Abilio Estévez

En la contracubierta de Testimonios de la orgía (Editorial Sloper, Palma de Mallorca, 2020), encontramos esta advertencia: Abilio Estévez no se considera ensayista. Y yo lamento contradecirlo, aunque sólo sea porque alguien capaz de escribir un Manual de tentaciones sí tiene algo de ensayista. Da igual que no cumpla los protocolos ni gaste los trucos de la No Ficción profesional.

Si esto no bastara, tengo otro argumento todavía más fuerte. Abilio Estévez es ensayista porque viene del teatro, arte en el que se aprende muy pronto el valor de dos, tres, muchos ensayos. ¿No lo son, acaso, Artaud y Grotowski, Beckett y Brook, Weiss y Sontag? Todos conscientes –ellos y ella– de que esperar a Godot implica, necesariamente, ensayar una función posterior que atrae e intimida a partes iguales. Todos sabedores de que sin esa dimensión teatral no podrían transmitir que el valor de un ensayo no radica en decirnos cómo tenemos que actuar, sino cómo podríamos actuar.

De ese cemento, ese ladrillo y esa arena están construidos estos textos de Abilio Estévez; sus siete episodios en busca de un lector. Cada cual por su lado y en tensión: entre ellos, el autor y los personajes que irrumpen tan abruptos como este libro, sin prólogo ni epílogo, en el que los capítulos no te remiten a un origen ni te transportan a una meta.

Es teatral, asimismo, que Estévez no se limite a escribir sobre Virgilio Piñera, Lezama Lima, Julián del Casal o Reinaldo Arenas, sino que parezca leerlos en voz alta. Como cuando se entrega por primera vez un parlamento a los actores para que después construyan el personaje a su manera. Para que lo interpreten en el sentido de la actuación y en el sentido de la hermenéutica, en su magnitud física y en su magnitud crítica.

Estos escritos son hijos de la justicia, pero también del capricho. Si, como decía Althusser, no hay lectura inocente, Abilio remata que tampoco hay escritura inocente. Así que no hay candidez alguna en su viaje de Piñera a Arenas. Tampoco que su libro se sostenga en la ética literaria de alguien que no es sólo un exiliado del espacio sino también del tiempo; un renegado que se resiste a nadar alegremente en el Leteo, ese río del olvido que se desborda cada temporada para arrastrar consigo todo lo posible.

Testimonios de la orgía es el autorretrato de alguien que está “condenado a ser libre” y esa tragedia es el hilo que ensarta sus páginas. Y a Piñera con Julián del Casal con Lino Novás Calvo con Matías Pérez…

Cubierta de ‘Testimonios de la orgía’ (Editorial Sloper, Palma de Mallorca, 2020), de Abilio Estévez

La palabra “testimonio” que anuncia el título tampoco es gratuita en estas actas de una implicación en la proximidad y la distancia, la confianza y el miedo. Desde ellas nos enteramos del infame y rocambolesco –más infame que rocambolesco– funeral imposible de Virgilio Piñera, de la intimidad de Lezama Lima, de la tentación que representaba Arenas. De la existencia de una vida antillana en el Marianao de la familia Estévez y de cómo hacer propios a Lorca o Cernuda o Kundera. Del poder de atracción y repulsión de la isla de Cuba, y acaso de todas las islas. Y de la novela no escrita y siempre demandada a Abilio Estévez sobre su relación con Piñera. (Como si esa novela no estuviera escondida en algún lugar entre su vida y sus libros, como si no fuera una traición formalizarla.)

A primera vista, y repasando la lista de autores que atiende, este no es un libro “original”. Pero sí es un libro intransferible. Otro manual de tentaciones que le servirá a algunas personas para aprender, pero sólo a una (su autor) para sobrevivir. Aquí Estévez es Lezama Lima y el Cortázar que rescata a Lezama Lima. Es el mundo perdido y el guardián de ese mundo perdido. El guionista de la orgía –Songo le dio a Burundanga, Burundanga le dio a Bernabé…– y el que pierde los papeles en ella. El valedor de una cultura que cae en cascada y el clavo ardiendo al que esa cultura se agarra para aplazar el desbarranque.

Testimonios de la orgía recupera a aquel joven que un carcelero entrega a la celda anunciando a sus patibularios compañeros de cautiverio: “Ahí les va un maricón”. Al que hace combinaciones inverosímiles de rutas de guaguas por toda La Habana para poder encontrarse un par de horas con Virgilio Piñera. Y, al menos de los que yo conozco, al más digno de cuantos escritores han bregado con las dificultades y el más generoso de los que han lidiado con el éxito.

Un ensayista a su pesar, que nos lega en este libro la constancia de su larga marcha por el “desfiladero del diablo”.

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