Casa U por Albor Arquitectos (FOTO Laurian Ghinitoiu)

La arquitectura cubana contemporánea no es un tema de conversación. En una ciudad como La Habana, donde ocurren casi dos derrumbes parciales por día, las matemáticas declaran que todo, incluida la ciudad, tiene fecha de caducidad. La única sincera realidad de nuestra arquitectura sigue siendo su silencio. Poco se sabe de lo que pasa hoy y de lo que pueda pasar. Pocos conversan sobre en qué momento dejamos de construir la vanguardia del hombre nuevo para reproducir una arquitectura barata de desarrollo inmobiliario.

La rica tradición heredada por esta ciudad frente a la pobreza de su reciente arquitectura divulgada justifica que hoy todavía se imprima la revista Mar y Pesca en un país que no pesca, pero no exista una revista de arquitectura que se pueda leer. También justifica que sólo las editoriales de Princeton o Yale publiquen sobre el tema, en ocasiones con la alegría y el mal entendimiento de la distancia. Pero no justifica el vacío histórico ya normalizado que asumimos al decir que sólo tenemos lo que nos quedó de tiempos mejores. Todo esto ocurre mientras contamos con una academia activa, que mira a la ciudad con los ojos dilatados, sumergida en la historia, y no se acaba de enterar de que hace años se quedó fuera de la conversación.

En la escasa crítica arquitectónica de los especialistas no existe ni ironía, ni carcajada, ni citas a Deleuze por gusto, ni autorreferencialidad, ni literatura, ni política, ni quemadera; sólo se escriben textos que temen usar la primera persona gramatical y se esconden detrás de un lenguaje académico dormido, articulado a partir de la burocrática búsqueda de una identidad nacional. Por eso casi nadie termina de leer un texto sobre arquitectura cubana. ¿No hay nada mejor para investigar que la nostalgia de tiempos mejores? ¿Acaso no resulta interesante una corriente acabada de despertar?

Casa C, por Infraestudio (FOTO Fernando Martirena)

El arquitecto independiente en Cuba trabaja sobre un paisaje legal indeterminado, con una infraestructura ineficiente y movido por encargos sin contrato. Nadie lo puede culpar de nada porque técnicamente no existe. Sin embargo, la gran masa construida de la ciudad es diseñada y firmada por un funcionario público: el arquitecto de la comunidad.

Con el método del argentino Rodolfo Livingston (completamente olvidado en su país), se buscaba en los noventa coreografiar la autoconstrucción en un solo gesto colectivo que convirtiera al arquitecto en algo parecido al médico de la familia. Pero no podemos confundir, veintiséis años después, las buenas intenciones iniciales con la pared burocrática de los funcionarios actuales, que niegan –y “resuelven”– la necesidad básica de construir, como si la arquitectura y la ciudad no fueran importantes. Como dice Alejandro Aravena, no necesitamos caridad profesional, sino calidad profesional. La centralización del diseño no redistribuye su alcance; normaliza su muerte.

Otra arquitectura que se hace cada vez más presente es la de los nuevos hoteles para la recaudación de divisas. Al parecer, no se trata aquí de otra cosa que de una inversión económica a recuperar, mientras se deja fuera a los arquitectos cubanos de la oportunidad de agregar valor a la colección de edificios existente. Estos edificios genéricos, que encontramos en cualquier lugar del mundo, tienen un problema: su única belleza, que es su novedad, termina por envejecer en su infancia, cuando no nace muerta. La sostenibilidad parece ser la única victoria moral de estos diseños sin autor: una perversa representación de la destrucción eximida de la culpa. Cuando un arquitecto usa la arquitectura verde o ecológica como máscara de su mal trabajo, sólo hace más evidente su relación cromática con el dólar. La ceremoniosidad de estos proyectos, que de hecho están fantásticamente construidos, se desinfla en una carcajada; su orgullo de ser copia de la copia agradece a las miradas despistadas y teme a la mirada atenta. La nueva solemnidad de la arquitectura hotelera de la isla podemos compararla, digamos, con Walmart, y quizá quienes la encargaron ni siquiera lo sepan.

La prefabricación en Cuba es una utopía en bancarrota, que con buenas intenciones trajo a la arquitectura cubana lo mismo que el monocultivo al suelo fértil latinoamericano. En la repetición del recurso se halló la muerte de su discurso. El fin de la década de los sesenta marca el fin de la arquitectura cubana como producto cultural, irónicamente justo después de encontrar en sus últimos años su propia revolución. Un patético canto de cisne que nadie escuchó. La muerte del arquitecto-autor fue la noticia mal contada que inundó la ciudad que vino después. Ahora todos somos arquitectos.

Casa de María y Pedro, por Ad Urbis (FOTO Nestor Kim)

En la historiografía de la arquitectura cubana no existe generación de los ochenta. No existe nada parecido al famoso juego de pelota de los artistas. Tampoco generación de los noventa. El arquitecto José Antonio Choy es sólo la excepción que confirma la regla. Ni generación de los dos mil, ni posutopía, ni mercado, ni posminimalismo, ni nada. En estas décadas de forzado vacío intelectual y nada que construir, el discurso sobre el espacio y la ciudad pasó a ser dominio de artistas como Carlos Garaicoa o René Francisco. Exposiciones como Arquitectura joven cubana, en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, o La utopía paralela, curada por Iván de la Nuez, demuestran que modestos actos de resistencia redibujan el vacío sin llenarlo, como los latidos de un corazón enfermo de bradicardia. El vacío de la historia es simplemente una parte de la historia. La fatiga colectiva es la única fortuna que hemos heredado. A todos los omitidos de esta historia se les hará justicia sólo retrospectivamente.

La virginidad de la arquitectura independiente cubana comenzó a perderse en el año 2016. La prosperidad comercial del sector privado que trajo el deshielo de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos inundó de trabajo a una generación de arquitectos que diseñaban en silencio negocios y casas particulares. Dentro de este grupo diverso casi ninguno tiene la misma edad, algunos se llevan casi veinte años de diferencia. Los une la práctica independiente. Los separa el discurso, los contactos, y la medida en que hacen más o menos concesiones a lo que les presionan a diseñar sus clientes. La comodidad que experimentan de no ser parte es la manifestación primaria de una bomba de tiempo silenciosa. Algunos representan la autonomía de una poética frente a la ideología de una nación, mientras que otros son el símbolo de la privatización de una disciplina cada vez más indefensa y neoliberal. Como un denso hormiguero bajo el césped perfecto de un campo de golf, poco a poco cambian la ciudad sin que nadie se entere.

Así responden a un cliente que ni el arquitecto de la comunidad ni las empresas estatales de proyecto pueden satisfacer. En su apartada microescala, la estrategia de seducción sigue siendo la promesa comercial del producto único. Una simple respuesta apolítica que hace propaganda a la diferencia, y coexiste en silencio sin competir con sus vecinos estatales. Como no existe la condición legal de arquitecto independiente, para tener un estudio sólo se necesita tener un cliente que quiera construir una idea. Una vez que se acepta ser humillado públicamente y ponerse la máscara legal de “decorador de fiestas”, no se necesita estar graduado o tener experiencia. Estas nuevas libertades hacen relativamente fácil que cualquiera, sin tener que ser necesariamente arquitecto, sea peligrosamente capaz de cambiar la ciudad.

Restaurante Yarini, por Hrg Arquitectura (FOTO Yarinihabana)

Que no se hable de arquitectura, que no existan publicaciones serias o eventos públicos en los que sean tomados en cuenta, es un alivio para los arquitectos independientes cubanos. Mientras sus clientes exigen “la diferencia” pero temen ser foco de atención, sus constructores ocultan al público su identidad para poder ejercitar el deporte olímpico de conseguir materiales. Todo esto indica que los arquitectos están más seguros quedando fuera de la cultura. Pueden acomodarse y permanecer marginados en el anonimato, tomando cualquier decisión profesional, por banal que sea, sin miedo a la crítica. Pueden ser felices, redundantes e irrelevantes. Ser impopulares les alivia la presión. La ciudad les paga la cuenta.

Marginado es el que está fuera de algo, ya sea por voluntad propia o porque se lo impongan. ¿Qué significa haber sido borrados del imaginario colectivo en los setenta por la sovietización de la construcción? ¿Qué significa que un arte público sea resucitado por los negocios privados? ¿Cómo se siente tener un pensamiento de izquierda y diseñar sólo para el que te paga? ¿Cómo se siente saber que nunca vas a diseñar vivienda social, o escuelas primarias, o parques públicos? Cuando la muerte del arquitecto es una anomalía hipernormalizada, ¿es la arquitectura independiente una especie de resistencia? Las preguntas duras que no se han hecho aún son las que deben formularse fuera de la disciplina. Por eso la arquitectura debería ser un tema de conversación.

La pertinencia de legalizar una profesión que funciona sin ley, tener concursos públicos que impidan a la burocracia seguir cambiando la ciudad a su antojo, y construir una cultura arquitectónica a través de publicaciones, programas y eventos relevantes, parece ser algo que ya nadie tiene que explicar: su obviedad asusta. Este texto no debería existir. La arquitectura independiente cubana, en mi opinión, es la única arquitectura cubana que existe, aunque casi no la conozcamos porque está obligada a hacer silencio.

Restaurante La Barbacoa, por Martínez y Becerra Arquitectos (FOTO MB Arq)

La Habana no es el París de Nouvel, el Londres de Foster, o la Ciudad de México de Kalach; es simplemente una ciudad de arquitectos muertos. Esta metrópolis se encuentra en estado póstumo, aplazando la conversación para tiempos mejores, drogándose con su pasado para olvidar su presente. En un lugar donde la fantasía es lo único que da sentido al aburrimiento, la línea de fuga sobre la que se encuentran los arquitectos cubanos es una caja de sorpresas de la que casi nadie espera nada nuevo. Algo en lo que nadie cree aún.

La arquitectura cubana es sólo un amor imaginario que podría ser cierto.

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