Fotograma del filme ‘Winter Sleep‘, del director Nuri Bilge Ceylan, 2014

Para Yolanda Izquierdo, mi hermana de La Habana y de San Juan, perdida por New Jersey

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Esta es una historia verídica, tan verídica como cualquier otra historia de mi vida. En cierta ocasión, hace muchos años, fui mendigo y dichoso en la meseta de Anatolia. Sé que los burgueses, con sus vidas más o menos confortables, en hermosas casitas adosadas con jardines adosados, las ventanas abiertas durante los jadeos del verano y los fuegos encendidos al abrigo del invierno, no están, no pueden estar, en capacidad de sospechar la felicidad que esconde el carecer de todo, desde lo más pequeño hasta lo más grande, y andar de vagabundo por los caminos interminables de Anatolia. Carecer, por ejemplo, de una butaca (con mesita y lámpara), una cama, una cocina, una palangana, un reloj de arena (o una clepsidra), un calendario, un gato (y el consiguiente recipiente de comida), un álbum de recuerdos, unos espejuelos bien graduados, un abanico, un ejemplar de las coplas de Jorge Manrique por la muerte de su padre… Y carecer de un techo donde poder escuchar sin sobresalto cómo caen los aguaceros. Incluso yo, hasta el instante de convertirme en vagabundo, nunca fui capaz de sospechar la dicha que entraña carecer de la más pequeña posesión. Es más, si me fui de mi archipiélago entre el mar Caribe y el golfo de México, fue porque temía las carencias y la ausencia de techo. En Cuba, sin embargo, no era lo mismo. Una indigencia fiscalizada, es decir, una indigencia diseñada, controlada, vigilada por el Estado; una pobreza, en fin, manipulada por el poder, carece del elemento esencial del indigente dichoso: la libertad. Si no es por decisión propia, la pobreza es sólo pobreza. Lo grande de ser vagabundo no es la penuria, sino el libre albedrío. Y sin la esperanza de recompensas –humanas o divinas– que se hallan situadas en el futuro, que es lo hipotético por antonomasia.

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Cómo llegué a la meseta de Anatolia es la historia de una fatigosa, complicadísima peripecia que evitaré al intranquilo lector. Es una historia tan verídica como insólita. Será justo comprender que, desde el momento en que cualquier hombre sube a balsa, bote, patera, faluca, cayuco, canoa, sampán, piragua, yola (palabra esta última que prefiero, por ciertas resonancias afectivas), puede terminar en cualquier parte: en Key West, en Boca Ratón o en las extrañas aguas de la bahía de Duck, donde Dios (que, como todo el mundo sabe, es el demonio) creó una isla llamada Tasmania. Cuando la vida está en riesgo, la meta carece de importancia. Llegué, pues, a la meseta de Anatolia como podía haber llegado a las cataratas Victoria: gracias a esa condición caprichosa que ha tenido (y tiene) la diáspora de los cubanos.

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Quiero decir que cuando huyes no sabes ni te importa a dónde vas a parar. En mi caso, el destino era la huida y la meta careció de importancia. Luego de intentar diversos caminos, de levantar casas precarias que se venían abajo con el primer viento platanero, aprendí a dormir bajo los puentes de las extrañas y blancas ciudades, surgidas como resplandores de lucidez en medio de sueños intranquilos. Antes de que me sucediera, pensé en la indigencia como un largo y terrible proceso. Luego comprobé que nada estaba más lejos de la realidad. No había procesos. No había estructura, fases que siguieran orden alguno. Nadie te avisaba. No se acercaban heraldos con la noticia. Supe que tenía más que ver con el Camino de Damasco (aunque en mi caso terminara siendo el Camino de Diyarkavir). Un día desperté sin casa y sin bienes, así como Saulo pasó a ser Pablo gracias a un relámpago y la consiguiente caída (golpe en la cabeza incluido). Sobrevinieron entonces las dos o tres noches (inevitables) de consternación y dolor. Algún rato de nostalgia y llanto. Un efímero deseo de morir, que se mitigó en cuanto supe de cuánto era capaz de ofrecer por un mendrugo de pan. El día en que me vi bajo el cielo crecido y las piedras altas del valle de Göreme, tuve la impresión de que nunca había estado tan cerca de la vida. Sé que sonará presuntuoso. No tiene importancia alguna. En aquel punto, en aquella estación, qué más da el juicio de los provincianos y los pedantes. Ni siquiera fue preciso para mí saber que por allí anduvieron los primeros cristianos. No hizo falta agregar historia o mito a lo que era una realidad poderosa. Nada de pensar en el siglo II o III: mucho menos en el XXII o XXIII. Caminé, dormí, hice mis necesidades bajo los fresnos, a la sombra (a la no-sombra) de la vegetación esteparia. Comprobé que la palabra intemperie se puede cubrir de aristocracia. Me bañé (una especie de bautizo) en el primer río que apareció en el camino. Y cuando no había ríos, acudía a los charcos que iban dejando las lluvias (escasas) en las huellas de los animales. Canté boleros, los más arrabaleros en rincones indiferentes. Tuve la certeza de que esos parajes nunca habían escuchado un bolero de Benny Moré o de Pedro Flores. Tampoco sabían de mis pasos: titubeantes por las noches, audaces por las mañanas. Todos ignoraban de qué lejanos retiros, sofocos y obeliscos llegaba yo con mis pocas pertenencias. Descubrí el extraordinario placer de encontrar otros vagabundos. Como los caminos eran siempre ásperos, ayudaba un rato de conversación, y sobre todo unas risas mientras nos acordábamos de alguna antigua ilusión. Y mientras yo canté boleros (canciones de amores malogrados), otro se arrancó a bailar una mazurca, y un romaní bailó su danza gitana. Recuerdo un anciano que me habló de guerras y me obligó a pedir perdón por los muertos. Fue injusto, aunque me hizo bien. Un negro alto, con aspecto de príncipe, me narró la muerte de su hijo; y me gustó su sonrisa. Una señora habló de un largo trasiego a través del Sahara; venía desde Mbandaka, a orillas del río Congo. Una niña contó la historia del viaje de un niño de estatura mínima a través de Suecia. Una hermosa muchacha me enseñó el mejor modo de dormir al borde de los caminos. Y sí, no hay que ocultar nada: nos enfermamos y sanamos, lloramos y reímos, y nadie, ni nosotros mismos, sabía qué hacíamos y aún menos el porqué. Por eso se me reveló la devoción que puede esconderse tras ciertas frases, como “sudor ajeno” u “olor corporal”. Ah, ¡cómo olvidarlo!, el rubor de compartir algunos higos.

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Nada, sin embargo, como el encuentro con aquellos dos jóvenes: el ciego y el amigo que lo guiaba. Iban armados con sendas guitarras. Los encontré en las proximidades de Kirşehir, junto a las aguas sucias del lago Seyfe. Llegaban de más lejos que yo. Venían, dijeron, de la inmensidad de las pampas. (Cada vez que pronunciaban “pampa” la hacían acompañar por el sustantivo “inmensidad”). Como no podía ser menos, los delataba el acento y aquella rara mirada (aun la del ciego), que escondía tanta nostalgia que a ratos se parece a la sabiduría. Paseamos varios días por el desierto, junto al agua que lo contradecía, viendo volar los pájaros (en el aire todos los pájaros eran iguales) que venían al lago a saciar la sed. El ciego se llamaba Mauro y tenía tan hermosos los ojos grises, que parecían llenos de vida. Dudo haber visto un joven tan bello en todo mi vagabundeo. Rafael, su acompañante, tampoco carecía de belleza, sólo que con algo más de oscuro y terrenal, puesto que, según confesó, tenía sangre guaraní. Los mejores momentos de aquel encuentro tenían que ver con el silencio y su presagio. La conversación se apagaba poco a poco. Escuchábamos el aleteo de los pájaros como si golpearan el agua. Y luego el silencio y otro silencio y todo el silencio, el absoluto silencio, y Rafael rasgaba la guitarra. Y Mauro hacía lo mismo. Y la voz de Mauro se alzaba sobre la tarde:

Lejana tierra mía,
Bajo tu cielo, bajo tu cielo,
Quiero morirme un día
Con tu consuelo, con tu consuelo…

No puedo describir el momento: ni sé hacerlo ni hace falta. Son esas brevísimas cosas que ni siquiera la palabra escrita puede compartir. No olvido el lago gris, las lomas que sacudían el horizonte, los pájaros dibujados en el aire inanimado de Anatolia y la voz de Mauro:

Dime, estrellita mía,
Que no son vanas mis esperanzas,
Bien sabes tú que pronto he de volver
A mi viejo querer…

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De todo lo anterior se desprende que aprendí a leer los mensajes del cielo y de la tierra, que, aunque se complementan, no son los mismos. (Alguien dijo –no recuerdo quién– que el mundo es un libro. Un libro cuya lectura, por alguna razón, abandonamos.) Supe del insomnio de las noches y de la otra satisfacción de dormir durante los días. Descubrí astros y los nombré. Hallé hombres y mujeres magníficos: también los nombré. Volví a conocer la artimaña del horizonte. Estuve más de cinco mil días sin ver el mar. Me bañé, eso sí, en ríos que no existían en los mapas. Y lo más milagroso: creo que logré bañarme varias veces en el mismo río. Subí y bajé montañas que aparentaban catedrales y fundé ciudades efímeras. Juro que no miento cuando digo que morí como un miserable y resucité como un dios. ¿Qué más se puede pedir? No muchos conocen el júbilo de andar por entre un campo de altas piedras, mientras cae la noche (árida) sobre las comarcas del Asia Menor.

Palma de Mallorca, 2020

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