Parece haber algo inevitablemente incómodo en ver al dictador que destruyó Cuba convertido en protagonista de un thriller de Hollywood. Y, sin embargo, esa incomodidad forma parte del contrato que el cine lleva décadas negociando con la figura de Fidel Castro: la de un hombre cuya vida, por sus propias dimensiones dramáticas, resulta difícil de ignorar para cualquier guionista que busque tensión, paradoja y conflicto en la historia reciente. Killing Castro (2026), ópera prima del cineasta puertorriqueño Eif Rivera, estrenada el pasado 9 de junio en el Festival de Cine de Tribeca, no escapa a esa negociación. Y tampoco pretende resolverla.
La película se sitúa en septiembre de 1960, uno de los momentos más tensos de la Guerra Fría. Fidel Castro llega a Nueva York para participar en la Asamblea General de la Naciones Unidas y, ante el rechazo de los hoteles del Midtown, acepta la invitación de Malcolm X para alojarse en el Hotel Theresa, en Harlem. Lo que sigue es una operación de convergencias improbables: la CIA, el FBI y la mafia italiana comparten, por distintos motivos y con distintas metodologías, un mismo objetivo: eliminar al líder de la Revolución cubana antes de que abandone suelo estadounidense. Sin embargo, en el centro de la trama no está precisamente Castro, sino un joven traductor –Leo, interpretado por Xolo Maridueña– que se ve arrastrado hacia el ojo del huracán.
Castro, interpretado por el actor mexicano Diego Boneta (quien, por cierto, para la preparación del personaje estuvo asesorado por el historiador cubano Rafael Rojas), funciona más como detonador que como protagonista dramático. Su presencia lo satura todo –el lobby del hotel, las reuniones clandestinas, la ciudad entera–, pero la cámara prefiere seguir a quienes orbitan a su alrededor antes que intentar penetrar su interioridad.
Rivera, quien viene del mundo del videoclip –donde perfeccionó un sentido visual preciso y de alto impacto, conocido desde que dirigiera el clip de I Get Money de 50 Cent–, traslada a su primer largometraje esa energía: Killing Castro es, ante todo, un filme de atmósferas y de movimiento donde el Hotel Theresa se convierte en una especie de ecosistema cerrado, una cámara de presiones donde todos vigilan a todos.
Al Pacino interpreta al agente de la CIA encargado de orquestar el complot. El papel es, en cierta medida, una extensión de todo lo que Pacino ha encarnado a lo largo de décadas: el hombre que conoce las reglas del juego porque las ha escrito él mismo, o porque las ha visto reescribirse demasiadas veces. La crítica especializada ha señalado que su presencia tiene, incluso, una dimensión metacinematográfica: Pacino en pantalla es una manera de recordarle al público que esto ya lo ha visto antes, que el cine de conspiraciones y poder tiene una genealogía larga y que esta película es consciente de ocupar un lugar dentro de ella.
Su elogio hacia Boneta durante el estreno en Tribeca fue uno de los momentos más comentados del evento: “Qué gran actuación da este muchacho. Es todo lo que puedo decir”, afirmó. “Es increíble lo que hace. Se convierte en el personaje, una de las grandes cosas que pueden hacer los actores”.

Boneta, quien ya demostró su capacidad de transformación al interpretar a Luis Miguel en la serie biográfica homónima, enfrenta aquí un desafío cualitativamente distinto. El cantante es un ídolo latinoamericano de perfil conocido, pero vida privada opaca: el actor podía moverse con libertad interpretativa dentro de esa opacidad. Castro, en cambio, es una figura hiperdocumentada, reconocible hasta el gesto, y además profundamente polarizante.
Boneta ha confesado que sintió pánico cuando consiguió el papel: “El reto más importante de mi carrera, pero también el más gratificante. Fue una experiencia increíble, un aprendizaje muy especial, un reto enorme. Estaba apanicado cuando me quedé con el papel”.
Las primeras reseñas de Tribeca sugieren que esa presión se convirtió en combustible. Varios críticos han destacado su trabajo como lo mejor del filme, señalando que logra transmitir el carisma desbordante del personaje sin caer en la imitación esperpéntica.
Esa última decisión –priorizar el carisma sobre la denuncia– es, justamente, la que ha generado más debate desde que el proyecto fue anunciado. El público cubano, especialmente en la diáspora, expresó desde el inicio sus reservas ante la posibilidad de que el filme romantizara o glamorizara a un dictador cuyo legado es, para millones de familias, sinónimo de represión, exilio y pérdida.
El actor cubano Héctor Medina, quien interpreta a Raúl Castro en el filme, respondió en 2024 a esas inquietudes en una entrevista concedida a Diario de Cuba: “Acepté estar en la película por la visión clara y sincera que da de estos personajes, históricamente romantizados. Los guionistas y productores han sido muy severos con los valores que tienen y los que no tienen”.
Lo cierto es que no es la primera vez que el cine se enfrenta a este dilema. La figura del dictador cubano ha sido encarnada en pantalla por una larga lista de actores, con resultados y aproximaciones muy distintas. Jack Palance le dio vida en ¡Che! (1969), dirigida por Richard Fleischer, en una producción que priorizó el espectáculo sobre el análisis. Roberto Cavada lo interpretó en el docudrama Che (1998) de Miguel Torres. Juan Luis Galiardo apareció como Castro en I Love Miami (2006), de Alejandro González Padilla. Víctor Hugo Martin y Honorato Magaloni lo encarnaron en la miniserie televisiva ¡Fidel! (2002), dirigida por David Attwood. Más recientemente, el actor cubano Carlos Enrique Almirante le ha dado vida en Comandante Fritz (2023), filme del realizador cubano Pavel Giroud, que aborda el periodo revolucionario desde dentro de la isla, con los matices que esa perspectiva impone.
Pero quizás el experimento más radical y menos recordado de todos sea el de Andy Warhol. En La vida de Juanita Castro (1965), uno de los primeros ejercicios cinematográficos de la Factory, varios de los personajes masculinos de la obra –Fidel Castro, Raúl Castro, el Che Guevara– son interpretados por mujeres. Las actrices se colocan frente a una cámara que creen que las está filmando, cuando en realidad están siendo captadas por otra cámara situada a un lado. La actriz Mercedes Ospina encarna al mismísimo Fidel Castro.
Killing Castro parece representar el mundo de 1960 –la Guerra Fría, la descolonización, el alineamiento de Cuba con la Unión Soviética, la solidaridad de Malcolm X con Castro como gesto político de resistencia frente al imperialismo norteamericano– para dialogar de manera particular con el presente, cuando las tensiones geopolíticas han vuelto a reconfigurar las alianzas y los antagonismos globales. La crítica anglosajona surgida de Tribeca ha notado ese paralelismo y lo ha celebrado como uno de los méritos del filme: su capacidad para anclar un episodio histórico concreto en preguntas que siguen abiertas.
Las reseñas, en términos generales, han sido moderadamente positivas. Algunos críticos señalan que la película pierde fuerza en su resolución, que el thriller de asesinato nunca termina de tensar el arco narrativo tanto como el material promete. Otros destacan la energía del conjunto, la inteligencia de la elección del punto de vista de Maridueña y la solidez de un elenco diverso que incluye a KiKi Layne, Nicole Beharie, Kendrick Sampson como Malcolm X, y Logan Marshall-Green como el mafioso Johnny Roselli. El consenso parece ser que Killing Castro es un filme más entretenido que verdaderamente perturbador, más hábil en la construcción de atmósfera que en la profundidad política.
Para el público cubano y para quienes siguen con atención el modo en que la cultura global procesa el legado de la Revolución, la película tendrá que hablar por sí misma cuando llegue a las salas, probablemente en el segundo semestre de 2026.
Rivera, que creció en el Bronx, a pocas cuadras del Hotel Theresa, lleva a su primer largometraje la energía de alguien que siente esa historia como propia. Si esa proximidad se traduce en una mirada honesta sobre los límites del carisma y el peso de sus consecuencias, Killing Castro podría ser entonces algo más que un thrillerbien ejecutado.

