Adonis Ferro: como un lucio desconcertado en Factoría Habana

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‘Des-concierto 10. Rectángulo’, Adonis Ferro, 2020

El artista cubano Adonis Ferro (La Habana, 1986) presentó Rectángulo, la décima entrega de su serie Des-concierto, el pasado 17 de enero en Factoría Habana (calle O’Reilly #308, entre Habana y Compostela, La Habana Vieja).

El impulso creativo de Adonis Ferro, detrás del cual está no sólo una experiencia, sino también una apetencia, no se quiere acercar de manera apologética, en ninguna circunstancia, a las exploraciones de fenómenos culturales. En este anhelo de construcción valorativa en torno a la funcionalidad de los objetos, a la funcionalidad del poder, y del acto creativo en sí mismo, se vuelve excéntrico.

Entre sus más importantes exposiciones se encuentran La espina del diablo (Galería Servando, 2015), las dos partes de Des-concierto 7. Eso no se hace (Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, 2017), y Des-concierto 9. El banquete (Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, 2018).

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‘Des-concierto 10. Rectángulo’ en Factoría Habana (Facebook Adonis Ferro)

Des-concierto 10. Rectángulo contó con asistencia curatorial de la española Concha Fontenla, fundadora en 2009 de Factoría Habana, una galería y centro experimental de arte contemporáneo que se dedica a preconizar las nuevas tecnologías, las experimentaciones sensoriales, el diseño industrial, el performance y el arte urbano.

Rectángulo tuvo la colaboración de La Granja Producciones, Collage Habana, y el Fondo Cubano de Bienes Culturales, y forma parte de la serie de works in process que bajo el título Des-conciertos ha venido desarrollando Adonis Ferro desde el 2013, y que presentara por primera vez en el 2014 en la Galería Galiano bajo el título Des-concierto 0. Ojo De Agua.

Mirado ya desde el presente se trata de un proyecto transdisciplinario que se caracteriza por la hibridación, donde no hay nada absolutamente ajeno: todo está al alcance. Por ende, en este des-concierto tampoco hay nada exclusivamente “propio”; lo que contradice las ínfulas de autenticidad, la condición de exclusividad, de auténtico-revelador que posee esta serie, de manera simuladora y cosmética.

Estas experiencias son construcciones performativas que vinculan el arte sonoro, la instalación y el cuerpo, dentro de un campo más bien “expandido”, creando atmósferas sensoriales elaboradas junto al espectador; hecho que se instaura como principio. Dice Adonis Ferro: “Los des-conciertos pretenden generar una serie de experiencias únicas en comunión con el espectador, un estado visceral que alcance trascender cualquier clasificación. Utilizo para ello los medios que exija cada proyecto.”

Des-concierto 9. El banquete, antecede a Rectángulo. Tuvo lugar el 13 de mayo de 2018 en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam. En aquella ocasión el texto, bajo el texto, era El banquete de Platón. Dividido en cuatro actos, El banquete incluyó la participación de varios luthiers y la colaboración del compositor Denis Peralta, que consiguieron emancipar la representación iconográfica con la invención de tres instrumentos musicales (instrumentos estéticos): el yugocordio, el dracófono y el tritubófono.

Adonis Ferro no tuvo en Rectángulo, evidentemente, las mismas aspiraciones espectaculares. Pero aquí, aunque el paisaje es más sobrio, se mantiene el deseo auténtico-revelador, la necesidad, ¿la utopía? Y lo que importa es el deseo, lo sabemos. Somos amos del deseo.

La galería recomendó ir a la exposición vestido de negro. Lo hizo vía Facebook: #VenDeNegro.

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‘Des-concierto 10. Rectángulo’ en Factoría Habana (Facebook Adonis Ferro)

Des-concierto 10. Rectángulo: rectángulo de aplausos. Me pregunto por qué Adonis Ferro no está, descalzo, entre las cien personas vestidas de negro que aplauden dentro del rectángulo (¡Bravo!), que resisten la embestida del poder dentro del rectángulo (¡Bravo!), las doscientas manos que aplauden al Dios dentro del rectángulo (¡Bravo!), que producen la ovación dentro del rectángulo. ¡Bravo!

Extraemos del programa de mano: “En definitiva –escribe en New Jersey, Adonis Ferro– el aplauso grupal es uno de los mejores ejemplos en la sincronización de un cuerpo social. Una estructura espontánea, pegajosa y cordial, para celebrar la vida. Satisfacción momentánea y fugaz, pero auténtica”.

No eran cien, no. No eran doscientas manos. Al menos noventa y nueve, ciento noventa y ocho manos. Una señorita, también vestida de negro, no pudo aplaudir porque llegó tarde.

Eran 99 (faltaba uno), mientras Adonis Ferro se paseaba con zapatos de taco cuadrado y frac negros, negrísimos. Con un pelo perfecto, a lo Tom Cruise, se paseaba, y yo lo miraba desde el tercer nivel de Factoría Habana, donde estaban las Piedras ahogadas.

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‘Piedras ahogadas’, Adonis Ferro

“Piedras heridas / Por el tiempo / Por el morbo / Por la toxina / Por la causa / Por los hijos / Por el ego / Por la prisa / Por el exceso / Por defecto / Por oxígeno / Por la herida en el pecho del oso rosado y blanco con botones en los ojos.” Leo en el programa de mano lo que escribió Ferro sobre Piedras ahogadas, y siento, en mí, la herida en el pecho, siento que soy el oso rosado y blanco con botones en los ojos.

Esta herida me tocó por carambola. Porque Adonis Ferro no quisiera que lo miraran desde el tercer nivel de Factoría Habana. Que lo identificaran como el director del des-concierto. Como el autor(idad) del des-concierto. Que lo vieran cerrado de negro saludando a los invitados. Que lo vieran aceptar cumplidos. Adonis Ferro parece, desde este tercer nivel, un populista.

Adonis Ferro representa la idea. No pone en performance la idea. No presenta la sujeción al poder, la representa. Representa el aplauso “como necesidad social convertida en naturaleza y transformada en esquemas motores y en reacciones automáticas del cuerpo” –leo a Chul Han en Sobre el poder.

Al representar el aplauso lo naturaliza. Y no hay nada más artificial que lo naturalizado. Los sometidos al poder se pliegan a él como si eso fuera un orden natural. Adonis Ferro coloca, en el segundo nivel de la galería, una vitrina de madera teñida (lámpara y hoja de oro). Instalación-environment que denominó Dios.

Transcribo: “Casting: Libia Batista”. Adonis Ferro hizo casting. Qué pena. ¿Pagó? ¿Esas cien (99) personas fueron pagadas para aplaudir? ¿Cuánto?

¿Por qué no convocó a cien personas del solar más bullanguero de Centro Habana? ¿Por qué no convocó a cien trabajadores por cuenta propia? ¿Por qué no convocó a cien madres solteras? ¿Por qué no convocó a cien artistas independientes? ¿Por qué no convocó a cien trans del Parque de La Fraternidad? ¿Por qué no convocó a cien afectados por el tornado? ¿Por qué no convocó a cien periodistas freelance? ¿Por qué no convocó a cien limpiabotas? ¿A cien limpiacalles? ¿A cien maniseros? ¿A cien vendedores de periódicos? ¿A cien de los cientos de mendigos que nos piden un peso, por favor? ¿Por qué no convocó a un Comité de Defensa de la Revolución?

Él no quisiera que lo confundieran con lo que critica.

He leído en un libro de pesca que el lucio es un predador carnívoro. Es un pez, tres pulgadas de largo, perfecto, en todas sus partes, a franjas verdes y doradas. En su mundo mide cientos de pies. Sale a la superficie y baila entre las moscas, aturdido por su propia grandeza.

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1 comentario

  1. No es posible entender la poesía cuando se carece de ella. No encuentro una lógica en este discurso que no sean piedras tiradas con arbitrariedad para atacar.

    Me preocupa el marcado y reciente interés hacia el ego de Adonis Ferro. ¿Alguna vez alguien se ha preguntado qué realmente se esconde detrás de él? ¿Se han preguntado por sus inseguridades, sus miedos? Supongo que sí, aunque evidentemente, este no es el caso.

    Pero no quiero desviarme. Con respecto a “Rectángulo”, la obra me resulta muy delicada y sutil; sobre todo muy poética. Por tanto, no entiendo que se cuestionen sus pretensiones, los medios, los recursos que se han empleado en ella, su esencia, sus intenciones…

    Para empezar, ¿qué artista no prentende ser excéntrico o llamar la atención sobre su trabajo? Si no, ¿cuál es el objetivo de una exhibición? Por otra parte, no solo un artista, ingenieros, arquitectos, científicos, cualquiera de ellos ha de beber de otras experiencias para la realización de una obra y no por ello esta deja de ser auténtica: «Ex nihilo nihil», decían los romanos. Sinceramente, estos son criterios que sobresalen. Es innecesario referirse a ellos, absurdo.

    Yo, como Ariel, me hago también muchas preguntas. ¿Por qué cree él necesaria la presencia física del artista en su obra performática? ¿Acaso Adonis Ferro es actor? ¿Por qué necesita Ariel hablar de ego a toda costa? ¿Es acaso Ariel quien tiene problemas de ego? ¿Por qué Ariel, el oso rosado y blanco con problemas de autoestima, mira tanto al artista desde el tercer piso? ¿Es que envidia Ariel los negrísimos zapatos de taco cuadrado? O quizás, como bien recalca él, lo que importa es el deseo. ¿Que es aquello que desea Ariel? ¿La elegancia del frac? ¿La fama de Tom Cruise? ¿Al hombre del peinado perfecto?

    Pero ahora concentrémonos en los aplausos. Es cierto, hay algo de artificial en ellos. Ocurre de la siguiente manera: uno o unos pocos aplauden, en principio de manera espontánea, luego otros lo hacen por compromiso real o formal y así, sucesivamente, se conforma una inmensa ola que termina por convertirse en un aplauso grupal. ¿Espontáneo? ¿Cordial? ¿Hipócrita? ¿Real? Me pregunto, ¿qué compone una sociedad sino un conjunto de individuos de diferentes estatus sociales, razas, ideologías? ¿Acaso “cien personas del solar más bullanguero de Centro Habana” conforman una sociedad?, ¿cien trabajadores por cuenta propia?, ¿cien madres solteras? Lo cierto es que cien resulta un número bien escaso para representar los prototipos de individuos que conforman una sociedad, esa sociedad que hoy, casualmente, se asoma a sus balcones, ventanas y portales para, en un aplauso multitudinario, celebrar la vida.

    Insisto: ¿es necesaria la convocatoria a personas de una profesión específica o una condición social a representar una obra, a interpretar?

    Para hablar de un hecho en sí no es necesario mostrarlo. Esto me lleva a otro cuestionamiento: ¿qué pasa con la poesía cuando el arte se convierte en estadísticas, gráficos o plataformas que contabilizan y analizan hechos?

    Ariel hace referencia también a lo «estético» de los instrumentos del «Desconcierto 9 • El Banquete». La esencia de esos instrumentos es que funcionan. En ese Banquete no solo se habla de arte sonoro (que puede realizarse con cualquier objeto que retumbe) o de un objeto que simula un instrumento musical y que no emite sonido. En el caso del yugocordio, el dracófono y el tritubófono estamos hablando de música y eso, es trascendental en el arte. Solo por ese hecho, la obra, por lo mínimo, merece respeto.

    Pero es entendible. El discurso viene siempre respaldado por una realidad individual o social. Por tanto, no es posible una sola línea de lectura, sino todas las que los receptores asuman, dependiendo de sus experiencias propias: existen tantos textos como lectores haya de ellos.

    Lo inentendible es la incapacidad  de ver lo visionario de ese aplauso colectivo en la víspera de una crisis global donde un cuerpo social universal se une en entusiastas palmoteos.

    Lo que no es entendible, Ariel, son las bajas pasiones, pueden lascerar la creación artística.

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