Fichaje fotográfico de Mirta Aguirre realizado por el Buró para la Represión de las Actividades Comunistas (BRAC) en la década del cincuenta

El recorrido de Mirta Aguirre por el romanticismo francés, entre los años cuarenta y setenta del siglo pasado, fue lo suficientemente exhaustivo como para arrancar con Rousseau, luego detenerse en Chateaubriand, Lamartine, Musset, Dumas, Stendhal, Gautier, y concluir con Hugo y Balzac. El repaso de toda aquella tradición estaba guiado por Marx, al punto de que en algún momento Aguirre entendía el siglo XIX francés como una experiencia destinada a producir a Balzac en la literatura y a la Comuna en la política.[1] En otro momento, la ensayista se preguntaba, muy en la línea de Arnold Hauser y otros historiadores sociales del arte, si podía haber alguna correspondencia entre las teorías de la economía política capitalista y las plataformas estéticas de los románticos franceses.[2]

Aunque advertía que no era su objetivo sostener que “lo que se da en las letras es un reflejo de lo que se produce en las corrientes económicas”, sus conclusiones llevaban a identificar rígidamente el romanticismo con el capitalismo.[3] La historia del romanticismo reproducía la de la propia decadencia del capitalismo: “lo que había empezado con Rousseau y hecho eclosión en Francia con Chateaubriand, a partir de Stendhal se hizo a cada paso más informe y más híbrido”.[4] Balzac y Hugo, según Aguirre, consumaban aquel declive abriendo las puertas al realismo social, que sería la expresión literaria correspondiente a la revolución proletaria personificada por la Comuna de París.

Aguirre alternó sus lecturas de Hugo y Rolland con las del Siglo de Oro español y Cervantes desde los años cuarenta. Sin embargo, fue en los setenta, su década de más productividad y reconocimiento en la isla, asegurada por el avance de la sovietización de la política cultural cubana, que aquellas lecturas se convirtieron en libros definitivos. Unos años antes de la versión final de El romanticismo de Rousseau a Víctor Hugo (1973), había aparecido su ensayo La obra narrativa de Cervantes (1971) y, un par de años después, en 1975, el que sería, de lejos, su mayor ensayo: Del encausto a la sangre: Sor Juana Inés de la Cruz (1975).

La obra de Aguirre describe por tanto una intervención en la historia de la literatura universal que se mueve del romanticismo al realismo social francés, o mejor, de Hugo a Rolland, por un lado, y de Cervantes a Sor Juana por el otro. Ambos desplazamientos están relacionados con la convicción de la crítica cubana de que en la Cuba socialista, posterior a 1959, las dos figuras cimeras de la literatura nacional eran Nicolás Guillén y Alejo Carpentier. El primero, un poeta que veía anclado en formas populares que expresaban la realidad de los oprimidos. El segundo, un narrador que a través de la estética de lo “real maravilloso” había replanteado la pertinencia del barroco para una literatura latinoamericana adscrita a la izquierda comunista.

Ese canon, que Aguirre compartía con otros críticos literarios marxistas, como José Antonio Portuondo y Roberto Fernández Retamar –este último, a partir de 1965, ya que en los años cincuenta había sostenido ideas muy cercanas a Cintio Vitier y el grupo Orígenes–, se proyectaba en la obra crítica de la ensayista cubana por medio de una inmersión en las estéticas de Cervantes y Sor Juana. La operación crítica de Aguirre pudiera describirse, por tanto, como uno entre varios intentos de la teoría literaria marxista latinoamericana –muy en sintonía con la propia teoría literaria soviética y de Europa del Este– de avanzar sobre los tópicos centrales del hispanismo y el latinoamericanismo durante la Guerra Fría.

Siguiendo la tesis hegeliano-marxista del Aufhebung o superación filosófica, Aguirre veía en Cervantes a un autor que, como Hugo en el XIX, o Rolland en el XX, rebasaba formas estilísticas previas y agotadas. Si el Quijote representaba la superación de la novela de caballería, las Novelas ejemplares, La Galatea y Los trabajos de Persiles y Segismunda suponían la liquidación dialéctica de la novela pastoril y bizantina.[5] Aunque más ponderada o cuidadosa que otros críticos marxistas latinoamericanos, Aguirre acompañaba aquellas tesis de una aplicación del concepto de superación al campo de los estudios cervantinos. Así, sus citas de autores como Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset, Américo Castro y Ramiro de Maeztu, Ángel Ganivet y Jorge Mañach, aparecían sucedidas de sutiles correcciones.

La maestría de Cervantes, según Aguirre, había sido construir una novela épica de nuevo tipo, sin la cual era imposible pensar la narrativa moderna en castellano.[6] El ingenio lego de Cervantes era producto de un apego a la realidad y de una sensibilidad abierta a la cultura popular. Es por ello que, según Aguirre, la ficción en Cervantes estaba llena de “alusiones a lo real” y de síntesis de la “aventura y la verdad”.[7] Esos atributos dotaban la prosa cervantina de una “densidad ideológica”, que los críticos idealistas eran incapaces de advertir.[8] Fina García Marruz refutó a Aguirre en este punto, cuando en su reseña en Orígenes definía a Cervantes como el “anti-juez” y el “anti-dogma”.[9]

Un enfoque similar, aunque más apegado a una estrategia identitaria o de género, siguió la marxista cubana en su gran ensayo sobre Sor Juana Inés de la Cruz, que ganó el Primer Premio, dotado de 25 000 pesos, en el concurso sobre la vida y obra de Sor Juana, convocado en 1973 por la Secretaría de Obras Públicas de México, y que fuera editado por el Instituto Nacional de Protección a la Infancia, en México, y Casa de las Américas, en La Habana, en 1975.[10] El jurado del concurso, integrado por el escritor Agustín Yáñez, el poeta Carlos Pellicer y Amalia Castillo Ledón, importante política y diplomática del PRI, concedió el Primer Premio a Aguirre y el segundo al crítico salvadoreño César Augusto Barrios.

Uno de los primeros gestos de Aguirre fue desasimilar a la poeta novohispana de la mística peninsular del Siglo de Oro y la Contrarreforma, especialmente de Santa Teresa de Jesús. Sor Juana, dice tajante Aguirre en una de las primeras páginas de su ensayo, “no era una Teresa de Jesús de visiones y lanzadas y ni siquiera un Fray Luis que hubiese escuchado los inenarrables gemidos del Espíritu Santo”.[11] La desconexión iba en contra de una corriente de la crítica peninsular, reconocible todavía en Dámaso Alonso, que acercaba a Sor Juana al misticismo carmelita del siglo XVI.

Aguirre prefería relacionar a Sor Juana con una vocación lírica y humana desligada de la mística teresiana, del “ascetismo extremo” e, incluso, de una marcada “vocación monástica”.[12] La interpretación materialista de la poeta novohispana conducía a Aguirre por un camino radicalmente revisionista que la hace decir en un momento que no está negando la “religiosidad” de Sor Juana, pero sí sugiriendo que no fue la fe sino la “vida” la que la llevó al convento.[13] En la Respuesta a Sor Filotea, Aguirre encontraba una defensa del pensamiento autónomo, claramente contrapuesta a la escolástica tomista o neotomista, por un lado, y a la mística contrarreformista, por el otro. Hablaba ahí Sor Juana de muchas cualidades que generaban resistencias u “ojerizas” (la riqueza y la pobreza, el poder y la gloria), pero ninguna suscitaba más hostilidades que el “entendimiento”, la más “indefensa” de las virtudes humanas.[14]

Tradicionalmente esas declaraciones de independencia de Sor Juana se han interpretado, en la historiografía y la crítica mexicana, como rasgos de un racionalismo o una proto-Ilustración criolla en la Nueva España. Mirta Aguirre, marxista cubana en tiempos del socialismo real, las interpretaba como representaciones de una escritura anclada en la realidad y la vida. Si para la crítica mexicana, desde Alfonso Reyes hasta Octavio Paz, Sor Juana era la evidencia del ascenso de una mentalidad autonomista en la Nueva España, para Aguirre no era más que el tipo de literatura que podía producirse en condiciones de explotación. Había una retórica anticriolla en aquella lectura marxista de Sor Juana, pero también una defensa de la poeta mexicana, que la aproximaba, no sin exageración, a ideas abolicionistas. El dilema de Sor Juana era definido por Aguirre como la imposibilidad de “ser leal a Dios sin serlo a sí misma”.[15]

En su ensayo, Aguirre citaba a Abreu Gómez y Méndez Plancarte, pero no a Henríquez Ureña, Reyes, Paz y muchos sorjuanistas mexicanos, estadounidenses o europeos, como Karl Vossler, que sostenían ideas similares sobre otras bases doctrinales. Polemizaba con ellos, y con José Lezama Lima, quien desde su ensayo La expresión americana (1957) había dilucidado el barroco de Sor Juana, y con Fina García Marruz, que acababa de escribir su ensayo mayor sobre la poeta novohispana, sin citarlos. El centro de aquel debate soterrado era la hostilización, desde el marxismo ortodoxo, de la estética neobarroca en la nueva literatura latinoamericana.

Lezama seguía a Vossler en la idea de que la autodeclarada “imitación” de Góngora por Sor Juana era, en buena medida, un gesto de “humildad encantadora”.[16] Para el poeta cubano la grandeza del barroco de Sor Juana tenía que ver con la invención de un paisaje, desde los claustros conventuales, que se mostraba ausente en la poesía gongorina. Fina García Marruz retomará la lectura lezamiana de Sor Juana en su ensayo de 1973, donde aseguraba que la “celda de Sor Juana” no era “recinto cerrado sino centro comunicante del que partían y al que llegaban diversidad de radios”.[17] También García Marruz pensaba que no había que ubicar a Sor Juana en el “castillo interior teresiano”, pero no subestimaba una epistemología teológica que “identificaba a Dios con la Suma Sabiduría”.[18] Lo que resultaba inadmisible a Aguirre de aquella lectura católica del barroco sorjuanino era su deliberada inscripción en el legado poético de un gongorismo americano que desembocaba en Lezama. Escribía García Marruz:

En Sor Juana lo renacentista es derivado, lo barroco, original. Por eso, en América, toda “vuelta a Góngora” ha acompañado una vuelta a lo original y lo autóctono. El modernismo de Darío –que elogió la “fina voz de oro” y la imaginó suspirante–, la generación del Ateneo de 1910 de Reyes y Pedro Henríquez Ureña, se acercaron a él, que siempre fue mucho mejor comprendido por la crítica americana –piénsese en un Lunarejo o, ya en nuestros días, en Lezama– que por la crítica española tradicionalista, que siempre lo vio como extranjero.[19]

Esa crítica española tradicionalista, a la que tanto debieron marxistas cubanos como Marinello y la propia Aguirre, vio como extranjeros a Góngora y a la propia Sor Juana, como sugería García Marruz en sus glosas de los prejuicios de Marcelino Menéndez y Pelayo sobre la poeta mexicana.[20] Luego García Marruz comentaba elogiosamente la lectura de Octavio Paz de Sor Juana, en El arco y la lira (1956), en la Habana de la sovietización y el caso Padilla.[21] Del encausto a la sangre (1975) fue la intervención de una crítica marxista-leninista cubana en la obra poética de la monja mexicana y, a la vez, una respuesta ideológica a la recepción de Sor Juana en círculos del neobarroco latinoamericano de los setenta.

Misterios de los conflictos y armonías de comunistas y católicos en la Cuba soviética: mientras Aguirre y García Marruz confrontaban visiones sobre Sor Juana Inés de la Cruz, la segunda saludaba la “Canción antigua al Che Guevara” de la primera, por su “aire cortesano, gentil, galante, aunque levemente desenfocado”.[22] A García Marruz le impresionaba que la canción de Aguirre recurriera formalmente a la tradición de la lírica cristiana francesa medieval. Esa observación intentaba responder una pregunta que no era ajena a la tensión entre escritores comunistas y católicos en La Habana de los setenta: ¿por qué Mirta Aguirre, “no obstante su filiación marxista, se movía en poesía más desembarazadamente en las formas tradicionales”?[23] Como si “no pareciera necesitar de la creación de una forma nueva, ya que la sola realidad que admite es la de la historia”.[24] No creo que este último apunte, en la prosa de la autora de un ensayo titulado “Lo exterior en la poesía”, fuera acrítico.

Frente al neobarroquismo, Aguirre esgrimía un barroco de Estado, asimilable a la ideología del Partido Comunista de Cuba, que celebró su primer congreso justo en 1975, año de la publicación del ensayo en Casa de las Américas. Aquel barroco de Estado estaba compuesto por dos piezas primordiales: el realismo popular de Nicolás Guillén y lo “real maravilloso” de Alejo Carpentier. Ambos escritores eran, para Aguirre, Marinello, Portuondo, Augier y Fernández Retamar, emblemas de una literatura nacional y, a la vez, continental.[25] La canonización de Carpentier y Guillén en Cuba acompañaba la política editorial del Estado dentro y fuera de la isla, ya que sustentaba un tipo de autorización portadora de una idea excluyente de las poéticas literarias en la América Latina de la Guerra Fría.


Notas:

[1] Mirta Aguirre: El romanticismo de Rousseau a Víctor Hugo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1987, p. 250.

[2] Ibídem, p. 251.

[3] Ídem.

[4] Ibídem, p. 259.

[5] Mirta Aguirre: La obra narrativa de Cervantes, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1971, pp. 70-78 y pp. 295-298.

[6] Ibídem, pp. 12-19.

[7] Ibídem, pp. 172-177 y pp. 299-303.

[8] Ibídem, pp. 315-319.

[9] Fina García Marruz: “Notas para un libro sobre Cervantes”, Orígenes, n.o 24, año VI, 1949, p. 47.

[10] Mirta Aguirre: Del encausto a la sangre, Instituto Nacional de Protección a la Infancia, México D.F., 1975; Mirta Aguirre: Del encausto a la sangre: Sor Juana Inés de la Cruz, Cuadernos Casa de las Américas, La Habana, 1975.

[11] Mirta Aguirre, Del encausto a la sangre: Sor Juana Inés de la Cruz, Cuadernos Casa de las Américas La Habana, 1975, p. 10.

[12] Ibídem, p. 11.

[13] Ibídem, p. 12.

[14] Ibídem, p. 55.

[15] Ibídem, p. 59.

[16] Iván González Cruz: Diccionario. Vida y obra de José Lezama Lima, Generalitat Valenciana, 2000, p. 498.

[17] Fina García Marruz: Como el que dice siempre. Antología de ensayos, El Equilibrista, México D.F., 2007, p. 145.

[18] Ibídem, p. 144.

[19] Ibídem, p. 179.

[20] Ibídem, p. 184.

[21] Ibídem, p. 180. Las ideas de Paz sobre Sor Juana, en El arco y la lira (1956), fueron ampliadas en el apartado sobre el “ensayo de restitución” en su clásico, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1982, pp. 609-615.

[22] Fina García Marruz: Hablar de la poesía, La Habana, Letras Cubanas, 1986, p. 416.

[23] Ibídem, p. 422

[24] Ídem.

[25] Mirta Aguirre: Un poeta y un continente, Letras Cubanas, La Habana, 1982, pp. 44-73.

RAFAEL ROJAS
Rafael Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965). Es historiador y ensayista. Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Habana, y doctor en Historia por El Colegio de México. Es colaborador habitual de la revista Letras Libres y el diario El País, y es miembro del consejo editorial de la revista Istor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Ha publicado los libros: Un banquete canónico (2000), Revolución, disidencias y exilio intelectual cubano (2006), La vanguardia peregrina. El escritor cubano, la tradición y el exilio (2013), entre otros. Desde julio de 2019 ocupa la silla 11 de la Academia Mexicana de la Historia.
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