Collage de portadas de ‘Diario de Poesíaʼ

Uno puede saberlo, intuirlo o haberlo saboreado en algún archivo de una hemeroteca estrella, de esas que aún deleitan a quienes gustan pasar las páginas en vivo y leer recorriéndolas con el índice de arribabajo. Pero entrar en el Archivo Histórico de Revistas Argentinas (Ahira) –proyecto que aúna desde la pasada década a docentes e investigadores de múltiples disciplinas y que dirige Sylvia Saítta– nos permite la experiencia online, libre y gratuita, de adentrarnos en un centenar de publicaciones periódicas de ese país suramericano, digitalizadas con fruición, indexadas y acompañadas de sendos estudios críticos –donde los haya–. Un vértigo difícil de transmitir sin apelar a palabras como adrenalina, delirio o gula; una experiencia con no poco de voyerismo y con mucho de levitación de arqueólogo o de pornógrafo. La tradición revistera argentina tiene, no en balde, esa cosa de Orbis Tertius, de Aleph –ya se sabe bien.

Cine, filosofía, crimen, jazz, humor, ciencia, arte y literatura… Al traspasar el umbral de Ahira, uno puede ir o venir desde el 1 de 18 Whiskys (1990-1993) o de la A de A Partir de Cero (1952) a la X de Xul (1980-1997) y hasta la Z de Zigurat (1999-2013). Lo mismo puede hallarse de bruces dentro de La Lira Argentina (1856), que dentro del vientre de La Ballena Azul (2015) o El Ornitorrinco (1977), sino entre las antenas de El Grillo de Papel (1959-1960) o de El Escarabajo de Oro (años sesenta-setenta). La invención onomástica de estas revistas se despliega imantada y pendular (de nudos a cielo, de sol y luna a mar dulce, de ojo a nervio, de Libra a Capricornio a Géminis…), tanto como diversas quieren ser sus páginas, así se prolonguen –tal cual sucede en la que hoy nos ocupa– o asomen apenas en un número, soplando como alto aire, sobre el Rosario de 1965.

He recorrido Ahira –impulsada por una recomendación que vino de muy cerca– tras los pasos de Diario de Poesía. Información, creación y ensayo (junio de 1986-mayo de 2012). Esa revista que logró hacer del género actualidad y elevarlo al “absoluto del prestigio” –como explica Silvio Mattoni–; esa a la que no se le han escatimado elogios elocuentes (“faro”, “estallido posdictadura”) por haber unido lo que parecía antagónico: la inmediatez del periodismo con el presumiblemente apelmazado discurrir de lo poético. Con la redacción apostada en Buenos Aires, Montevideo y Rosario, se publicó en tabloide blanquinegro; se vendió trimestralmente en los kioscos de veintitrés ciudades argentinas, a la par que en Montevideo y, por tres o cuatro años, en Santiago de Chile; con una tirada de al menos cinco mil ejemplares. Y contó –al decir de Martina Delgado, autora, junto a Julián Berenguel, de la introducción y el índice general de la publicación con que nos llega presentada en Ahira– con ese tipo de “precisión que crea movimiento”.

Como sabrán los entendidos, la dirigió Daniel Samoilovich, con un consejo editorial integrado por “escritores y lectores sofisticados de poesía” como Diana Bellessi, Jorge Fondebrider, Mirta Rosenberg, Daniel Freidemberg, Martín Prieto, Daniel García Helder y Elvio Gandolfo, al que “con el correr de los números”, se sumarían Josefina Darriba, Jorge R. Aulicino, Edgardo Dobry, Ricardo Ibarlucía, Osvaldo Aguirre, Pablo Gianera, Jaime Arrambide, Matías Serra Bradford. Colaboradores de sus páginas fueron también Arturo Carrera, Fabián Casas, Susana Cella, Circe Maia, Sergio Chejfec… Por veintiséis años sus indagaciones y traducciones (con los textos publicados en espejo) se sumergieron, de sur a norte del continente y también yendo y volviendo a Eurasia, en la producción poética reciente, sin desdeñar –más bien legitimando y difundiendo– a entonces noveles como Martín Gambarotta, Santiago Llach, Santiago Vega (hoy Washington Cucurto) o Germán Carrasco. Como hace notar D-Revistas Magazine, “desconocidos al lado de los consagrados, los clásicos junto con los experimentales”: Pizarnik, Mansfield, Pound, Pessoa, Kavafis, Auden, Juan Gelman, Seamus Heaney, Raymond Carver, algunos antes del estrellato en el que los consideramos hoy…

Impulsaron así “la lectura y la práctica reflexiva” sobre el género, a través de variados “registros” que alcanzarían a receptores no especializados. Entrevistas a raros y ponderados, ensayos, reseñas, encuestas, columnas, secciones de información, agenda de servicios, réplicas, novedades, correspondencia, concursos y otras “operaciones críticas” fueron tejiendo canon, público y mercado en un Diario que ha sido llamado con justeza –por el propio Berenguel– “partitura de una época”. Allí donde se llegaron a difundir textos de músicos como Violeta Parra, Patti Smith, Jim Morrison o Pete Townshend, expandiendo el diapasón de la lira, “el aspecto visual” lo pusieron “Juan Pablo Renzi primero [hasta 1992] y Eduardo Stupía después”, con “un peso preponderante en el diseño y en la maquetación” –según puede constatarse en la web– y se les dedicó espacio sistemático a “dibujos, pinturas o fotos” de Alberto Heredia, León Ferrari, Ana Eckell, Américo Castilla, Luis Felipe Noé y los propios Renzi o Stupía, entre otros.

Ochenta y tres números mantenidos entre el bandeo imparable de las crisis –como cuenta Samoilovich–. Se les recuerda –entre otros pormayores— por aquel primero lanzado en la vía pública, afiches mediante, a cuya tirada de cinco mil, agotada, se sumarían dos mil más. Por tomar partido en hitos políticos del lapsus que habitaron y por aupar a la luego llamada “generación de los noventa”. Por jugosos dosieres de poetas, países, temas o movimientos que pusieron en circulación, desde antes de la era de Internet y ya entrados en ella, páginas hasta entonces desconocidas en español, y por dialogar –en controversia u homenaje– con otras publicaciones como Xul o El Lagrimal Trifurca y Poesía Buenos Aires. Aunque Diario de Poesía fue presumiblemente democrático en el abanico de estéticas que difundió, se dice que su “objetivismo” marcó la polémica sobre el discurso neobarroco, acontecida entre Daniel García Helder, editor del Diario, y Jorge Santiago Perednik, director, por su parte, de Xul —una revista que, junto a Último Reino, habría preparado a su manera el advenimiento de una profundización en el “campo de legibilidad” y de circulación de la poesía, como afirma Delgado en la introducción en Ahira–. En cuanto al Diario –de acuerdo con Mattoni– se hizo eco (ya no se sabe si acogiéndolo, avizorándolo o impulsándolo en la era posindustrial) de “un giro moderno del antiguo verso”, y a través suyo “la poesía realista, fragmentada, prosaica, el ritmo sincopado y conversado, el anacoluto y la descripción trunca […] se difundieron y se discutieron un poco en todos lados”.
Después de que en marzo de este año Diario de Poesía se incorporase por fin a las publicaciones periódicas que es posible leer desde casa en Ahira, a la vera de varios clicks, Rialta Magazine ha tenido la suerte de interpelar a su fundador y director, Daniel Samoilovich, y a Edgardo Dobry, uno de los integrantes de su notorio consejo editorial. Para esta ocasión, ambos escritores han respondido a las cuestiones puestas sobre la mesa por nuestra revista; cada uno a su gusto: el primero, guiándonos como un cicerone por muchos de los tantos viajes que proponen estas páginas, que no en vano se nos siguen descubriendo como admirables; el segundo, con un bojeo profuso y a la vez sumario sobre las estéticas, los autores y los dosieres que alentaron el Diario, durante dos etapas (1986-2001 y 2001-2013), de las cuales vivió una como “lector” y otra como miembro del staff.

Jamila Medina Ríos

Conversación con Daniel Samoilovich

Ochenta y tres números en veintiséis años, con ejemplares que subieron y bajaron su frecuencia de 1986 a 2012. ¿Cómo se sostiene (su tirada, su distribución, sus colaboradores y su público) un diario independiente dedicado a un género sobre el que prevalecen las letanías desdeñosas, que apelan a índices de recepción o dividendos de mercado? ¿Qué años fueron los peores en términos económicos y los más boyantes en colaboraciones o impacto entre los lectores?

Bueno, las que yo recuerdo como letanías no eran desdeñosas sino quejosas, de algunos poetas, en el registro “ay, ay, a nadie le interesa la poesía”; lo despectivo era la actitud de muchas editoriales y librerías, desprecio que curiosamente iba a parar al mismo sitio: a nadie le interesa la poesía. Lo que nosotros quisimos hacer fue dejar atrás tanto el lloriqueo como el rencor por el desdén, y dar a conocer la poesía que nos interesaba, sin más.

El periódico se financió en un primer momento con un préstamo del Fondo Nacional de las Artes que alcanzó para pagar el primer número y su campaña de lanzamiento (dos mil carteles de un metro y diez por uno y medio en las calles de Buenos Aires); luego, vivió veintiséis años más casi exclusivamente de la venta de sus ejemplares en los kioscos: fue sostenido por una suerte de conjura entre unos pocos miles de lectores, la generosidad de un par de centenares de poetas y traductores y pintores y dibujantes que colaboraron gratuitamente con las páginas del periódico, y el trabajo arduo y feliz de sus redactores fijos. Tuvimos en algunos períodos algo de publicidad de la municipalidad de Rosario (otra campaña de publicidad callejera, esta vez en Rosario), así como, también en momentos puntuales, apoyo de la Fundación Antorchas (por ejemplo, para hacer unos exhibidores de madera especiales para librerías, que no tenían donde meter una publicación del tamaño del Diario). Empero, insisto, la revista básicamente vivió aplicando una fórmula simple: de la venta de cada edición en los kioscos entraba el dinero para pagar el costo de los envíos por correo a los colaboradores y a otras revistas con las que teníamos intercambio, y el papel y la imprenta del número siguiente.

Podría acotarse que el Diario vivió también de lo que no hizo: más de una buena revista latinoamericana sucumbió víctima de su propio éxito. Me explico: imaginemos una revista que empieza a andar bien, tiene lectores, etc; acto seguido, sus redactores se proponen cosas ambiciosas, como editar libros, organizar un festival anual, vivir de la revista y la editorial y el festival, etc. Salen en busca de apoyos y los encuentran; dejan sus trabajos anteriores y arrancan con estos emprendimientos, invirtiendo en ellos todo su tiempo y el dinero obtenido. Entonces, al terminar cada número o cada festival están en cero y tienen que conseguir nuevos sponsors para la edición o el festival siguiente. Así, de la noche a la mañana se han transformado en gestores profesionales, especialistas en conseguir fondos… a veces especialistas un tanto desesperados, pues dependen de esos fondos para vivir y para seguir haciendo lo que les gusta… o les gustaba, porque gestionar dinero es pesadísimo. Eventualmente, esta situación los obliga a compromisos que ya no son con sus lectores ni con su propio juicio crítico. Para ser más concreto, voy a contarte una anécdota: cierta vez me llama un funcionario cultural y me dice: “¿Por qué no organizan un gran festival del Diario de Poesía? Yo puedo financiarlo… ¿A qué figura internacional invitaríamos?” “No sé –respondo–, podría ser Nicanor Parra, pero tené en cuenta que cobra unos cinco mil dólares de honorarios para viajar.” “No es problema, no es problema. ¿Qué más?” “Bueno –le digo– Ígor Barreto, Yolanda Pantin, Carmen Ollé, Elvira Hernández…”. “No, no, famosos, que traigan público y sean nota para la prensa.” No sé en qué estaba pensando el tipo: ¿en Ernesto Cardenal, en Rafael Alberti? Ni idea; lo que sé es que pensaba en algo diferente que yo, de modo que le agradecí la intención de “apoyar al Diario” pero di por terminado el asunto; por suerte, podía hacerlo pues el Diario no dependía de apoyos como ese.

Por otra parte, cuando te digo que vivimos también por lo que no hicimos, pienso incluso en recitales o encuentros más sencillos que sí nos hubiera gustado llevar adelante, pero que hubieran dispersado nuestras escasas fuerzas; a lo largo de un cuarto de siglo unas pocas veces cedimos a la tentación: como excepción, no como regla. De hecho, en diversas ciudades de América Latina hay todos los años muchas actividades de primera línea ligadas a la poesía, desde encuentros universitarios abiertos hasta ciclos de recitales o conferencias, desde festivales locales hasta internacionales, que no llegan a publicar actas o carecen de una cobertura periodística amplia. Bueno, una de las tareas que nos fijamos a nosotros mismos fue documentar los encuentros a los que asistíamos como poetas o como oyentes, publicando la noticia de su realización, poemas, debates que nos resultaban interesantes, etc.

Por último, siguiendo con los “noes”, nunca encaramos la venta directa de la revista: nos remitimos siempre a la distribución profesional, tanto en kioscos como, en una etapa, en unas ochenta librerías de todo el país; ni siquiera manejamos las suscripciones en forma directa, sino a través de una agencia. ¿Se entiende la idea? Toda la energía en hacer cada algunos meses la mejor revista que podíamos hacer: leer, elegir, traducir, editar; teniendo siempre en cuenta que nuestras fuerzas eran limitadas y que no pretendíamos vivir del Diario. De Manet decían sus detractores que era un aficionado; bueno, nosotros fuimos unos aficionados a nuestra sudaca escala.

Los años más críticos desde el punto de vista económico fueron, obviamente, los de las hiperinflaciones de 1989 y 1990 y la crisis de 2001-2002; las primeras, porque el devaluado dinero recogido de la venta de las revistas no alcanzaba para sacar el número siguiente; la otra… bueno, por la misma razón: el dólar subió de golpe de un peso a cuatro y el papel, siendo una commodity internacional, estaba y está atado al dólar. Salimos de ahí… ni sé cómo salimos… creo recordar que más o menos por entonces cayó como un milagro otra ayuda de la Fundación Antorchas. En cuanto a los años más boyantes, depende de en qué sentido lo piense uno. En los primeros números tuvimos sin duda una mayor venta (los míticos siete mil ejemplares de las primeras tres ediciones no se repitieron ya más), pero yo llamaría boyante a otras cosas… Un giro de la revista hacia el número 10, cuando empieza a publicar en edición bilingüe las traducciones de poesía escrita en alemán, inglés y lenguas romances; otro hacia 1992, cuando Diario de Poesía empieza a tejer un entramado con poetas, revistas y festivales de la región y crece fuerte y definitivamente la presencia de la poesía latinoamericana inédita en el periódico. El eje Buenos Aires-Rosario, que era una apuesta inédita de redacción en dos ciudades, se mantuvo con vicisitudes diversas a lo largo del tiempo, y la relación con Montevideo tuvo un gran momento cuando toda la banda cruzó el río para presentar el dosier dedicado a Marosa di Giorgio preparado por Helder y Osvaldo Aguirre.

Cruzar el río no parece una gran aventura, pero lo es en la medida en que la circulación de libros y revistas entre nuestros países es absurdamente escasa; ni hablar de aquello que nosotros llamamos “cruzar el charco”, que viene a ser el Atlántico, y conectar con la poesía española, cuyo mainstream se mantuvo durante décadas a contracorriente del latinoamericano: allá fue militante cuando acá era áulico, fue “veneciano” cuando acá se volvió militante y fue “cotidianista” cuando acá se tornó barroco… Me arriesgaría a decir que saltamos ese desencuentro ahondándolo, atacando “la cuestión española” desde un espacio marginal al mainstream ibérico de los noventa. El primer dosier dedicado a un poeta de la península fue, a iniciativa de Edgardo Dobry, dedicado a Gabriel Ferrater. Ferrater no encajaba en el panorama español, no sólo por el hecho de haber escrito en catalán, sino porque era un poeta demasiado culto para los tirios y demasiado terrenal para los troyanos, un heredero de la tradición trovadoresca provenzal que los poetas castellanos y andaluces tuvieron poco en cuenta y los latinoamericanos conocieron del modo más indirecto posible, a través de Pound. Peleonamente decíamos Edgardo Dobry y yo en la presentación de aquel dosier: “Tal vez no sea grave ignorar lo que España consagra, pero sí lo es ignorar lo que España ignora”.

Edgardo Dobry y Daniel Samoilovich

Aquel primer contacto con la península fue ampliándose a medida que fuimos encontrando por allá poetas que nos gustaban, y tuvimos la oportunidad de publicar poemas y ensayos de, entre otros, Olvido García Valdés, Miguel Casado y José-Miguel Ullán, de cuya poesía y amistad disfrutamos y que, en un camino de ida y vuelta, nos abrieron perspectivas nuevas sobre nuestro continente (un ejemplo es la entrevista inédita de Eduardo Mateo a Gerardo Déniz que nos facilitaron Olvido y Miguel). También hay que mencionar a Mariano Peyrou y Mercedes Cebrián, que, desde Madrid, se tornaron en asesores, traductores y colaboradores permanentes de Diario de Poesía.

Respecto a las colaboraciones desde el exterior, si bien hicimos uso intensivo del correo postal from the very beginning, sin duda un salto importante en el rango y la novedad de lo que publicábamos lo habilitaron Internet y el abaratamiento de las comunicaciones telefónicas internacionales: el dosier dedicado a Virgilio Piñera se elaboró entre 1998 y 1999 en buena parte vía email entre La Habana, Sao Paulo y Buenos Aires, más ocasionales consultas a Cabrera Infante en Londres y Juan Goytisolo en Argel. Uno podría decir que a medida que el Diario fue afianzando su especificidad decepcionó a muchos que esperaban otra cosa y entusiasmó a otros: las colaboraciones fluían, los poetas que más amábamos aceptaban publicar con nosotros, etc. Edgardo da cuenta en sus respuestas para Rialta Magazine de otras mutaciones que se fueron dando en el largo plazo, hasta llegar al cierre.

Muchas revistas generan con los años uno que otro volumen que compile parte de lo que publicaron en su momento. Por el contrario, fiel al gesto que la hizo estrenarse, Diario de Poesía celebró sus veinte años en Rosario y sus veinticinco años en Buenos Aires, con sendas expos curadas por Viviana Usubiaga, ora en el Parque España con el seminario “Ut pictura poiesis”, ora en la Fundación OSDE, en pos de reflexionar “sobre la poesía y sus diversas manifestaciones sonoras y visuales”. Una y otra vez hubo, junto a los ejemplares de marras, videos, carteles, manuscritos, libros, cartas, fotos y, en 2012, “¡Hasta […] un living […] para […] leer poesía y tomar café…!” ¿Qué dice esto de la concepción de poesía que animó la publicación y qué contenidos o autores de los que avivaron sus días son paradigmáticos de esa marca vinculante, holística, que abogaría por una creación “total”, híbrida, interconectada? ¿Es cierto, pues, que ni los hacedores del Diario ni los críticos han generado libro alguno que recopile nada de lo que allí se hizo?

Como sugerís, las expos curadas por Viviana Usubiaga fueron singularmente coherentes con el espíritu del Diario… Viviana pescó ese espíritu y lo puso en escena en un terreno para nosotros desconocido… Ella tomó un montón de papelitos, de fotos y recortes, y una colección de ejemplares del Diario e increíblemente hizo de eso un gran espectáculo… Por otra parte, gracias a María Teresa Gramuglio, que coordinó el seminario que mencionás, del cual participaron, entre otros brillantes ensayistas y escritores locales, Nora Catelli, José Emilio Burucúa y Jorge Schwartz, llegados a Rosario desde Barcelona, Buenos Aires y Sao Paulo con el generoso apoyo del Centro Cultural Parque de España, el evento fue un extraordinario aporte para el proyecto del Diario de Poesía… De hecho, el seminario volvió a las páginas del Diario como un dosier sobre poesía y pintura que es a mi juicio uno de los mejores que hayamos hecho. Sí, fue una suerte de milagro de creación, como vos la llamás, “holística, híbrida, interconectada”.

Por otra parte, a los festejos que mencionás habría que agregarle el de los diez años del Diario en 1996, “holístico” también a su manera. Fue en el Museo del Rock, que no es un museo sino un garaje devenido discoteca en San Telmo, el barrio viejo de Buenos Aires. Con trescientos invitados bailando (y bebiendo), la cosa empezó con un brindis a cargo de Beatriz Sarlo y un recital de Leónidas Lamborghini y terminó con una suerte de batalla campal en plena calle, con golpes de puño y carterazos (pero sin víctimas fatales; siempre que no contemos como tales a las gafas de Freidemberg). No se pudo descubrir con certeza cómo empezó la pelea, pero los indicios llevan a un vate enamorado, resentido porque su chica se besaba con un tercero; un insulto al intruso, un empujón, y el resto, alcohol mediante, previsible. Daniel García Helder vivía en esa misma calle y su esposa se había vuelto a casa antes de medianoche, porque tenían una hija chica; a eso de las tres la despertó el griterío. Medio dormida, pensó: “Otra vez una pelea de borrachos a la salida del Museo del Rock”. Sólo cuando se despejó cayó en la cuenta de que se trataba de los invitados al aniversario; como verás bastante “interconectados”, demasiado.

Por otra parte, Jamila, yo no me quejaría de la falta de una respuesta crítica al Diario; vos misma citás los trabajos de Mattoni, de Anahí Mallol…, y hay desde luego más, como por ejemplo el interesante análisis de Ana Porrúa sobre el objetivismo en su libro Caligrafia tonal… En cuanto a los hacedores del Diario, no nos ha faltado ocasión de expresar nuestros puntos de vista sobre aspectos parciales o más amplios del Diario: el capítulo dedicado a los noventa en el libro de Martín Prieto Breve historia de la literatura argentina, ponencias en congresos, ferias del libro o festivales, entrevistas… Mucho, la mayor parte de todo esto, está en ese cajón de sastre que es Internet…

Y hablando de reflexión crítica, el ensayo de Edgardo Dobry que da título a su libro Orfeo en el quiosco de diarios me sugiere una entrada diagonal en lo que fue nuestra aventura. A propósito de un poema de Apollinaire (“Lundi rue Christine”), Dobry analiza el modo en que el poeta “no opone a la actualidad periodística un reino espiritual superior, sino que le disputa su lugar con herramientas semejantes”. Allí Edgardo no toca para nada el tema del Diario de Poesía, pero al mostrar cómo la poesía del siglo XX replantea lo que Jauss llama “el sentido moderno de lo sublime”, nos habilita a pensar que si la poesía ha resignificado lo sublime, canibalizando lo contingente y callejero, bien podría ese producto callejero y contingente que es un periódico ser un vehículo de lo sublime poético. El asunto poesía y periodismo tenía y tiene tela para cortar y un interés particular para nosotros, que en ambos trajines estábamos. Tratamos de ahondar en él coordinando juntos, Dobry y yo, otro seminario en el Parque de España, con la participación de María Teresa Gramuglio, Osvaldo Aguirre, Pablo Makovsky y Alan Pauls; otra vez, el encuentro regresó al Diario como un dosier, el del número 71 de diciembre de 2005.

Volviendo a tu pregunta: sí existe una recopilación parcial de lo publicado en el Diario, los libros con sus entrevistas a poetas que en su momento publicaron Osvaldo Aguirre y Jorge Fondebrider. Lo que no hay es una antología que dé cuenta de la variedad y la extensión de “lo que allí se hizo”. Mientras Diario de Poesía existió no tenía sentido –y hubiera sido una distracción– antologar lo que era un trabajo en marcha. Como dice Lezama que dijo el Parmigianino cuando, mientras estaba pintando los frescos de la iglesia de la Steccata, lo llamaron a almorzar: “Esperen un poco. Quiero pintar un ángel más”. En cuanto al presente, una antología sería una especie de traición, por varias razones: una, porque el Diario fue, entre otras cosas, un conjunto de varios miles de páginas, y dudo de que una parte pudiera expresarlo salvo quizás como una especie de tráiler que me cuesta imaginar; otra, porque ese conjunto no fue, desde luego, un bloque, sino una cosa desplegada en el tiempo; por último, porque una antología sería una entrada “fácil” y siempre disponible a la aventura del Diario, y el Diario fue intrínsecamente “difícil” y contingente y urgente desde su mismo formato. De hecho, por su tamaño era y es bastante incómodo para guardar; como si cada número te dijera: “Leelo, toma notas y tiralo, o leelo solamente, o tiralo directamente, o pasáselo a un amigo, pero ni sueñes en guardarlo porque no vas a tener dónde. Es hoy, o nunca”.

En todo caso, ahora tenemos esta digitalización del Diario por Ahira, lograda merced al trabajo que el equipo dirigido por Sylvia Saítta se ha tomado indexando inteligentemente cerca de tres mil páginas, que equivalen a unos quince mil folios. Esta digitalización, al ser una publicación integral, sortea la primera objeción que yo mencionaba respecto de una antología; no se exime, lógicamente, de las otras dos. El asunto tiene para mí un regusto un poco melancólico, por lo que tiene de paso del mundo 3D al 0D o Infinito-D (numeritos que le cabrían a lo digital ya que vive en ninguna dimensión, o en todas). Digo 3D porque el Diario fue no sólo sus páginas, fue las arduas discusiones en la redacción y los bares adyacentes, la emoción de descubrir un poema que te volaba la cabeza y compartirlo, la adrenalina de cerrar una edición y verla colgada en la calle junto a las revistas de automovilismo, tatuajes o chismes de la farándula. Ahora, de una realidad vibrante ha pasado a ese pálido museo que es la nube. Pero mejor verlo positivamente, como un nuevo avatar de un movimiento que no cesa, y pensar que lo que ha perdido en dimensiones lo ganó en extensión, y lo que perdió de su naturaleza fungible lo ganó en disponibilidad para nuevos lectores. De hecho, muchos se han alegrado, y eso me alegra también a mí, como me alegra encontrar digitalizada en Rialta la colección completa de escandalar, la increíble revista neoyorquina de Octavio Armand, de la cual hasta ahora sólo había podido encontrar cinco o seis ejemplares en librerías de viejo diseminadas por el planeta Tierra. Ni tristeza ni culpa, entonces: “No ha estado en mi mano –dice Cervantes– hacer que el tiempo no pasara por mí”.

No quisiera dejar pasar el tema de la holística que plantea tu pregunta sin destacar que esta digitalización completa en Ahira y su índice tiene el mérito enorme de reproducir e indexar adecuadamente no sólo los textos, sino también la gráfica del Diario. El Diario, lo he comentado varias veces, nació gracias a Juan Pablo Renzi, un artista y diseñador fuera de serie al que le llevamos una idea y nos devolvió una revista; o sea, le llevamos la idea de unas cuantas secciones e hizo una maqueta tan sólida como flexible (aunque los términos pudieran sonar opuestos) que marcó con su espíritu a la vez serio y lúdico (otra oposición derrotada) la existencia del Diario de principio a fin. Fue la maqueta sobre la cual Renzi diseñó los primeros veintitrés números del Diario, pero también fue la que, por su solidez y flexibilidad, pudo tomar y adaptar Eduardo Stupía a su particular estilo (algo menos apolíneo que el de Renzi, o, por decirlo de otro modo, algo más salvaje). Eduardo había estado cerca del Diario desde el comienzo (¡en el número 1, como traductor de Allen Ginsberg!), pero poco a poco su rol fue tornándose central, no sólo como director de arte del periódico desde el número 24, sino también proponiendo temas y materiales, opinando, escribiendo.

Hubo en el Diario un temprano homenaje a Poesía Buenos Aires (1950-1960) y a la rosarina El Lagrimal Trifurca (1968-1976), junto a la afirmación de que otras inspiradoras fueron Revista (de poesía) (1984) y la italiana Alfabeta (1979-1988). ¿Qué marcas dejaron estos proyectos en la historia (de contenido o forma) de la que quiso difundir el género lírico desde la prensa plana, sin aplanarlo?

El dosier dedicado a Poesía Buenos Aires tuvo, visto en perspectiva, una doble función programática: por un lado, rescatar una tradición en la que nosotros queríamos insertarnos; por otro, una tradición con la que más bien queríamos romper; y podríamos hablar de una tercera función, que surge del cruce de las dos anteriores: la de afirmar que podíamos rescatar movimientos y poetas mayores que nosotros, aun sin estar de acuerdo con alguno o con muchos de sus presupuestos y sus poéticas. Un periodista británico de paso por Buenos Aires en el invierno de 1986, asesorado quién sabe por quién, al ver el número 1 del Diario en los kioscos y su publicidad callejera, su dosier dedicado a Juan L. Ortiz y poemas inéditos de Juan Gelman destacados en la tapa, se apresuró a pergeñar una nota para un periódico sensacionalista y de derechas español. Tan suelto de cuerpo, afirmaba allí que Diario de Poesía era un emprendimiento populista hijo de la guerrilla montonera, lo cual se demostraba por la presencia de los poemas de Gelman y el dosier dedicado a un “oscuro poeta provinciano”. Quién sabe qué provincianismo le encontraba a Juan L., qué montonerismo habrá pensado que profesábamos al dedicar el dosier del número 3 a Ezra Pound y el del 4 a Vladimir Nabokov: no lo sabemos, porque nunca se volvió a saber nada del sujeto (¿sería un seudónimo de un detractor local?). Desorientar un poco a quienes querían etiquetarnos nunca fue un objetivo, pero sí un efecto colateral de la continuidad de la revista: al no ser una antología, ni un manifiesto, sino un work in progress que tuvo la suerte de perdurar, fuimos dibujando algo por fortuna un tanto difícil de catalogar; no practicábamos un eclecticismo deliberado, sino una curiosidad alentada, entre otras cosas, por tener nosotros mismos diferentes gustos y una confianza muy grande, cada uno, en el gusto de los demás.

Con El Lagrimal Trifurca la cosa fue algo diferente, era una revista más cercana, con rasgos propios de un momento distinto al nuestro, pero con una continuidad más clara con nosotros: de hecho, Elvio Gandolfo había sido uno de los hacedores de El Lagrimal y fue un miembro fundador del Diario. En cuanto a Alfabeta, resultó muy inspiradora tanto por su formato tabloide como por su concepto: era una revista de filosofía y crítica cultural de alto vuelo que se vendía en las edicolas, los enormes kioscos de periódicos italianos. Tenía ensayos largos y noticias de actualidad, avisos, titulares atractivos y una gráfica impactante, lejos de la típica de las revistas culturales o universitarias. Alfabeta demostraba definitivamente que un tabloide vanguardista y exigente podía buscar un lugar en la calle usando simple y decididamente los recursos del periodismo; no del periodismo “literario” sino del periodismo tout court, dándoles una vuelta de tuerca.

A partir de lo elegido para publicar y traducir, de los premios y las controversias que signaron sus números –y a pesar de que un ensayista como Mattoni asegura que el “programa” de la revista se fue haciendo por el camino–, ¿qué poética se pudiera decir que privilegiaba o preconizaba entre líneas o a ojos vista el Diario? Independientemente de lo que la historia memoriza, ¿hubo allí alguna polémica más que o tan interesante como aquella sobre el neobarroco? ¿Cuál y por qué? ¿Cómo tales discusiones radiografían aquellos días? Más de treinta años después, personalmente y ya al margen de una revista que –por sólo mencionar el caso de Cuba– publicó sin ambages a poetas como Lezama, Vitier, Severo Sarduy, Octavio Armand, José Kozer, Carlos Augusto Alfonso o a los hacedores de Diáspora(s), ¿qué consideran del discurso neobarroco?

Siempre me asombra que la polémica acerca del neobarroco y la relación entre esa polémica y el supuesto “programa objetivista” del Diario hayan dado pie a tantos malentendidos. Esos malentendidos me parecen de algún modo parientes del proceso de “etiquetado veloz” que antes describí respecto del viajero británico y su nota en El Mundo de Madrid.

En primer lugar, me parece raro que no se pueda aceptar que alguien tenga una poética, que es un aparato más o menos provisional de ideas y preferencias, y le interese, quizás justamente por eso, lo mejor que se pueda producir desde una poética diferente. Fijate que aun en las ciencias duras, que se supone que operan con parámetros bastante más rígidos que unas simples premisas de trabajo, los científicos serios se mantienen especialmente alertas a no deformar sus resultados en función de sus preconceptos, a no despreciar las investigaciones de los demás porque no encajan con sus propias líneas de investigación; al contrario, los buenos científicos, justamente porque tienen posiciones y lo saben, desconfían razonablemente de ellas.

Bien, antes de seguir dejame tomar el asunto desde otro ángulo: cada ocho o diez años, con asombrosa regularidad, una nueva marea crítica viene a barrer la playa, buscando convencernos de que todo lo escrito en los veinte años anteriores es basura que merece ser llevada bien adentro de la mar, y allí hundida y dispersada. La cosa empieza decentemente, como cambio de foco, renovación del aparato crítico, curiosidad por nuevos paisajes verbales o humanos, discusión del canon; no es raro que termine como bandera de sectarios. O por decirlo de otro modo: no es raro que lo que empieza como persecución de los esquivos peces de lo nuevo por los creadores y los buenos críticos, termine como un puesto de venta de pescado académico no del todo fresco. El espectáculo sería divertido, si no fuera porque a menudo tiende a dejarnos, a los poetas y lectores de poesía latinoamericana, sin tradición, a la vez que sin la posibilidad de un cambio auténtico que necesariamente ha de apoyarse en una lectura no dogmática del pasado, en una recuperación creativa de sus aventuras.

En ese sentido, el breve ensayo de Daniel García Helder sobre el neobarroco en la Argentina debería ser visto como lo que es, el intento de romper una lanza y fijar algunos puntos de discusión sobre una tendencia que se había tornado para esos años hegemónica en “el ambiente”, al punto de que lo que no fuera informado por esa tendencia era automáticamente tachado de “coloquialista”: otra etiqueta harto equívoca, pues la poesía del sesenta y el setenta fue más bien militante y celebratoria de un cotidiano “progresista” que coloquial. Llegar al “habla que se habla” en poesía no es tan fácil: conseguir un habla que suene verdadera, que no suene “literatura”, que no repita las imágenes y las expresiones consagradas como poéticas, eso es un logro al que muchos grandes poetas han aspirado desde siempre, y conseguido con trabajo e imaginación, no poniendo en marcha un grabador y desgranando sus ideas o sus experiencias más inanes. Bien, si se lee sin prejuicios el ensayo de Daniel, se nota a la legua que él no niega el esplendor que el barroco moderno le devolvió a la lengua castellana: lo que niega es que sea la única chance posible de escribir poesía contemporánea, y hace notar algunos puntos en los cuales, a su juicio, el neobarroco replica algunos de los rasgos más manidos del modernismo. Esta no es una declaración de guerra; es una poética, no un programa de exclusión. Para decirlo en pocas palabras, la polémica del Diario con cierto cariz del neobarroco en Argentina, tanto con su estética como con su “acción en el campo” no nace con el ensayo de Helder, nace con la publicación en el número 1 de poemas inéditos de Perlongher junto a poemas de Víctor Redondo junto a poemas de Jorge Teillier junto con el dosier dedicado a Juanele, proclamando una diversidad en la excelencia que no estaba en el espíritu de aquellos tiempos. Voy a ilustrar esto con una anécdota que pinta de cuerpo entero lo que llamo “el espíritu de aquellos tiempos”: un día, en un recital, Helder leyó unos poemas de su libro, entonces inédito, El faro de Guereño. Te copio uno de ellos, “Rojo sobre el agua”:

Están esos ladrillos, atrás,
en el atardecer con luz de agosto,
que apilados por un hombre y una mujer,
o por un hombre, una mujer y sus hijos,
no provocan lo que el alma quisiera.
Y están esos otros puestos a secar
encima de un tablón, en hileras.
Si hubiese agua de lluvia en el lugar
de donde fueron excavados, no muy lejos,
habría esparcido sobre el agua
polvo de ladrillo.

Bien, el comentario de una poeta que estaba sentada al lado mío fue: “¡Qué bien hacen ustedes esto del coloquialismo!” Es asombroso, pues el poema claramente no se ajusta ni a lo que vulgarmente se llama coloquialismo ni a lo que antes esbocé como conquista de un habla coloquial (cosa que, dicho sea de paso, a veces logra admirablemente Perlongher). Este poema de Helder, por el contrario, tiene una articulación sintáctica compleja, que tras una apariencia un tanto seca (más que seca: astringente) cuela saltos verbales e imaginarios sorprendentes: por ejemplo, un polvo de ladrillo que habría esparcido en el agua que podría haber… ¡pero no hay! Si esto es realismo, es realismo gruyère, trufado de aire y trampantojos y alusiones literarias de diverso tipo (algunas de ellas Helder las cuenta como un mago que, contra lo establecido, revela sus secretos en un reportaje que le hizo Osvaldo Aguirre para el sitio Bazar americano. Quien pueda leer en este poema el esbozo de un nuevo alfabeto de la emoción, radicalmente diferente tanto de la poesía de los sesenta y los setenta como del manierismo de ciertos epígonos del neobarroco, que lo lea; quien no, pues no, tampoco es obligatorio. Empero, insisto en que el comentario que creía ver aquí “coloquialismo” pinta el clima de entonces, porque quien lo hizo era una mujer inteligente y buena poeta, de las mejores de su generación. Aquella necedad era propia de aquel tiempo, no particular de ella.

Dicho esto, creo que se entiende que nada del ensayo de Daniel ni de lo que escribíamos y pensábamos se choca con nuestro aprecio por Lezama o Rolando Sánchez Mejías, o el querido José Kozer, y por los demás barrocos y neobarrocos cubanos y no cubanos que publicamos a lo largo de los años. Por otra parte, si en vez de quedarnos en el barroco espectacular de Caravaggio se piensa en el barroco de Las meninas de Velázquez, con sus perspectivas inasibles y su rara quietud, entonces bien podríamos hallar un sesgo barroco en el propio poema de Helder. Es un poema que, incluyendo dicho flanco barroco, a mi entender define el objetivismo mejor que cualquier manifiesto (que por otra parte nunca existió); lo de objetivismo no remitía a la tarea químicamente imposible de transformar las cosas en versos, sino a poemas que tuvieran la evidencia, la contundencia y la impasibilidad de una cosa: una piedra, por caso, o la hoja de un árbol; la emoción, que no la evocara o proclamara el poema, sino que la creara allí mismo, en acto.

Analizando comparativamente poesía y traducción, en Xul y Diario, Anahí Diana Mallol plantea que en el trasfondo de las posiciones respecto al neobarroco y al objetivismo, así como ante los índices de traducibilidad entre lenguas y horizontes culturales, pululan contradicciones ideológicas y filosóficas, así como teorías psicoanalíticas, ¿cuáles son sus posiciones ante el arte de la traducción y cómo se erigió y ejerció, dentro del Diario, la política editorial en este que fue uno de sus campos clave?

Es difícil darte aquí una respuesta concisa –y, menos que menos, una medianamente abarcadora– a un tema tan vasto. Baste acordar contigo que sí, que la traducción fue un asunto de interés permanente para todos los integrantes del Diario, tanto desde el punto de vista de la actividad traductora –en la cual me gustaría destacar la talentosa e infatigable labor de Mirta Rosenberg– como de la reflexión. De hecho la traducción es, ya se sabe, una práctica que apunta al corazón del pensamiento contemporáneo sobre la poesía y el lenguaje. Permitime recordar que, entre muchos otros ensayos sueltos sobre el tema, dedicamos a la traducción un dosier en el número 10, de 1988 y diez años después un número completo, el 45. Dentro de este vasto material me gustaría recordar el trabajo de Paul de Man acerca de “La tarea del traductor” de Benjamin, traducido por Nora Catelli, y el anticipo de la deliciosa recopilación de textos sobre la traducción editado por la misma Catelli y Marietta Gargatagli, El tabaco que fumaba Plinio.

Publicar textos de Violeta Parra o Jim Morrison, redimensionando lo considerado como poesía –por un camino que conduce con naturalidad al reciente Nobel de Bob Dylan–, está entre lo que se subraya de Diario, ¿hubo en sus páginas textos creativos, informativos o críticos sobre fenómenos donde oralidad y sonoridad, espectáculo o performance complementan el carácter poético de la propuesta autoral, como el spoken word u otros?

Sí. Me viene al recuerdo un largo fragmento de la Ursonate de Kurt Schwitters que publicamos en 2003, una pieza extraordinaria tanto desde el punto de vista gráfico como sonoro y la “Conferencia sobre Nada” de John Cage, que es, como se sabe, a la vez una partitura que pide ser instrumentada y un texto teórico sobre la escritura y las posibilidades performáticas de la misma. No hubiera estado mal acompañar alguna vez el Diario con un DVD, pero estuvo fuera de nuestro alcance. Sí dimos la noticia de algunos festivales de poesía sonora o simplemente ciclos de recitales, que son a fin de cuentas un espacio en que la poesía se torna voz; a la sazón recuerdo ahora, con la ayuda del índice de Ahira, un encantador apunte de James Fenton en el cual sostiene que todo poeta que va a decir sus poemas en público debe tener al menos un par bien ensayados que pueda ejecutar con propiedad (se me ocurre que también podría tener ensayado algún poema para recitarlo muy mal, lo bastante mal como para que lo escuchen con atención; o mejor, empezar muy mal y levantar vuelo a la mitad; o al revés, empezar arriba y terminar desmayado, o abruptamente en mitad de un verso).

En un reportaje que le hicieron Diana Bellessi y Martín Prieto en un número muy temprano del Diario, María Elena Walsh precisa muy lúcidamente un punto importante sobre la relación música y poesía, afirmando la música propia de los poemas contra el supuesto “enriquecimiento” que aportaría la musicalización. (“Filosofía de locutores”, llama María Elena Walsh a esa idea del enriquecimiento; ella era, a la vez que dulcísima, bien filosa, y a la vez que filosa una de las mujeres más inteligentes y divertidas que he conocido: una vez se enojó un poco conmigo, o hizo como que se enojaba, porque le envié por correo un ejemplar que por alguna razón pensé que podía interesarle particularmente; me llamó por teléfono y me dijo: “¿Vos que te creés, que yo no compro el Diario cada vez que sale?”)

Al hilo del tema de la música y la voz, me gustaría señalar las reflexiones de Gabriel Ferrater sobre la rima, incluidas en el dosier Ferrater, y dos grandes trabajos, los dosieres sobre “Poesía y Jazz”, preparado por Jorge Fondebrider y “Música y poesía”, a cargo de Pablo Gianera.

Siendo uno de los textos del primer número fragmentos de las memorias parisinas de Kikí Montparnasse (atribuidas de suyo a Alejo Carpentier o Mariano Brull), ¿qué otros textos donde prime la dominante de lo apócrifo, lo biográfico o lo testimonial, entremezclado con lo ficcional”, dio a conocer Diario de Poesía? ¿Fue rara avis esta humorada o destaca una veta entre las indagaciones sobre lo creativo y por los paisajes de la imaginación que la revista promovió?

En cierto número del Diario el reportaje principal de página 3 es a un poeta inventado, del cual, para que no sea menos que nadie, se da también una foto y una veintena de poemas; pero callo cuál es el poeta ficticio y quién lo inventó: dejemos algún trabajo a los curiosos del futuro. Otro caso de fabulación es una colección de reseñas sobre libros inexistentes que escribió Guillermo Piro; se llamaba “El gran Tapón del Atlántico y otras recensiones”, y la cosa se completó con el diseño de las tapas de esos libros por Eduardo Stupía. Ahora bien, pensándolo un poco: ¿no es todo poema una mezcla de lo imaginario y lo real; de, como vos bonitamente lo llamás, “lo apócrifo y lo biográfico”?

Ya que hemos entrado en “lo cubano” en Diario de Poesía, donde se le dedicaron un par de dosieres en 1997 y 2001 (sendos números 44 y 58), y otras páginas abarcan tanto semblanzas de antologías como textos sueltos de varios escritores de la Isla (entre ellos, Virgilio Piñera, Fina, Antón Arrufat, Heberto Padilla, Reina María, Ángel Escobar, Antonio José Ponte, Damaris Calderón, Sigfredo Ariel, Emilio García Montiel, Alessandra Molina, Juan Carlos Flores, Omar Pérez, Víctor Fowler…), no rehuyamos el anecdotario: ¿qué recuerdan de los procesos de selección y rastreo que los llevaron a tales publicaciones, tanto los dosieres como en cualquier otro caso; cómo se vivió eso en contacto con los de la Isla y dentro del propio consejo editorial? Y en 2020, sumando aquello a lo que quizás han seguido conociendo, ¿qué poeta, texto o antología cubanos mencionarían, de ayer o del más vivo hoy?

Jamila, permíteme no complacerte en esto: , rehuyamos el anecdotario esta vez; no quisiera reducir o traducir a anécdota mis viajes a La Habana, en el 93, el 97, 2005, 2010, etc… De esos viajes, que duraron entre quince y cuarenta y cinco días cada uno, casi sin moverme de La Habana, guardo una memoria alucinada, como la de haber estado no en una isla sino en un sueño (tal vez no sean cosas tan distintas). Mi sueño incluye la azotea de Reina María, las conversaciones (y los momentos callados) compartidos con ella… Un encuentro con el chino Aguilera y otros integrantes de Diáspora(s) en la cocina de una casa de barrio transformada de golpe en un nuevo Club des Cordeliers… Extendidas caminatas con Ponte, bailar salsa en una terraza, quedarse pegado a la televisión mirando algunos “debates” en que los camaradas oradores se empeñaban en resultar, cada uno, más obtuso y servil que el anterior… Diciéndome “esto no puede ser, esto no sucede, esto está pasando en una película de Gutiérrez Alea y no en la realidad”… Y la vista de la ciudad desde el Morro, un súbito desliz al pasado, invisibles que han quedado desde arriba y desde lejos los edificios abatidos de Centro Habana y los pintaditos para el turismo en La Habana Vieja y los cerdos hozando en los jardines de las mansiones de El Vedado. Estas imágenes casi oníricas se resisten al relato, irradian algo que sólo, quizás, tal vez, un poema podría atrapar; como todavía espero escribirlo algún día, no me apetece contarlo.

Sí te puedo decir que las decenas de libros que me traje de mi primer viaje a La Habana los devoramos con García Helder y Freidemberg, encontrando allí tanta excelente poesía que costó armar una selección… Después, mantuvimos contacto permanente con los poetas de la Isla: el Ministerio de Relaciones Exteriores argentino nos hizo el obsequio de enviar a la embajada en La Habana un par de colecciones del Diario, dirigidas a Jorge Fornet, en Casa de las Américas, y a Reina María. Luego regularmente, de cada número que salía, treinta ejemplares salían para Habana, dirigidos de diez en diez a Jorge Yglesias, a Reina María y a Fornet; ellos se ocupaban de distribuirlos, de modo que llegaban a la biblioteca de Casa de las Américas, y a Arrufat, a Ismael González Castañer, a César López, y a muchos más, multiplicados porque cada cual que leía un ejemplar se lo pasaba a otros. De modo que en mi segundo viaje, en 1997, me encontré con poetas que se conocían el Diario de pe a pa, de seguro mejor que yo que siempre estaba pensando en el número siguiente. Artaud quería una poesía que tuviera la fuerza del hambre: en Cuba, la tenía (aparte de la presencia del hambre-hambre, que es otro tema).

También podría contarte, como me la contaron a mí, la sorpresa y conmoción con que Mirta Rosenberg y García Helder escucharon un día de 1999 o 2000 a Lorenzo García Vega en el Instituto de Cooperación Iberoamericana en Buenos Aires. El Instituto había invitado al poeta dominicano León Félix Batista a Buenos Aires y León Félix insistió en que viajara junto con él Lorenzo García Vega; la gente del Instituto no conocía a Lorenzo de nada, pese a lo cual accedieron a invitarlo. Bueno, Lorenzo leyó algo que era un poema y era una conferencia y era un cuento y era una memoria autobiográfica, o sea, era Lorenzo en estado puro: trataba de un recital que había dado en Venezuela, en el que compartía escenario con Gonzalo Rojas. A Lorenzo le tocaba leer después de Rojas. Y resultó que tras la lectura en que “el octogenario araucano, el Gran Poeta del Cono Sur” (Lorenzo dixit) levantó una ola de aplausos evocando en un largo poema una reciente experiencia erótica “en un cuarto espejado”, bueno, Lorenzo tuvo miedo; se sintió solo, se sintió inexpresivo… Por lo cual, cuando le tocó leer lo primero que hizo en escenario para conjurar el miedo fue un ejercicio de yoga (como dicen en los toros: ovación); luego leyó un poema en que los versos estaban separados con barras, y se le ocurrió, cada vez que llegaba a una barra, decir “palito”. “Palito” fue ritmando su lectura, tan lejana del Gran Poeta y la Gran Poesía y todas esas zarandajas, de modo tal que Lorenzo terminó cortando dos orejas y el rabo (la expresión es mía, no de Lorenzo). Igualmente, al contar aquel recital caraqueño con infinita más gracia que como lo cuento yo ahora, llevó en Buenos Aires a quienes lo escuchaban al éxtasis y publicamos en aquel mismo año los primeros textos de Lorenzo y un reportaje que le hizo Rafael Cippollini. Desde entonces, fue nuestro invitado permanente, con green card para todo lo que quisiera publicar con nosotros: poemas, fragmentos inéditos de Vilis, largos capítulos de El oficio de perder y Los años de Orígenes, por entonces inhallable, su alucinada y alucinante conferencia sobre Lezama Lima en un ciclo organizado por Edgardo en el Caixa-Forum de Madrid en 2009… Si hay que mencionar sólo a un cubano, que sea Lorenzo… si son dos, agreguemos a Ponte y a Reina María… ah, ya son tres… bueno, afortunadamente, no es necesario que sean sólo cuatro, tienen ustedes una densidad poética por metro cuadrado realmente admirable…

Entre los dosieres de literaturas foráneas que hicieron traducir y circular en el mundo hispanohablante –entrando por Argentina–, ¿cuáles pudieran haber tenido más influjo, ya en el campo de lo formal como en el hervidero de las ideas, en lo que se escribió o comenzó a gestar entre los lectores, traductores o colaboradores del Diario entonces? ¿Y en ustedes?

Yo podría hablarte de los dosieres a los que tengo particular cariño, como el de Velimir Khlebnikov, el de Montale, el de Perec (un espléndido trabajo de Fondebrider), el de Pasolini (a cargo de Jorge Ricardo Aulicino y Daniel Freidemberg)… los de Auden, Marianne Moore, Joseph Brodsky … o de las traducciones de ensayos y poemas inéditos en español de Wallace Stevens (un largo fragmento de “Kora en el infierno”, traducido por Edgardo Dobry y Michel Tregebov apareció en el número 78), D.H. Lawrence, Dorothy Parker, Levertov, Mark Strand, Anne Carson… Podría pensarse que cada una de estas traducciones apuntaba a un blanco, a proponer o reponer un asunto o un enfoque de la poesía que nos parecía desconocido en nuestro ámbito, o no lo bastante presente… Pero no fue del todo así, fue más intuitivo… Sin duda, esos trabajos nos sirvieron a nosotros para pensar, tal vez para crecer; lo que no puedo es evaluar qué influjo tuvieron entre los lectores. El juego continúa y probablemente haya por ahí algunas bombas que aún están por estallar… Pongamos por caso, el dosier Edward Lear: Lear no es desde luego un “descubrimiento” nuestro, es un clásico ineludible de la literatura victoriana, al que admiraron Chesterton y Lampedusa y Auden; empero, velado como Carroll por el equívoco y equivocado tag de literatura infantil, no ha terminado de reunir entre nosotros la atención que sus paisajes melancólicos, su ritmo anapéstico y sus rimas deliciosas merecen (con las notables excepciones de María Elena Walsh, que lo leyó bien, y de César Aira, que escribió un libro sobre él). Por una vez, confiemos en el futuro: tal vez algún día…

En el otro polo, pocos autores más célebres y emblemáticos de la modernidad que Joyce, y sin embargo nos pareció que mucho era poco: que se trata de un autor tan grande como los más grandes que han vivido en este planeta, como Homero o Dante. Bueno, cuando uno tiene un escritor así en su propio tiempo, hay que leerlo más y más, aprender todo lo que se pueda su revolucionaria lección, y ahí fuimos nosotros, publicando en diversos números varios escritos de y acerca de Joyce no traducidos hasta entonces al castellano y dedicando finalmente un dosier al Ulysses. No sé qué “influjo” haya podido tener… pero una mañana me crucé con Leónidas Lamborghini en un café y me agradeció la publicación de ese dosier como si le hubiera hecho un regalo personal. En todo caso, fue un regalo de Matías Serra Bradford, Mirta Rosenberg, Eduardo Stupía y muchos más… y mío también. A mí ese agradecimiento de Lamborghini me basta… toda otra repercusión viene por añadidura.

Y viceversa: si les fuera posible mensurar el impacto entre los receptores virtuales de Ahira de ciertos dosieres, columnas, autores o disquisiciones que pueden hallarse en Diario de Poesía, principalmente entre los que atañen a la literatura del continente pero no sólo, ¿cuáles creen que podrían ser los textos que más los interpelen, por su actualidad y pertinencia, en los tiempos que corren?

Otra vez, sólo puedo hablarte de mis preferencias: si yo tuviera que hacer de guía de lo latinoamericano en el Diario, llevaría a mis viajeros al reportaje a Enrique Lihn por Hernán Miranda que publicamos en 1988, el último año de vida del poeta, y a su poema “El Paseo Ahumada” que editamos íntegro, con los dibujos de Lihn incluidos en el número 29; al extraordinario dosier dedicado a Juana Bignozzi que prepararon Martín Prieto y Daniel García Helder; al de poesía concreta brasileña, a cargo de Ricardo Ibarlucía y Gonzalo Aguilar; a los dosieres Calveyra, Leónidas Lamborghini, Giannuzzi… Una presencia permanente y especial en el Diario fue la de Juan José Saer, más conocido en el ámbito latinoamericano por sus novelas, pero al leal saber y entender de la mayoría de nosotros un poeta extraordinario: él mismo se veía, creo yo, como un poeta asaltante en el banco de la prosa y un narrador embozado en el templo de la poesía. Allí está para probarlo (o rebatirlo, ustedes dirán) el reportaje que le hicieron Prieto y Fondebrider en nuestro temprano número 3, titulado “Juan José Saer: la poesía es el arte literario por excelencia”. Después y a lo largo de los años, siempre fue un lector, amigo y consejero: de unos meses antes de su fallecimiento es el reportaje que le hace Edgardo Dobry acerca de la poesía y el magisterio de Aldo Oliva, que Saer recuerda con agudeza y emoción. La entrevista fue acompañada de un texto de María Teresa Gramuglio sobre Saer y un poema de Saer dedicado a Oliva. Y este pack Saer-Oliva en el número 70 fue la antesala de lujo al dosier Aldo Oliva preparado por Osvaldo Aguirre para nuestro número 75, aniversario de los veinte años del Diario: redes que se tejen y entretejen, hilos que no conviene perder.

Insisto, te menciono algunos autores y dosieres entre muchos otros muy queridos, resumiendo a veces en un título o un nombre lo que fueron horas y días y meses de discusiones, investigación, selección, edición; y al mencionar a quien estuvo a cargo de un dosier no llego a insinuar a todos los otros integrantes o amigos del Diario que colaboraron decidida e indispensablemente con él. Empero, no estoy seguro de estar respondiendo a tu pregunta acerca de la interpelación a los tiempos que corren: bueno, más bien sí estoy seguro de no estar respondiendo; es que no lo sé. Si nos limitamos a la poesía argentina, a veces tengo la impresión de que contribuimos a darle un buen revolcón al canon implícito que andaba dando vueltas por ahí a mediados de los ochenta, en el cual Leónidas Lamborghini y Giannuzzi estaban en segundo plano y Padeletti, Oliva y Calveyra no figuraban ni a plácet; también es casi evidente que acompañamos “en vivo” el surgimiento de la que se llamó la generación del noventa. Desde luego, esos cambios y esa emergencia no eran un objetivo nuestro, ni son debidos sola o principalmente a nuestra acción, sino sobre todo el fruto de lo que escribieron e hicieron los propios poetas, y de la actividad de muchas otras publicaciones, revistas y editoriales chicas y medianas (y de vez en cuando alguna grande), en papel y luego digitales. Pero, otra vez, todavía más que pensar en nuestro impacto pasado o presente me gustaría pensar en el futuro: en la chance de que alguien fuera de Venezuela, o también en Venezuela, se encuentre a través de nuestras páginas con una poeta superlativa como María Auxiliadora Álvarez, que alguien vuele “al infinito y más allá” con la poesía y las traducciones de Mirta Rosenberg, o los poemas de Laura Crespi o Eduardo Ainbinder o Irina Garbatzky… Bueno, esta lista amenaza con confundirse con el propio índice del Diario… Paremos ya: muchos nombres y temas han sido mencionados y mis viajeros ya no podrán visitar tantas catedrales en un mes entero; eventualmente, se han aburrido ya de este cicerone. Lo mejor es dejarlos partir, al azar de sus propios descubrimientos, a la reedición digital de los 83 números del Diario en Ahira.

Conversación con Edgardo Dobry

Diario de Poesía fue, a lo largo de sus veinticinco años de existencia, varias revistas en una, pero creo que tuvo, básicamente, dos etapas. La primera va desde su fundación hasta el año 2001; y la segunda, desde entonces hasta el final, en 2013. Es decir, una parte siglo XX y otra siglo XXI. En lo que a mí respecta, si bien fui cercano a la revista casi desde su creación, mi participación fue orgánica en esta segunda etapa. Así que lo que viene a continuación tiene una parte como mero lector del Diario de Poesía desde su creación y otra que puede contener algo de valor testimonial, por así decir.

Desde mi punto de vista, Diario de Poesía impulsó, galvanizó y encarnó un cambio notorio en la estética dominante en el Río de la Plata, y este cambio emergió y se consolidó en los primeros años de existencia de la revista. Diario de Poesía empieza a salir en 1986, dos años y pico más tarde de que Argentina recuperara la democracia, y reunió a poetas nacidos hacia 1950 (Samoilovich, Rosenberg, Freidemberg, Ibarlucía) con otros diez o doce años más jóvenes (Helder, Prieto). Los unió, creo, un gusto por una poesía menos “mental” y abstracta de la que predominaba por entonces, más atenta al mundo exterior, a la manifestación material de las cosas, a la mirada; por eso iba a ser llamada más tarde “objetivista” o “materialista”.

La mejor argumentación de ese cambio la da Daniel García Helder en un brillante ensayo breve que se publica en el número 4 de Diario, “El neobarroco en argentina”: bajo la apariencia de un informe o resumen acerca de la trayectoria y los nombres importantes de esa tendencia, Helder escribe, en verdad, la poética de una parte sustancial de su generación (que es la mía) y los que vendrán después, es decir los que empezarán a publicar libros en los noventa y la primera década del XXI. Dice:

El gusto por lo frívolo, exótico, recargado, la ornamentación, las descripciones exuberantes o de la exuberancia, el cromatismo, las transcripciones pictóricas, las citas y alusiones culteranas, etcétera, son rasgos neobarrocos. […] Inversamente, todavía nos preocupa imaginar una poesía sin heroísmos del lenguaje, pero arriesgada en su tarea de lograr algún tipo de belleza mediante la precisión, lo breve –o bien lo necesariamente extenso–, la fácil o difícil claridad […]. Todo lo que acabo de exponer opone al deseo de provocar veneración, y al axioma “maquillarse para seducir” de Sarduy, el deseo, no por más humilde menos pretencioso, de emocionar, emocionar sin exaltar ni enternecer, es decir procurar para uno mismo y para el lector una percepción emotiva del mundo.

Ese artículo de Helder, cuya lectura recomiendo, traza las pautas en las que se pueden incluir poetas bien distintos entre sí pero que tienen en común esa tendencia a lo que denominaría una poesía de la mirada, de lo visible. Ahora bien, dentro de esa línea, como digo, hay manifestaciones diferentes, que no siempre se pueden ceñir al “coloquialismo”. En la tapa del primer número de Diario sale Juan L. Ortiz, el gran poeta del litoral fluvial argentino, el (por así decir) patriarca del que derivan Juan José Saer, Hugo Gola y, de modo un poco más indirecto, los rosarinos (Helder, Prieto, una tradición en la que me reconozco y a la que, a mi modesta manera, pertenezco). Si uno lee un poema de Helder o de Prieto, ve de inmediato que hay ahí un cuidado en la composición, en la sintaxis, que poco tienen que ver con el prosaísmo programático que practicaron años más tarde poetas como Fabián Casas o Cucurto, o una dicción más directamente política como en Gambarotta o Alejandro Rubio. También Mirta Rosenberg (rosarina) y Daniel Samoilovich se apartan de la línea coloquialista: la poesía de Rosenberg tiene un aire clásico, formalmente muy cuidado; en Samoilovich hay casi siempre algo visto, una casuarina, una tortuga, incluso un cuadro, y a partir de ahí el poema toma vuelo.

No es casualidad, creo, que el Diario haya publicado mucha poesía anglosajona, particularmente estadounidense, y buena parte de ella traducida precisamente por Rosenberg y Samoilovich. Porque la poesía estadounidense tiene esa atención al fenómeno, a la cosa que se manifiesta a los sentidos, a eso que William Carlos Williams llamó, en Paterson, “no ideas but in things”, y que, creo, es una premisa que sobrevuela buena parte de lo que sale en Diario. Ese es otro giro importante: del tradicional afrancesamiento de la poesía latinoamericana –notorio en el neobarroco, que se nutre tanto de Lezama Lima como de Deleuze, Barthes y Lacan, a través del Sarduy parisino, que es todo Sarduy– se pasa a una atención principal hacia la poesía estadounidense. Que no carece de pensamiento pero en la que el pensamiento es una emanación de la cosa vista, percibida.

Diría entonces que Diario de Poesía tuvo una importancia grande en un giro pronunciado que tiene la poesía argentina entre mediados de los ochenta y los años noventa. Los dosieres y los poetas que se publican en la revista revisan el canon argentino y latinoamericano y ponen o reponen nombres no consagrados hasta entonces u olvidados en aquel momento: el ya mencionado Juan L. Ortiz, pero también (hago una lista necesariamente heterogénea) González Tuñón, Juana Bignozzi, Joaquín Giannuzzi, Ezra Pound, Virgilio Piñera, Joseph Brodsky, Auden, Carver… Y también los dosieres de nueva poesía chilena, venezolana, brasileña, cubana… Ahí está otra vertiente importante del Diario: armar una red de poéticas continentales nuevas, ajenas o posteriores a la gran red que había armado el neobarroco. Fue, creo, el último atlas de la poesía latinoamericana en papel, anterior a la irrupción de la malla digital universal, mucho más abarcadora pero a la vez invertebrada y descategorizada.

Como decía, esta primera etapa de Diario de Poesía dura hasta 2001, aproximadamente, cuando una parte del staff original la abandona; por distintos motivos, y de manera escalonada, se van Freidemberg, Prieto, Helder. Podía parecer entonces, imagino, que una revista que sigue saliendo regularmente quince años más tarde de su fundación, y que va por su número 60, empezaba a convertirse en una institución; también, que su función histórica estaba cumplida y que seguir adelante hubiera sido repetirse. Sin embargo, hay que considerar que Diario de Poesía fue siempre una revista completamente independiente, que vivió de sus ventas en quioscos y librerías, y si eso ya es difícil en cualquier país del mundo, imaginate en Argentina. Ese momento, el 2001, con el corralito y la gran crisis institucional y económica que se desató entonces, cuando todo el mundo estaba demasiado preocupado por la subsistencia como para poner tiempo y esfuerzo en seguir sacando una revista, hubiera sido un escollo insuperable para muchas publicaciones. Pero los que quedaron –Samoilovich, Rosenberg, Ibarlucía– querían seguir, y para eso abrieron la puerta a gente nueva, y ahí fue cuando yo estuve más presente en Diario. También hay un elemento importante en lo que respecta a esta incorporación más activa por mi parte: para entonces ya existía el email, y eso permitía que una persona radicada en Barcelona participara activamente en una publicación hecha en Buenos Aires, además, obviamente, de las reuniones presenciales que teníamos cuando viajaba a Argentina, una o dos veces al año.

Creo que en esa segunda etapa el Diario de Poesía se desentendió un poco del papel de canonizador o canalizador de las tendencias y los nombres dominantes en la poesía argentina o rioplatense; o quizás, más que desentenderse, era un trabajo que ya estaba hecho y consolidado. En todo caso, creo que se volvió más una revista de intercambio de esa escena con fenómenos diversos, algunos de ellos transversales o transdisciplinarios. Quiero decir, por ejemplo, de un lado el dosier que le dedicamos al poeta catalán Gabriel Ferrater, un tipo interesantísimo, desde mi punto de vista quizás el poeta español más importante de la segunda mitad del siglo XX, pero completamente desconocido en América Latina; y, casi, también en España, fuera del ámbito de la lengua catalana. O los dosieres sobre poesía y periodismo y sobre poesía y pintura, que surgieron de sendas jornadas que organizamos en el Centro Cultural Parque España de Rosario. O el dosier de poesía y música que prepararon Samoilovich y Pablo Gianera, otra personalidad importante de esos últimos años, como también lo fue Matías Serra Bradford.

Es el momento en que tienen también una fuerte presencia poetas, por así decir, desplazados: Lorenzo García Vega aparece varias veces (y, creo, él mismo reconoció que fue gracias a Diario de Poesía que tuvo, desde entonces, aunque fuera tardíamente, un mayor reconocimiento y circulación en América Latina y en España) o el argentino radicado en París Arnaldo Calveyra; además de dosieres de poesía cubana, venezolana, brasileña, española… También tuvo una labor importante Eduardo Stupía, no sólo en la relevancia que el Diario siempre dio a la parte gráfica, sino en la atención a fenómenos que relacionaban la poesía con el arte, como, por poner un ejemplo, los poemas de Joseph Cornell que aparecen en el número 81. O el trabajo muy interesante de Osvaldo Aguirre con sus largas entrevistas, una en cada número, a poetas argentinos de generaciones diversas. O el dosier que hicimos sobre Aldo Oliva, un poeta rosarino raro y a la vez central a esa estirpe de la que hablaba antes, porque fue también persona muy cercana a Juan José Saer (inserto aquí una pequeña anécdota personal: la primera vez que vi a Saer fue por una carta que me había dado Oliva –que fue profesor mío en la Facultad de Letras de Rosario y uno de los primeros lectores de mis torpes garabatos– para él: parece, ahora, sacado de una novela del siglo XIX, pero a finales de los ochenta todavía un viajero argentino llevaba cartas a los amigos de París, que funcionaban, también, como presentación y recomendación del joven que las llevaba).

Es decir, un abanico que, creo, tenía su coherencia y su rigor, pero dentro de una cierta heterogeneidad, de una diversidad de intereses. Por último: el Diario de Poesía no tuvo un final “oficial”. En 2013 se hizo una exposición en Buenos Aires con motivo de los veinticinco años. Para entonces, la revista había perdido la regularidad trimestral, publicaba dos números al año. Tengo la impresión de que todos empezamos a tener la sensación de que el sentido de la revista se agotaba. Además de las cuestiones prácticas, porque uno puede tener ideas o materiales muy buenos, pero una revista en papel no es un contenedor informe en el que se vuelcan toda clase de cosas. Había que diagramar, maquetar, corregir, hacer sumarios, poner créditos de fotos, repartir y escribir las reseñas, y hubo un momento en que se volvió demasiado complicado de coordinar. Durante años la gente pensó que el Diario seguía saliendo y que en cualquier momento aparecería un número nuevo, pero hubo como un consenso implícito de que esa celebración de 2013 era, también, un momento para reflexionar acerca de la continuidad de la revista.

Ahora el Diario de Poesía está disponible, completo, gracias al enorme trabajo de Sylvia Saítta y su equipo; toda la labor que viene realizando el proyecto Ahira, de digitalización de revistas argentinas, es literalmente extraordinario, es de una riqueza invalorable: tener esas publicaciones completas, bien escaneadas, cuidadosamente indexadas, es un tesoro ya no digamos para los investigadores sino para cualquier lector interesado. Conservan todo el espíritu de las revistas, tan importantes en Argentina y en América Latina para marcar los tiempos y los ejes del ámbito intelectual y literario, y a la vez permiten una accesibilidad universal que sirve para que no se pierdan en el desgaste material y en el carácter a veces lacunario de las hemerotecas. Bueno, al ojear ahora ese archivo de Diario pensaba en cuántos libros se incubaron en esas páginas: cuántos poetas usaron las páginas de Diario como banco de pruebas para hacer pasar sus versos por el examen de la puesta en página. No sólo poesía original sino también traducciones. Y no sólo poesía: en las columnas de los colaboradores está el germen de desarrollos ulteriores que, en algunos casos, también llegaron a desarrollos posteriores más extensos. En mi caso, varios artículos aparecidos a partir de 2003 pasaron después, revisados y más desarrollados, a Orfeo en el quiosco de diarios. Y (es menos evidente, y por eso lo menciono) una columna titulada “El cazador y la presa”, que salió en el número 67 (julio de 2004) es el germen de un libro que escribí y publiqué más de diez años más tarde, Historia universal de Don Juan.

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JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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