‘10D500 / La cuadratura del círculo’ apuesta por las individualidades

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‘Emigrante No 8’, Esterio Segura

Este 500 aniversario de La Habana ya me parece interminable. Y, aunque el que sería su punto climático transcurrió bastante silencioso, cada espacio –institucional o no– ha tratado de integrarse en un marco festivo que resulta estrategia promocional, u homenaje, como insisten en llamarle. En realidad, este no es un problema, pero a la altura de febrero del 501 ya el mismo numerito comienza a saturar la vista del transeúnte. Demasiadas individualidades sujetas a un marco festivo que, por el inevitable embate del tiempo, va quedando atrás.

Ahora se suma Factoría Habana con su muestra 10D500 / La cuadratura del círculo, inaugurada el pasado viernes 5 de febrero, que pretende conectar un doble tributo: el propio, porque la galería cumple su décimo aniversario, y el famosísimo 500 cumpleaños de la capital. Para ser sincero, en esta avalancha de homenajes, la intención de Factoría me parece bastante legítima, pero ese 500 no pasa de ser un mero un gancho de atracción: la dosis reflexiva de la muestra incluso sortea el decenio del propio espacio para desplegar una mirada bastante ambiciosa hacia individualidades vinculadas por el contexto de las artes visuales capitalinas.

Entonces, es la conexión metafórica con la cuadratura del círculo lo que encierra mayor sentido en la exposición. Y me parece que las curadurías de Concha Fontenla no escatiman en osadías asociativas, y gustan de poetizar o dotar de matiz científico al menos al título. Aquí se parte de un problema matemático irresoluble: la dichosa cuadratura plantea la imposibilidad de hallar, sólo con regla y compás, un cuadrado que posea un área igual a la de un círculo dado.

En cierta medida, la curadora encuentra un problema semejante en nuestro panorama artístico, una suerte de explosión de poéticas muy personales inevitablemente inconexas entre sí. No obstante, –y aunque las lejanías expresivas en las artes visuales cubanas no son cuestionables– creo que esta imposibilidad fatídica con la que se homologa va al extremo. En definitiva, el arte deriva del conjunto de impulsos que el propio contexto genera en la figura del creador. Al final son interpretaciones de un mismo fenómeno espacio-temporal, y sí es posible encontrar nexos. Quizás la solución curatorial en realidad se enfoque –como plantea el texto a la entrada de Factoría– en un cambio de metodología frente a la comprensión de la realidad, en la renuncia a la unidad utópica para enfrentar un grupo de heterogeneidades mestizas. En este caso podríamos hablar de un sistema de subjetividades híbridas unidas por el delgado hilo de una realidad común; nada más lejano a la unidad lógica y tectónica que se escondía tras la búsqueda fatigosa de la cuadratura del círculo. No estamos en tiempos de metarrelatos, menos de quimeras.

Para esta supuesta red de inequidades, se reúne una nómina conformada por artistas que de algún modo han estado vinculados a Factoría Habana en sus diez años de existencia –aquí entra a jugar su parte el 10D500 que se lee en el título–. Un total de veinte firmas, incluyendo un dúo, que se reinsertan en el espacio, tanto con viejas fórmulas como con piezas producidas para la ocasión. Con exactitud, el grupo dispuesto lo componen: Adonis Ferro, Alejandro Campins, Antonio Eligio Fernández (Tonel), Carlos Martiel, Cirenaica Moreira, Duvier del Dago, Ernesto Niebla & Saidí Boza, Ernesto Oroza, Esterio Segura, Fabián Muñoz, Fernando Rodríguez, Humberto Díaz, José A. Toirac, José M. Mesías, Luis Gómez, Octavio C. Marín, Rafael Villares, René Peña, Rocío García y Sandra Ramos. Una nómina de impacto, sobre todo luego de un enero bastante breve en materia plástica.

Como la pluralidad en la nómina lo supone, 10D500 / La cuadratura del círculo presenta un abanico de soportes bastante amplio: fotografía, pintura, dibujo, instalación, video, performance documentado; en resumen, barre casi todo lo que se refiere a soporte visual. Sin embargo, esta multiplicidad pareciera engañosa porque resulta uno de los primeros guiños dispuestos a configurar cierta cohesión –visual en primera instancia– a lo largo de toda la muestra. Y me refiero a engañosa porque hablamos de una propuesta que defiende, precisamente, la divergencia como característica propia. El primer nivel es quizás el más heterogéneo, con cierta dominancia de la fotografía y el video. En el segundo –donde resalta un Luis Gómez reinventado– se prioriza lo pictórico, aunque Humberto Díaz y Francisco Rodríguez confirman la excepción. Y para el tercero se reservan las instalaciones lumínicas, matizadas por un video de Sandra Ramos.

En cuanto a giros individuales de concepto, sería ridículo tratar de realizar una enumeración reflexiva para cada propuesta. Caeríamos en una profundización de poéticas verticales más que en el análisis horizontal necesario. Creo que la muestra no podría traicionar su intención inicial de presentar cada creador de la manera más original y personal posible. De hecho, esta característica otorga cierta comodidad a la curaduría, que pudiera ser el sabor más amargo que deja la exposición en general. Al final cabe todo de todos, no hay que pensarse puentes si se quiere conservar ese carácter de territorios aislados. Hay una suerte de nacionalismo en las individualidades claramente enunciado. A mí en particular, siempre me apasiona la audacia de encontrar paralelos, doblemente destacable cuando los distanciamientos son ya tan probados.

No he tenido la suerte de acompañar a Factoría en su evolución, digamos que he estado relacionado con más o menos la mitad de su existencia. Si rememoro las exposiciones que por esos años pude visitar, o escuchar de ellas, y que acontecieron en el espacio, me parece que la selección fue al menos bastante efectiva. Es cierto que se extraña cierto enlace conceptual que daría el toque de lujo a una muestra de estas dimensiones. No obstante, es un recorrido digno, incluso una mirada aglutinadora, necesaria de vez en cuando. Un buen cierre a ese 500 que parece interminable, sobre todo si la referencia real al número no pasó de un rótulo que adornaba el título.

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