Adrián Fernández
Adrián Fernández durante una de sus clases

Este mes, los estudiantes de arquitectura de Cuba comienzan otro curso, para aprender a imaginar espacios desde WhatsApp, buscando su motivación en otras geografías y obligados muchas veces a practicar, frente a profesores sin preparación, el inútil arte de la condescendencia. Ellos (no solo los de Arquitectura), son los que más necesitan que nos detengamos a pensar y dialogar sobre qué está pasando con la educación universitaria en Cuba. ¿Qué podemos realmente hacer los profesionales, más allá de criticarla?

Entender la pedagogía del profesor Adrián Fernández constituye una de las claves fundamentales para acceder el pensamiento espacial de mi generación. Durante 12 años, todos los que comenzamos en primer año de la Facultad de Arquitectura de la Habana fuimos sometidos a una sobredosis de presión, creatividad, competencia, frustración, aprendizaje y desgaste; que en solo 3 meses nos cambió para siempre. Quizá en su experiencia podamos encontrar algo para empezar a conversar sobre nuestro presente.

Durante tu periodo de trabajo en la facultad cambiaste el plan de estudios y recuperaste el sentido de la abstracción en la educación de la arquitectura. ¿Por qué crees que se perdió el pensamiento abstracto del espacio en años anteriores y qué objetivos perseguías con esta ambición?

Mi manera de ver la enseñanza está influida naturalmente por la formación que recibí, donde el modelo Bauhaus y la escuela de la Gestalt fueron puntas de lanza junto al dibujo y la geometría. Algo de aquel pensamiento abstracto predominante se ha perdido. ¿Causas? El abandono social generalizado, la falta de crítica, la pérdida de referentes, el hecho de no construir masivamente. El pensamiento abstracto es fundamental para entender y operar en el espacio.

Qué es el espacio, sino un gran vacío que solo llega a definirse por la magia de sus límites. El resultado del diseño arquitectónico y urbano, es –aunque a algunos no les guste– un resultado formal concreto, en tres o cuatro dimensiones, si consideramos el tiempo como el argumento de peso que es. Esto es consecuencia, además, de un proceso de síntesis sobre tres lógicas elementales; sintaxis, praxis y semántica.

El arquitecto construye y deconstruye en su cerebro universos ficticios en un despliegue de anticipación y visualización que después debe comunicar. El pensamiento abstracto contribuye a entender la lógica sintáctica y las maneras posibles de estructuración de la forma. Es quizás un recurso científico sobre el que el alumno puede basar su educación, tan acostumbrado a las veleidades de la improvisación. El alumno de primer año llega con bajo nivel cultural y su análisis e interpretación del mundo queda limitado a un pensamiento lineal, figurativo y reproductivo.

Propuse estos cambios, después de ganar en experiencias durante siete años. Pretendimos concentrarnos en la educación formal. Elevamos la cantidad de ejercicios recortando sus tiempos para mantener un ritmo acelerado y mucha presión, persiguiendo el desarrollo de habilidades y la fijación de hábitos inmersos, en un ambiente de disfrute y crecimiento colectivo.

La abstracción posee otro alcance mayor. Es polisémica. Representa la libertad al significar. Su interpretación es abierta y democrática, por lo tanto, también exige más. Hay quienes me acusan de formalismo. Como diría el maestro Barragán: “Es esencial al arquitecto saber ver, quiero decir, ver de manera que no se sobreponga el análisis puramente racional.” ¡Ah…, el misterio de la belleza!

En otra entrevista, dices que quien más te influyo durante tu etapa en la universidad fueron tus propios compañeros y no un profesor especifico. Sin embargo, tú eres el único profesor vivo que conozco que logró construir un movimiento, tener discípulos e influir directamente sobre la inteligencia espacial de cientos de estudiantes. ¿Cuál es tu relación con la idea ya casi extinta de “maestro”? ¿Qué crees que se necesita hoy para enseñar arquitectura?

Sé que he contado con seguidores y quizás he marcado a algunos jóvenes, pero de ahí a pensar en todo un movimiento… Sería feliz al saber que existe una garantía de continuidad, aunque no creo en un grupito de adoradores, siguiendo ciegamente a Dios alguno. Nunca he pretendido que un estudiante piense su arquitectura para complacerme como si fuese mía o, peor aún, atribuirme méritos propios sobre el proyecto de un alumno.

Mi filosofía descansa en el hecho de que el alumno se encuentre a sí mismo, descubra su personalidad y lenguaje como arquitecto, interpretando la sociedad y el problema de diseño desde su punto de vista; aunque yo conduzca ese análisis haciéndolo consciente y coherente.

No entro a un aula para escuchar mi eco. Voy preparado para el debate y el aprendizaje con total humildad, aunque represente el papel del tipo más viejo de la clase. Para enseñar arquitectura deberíamos primero acordar qué entendemos por arquitectura. Cuando era estudiante predominaba en la facultad el concepto de arquitectura como construcción en su aceptación más técnica y funcional. Hacer arquitectura o urbanismo es más que construir, porque requiere lo que Ricardo Boffill llama “un complemento de alma”. Ser profesor implica una postura ética ante la clase, para comunicar con sinceridad y responsabilidad social.

Años después de que dejaras de dar clases en la facultad, intente también cambiar la manera de enseñar la disciplina, esta vez desde la teoría, y termine siendo expulsado junto a otros profesores jóvenes: la burocracia nos ganó. En tu caso, ¿por qué dejaste de dar clases? ¿En qué estado crees que se encontraba la enseñanza de arquitectura en Cuba antes de la pandemia?

Tal vez mis clases a primer año despertaban demasiado entusiasmo en los alumnos y otro tipo de sentimientos en algunos directivos.

Cuando cursé la carrera, la facultad poseía una envidiable disciplina pedagógica. Existía un auténtico jefe de asignatura y un profesor principal. Cada ejercicio era acompañado por conferencias y el equipo docente elaboraba la guía metodológica que le permitía al alumno comenzar a garabatear de inmediato. En esta guía, encontrabas el programa arquitectónico con observaciones, recomendaciones técnicas, esquemas de relaciones de uso, matrices, datos antropométricos… Esta preparación, junto al trabajo colectivo del claustro, controlaba los desbalances entre talleres. Se proyectaba febrilmente y se hablaba poco. Era una educación concentrada en el oficio de proyectar y construir, en llegar rápido al alumno menos dotado.

Adrián Fernández
El arquitecto Adrián Fernández

Las sociedades contemporáneas son muy competitivas y los clientes exigentes. La docencia necesita de una dinámica más efectiva para alcanzar ideas óptimas y visualizarlas en plazos de tiempo más cortos. La conceptualización y la investigación no pueden ocupar más tiempo que el propio proyecto. Debemos colocar al alumno en un escenario constantemente cambiante y de mayor tensión y riesgos.

Hoy las consecuencias económicas de la crisis actual, agravadas por la pandemia, golpean todos los sectores de la sociedad cubana y repercuten en el sistema académico. Nada escapa a la escasez y pobreza del momento. Se proyecta menos y se construye aún menos, dos motivaciones que le dan sentido a nuestra profesión. Con la reducción de la carrera a cuatro años, el ciclo básico continuará recortando su alcance. Antes de la pandemia, ya se practicaban sesiones de taller por WhatsApp y ejercicios que se colocaban sin una conferencia introductoria. Ahora los alumnos ingresan sin el filtro de las pruebas de aptitud. No sé qué esperar. Pienso que la facultad enfrenta un reto gigantesco.

El curso básico es el entrenamiento más importante para una persona que va a iniciarse en un nuevo lenguaje: el dibujo y los modelos tridimensionales de representación del espacio. Su alfabeto descansa en el empleo de la línea, el plano, el volumen, las proporciones, la escala, la composición, la luz, las sombras, los contrastes, las analogías, las cualidades de los materiales; y sus articulaciones.

La generación de aquellos Maestros con una obra detrás va desapareciendo sin un relevo a su altura. La facultad se distanció del sector productivo y de varias figuras importantes que han trabajado tanto para el área estatal como para el cliente privado. El ejercicio independiente tampoco es bien mirado, aún constituye un pecado. La enseñanza de la arquitectura no puede estar bien cuando la facultad desperdicia el talento de jóvenes arquitectos motivados por la docencia. Nuestra escuela necesita ser más contemporánea, inclusiva y competente. Entender que se forman arquitectos que actuarán en un escenario futuro y no en un presente precario.

¿Qué consejo le darías un estudiante de arquitectura de hoy que, condenado a recibir clases por WhatsApp e imposibilitado de visitar obras maestras, quiera aprender a hacer buena arquitectura?

Cervantes dijo “el camino es mejor que la posada”. Mi carrera profesional ha estado orientada hacia un objetivo: diseñar. A veces en territorios menos afines, pero eso me ha permitido estudiar, correr riesgos y aprender de los errores. Por eso la docencia ha sido algo útil para mí.

“El lenguaje tiene que ver con la radiografía de uno mismo”, ha expresado Souto de Moura. Se trata de disfrutar la arquitectura siendo fiel a sí mismo y creyendo en el crecimiento a través del trabajo. Crecer nos permite evitar el deslumbramiento ante un 3D de excelente factura, pero que muestra pésimas soluciones de diseño pretendiendo “trascender desde la excepcionalidad” o complacer a clientes que andan tras una “patética búsqueda de prestigio”, como ha dicho el maestro Mario Coyula.

Ser cultos nos permite descubrir la improvisación y falsedad que se esconden tras la pomposidad del pladur, lo vulgar del PVC o las gigantografías chillonas que promueven productos inexistentes. Nos permite entender contradicciones ideológicas, como, por ejemplo, la que plantea el uso incoherente del balaustre clásico, dispuesto tanto a decorar un edificio moderno, como a participar en un pórtico “colonial” de bienvenida a una unidad militar, o a saturar la vivienda del “hombre nuevo”.

El arquitecto debe recuperar su espacio como humanista, como intelectual, como figura pública y autor de su obra. Y que sea escuchado por los políticos. No podemos continuar perdiendo a las generaciones jóvenes. Ellas tienen que encontrar prosperidad en su propia tierra, contando con la posibilidad de ejercer su profesión de manera plena, en cualquier escenario posible, y con total legalidad, amparadas por las Instituciones que las representan. La ciudad y su arquitectura son los testigos insobornables de la historia.

Pero ser cultos nos convierte en optimistas, al creer en el buen diseño, que según dice Terence Conran, es como creer en Dios. Nuestra realidad asusta si entiende que la cultura, sin la participación de la arquitectura o el diseño, puede salvar la patria. El concepto de cubanidad antecede a lo profesional. Ambos atributos implican posiciones y jerarquías éticas interdependientes. Por la relevancia que le otorgo a la condición primera de cubano, de vivir y trabajar en mi país por decisión propia, es que me permito modestamente opinar, esperanzado en un futuro mejor, más cercano que lejos y merecido. Ser arquitecto en un país pobre, que ha tratado de ser diferente, sin recursos, tropezando a ratos y frente a un vecino tan poderoso, tiene su precio.

En una de sus últimas entrevistas, le escuche decir a Niemeyer que “más importante que la arquitectura era la vida”. Aspirar a vivir mejor no es un delito y el diseño puede contribuir a ello. Quiero pensar que un día se impondrá una arquitectura que no degrade al ser humano. A fin de cuentas, “la casa” lo representa todo.

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