Cartel Juan Padrón (1947-2020), diseño Pilar Fernández Melo

Siempre me han llamado la atención las coincidencias. Me hacen pensar en que existe un plan maestro, una suerte de sintaxis divina que aún no logramos del todo comprender. Por ejemplo, que Miguel de Cervantes y William Shakespeare, pilares de dos de las tradiciones literarias más influyentes de la época moderna, hayan fallecido el mismo día 23 de abril de 1616 se me antoja una especie de pista, un mensaje en clave de algo –o alguien– más allá; aunque también pudiera tratarse simplemente de la broma macabra de un dios con un sentido del humor muy enfermizo.

Lo mismo me sucede ahora, con la despedida de Juan Padrón y Albert Uderzo el mismo día, 24 de marzo de 2020. Guárdese la efeméride, pues la primavera parece ser una pieza clave del puzle, algo así como unos idus de marzo para los creadores, y tal vez un domingo de estos alguien nos resucite.

La coincidencia va más allá de la fecha, pues tanto Padrón como Uderzo fueron creadores de personajes de cómics que no sólo han marcado a generaciones, sino que se han convertido en símbolos de la idiosincrasia de un país. Tanto uno como otro –y me refiero a los personajes, el mambí Elpidio Valdés y el galo Astérix– representan la resistencia de una nación ante la expansión colonial, por más que, al menos en el caso de Astérix, se trate de una reescritura en clave fantástica de una causa perdida.

Aunque quizás esto no sea tal coincidencia. El chauvinismo siempre ha estado en la raíz de toda idiosincrasia nacional, y cualquier personaje que resuma los ideales heroicos de todo un pueblo y sea capaz de realizar proezas dignas de una epopeya –por oposición a la estupidez, la mezquindad y la pusilanimidad del enemigo– está llamado a convertirse en el héroe por antonomasia. En esto, tanto Elpidio como Astérix se destacan excepcionalmente (si vamos a ser chauvinistas, seamos más chauvinistas que nadie).

El caso de Elpidio, sin embargo, es más peligroso porque no sólo alimenta una suerte de chauvinismo sano –si es que tal cosa existe–, sino que sirve de vehículo a la propaganda estatal partidista (qué niño cubano no aprendió, gracias a Elpidio, a odiar a los españoles, aun cuando sus propios abuelos o bisabuelos fueran de esa nacionalidad; pobre infancia perdida intentando justificar enemigos de artificio). Elpidio Valdés no es sólo el arquetipo del cubano: es el “hombre nuevo” avant la lettre.

Juan Padrón, por su parte, era el típico “jodedor” cubano, esa especie de bufón tolerado por un sistema ideológico carente de sentido (del humor), y quizás por ello se le perdonen sus deslices y exageraciones. En cualquier caso, a diferencia de su hermano Ernesto y de otros historietistas de su generación, coló realmente pocos mensajes políticos en su obra, más allá del estereotipo del “bueno” latinoamericano versus el “malo” europeo o norteamericano.

En ese sentido, el chauvinismo de Astérix es mucho más inocuo. Sabemos que los galos fueron totalmente conquistados y domados por Roma, y en cualquier caso los franceses modernos ni siquiera descienden enteramente del pueblo de Vercingétorix. Más aún, los galos en esta especie de ucronía no son precisamente un estereotipo positivo –son torpes y camorreros, tal como los describía Rimbaud, por no hablar de César–, y en general la historieta de Albert Uderzo y René Goscinny abusa de los estereotipos –supuestamente antiguos, aunque en realidad son muy contemporáneos– para terminar burlándose de todos los estereotipos. (La broma maestra es que el héroe francés por antonomasia haya sido creado por un corso y un judío polaco; algo así como que el superhéroe norteamericano por excelencia haya sido creado por dos judíos, Jerry Siegel y Joe Shuster, el segundo para colmo canadiense.)

Pero volvamos a Padrón. Hay que reconocer que no sólo será recordado por su Elpidio, por más que esta sea su obra cumbre. Sus “vampiros” y sus “verdugos” merecen un lugar en el panteón del exiguo cómic nacional, y su Vampiros en La Habana incluso se ha ganado el puesto en la historia del cine cubano (no así la secuela, que hubiera sido mejor que no llegara a ver la luz por aquello de no mancillar la genialidad del filme original). Si todo esto no es suficiente para dedicarle al menos una tarja, no sé qué lo fuera.

Lo cierto es que –y ahora me voy a poner más personal–, por más que algunos por ahí anden diciendo que se les ha muerto la infancia, a mí su pérdida no me ha parecido tan lamentable. Tal vez sea que mi infancia murió hace mucho tiempo, o que realmente Padrón llevaba varias décadas difunto. Y no es por hablar mal de los muertos, pero ninguna de sus creaciones logró superar la caída del muro de Berlín. Los episodios más recientes de Elpidio Valdés, aparte de escasos paquetes verdaderamente apreciables de principios de la década del noventa, no han sido más que refritos de historietas y episodios anteriores, cada vez con menos gracia y menos atractivo estético (que conste que la “estética” nunca fue el fuerte de las creaciones de Padrón; pero es que sus muñequitos de fin de siglo y principios de milenio sólo son comparables, en su mala factura, con aquellos “fruitis” españoles). Sus largometrajes animados no corrieron mejor suerte. En el caso de Elpidio, al parecer el personaje no sobrevivió al “fin de la historia” y a la presión estatal por amistarse con su antigua némesis. En cualquier caso, en el mundo de hoy, en que burlarse de los estereotipos no es políticamente correcto, los personajes de Padrón perderían toda su vis cómica. (Tengo que confesar que la última vez que vi Vampiros en La Habana me reí menos que un ruso viéndola con doblaje en el Moscú de 1987.)

En fin, que me duele más la muerte de Juan Giménez, el historietista argentino creador, junto a Alejandro Jodorowsky, de la saga La casta de los Metabarones, ese spin-off de la trilogía de El Incal que Jodorowsky hiciera con el excelente Moebius. Me duele más porque Giménez seguía productivo, porque su imaginario visual me es más cercano que el de Padrón y porque se lo llevó el coronavirus, que ahora mismo a todos nos tiene tan jodidos.

Ni Astérix ni Elpidio son personajes que extrañe (tal vez extrañe más a Lucky Luke, otro de Goscinny), y mi infancia no ha muerto con la muerte de sus creadores. Tal como dije antes, mi infancia murió hace mucho tiempo. Tal vez me la mataron los mismos que intentaban inocularme su propaganda política en los muñequitos, pero esos también están muertos, así que estamos en paz.

Descansa tú también en paz, Juan Padrón, junto a Albert Uderzo y a Giménez. Al menos dejaste algo con lo que recordarte sonriendo.

Nueva York, 7 de abril de 2020

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