‘Shields Lighthouse’, J. M. W. Turner, c. 1825 (MUSEUM OF FINE ARTS BOSTON)

Mira cómo camina por el puente
de suspiros en su –por fin– cansancio
cuando la campana de las oficinas da las cinco
y el río corre como sólo un río puede correr.
Lo escuchamos –tú y yo–
en sus enigmáticos rincones secretos;
el “¿cómo andamos?” y “¿cómo andamos?”.
El día a día que habla
su casi nada como de paso;
enemigo de todos nuestros acosadores de la verdad,
hace su propia despedida y baja su vista;
el que está en la hoja del tulipán muerto
que nunca necesita confesión.

Estos pensamientos ociosos pueden taponear el silencio
e inculcarse en ese pequeño espacio
entre las cavidades del pensamiento
(evita todo pensamiento de eso, siempre de eso);
pueden desalojar la luz contra su mejor juicio
como un freno que se pavonea de su propia derrota
en una especie de alegría, dispuesto a cruzar
de una vez por todas la lenta retirada de aguas caudalosas.
Entonces, hallándonos aquí, podemos decir que los amores pasados
ya no necesitan de las lágrimas de los recuerdos
de solteronas de una antigua danza en
la breve ternura de una piel febril;
sólo la oración de la vela solitaria
en una mano rugosa.

El él, el neutro, el tiempo verbal a-pasivo
y neuronal que grazna
su deseo contra su pico duro, romo
desgarra la carne del ojo y del oído
antes de que pueda volverse hacia otro,
siempre otro que canta
y tacha las penalidades del tiempo
que amamos y perdemos.

*   *   *

Los campos y los árboles, el cielo,
nos rodean en este anochecer;
este y no otro.
La ruina profunda del carmín
parte el aire y lo expone
en las cuencas de su cráneo.
Las estrellas no emiten luz alguna
disminuidas por millones
en medio del lamento de tanta pérdida.
Incluso los hijos de reyes vienen aquí
y lanzan sus coronas contra
la espuma y ríen su risa
y lo que su risa sabe se dispersa
mientras lo arrojan a las aguas cubiertas de gaviotas.

Justo aquí,
en el borde de todo pensamiento;
justo aquí, los campos y los árboles, el cielo,
el declive y el encorvamiento de nuestro anhelo por el sol,
la materialidad y el color de la luz,
se consumen en una síntesis de maleza y hierba cana.
Justo aquí, la zona recurrente alrededor de la jaula
de tiempo y cielo y tierra fusiona
su nostalgia al entrar en contacto con el viento y la lluvia,
y aquí,
justo aquí, se rinde a la garra espiral
del anochecer, ya que sabe que la ocasión de la calidez
regresa sólo para los otros.

Entonces –mientras los pescadores bogan desde la orilla
con remos dorados contra la penumbra
malva de las olas,
más allá del eco sordo de una boya–
un pájaro, un cisne quizás, ungido
en la blancura de su vuelo
enciende con el batir de sus alas la nieve que cae
en una especie de ángel que avanza volando
en el anhelo de una media nube,
aquí, en el anhelo de la mente inmóvil,
en el lejano oriente y en el fin del mundo;
el fin del mundo para todos nosotros en finis-terre.


* Traducción al español de Juan Manuel Tabío.

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DAVID POLLARD
David Pollard (Londres, 1942). Escritor y profesor universitario. Es autor de un influyente estudio sobre la literatura y el pensamiento del poeta romántico inglés John Keats. Ha enseñado en las universidades de Sussex y Essex, y en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Ha publicado siete cuadernos de poesía, entre los cuales figura el volumen Finis-terrre, prologado por el filósofo norteamericano Jason M. Wirth. Actualmente, divide su tiempo entre Hove, en el sur de Inglaterra, y Beluso, en Galicia.
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