Bandera cubana colgada frente la sede del Movimiento San Isidro
Bandera cubana colgada frente la sede del Movimiento San Isidro

Hace poco menos de tres años, en agosto de 2019, el performance Drapeau o 24h del mes de agosto la bandera como mi segunda piel, de Luis Manuel Otero Alcántara, abría una de tantas discusiones públicas sobre el uso de los símbolos patrios. El performance, que combina (como suele suceder en los performances de Luis Manuel) el uso directo del cuerpo con la producción de una imagen altamente disruptiva y con potencial de poner en el centro de la atención temas álgidos de interés colectivo, consistía en llevar la bandera cubana sobre el cuerpo durante un mes. Este gesto le costó al artista días de cárcel, pero produjo también un reto viral, #labanderaesdetodos, consistente en compartir en redes sociales fotos con la bandera. Pretendía revindicar a la bandera, descolocándola de su condición de propiedad única del Estado y de los usos que el oficialismo le tenía reservado, devolviéndola al uso personal y recontextualizado por interpretaciones múltiples de su significado. Ambas acciones, el performance y el reto en redes sociales, respondían a la promulgación en Cuba de una ley de símbolos patrios.

Casi tres años después de estas acciones, y casi uno luego de que Luis Manuel Otero se encuentre en la cárcel por intentar sumarse a las manifestaciones del 11 de julio de 2021, la discusión sobre la bandera ha cedido –en apariencia– a la imposición del poder a través de su brazo jurídico. Uno de los delitos por los que la Fiscalía pide 7 años de privación de libertad es el “ultraje a los símbolos de la patria de carácter continuado”, cuya sanción está prevista en el artículo 203 en relación con el artículo 11.1 del Código Penal.

Bandera Luis Manuel Otero | Rialta
El artista Luis Manuel Otero Alcántara en una de sus acciones performativas con la bandera cubana (Facebook / Sandra Ceballos)

Lo que esta posibilidad real de ser juzgado por una ley retrógrada marca es la victoria de lo jurídico al servicio del poder del Estado totalitario sobre la esfera pública y las formas de existencia de la bandera y los símbolos nacionales en la vida colectiva. La lectura del poder judicial sobre Drapeau no puede concebir otros términos que los del desprecio en el uso de la bandera como manto. En las conclusiones provisionales al caso, la Fiscalía argumenta que:

En las imágenes divulgadas por el acusado Otero Alcántara se aprecia le dio un tratamiento despreciativo a la bandera, pues la empleó en reiteradas ocasiones como toalla, se acostó junto a ella tirado sobre la arena, asimismo, la empleó como sábana y como colofón, se cubrió con la bandera mientras realizaba necesidades fisiológicas en el baño de una vivienda, fechorías que fijó fotográficamente y las colocó en las redes sociales, donde fueron ampliamente divulgadas y visualizadas por miles de personas con acceso a dicho medio de comunicación actual.

La densa fetichización del objeto, por la cual los significantes son dotados de una sacralidad que termina por ser transferida al objeto mismo contribuye sin duda a que algo que pudiera ser leído incluso como un gesto de profunda intimidad, lo sea en términos de ultraje, desprecio e incluso herejía. Las diferentes e incluso contradictorias lecturas e interpretaciones de Drapeau son parte de la naturaleza performática del acto. No implicarían la probabilidad de terminar en la cárcel si “ultraje” y “desprecio” no fueran conceptos dentro de un argumento jurídico de un Estado totalitario.

El artista Luis Manuel Otero Alcántara sostiene una bandera cubana frente a una cámara de vigilancia policial
El artista Luis Manuel Otero Alcántara sostiene una bandera cubana frente a una cámara de vigilancia policial.

En un régimen en el que lo jurídico está al servicio de la ideología y su garante el Partido Comunista de Cuba, y en el que no existe independencia del poder judicial —como reconocía, no sin orgullo, el presidente del Tribunal Supremo Popular Rubén Remigio Ferro en noviembre de 2018–, la disputa entre la esfera jurídica y otras zonas de la vida social se presenta de forma monolítica y con poco espacio para la contestación y la transformación en una dirección menos represiva. Se trata de una judicialización de la vida social en la cual todo aquello que escape al control del Estado (con el Partido Comunista como rector superior) es penalizado. Tal tendencia –intensificada por la preocupación ante el creciente empuje de la sociedad civil en los últimos años– ha alcanzado su forma más radical con el nuevo Código Penal, que entrará en vigor próximamente.

El hecho de que lo jurídico está al servicio del poder queda evidenciado una y otra vez cuando las leyes aplican a los ciudadanos comunes, pero no a los representantes del régimen que hace las leyes y tiene a su servicio un poder judicial que las aplica a conveniencia. El presidente designado Miguel Díaz Canel, por ejemplo, se retrató en su redes con un pulóver con la imagen de la bandera estampada, a pesar de que el artículo 44.1 de esta ley, en su segundo inciso, prohíbe el uso de la bandera nacional “en forma de cubierta, lienzo, tapete o de cualquier otro modo que impida que se pueda desplegar libremente, excepto en el caso de que se use para cubrir féretros o urnas”.

Luis Manuel Drapeau playa | Rialta
Luis Manuel Otero Alcántara en una acción del performance ‘Drapeau’ (2019)

La bandera seguirá, sin embargo, existiendo en formas que el poder jurídico no podrá atrapar completamente, aunque este no dejará de intentarlo. Primeramente, porque la bandera (junto al himno y el escudo) forma parte de las experiencias que constituyen el territorio afectivo de esa cosa informe que llamamos la nación o la patria. Es un “objeto de culto” al que no llamamos así porque la vida política moderna ha sido despojada de su cualidad religiosa y reivindicada como laica, pero resulta obvio que algo religioso habita en la normativa que establece que, si ese pedazo de tela con sus franjas cae al piso, debe ser quemado porque la sacralidad que cubría su manejo sería manchada por el contacto con el suelo, o en la atención puesta en el acto de doblarla correctamente segundos después. La bandera está amarrada también al dolor; acompaña a los duelos nacionales en el ondear a media asta, y hasta los duelos nacionales pueden ser disputados cuando el Estado niega el derecho a un reconocimiento del dolor colectivo, como demostró hace poco la exigencia de duelo nacional por las víctimas del Hotel Saratoga.  Para reivindicarla o resignificarla, la bandera lleva consigo una carga que no puede ser completamente removida; incluso negarla implica reconocerle un exceso de significado más allá del insípido listado de asociaciones como blanco con pureza o rojo con sangre.

Por primera vez en más de 60 años, este 11 de julio miles de personas se lanzaron a las calles en una veintena de poblados y ciudades en Cuba
Elías Rizo León levanta una bandera ensangrentada, el pasado 11 de julio durante la revuelta popular en Cuba.

Así que, en sus formas varias de existencia, las banderas pueden ser sometidas a un impulso iconoclasta, recurrente después de que el posmodernismo, la posverdad y una larga lista de pos nos pasaron por encima; una negación a su significante fundamental –la nación– o a algunos de sus significantes negados –en esa forma extrema, las banderas suelen ser quemadas, como si la quema llamara a una purificación de sentidos inertes o, con más frecuencia, criminales.

Las banderas puede ser detonadores de imaginación, condensadores, síntesis de proyectos de imaginación política. En estos casos, las banderas son un formato sobre el que es posible imprimir un proyecto de mundo y como tal requieren imágenes nuevas, que no tengan la carga de la historia ya cristalizada de las banderas establecidas, sino que, por el contrario, funcionen como lienzos vacíos. Es lo que sostiene la convocatoria internacional de Creative Time en el proyecto Pledges of Allegiance (2017), en el que 16 artistas fueron invitados a diseñar banderas sobre un tema de su interés. “Creando un sitio para resistir, tanto práctica como simbólicamente, cada bandera apunta a un tema que apasiona al artista y habla sobre cómo podemos movernos hacia adelante colectivamente” En este proyecto, Tania Bruguera participó con la bandera Dignity has no Nationality. Dentro del arte con vocación política, las banderas han sido siempre objeto de reelaboraciones, nodos de disputa contestatarios a las pretensiones de legitimar con su poder simbólico exclusiones diversas.

Las banderas pueden resultar también contestatarias siendo ellas mismas. Basta pensar no solo en Drapeau, sino en la icónica imagen de las manifestaciones del 11 de julio de 2021, en la que un joven hasta hace poco desconocido alzaba una bandera cubana manchada de sangre sobre un carro de policía volcado por los manifestantes.

Manifestante levanta una bandera ensangrentada, el pasado 11 de julio durante la revuelta popular en Cuba. (Foto original: AFP)
Elías Rizo León levanta una bandera ensangrentada, el pasado 11 de julio durante la revuelta popular en Cuba. (Foto original: AFP)

Elías Rizo León, el sujeto de la imagen, escapó a la represión policial que sí alcanzó a quienes lo acompañaban ese día en la protesta. Gracias a la claridad de su madre sobre los pasos necesarios a seguir para que no cayera en manos de la (in)justicia cubana y la colaboración de varios amigos, logró salir del país y dio recientemente declaraciones a la prensa. Elías se ve a sí mismo como alguien interesado en la política. Tenía en su casa una bandera que se había llevado de la escuela porque —cuenta– allí no le importaba a nadie excepto a él: “La tomé y me dije: nadie aquí se merece la bandera más que yo, y la tuve guardada”.

Salió con ella cuando supo de las manifestaciones; se cortó por accidente y la manchó de sangre y, cuando vio la patrulla volcada, entendió que ese era el momento de sacar y hacer ondear la bandera. Los vehículos policiales son símbolos represivos, que han sido utilizados “para reprimir, para sacarle dinero al pueblo cubano, para dar golpes y para que los policías se paseen por donde quiera.” Elías captó el poder de la imagen el momento anterior a colocarse él mismo en el punto focal que la produciría, y la completó con la bandera en alto.

De manera indirecta, pero no por ello menos evocativa, lo que Luis Manuel Otero Alcántara desató con Drapeau y #labanderaesdetodos multiplicó (en alcance pero sobre todo en apropiaciones disímiles) alcanzó una forma icónica el 11 de julio de 2021. El cuerpo de Luis Manuel no pudo llegar a las manifestaciones; el régimen tenía un cerco sobre él que se movilizaba al menor movimiento y que lo condujo de inmediato a la cárcel en la que permanece hasta hoy. Un cerco que se había cerrado para impedir que incluso en huelga de hambre los amigos pudieran llegar a acompañarlo, que se lo llevó preso en varias ocasiones, que lo ocultó mientras estuvo en el hospital después del acuartelamiento en San Isidro, que rompió sus obras, y que ha querido quebrarlo sin éxito, como sus recientes palabras desde la cárcel demuestran.

La obra de Luis Manuel, sin embargo, su gesto a la vez iconoclasta y generador, inició un recorrido en el que la bandera pasó de ser dislocada del poder totalitario, que la usa a su conveniencia, para ser restituida a la multiplicidad de los usos y las interpretaciones personales de algo que, como símbolo, pertenece al colectivo informe que tiene con ella un vínculo afectivo, hasta concluir, manchada de sangre y alzada por un joven manifestante en la Calzada de Diez de Octubre, sobre la representación ruedas arriba de la represión del régimen, erigiéndose en testigo y símbolo del reclamo cada vez más audible: “Abajo la dictadura”, “Patria y Vida” y “Libertad”.

Bandera de concreto frente a la embajada de Estados Unidos en Cuba
Bandera de concreto frente a la embajada de Estados Unidos en Cuba

La bandera seguirá siendo parte del camino de la sociedad cubana por encontrar una forma de librarse del poder tiránico que la somete y que hoy tiene en la cárcel a Luis Manuel, a Maykel y a tantos otros presos políticos. No hay manera de saber qué otras formas de existencia están abiertas para una bandera que ha dejado de ser propiedad de los tiranos, pero serán con seguridad la antítesis que aquella mole de concreto que hace dos años colocó el Estado frente a la embajada de Estados Unidos. Esa diferencia –entre la vocación del Estado por la inmovilidad y la rigidez del concreto, y la vocación de una sociedad cubana que quiere usar la bandera de mil maneras diferentes, apropiársela incluso en el baño como cubierta, y que la hace ondear, manchada de sangre, el día de su levantamiento–, expresa una relación de fuerza, pero también la potencia de escapar de ella: la tela que ondea, que se guarda bajo la ropa, que se echa al mar, contra el peso inerte de las piedras y sus imitaciones.

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