‘El vendedor de periódicos’, Antonia Eiriz, 1964
‘El vendedor de periódicos’, Antonia Eiriz, 1964

Aún es noche cerrada y ya Antonia Eiriz se alista para otra de sus frecuentes caminatas por Juanelo. Un momento antes, la creadora ha visto al propio Cristo transitar el sendero en penumbras que recorre la humilde barriada. Sabe que justo en ese intervalo en que la oscuridad es más densa, poco antes de que aparezca el sol, pueden encontrarse en el trayecto a aquellos seres tristes que constantemente ella intenta consolar con la sensibilidad de su arte.

Ñica los dibuja sin necesidad de luz; sus manos los conocen de memoria. Es en esas sombras negras y replegadas sobre sí mismas en las que se inspira: almas transidas que soportan el dolor y estigma de no existir en la claridad de la mañana, pensamientos expulsados del recuerdo colectivo y condenados al olvido. La artista los inmortaliza con sus manos sanadoras, les devuelve la paz en la esperanza de habitar sus papeles, sus lienzos.

Observa que a través de las persianas entreabiertas del cuartucho de su vecina, la costurera, destella la tenue luz de una bombilla. La afanosa artesana crea en la quietud que precede al día. Ñica, afortunada voyeur, asoma sus ojos a través de un resquicio para admirar por enésima vez su trabajo callado y anónimo, cuando, para su sorpresa, asiste al milagro de la entrada de un ángel, quien susurra un mensaje al oído de la mujer sedente, provocando en ella un terror manifiesto.

‘Cristo saliendo de Juanelo’, Antonia Eiriz, 1966
‘Cristo saliendo de Juanelo’, Antonia Eiriz, 1966

El grito de sorpresa de Antonia quiebra el silencio de la madrugada:

—Atrévete a decirme, mensajero, ¿qué le anuncias? ¡También yo quiero ser parte de su espanto!

 

Pero la visión se desvanece sin siquiera echar una mirada a la intrusa, ni apiadarse del estado calamitoso de la depositaria de su mensaje, desvanecida sobre el respaldar de su silla.

Entonces la artista se echa a caminar a toda prisa, a pesar de su paso doloroso. Necesita respuestas, le es imprescindible buscar a aquel que porta las últimas noticias, el único, quizá, que puede esclarecer sus dudas. Al doblar la esquina del curioso edificio de los desiguales, los inquilinos de arriba asoman sus rostros regordetes y miran con asombro a la alborotadora que ha frustrado su noche. Ella está segura de que han escuchado su grito, pero también sabe que nada harán para ayudarla. Los vecinos de abajo, en cambio, aún no logran desembarazarse del sopor que les ocasiona el poco oxígeno y el hacinamiento en su claustrofóbica habitación. Nada oyen, nada ven, nada entienden desde su dificultosa perspectiva. Para ellos, en Juanelo, no ocurren milagros.

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Un gemido apagado la guía hasta los arbustos cercanos. Reconoce con pavor, entre los hierbajos, el sombrero de picos y el traje de bufón con que se viste siempre su compañero de charlas, su amigo más querido, el que siempre dice las verdades incómodas: Salomón, el pensador, está tirado, casi sin vida, a un lado del camino, como un trasto inútil. Ñica se cubre el rostro con las manos por un instante y después lo abraza con fuerza:

—Volveré por ti, lo juro

Al fin, al terminar la calle, debajo del único farol de la barriada, encuentra a quien constituye su última esperanza: el vendedor de periódicos. En su carretilla de lisiado suele llevar las buenas y las malas nuevas, que huelen aún a tinta fresca. Antonia busca entre las publicaciones, se aferra a una primera, una segunda, una tercera, como si en esto le fuera la vida. Las hojea y luego las desecha con frenesí, al no encontrar en ellas ni un indicio del mensaje terrible, ni un aviso de socorro para salvar al Salomón maltrecho, ni una palabra de consuelo para los espectros atormentados del camino de Juanelo. La verdad existe –comprende ahora– solo en la medida en que no nos permitimos fracasar como testigos.

Y en un arrebato de entusiasmo decide comprar al vendedor de periódicos toda su mercancía.

—Quédate conmigo –le dice al anciano, más que humano, triste despojo– te prometo que nunca te olvidarán si lo haces…

Lo arrastra con su cargamento de vuelta a casa y comienza a cortar cada hoja de papel en tiras, como piezas de un puzle caótico, las sumerge en cola y agua, las amasa con toda su energía. El blanco y el negro de los pomposos titulares, las parrafadas de las victorias, los desastres y los informes mortuorios se funden poco a poco en una pulpa grisácea, cada vez más uniforme y espesa. Y con este material que emana de su angustia, comienza a esculpir una imagen quimérica, pero creíble, como la soledad y la vergüenza; auténtica, como el miedo.

ʻLa anunciaciónʼ detalle Antonia Eiriz 1968 ok | Rialta
ʻLa anunciaciónʼ (detalle), Antonia Eiriz, 1968

El vendedor de periódicos, que sin atreverse a entrar ha quedado sentado en su carretilla ante la puerta, ve nacer, asombrado, la primera figura de papier maché de Ñica y del rostro marchito del viejo nace una sonrisa, justo en el momento en que la noche concluye. Los primeros tintes rosas y azules del cielo emergen sobre las cabezas de todos los vecinos de Juanelo

Amanece.

Antonia toma en la mano sus pinceles.

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Beatriz Gago Rodríguez (La Habana, 1958). Ha realizado estudios de postgrado en Curaduría, Arte Contemporáneo y Antropología Social y Cultural en varias instituciones de La Habana. Ha trabajado durante los últimos quince años para las fundaciones Arte Cubano (2007-2014) y Mariano Rodríguez (2014-2022), como investigadora, ensayista y editora, dedicada a temas de la vanguardia histórica. Es cofundadora de la publicación digital independiente El Correo del Archivo (2012-2014). Entre sus trabajos recientes se encuentran la compilación GPC: Evolución de la vanguardia en la Crítica de Guy Pérez-Cisneros (2015), el libro Más que diez concretos (2016) y la Cronología de arte cubano que acompaña al libro Adiós Utopía (2017), publicado por CIFO Foundation, Florida.

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