con mi calidad de inmigrante que no puede regresar a su país.

La lectura de esta estupenda novela, ¿no inclinaría de una vez la balanza? En principio sí, si no fuera por el hecho de que a través de su obra Simón logra desactivar, al menos por el tiempo de la lectura, la polarización que rige en España las veinticuatro horas del día los siete días de la semana.

Feria es una narración autobiográfica en donde la autora comienza por tomar distancia de su presente para reivindicar su pasado. Lo cual se traduce en una crítica al ideal de progreso europeo comunitario en nombre de una revaloración de los esquemas de vida comunes a la generación de sus abuelos y sus padres. El estado de bienestar expresado en la casa propia y la hipoteca, los hijos y la Seguridad Social, el trabajo estable y una residencia fija. ¿No es esta existencia sedentaria tan vilipendiada por la generación de los Erasmus y los hiperconectados más genuina y real que la que ofrece una supuesta independencia y una constante disponibilidad sin objeto?

El proceso de demolición que se emprende en esta novela no deja títere con cabeza. Partiendo de una crítica al modelo liberal que se suele asumir como el grado cero de la ideología, es decir, como la ideología en su estado más puro, sublimada hasta su aparente disolución en la cotidianidad, Simón desmonta la esquemática confrontación entre los opuestos. Al peso del ateísmo masculino en su familia, opondrá una rebeldía piadosa que la llevará a ir a misa a escondidas de su padre y a hacer la primera comunión. Ante esa ocurrencia blandengue del feminismo actual, los llamados hombres deconstruidos, recurrirá a la escandalosa idea de Sylvia Plath de que toda mujer se enamora de un fascista (imagen que en el relato se usa de forma humorística y con mucha sutileza, por supuesto). Al postureo disfrazado de cultura popular expresado en la afición a Bad Bunny y Rosalía, empuñará la frescura eterna de El último de la fila y de un personaje absolutamente maravilloso y cutre de la farándula española del franquismo tardío y las primeras décadas de la democracia: El Fary. Al internacionalismo inviable del comunismo, el globalismo 2.0 impuesto por el capitalismo. Y todo, con una conciencia que logra ser crítica y líquida.

Esto en cuanto a la dimensión política de la novela que es, ciertamente, un escándalo y un bálsamo de sentido común en medio de tanta locura biempensante asumida como norma. No obstante, leer este libro es también una aventura emocional. Se podría decir que a lo político Simón opone siempre, como una sombra femenina, sabia y sinuosa, el amor filial. El amor a la madre, al padre, a los abuelos, a los primos. Y, sobre todo, el amor fraternal. Creo que desde El desbarrancadero, de Fernando Vallejo, no había leído en una novela una declaración tan rotunda del amor que siente un hermano por otro. En este caso, el de Ana Iris por su hermano Javier.

Estos dos elementos, más la brevedad, bastarían para explicar el éxito de público de una novela. Creo que el éxito de este libro lo será también de crítica y allí es donde entra un tercer nivel de lectura, que complementa lo político y lo afectivo: el literario. Entendido este como el despliegue autoconsciente de los recursos narrativos. En Feria, el acto de contar funciona como un puente que, de ida, conduce a una ponderación de la experiencia, que le permite a la autora cargar en peso la isla de lo vivido. Y de regreso, nos lleva a la posibilidad misma de transformar esa experiencia en una escritura que será descifrada por el desocupado lector. Pues esta historia sucede también en algún lugar de La Mancha. Ya desde los primeros capítulos se hace referencia a un elemento del entorno que es ineludible: los famosos molinos de viento. “Cuando arranca y dejamos a un lado los molinos de Alcázar pienso, como siempre que pasamos por ahí, como siempre que los de Criptana pasamos por ahí, que menuda birria de molinos mientras Diego me habla de su última competición de judo”.

Este hastío que impide ver el paisaje, una cercanía que impide ver aquello como paisaje, indica que la narradora, al menos con respecto al relato de su propia historia, aún necesita transformarse. Aún necesita desaprender. Asimilar hasta lo hondo la lección paterna de la fabulación para alcanzar la visión de los niños, sus pequeños primos, con los que viaja en el carro. Quienes probablemente todavía ven con fascinación secreta lo que los rodea, a la espera de que en cualquier momento aquellos gigantes de piedra, seguramente fascistas, se levanten.


* Este texto fue publicado originalmente en El atajo más largo, el blog de Rodrigo Blanco Calderón. Se reproduce con autorización del autor.

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