Fotograma de The Worst Person in the World, Joachim Trier dir., 2021
Fotograma de ‘The Worst Person in the Worldʼ, Joachim Trier dir., 2021

Héctor Abad es un hombre bueno, genuinamente bueno.

Etiquetar a una persona con una categoría moral como esta es escabroso. ¿En qué consiste la bondad? ¿Qué implica ser bueno? ¿Se es bueno todo el tiempo? ¿Es posible hablar de buenos y malos? ¿Debiéramos aún manejar estos términos para calificar la especie, separarlos en bandos?

Cualquiera de las categorías supone simplificar la vida y el accionar a un parecer o a definiciones personales. Incluso, matizarla en factores específicos: es bueno en su profesión, con los niños, con sus padres, con su pareja. Así, hasta copar todas las posibilidades. La especie humana es más compleja que una dualidad básica.

¿Entonces, por qué afirmar que Abad era un hombre bueno?

Fernando Trueba basa su filme en el libro homónimo El olvido que seremos, ejercicio biográfico realizado por Héctor Abad Faciolince, y que narra la vida de su padre. La proposición del texto viene cargada de subjetividad. No es crítica, ni busca serlo. La intención primigenia es contar la historia de un hombre íntegro, un santo contemporáneo, sin matices que puedan hacer dudar de su altura moral, más si la vida de este termina por una injusticia.

La historia está narrada desde la perspectiva del hijo, interpretado por Juan Pablo Urego; es decir, a partir de los encuentros de este con su padre. A medida que avanza la trama se vislumbran las cualidades puras del hombre, su capacidad de sacrificio y su honradez.

Abad Gómez, médico y educador colombiano, tiene como propósito ayudar a sus congéneres. Así de simple. Ayudar en la medida de sus posibilidades, desde la educación hasta la investigación médica. Lo que hace interesante este tema es la proyección del hombre íntegro en la película de Trueba. En ella no hay un atisbo de error o negatividad que pueda manchar la imagen del héroe. Es una obra de exaltación de la esperanza humana en una época convulsa, cínica y materialista, donde los valores morales no son una virtud, sino un impedimento para el éxito.

La inmensa bondad del personaje interpretado por Javier Cámara es cercenada por sus opositores. Al ser imposible corromperlo, el único camino para destruir a un hombre bueno, en una Colombia dominada por el narcotráfico, la violencia y la corrupción es darle muerte. La integridad de Abad es tan grande que decide arriesgar su vida antes de traicionar sus principios. Antepone al otro, ayudar al otro, a sus congéneres, antes de salvarse él y los suyos.

Contada desde la perspectiva del hijo es también Belfast, la reciente película de Kenneth Branagh. Si en El olvido que seremos el transcurso del metraje va desde la infancia hasta la adultez del hijo, en la película del irlandés se narra solo un año convulso de la vida del infante.

También con carácter biográfico, el director británico cuenta los turbulentos años sesenta en la capital de Irlanda del Norte. Se utiliza el mismo recurso narrativo que en el caso anterior, contar la trama desde un personaje, desde los ojos y las interacciones del pequeño. Su absoluto desconocimiento de las causas y motivos del conflicto irlandés lo llevan a proyectarlo como una lucha entre protestantes y católicos, dos posturas religiosas encontradas, sin establecer causas o conflictos nacionales, independentistas o de territorialidad. ¿Quién se atreve a pedirle a un niño de nueve años que examine su entorno con mayor profundidad? Al mismo tiempo, esta visión limitada dota al metraje de elementos risibles que invitan a la reflexión desde la inocencia.

Cada vez que el padre, encarnado por Jamie Dornan, debe distanciarse de su familia, le repite al hijo, un pequeño y magistral Jude Hill, una frase, a modo de mantra, que resume perfectamente la esencia del filme: “Be good. And if you can’t be good, be careful”.

La dualidad de sentido del verbo be en inglés hace que la frase pueda ser interpretada en dos vías. Si se interpreta el verbo como tener. La frase en español quedaría así: “sé bueno, y si no puedes ser bueno, ten cuidado”. En esta primera forma, se establece una advertencia paterna sobre el comportamiento del infante. Una amenaza que tiene como objetivo adelantar una represalia ante cualquier error. Al mismo tiempo, deja el juego abierto al desempeño del menor. No le dice explícitamente “no hagas nada malo” sino que deja caer un “si no puedes evitarlo, si no quedara más remedio, evita que yo o alguien te descubra”. Esta leve advertencia abre la posibilidad de actuar cuestionable si las circunstancias obligan a ello.

La opción de una moralidad ambigua no está visible en la segunda interpretación de la frase bajo el significante del término be como ser. “Sé bueno, y si no puedes ser bueno, sé cuidadoso / prudente / atento”. En todos los casos, la polisemia del término careful encierra un rígido comportamiento ético. No admite concesiones con el acto dañino hacia el otro. Implica un mínimo de comportamiento en el cual se visibiliza una actitud positiva hacia los congéneres. El cuidado, la prudencia, la atención como cualidades básicas para el establecimiento de las relaciones interpersonales, que no necesariamente deben ser asumidas de manera íntima, pero sí de manera pública.

En el desarrollo de Belfast, el padre encarna este segundo comportamiento. Trata de distanciarse del rol que le exigen sus hermanos de fe y asume la interacción con sus conciudadanos desde el comportamiento de estos y no desde sus creencias religiosas. Busca educar a sus hijos en esta afinidad y, cuando no le queda remedio, preponderar el beneficio familiar por encima del social. Cuando es obligado por las circunstancias no desdeña al otro o actúa a partir de una impuesta toma de partido, sino que busca alejarse del conflicto para no ir en contra de sus convicciones. Prefiere mantenerse fiel a su máxima y actuar en consecuencia con ella. Ante la imposibilidad de ser bueno, elige la prudencia y el distanciamiento del medio que busca confrontarlo y arrastrarlo a actuar de manera cuestionable.

Si en el primer ejemplo se establecía un comportamiento altamente cívico como la mayor cualidad moral y, en el segundo, la ambigüedad en el comportamiento a partir del desarrollo de las circunstancias, en la película noruega de Joachim Trier, The Worst Person in the World, la bondad es un proceso íntimo, de acuerdo con un actuar consecuente.

Julie no sabe lo que quiere en la vida, lo descubre a medida que avanza esta. Su lucha es íntima. Se ve inmersa en un conflicto trascendental de esta época. En una sociedad donde todos los bienes materiales se dan por sentado y existe una paz social general, la lucha de la especie por encontrarse a sí misma, la batalla de las nuevas generaciones por descubrir o volver a la introspección del ser gana mayor envergadura. Julie (Renate Reinsve) se cuestiona todo el tiempo quién es, qué quiere, qué debe ser o cómo debe comportarse ante los demás. Si en los ejemplos anteriores, el conflicto que pone a prueba la calidad humana era una causa externa a ellos, en el caso que plantea esta película noruega la lucha es interna. El propio personaje pone a prueba su moralidad.

Las personas buenas autoexaminan la eticidad de su comportamiento. Este autorreconocimiento suele ir cargado de la culpa de la imperfección, de los errores cometidos a diario. Ella es buena en la medida de sus posibilidades humanas. Es buena porque no busca mentir al otro. Ya tiene suficiente con tratar de encontrarse a sí misma. Su bondad está demarcada por esta característica, la no intervención en las vidas ajenas y el evitar dañar a los demás. En una sociedad tan hiperconectada, tecnológica y cívicamente, el menor daño posible al otro, desde el actuar, es una característica importante. Julie no se plantea ningún ejercicio social, no lucha por el medioambiente o por eliminar el hambre en África. El no intervenir en las batallas sociales prestablecidas, su desinterés por temas ajenos a su intensa búsqueda, la hacen autoplantearse como una mala persona. Pero su visión no es personal, sino que parte del reflejo en los otros. El deber ser que se establece, en este caso, esta permeado por el efecto reflejo. La sociedad indica unos patrones de comportamientos para definir quién debe ser considerada buena o mala persona, quien es ético y quién no. Este comportamiento debe ser interpretado, como actores, ante la masividad. Da igual si en la intimidad no comulgas con las causas que defiendes, mientras que a la vista pública seas el abanderado de una causa determinada.

La construcción de una imagen pública por encima de una concepción moral real suele ser el camino recurrente. El racista, el homofóbico, el xenófobo no se muestra así cuando está rodeado de sus congéneres, en su intimidad se desahoga, donde nadie pueda juzgarlo. No son íntegros en su comportamiento. ¿Y quién lo es del todo?

Esto no significa que se deba ser puro para defender una causa, que se roce la santidad. El hecho de abogar por una causa social, o por un fin común y beneficioso a la especie humana, es favorable a no hacerlo por esperar el nacimiento de la bondad suprema. Nadie es puro. Pero mientras tanto, siguen las guerras, la muerte, la discriminación, las dictaduras y el hambre.

George Bernard Shaw dijo: “He decidido ser bueno por voluntad, sin el soborno del cielo”.

Tal como se plantea, la voluntad de ejercer el bien debe estar alejada de cualquier beneficio personal, tanto en la tierra como en algún existente más allá. No se actúa por cumplir un propósito, ganar adeptos, mejorar la imagen que los otros tienen sobre la persona o facilitar cualquier favor en el futuro. Incluso, vale cuestionarse si se hace por sentirse bien con uno mismo. La acción de entregar monedas a un mendigo puede ser un acto desinteresado. A la vez, implica detrás un regocijo por la autoconciencia de la acción. Quien entrega el dinero se siente superior, sabe que ha hecho algo bueno, al menos de forma momentánea. No le interesa lo que el otro haga con lo recibido, ni siquiera le interesa quién es o las causas que lo obligaron a ser mendicante. Le interesa la reafirmación de su prepotencia, la construcción del ego. No hay convicción en el acto, solamente la palmadita en la espalda de la propia mano, la felicitación y el consuelo de decirse: “qué bueno eres, mira cómo le das a los necesitados.” En esta valoración hay un soborno enmascarado. No se actúa solo por el placer de hacerlo, sin esperar o siquiera buscar otra finalidad.

Lo dicho anteriormente no demerita la acción en sí misma. Es preferible una acción notable, aunque con una finalidad cuestionable a ninguna acción en absoluto. Puro pragmatismo. No obstante, la más alta calidad moral es un proceso íntimo. Este proceso puede estar lastrado por causas externas, como se propone en estos ejercicios cinematográficos.

En concordancia con el pensamiento de Shaw actúan los personajes. Héctor Abad pertenece a una familia que profesa el catolicismo. Él mismo no se declara católico, pero tampoco impide que los suyos encuentren el consuelo en la religión. Hay un pequeño momento donde su hijo menor, quien cuenta la historia, le pregunta si irá al cielo, si dios lo perdonará por no ir a la Iglesia. El padre le responde que Dios sabrá ver que sus acciones valen más que asistir a la misa, sabrá perdonarlo. Para él, la acción vale más que la pleitesía. En este mismo sentido se comporta el padre de Belfast. Asume que todos los hombres son iguales sin importar la religión que profesen. Si son buenas personas, si quieren el bien para los otros, le da igual que sean musulmanes, católicos o protestantes como él. Para Julie, en su búsqueda, quizás importen más las preguntas. La fundamental, esa pregunta borgeana: ¿Dios, en verdad, creerá en mí?

Hay al menos tres caminos para el accionar. El primero, no transigir con los valores morales, aferrarse al camino ético hasta las últimas consecuencias. Ese es el camino transitado por Abad y, en una sociedad violenta, lo conduce a la muerte. El segundo es el planteado en el filme de Branagh, actuar consecuentemente en la medida de lo posible, y preservar la vida. La familia protagónica del filme decide huir de la zona de conflicto cuando resulta imposible mantenerse al margen de este. En este caso, es el exilio la solución final. La tercera vía es la planteada en la película noruega, ser fiel a uno mismo por encima de todas las cosas, la búsqueda de una paz propia que permita actuar en consecuencia con los demás. Esta variante puede parecer acertada, pero viene con el hándicap del constante autoexamen, de la insatisfacción y el cuestionamiento que provoca el mismo.

Ninguna de las opciones es superior a la otra. En todas, la finalidad es no dañar al prójimo y, de ser posible, ayudarlo. La caridad no es un acto impuesto, sino naciente desde el fondo mismo de cada uno. Ahí, en el fondo, estaría la bondad. Y el dolor.

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