Miembros del Movimiento San Isidro en las afueras de su sede en La Habana Vieja

¿Qué oposición podría ofrecer el ámbito de los excluidos y abyectos a la hegemonía simbólica que obligara a rearticular radicalmente aquello que determina qué cuerpos importan, qué estilos de vida se consideran “vida”, qué vidas vale la pena proteger, qué vidas vale la pena salvar, qué vidas merecen que se llore su pérdida?

Judith Butler

 

¿Qué cuerpos importan? Esta pregunta retoma la enunciación lanzada por Judith Butler para pensar los cuerpos que importan o dejan de importar en los marcos de guerra y en las políticas discriminatorias hacia quienes no caben en el binarismo de género. Esta pregunta sobre qué cuerpos importan se extiende a muchos escenarios de la lucha política hoy en día, donde poner el cuerpo para posicionarse es exponer la propia vida.

Las desapariciones pueden suceder de muchas maneras, particularmente cuando borramos o negamos al otro, a la otra. Anular a quienes no piensan como impone un régimen, reducir a “nada” o a “eres nadie” a quien piensa diferente, es una práctica de los regímenes totalitarios para producir el control en las y los ciudadanos de un país como Cuba.

No existes, no te escucho, no te veo, eres “nadie”, rompo tu puerta, te saco a la fuerza bajo una desmedida violencia, sobre todo cuando se trata de personas que viven en una precaria situación por huelga de hambre y sed prolongada. Te llevo quién sabe adónde, mientras para las personas que intentan localizarte eres un o una desaparecida, al menos momentáneamente. Te suelto y te encierro en tu casa, te pongo un policía para que te vigile y te aprese en caso de que quieras salir. O simplemente, no te dejo regresar a ella porque tu casa no es tuya, le pertenece al Estado que la violó impunemente, y tú no puedes regresar a ella, y no te niegues a aceptar esta condición de despojo. Serás un errante, un habitante de la calle, un hombre o una mujer sin derechos, en el sentido más absoluto. ¿Qué cuerpos son los que importan para el régimen cubano?

Esto pasa en el país donde nací y de donde salí hace más de veinte años. Esto pasa en La Habana, pasó en la noche del 26 de noviembre del año 2020 y sigue sucediendo con cada persona que intente manifestar un pensamiento diferente. Simplemente enunciar esta situación es describir un lugar donde se violan las garantías ciudadanas, los derechos civiles, donde se ha impuesto una forma violenta de negar a quienes no piensan igual, utilizando no sólo la fuerza del Estado, sino manipulando a las personas para que realicen “actos de repudio” y griten consignas fuera de tiempo y lugar. Así se haría creer que ha sido un enfrentamiento entre ciudadanos “respetables y revolucionarios” por un lado, y por el otro personas que apenas tienen derecho a ser consideradas humanas porque se atreven a disentir y porque “seguramente estarán pagados por la CÍA” –hace tiempo que este es el pretexto perfecto para desacreditar a quienes piensan diferente–. Sabemos que es una práctica habitual de los poderes la de recurrir a supuestos enfrentamientos de civiles para justificar la masacre de poblaciones enteras. Lo hicieron en Acteal.

Pienso en quienes me aconsejarían no hacer públicas estas páginas que, muy probablemente pensarán, me lanzarán por los que dicen ser caminos de lo “políticamente incorrecto”. Bienvenida siempre la práctica del pensamiento “incorrecto” si es que allí cabe el disenso. Porque la política correcta dice que a Cuba y a las prácticas de su Gobierno no se les puede criticar, porque han consagrado a Cuba en un tiempo épico y le han quitado su humanidad. Cuba parece, para algunos, haberse quedado en esa legión de héroes que como dioses pretenden seguir hablando a las masas para guiarlas por el “camino correcto” de una única verdad, un único partido, una única manera de ver: “estás con nosotros o contra nosotros”. Una cínica retórica que algunos todavía prefieren ignorar para seguir pensando en la promesa de un tiempo pervertido.

Ante un nutrido círculo de fieles seguidores de la mitología revolucionaria –tal como sucede con los republicanos que ciegamente creen en Trump y sus barbaries– se espera que yo deba seguir hablando de los detenidos, los muertos y los desaparecidos en cualquier país donde sí se reconozcan los terrorismos de Estado, las guerras sucias, las dictaduras militares; pero jamás hablar de las violaciones a los derechos de los cubanos para pensar, manifestarse, opinar y vivir. Parece que en este reparto de la “verdad y la justicia” los cubanos y las cubanas somos convidadxs de piedra. ¿Nuestros cuerpos no importan en la suma de luchas por la verdad y la justicia que ha tenido y sigue teniendo lugar en Latinoamérica?

Cada vez más, los gestos est/éticos de ciudadanxs cubanxs, artistas o no, intelectuales o no, gente de a pie, que es la inmensa mayoría de la población en la isla, me hacen evocar estrategias que fueron puestas en juego para expandir la lucha simbólica de la sociedad civil. Hoy he visto una fotografía de los integrantes del Movimiento San Isidro, cuando aún estaban en su barrio y espacio, cubiertos con la bandera cubana, y recordé cuando en Lima, bajo las convocatoria del Colectivo Sociedad Civil, las personas que lavaban la bandera para protestar contra la dictadura de Fujimori también decidieron cubrirse con la insignia nacional y cantar el himno del país –como lo hicieron quienes se manifestaron ante la Embajada de Cuba en México y como también lo hicieron lxs cientos de jóvenes reunidxs ante el Ministerio de Cultura en La Habana–. Porque los símbolos patrios son de todos y todas las que integran una nación, nos pertenecen a todxs lxs ciudadanxs y son parte de un potencial simbólico que aún activa afectos.

Podría no haber escrito estas líneas –¿realmente podría?–, y permanecer hablando de las violaciones a los derechos en Argentina, en Chile, en Perú, en Colombia, en México –lo cual seguiré haciendo–; haberme atragantado las palabras sobre el país donde nacimos y vivimos casi la mitad de nuestra vida; haber dejado que el miedo y la vergüenza me ganara o el terror a seguir perdiendo una isla, una familia y un cúmulo de afectos que me han sostenido, me silenciara. Pero en momentos muy difíciles han sido el pensamiento y la palabra los que me han permitido seguir viviendo pese al miedo y el dolor. Recuerdo y comienzo a entender a bell hooks cuando dijo que la teoría –o el pensamiento– es liberadora y que la ayudó a curarse de las violencias y dolores que ha vivido. Por eso, y porque no puedo y no quiero esconder la rabia, escribo. La rabia es un carburante para el pensamiento, decía Bauman. Por eso expongo mis pensamientos y palabras, porque deseo vivir sin miedo, como desean todas y todos los cubanos, también Luis Manuel Otero Alcántara, Anamely Ramos y muchísimos otros y otras cubanxs que están ofrendando su vida en estos momentos en que escribo. ¿Dónde está Luis Manuel Otero Alcántara? Sigue siendo una urgencia que nos perturba, nos angustia.

Creo en las acciones contra las violencias, cualesquiera que sean: feminicidios, desapariciones forzadas, asesinatos, encarcelamientos, confinamientos y actos de poder contra cualquier persona. Pero creo que esas acciones contra las violencias deben ser realizadas en cualquier parte de este mundo en que vivimos, donde sea necesario. No puedo entender que a quienes también les importa el derecho a la vida digna, quienes en los lugares donde viven han luchado por un mundo sin violencias y lo siguen haciendo, poniendo el cuerpo, no entiendan hoy que de eso también se trata en la “mítica” isla de Cuba. ¿Qué cuerpos son los que sí importan?

Recientemente, tres intelectuales cubanos –Iván de la Nuez, Jorge Ferrer y César Mora– llamaron a considerar que no necesitamos más mártires, porque “ya son demasiadas las cruces y el dolor y la sangre”, y porque no deseamos seguir inmersos en una cultura de la muerte. Quisiera agregar que tampoco necesitamos más mitos, y que no necesitamos que nos imaginen desde añoranzas no realizadas. Lo que sí necesitamos es que podamos sostener un tiempo y un lugar donde las vidas –la vida digna– de todxs los cubanxs realmente importen.

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ILEANA DIÉGUEZ
Ileana Diéguez. Profesora investigadora en el Departamento de Humanidades de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa, Ciudad de México. Su trabajo se centra en las problemáticas de las prácticas artísticas y estéticas, las memorias, las representaciones de las violencias, el duelo, la performatividad de la falta por desaparición forzada, las teatralidades y performatividades expandidas y sociales. Entre sus libros destacan Cuerpos sin duelo. Iconografías y teatralidades del dolor (2013, aumentado y corregido en 2016); Cuerpos ex/puestos. Prácticas de duelo (2009); y Escenarios Liminales. Teatralidades, performances y política (2007, traducido al portugués en 2011, aumentado y revisado en 2014). Es curadora independiente de exposiciones y proyectos vinculados a los temas que investiga.
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