‘El día de la revelación’ de Steven Spielberg: una utopía desesperada

'El día de la revelación' quizás sea la utopía del cine occidental más importante desde la curiosa, espectacular y única 'Things to come', de William Cameron Menzies, en 1936.

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La distopía es un género en auge en el audiovisual, sobre todo de corte comercial. Se ha puesto de moda la decadencia social, la crisis de los modelos políticos y la, al parecer, inexorable precipitación de la humanidad en el caos.

Las hogueras de las vanidades se prenden incesantemente en el cine y el streaming, muchas veces como advertencias pervertidas y banalizadas sobre la masa crítica que ha ganado la estupidez humana y su genéticamente desmedida ambición de poder –quizás el argumento más álgido y brillante que maneja la distopía de distopías, 1984, de George Orwell.

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Hollywood y sus pares resultan verdaderos cofres de Pandora de los que no cesan de fluir maneras más o menos creativas, más o menos ingeniosas, más o menos agudas, más o (mucho) menos inteligentes. Una cornucopia de desastres y maldades que prácticamente han segregado al optimismo al redil de lo kitsch, lo banal y casi prohibido de tocar, so pena de ser automáticamente acusado de estos “crímenes” creativos.

En medio de todo este maremágnum distópico, altamente rentable, Steven Spielberg regresa al ruedo fílmico con la película El día de la revelación (Disclosure Day, 2026), que, si bien no es su mejor título, sí aspira a resultar el más sensibleramente estrafalario, a la vez que entrañable y humanista; además del más atrevido y temerario, por levantar una utopía esperanzadora en medio de un escenario humano (fictivo y real) dominado por el desastre, el escepticismo y el pesimismo.

El día de la revelación quizás sea la utopía del cine occidental más importante desde la curiosa, espectacular y única Lo que está por venir (Things to come, William Cameron Menzies, 1936), con todo y su gran valor agregado: basarse en el único guion cinematográfico escrito por H. G. Wells.

Notar que Spielberg y el autor británico comparten una mirada piadosa y humanista sobre el mundo. Spielberg se centra más en una fe irredenta en la esencia bondadosa del homo sapiens sapiens, mientras Wells en la relevancia de la conducta ética ante el poder que otorgan las ciencias.

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El director estadounidense retoma el tema del contacto extraterrestre casi veinte años después de su último abordaje del tópico, en la desafortunada Indiana Jones y el reino de las calaveras de cristal (Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull, 2008) que, más allá de sus torpezas, desplaza su mirada hacia el paleocontacto –teoría ampliamente difundida sobre las visitas extraterrestres a la Tierra en el pasado remoto y su definitoria influencia en el desarrollo de las civilizaciones.

Tres años antes se había tomado una suerte de “licencia” tonal al dirigir precisamente su versión de uno de los grandes clásicos de Wells: La guerra de los mundos (War of the Worlds, 2005), dado el enfoque negativo que confiere a los alienígenas, quienes siempre han gozado en su filmografía de un halo bondadoso digno de una superioridad espiritual más que puramente tecnológica, como sucede en Encuentro cercano de tercer tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1977), E. T. (E. T.: The Extra-Terrestrial, 1982). Ambos títulos bien pudieran articular una trilogía no confesa pero muy orgánica con El día de la revelación.

Aunque esta nueva cinta apela a fórmulas ya conocidas empleadas en Encuentro… y E. T. (estereotipadas y agotadas por numerosas producciones de otras televisoras, plataformas y estudios fílmicos), como la organización gubernamental ultrasecreta que solo ve en los visitantes extraterrenos un potencial tecnológico, muestra mucho más interés por el peligroso contexto mundial en que ocurren o se revelan los contactos.

Wardex es el nombre de la agencia estadounidense que desarrolla una labor autónoma, desconocida por casi todo el gobierno, de recolectar información y tecnología de todas las naves extraterrestres que se han accidentado en el planeta, empezando por la célebre catástrofe de Roswell, Nuevo México, en 1947. La dirige un apasionado y amoral Noah Scanlon (Colin Firth) que hace lo “necesario” por recabar todo el poderío extraterrestre para Estados Unidos.

El ensordecedor ruido de fondo en que transcurren las acciones y la “revelación” es la inminencia de una Tercera Guerra Mundial cuyo devastador cariz nuclear amenaza con segar la vida en el planeta, y demanda un verdadero milagro para no estallar: esa sería la confirmación definitiva de la inteligencia extraterrestre y su longeva presencia en la Tierra.

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En este contexto extremo, la presentadora de televisión Margaret Fairchild (Emily Blunt) experimenta el súbito despertar de un potencial dormido en ella, y comienza a hablar “en lenguas” como los antiguos profetas bíblicos. Reconstruye la torre de Babel cuando resulta imprescindible.

De manera paralela, Daniel Kellner (Josh O’Connor), un especialista en seguridad informática, remonta el camino de la desclasificación de miles de archivos que prueban de sobra la existencia de la vida extraterrestre y su contacto con los seres humanos.

Spielberg apela aquí al significado original del vocablo griego apokálypsis (ἀποκάλυψις): “quitar el velo” o “revelación”, purificándolo de su connotación más extendida de desastre exterminador de la civilización; resultando el cine apocalíptico y posapocalíptico una de las expresiones más extremas del cine distópico. La película bien podría haberse titulado Apocalypse Day sin perder nada de su sentido.

El día de la revelación se intuye como un arriesgado y desesperado voto por el triunfo final de la bondad justo al umbral del fin de los días; una apuesta ingenua pero sincera –o lúcidamente ingenua– porque la revelación de la vida extraterrestre catalice una epifanía masiva en el mundo y las personas comiencen finalmente a querer a su prójimo como a sí mismos. El reino de la empatía renaciendo de las cenizas del imperio del egoísmo.

Emprender un proyecto como este, casi una versión de E. T. para adultos en clave de thriller y con ciertos guiños, conscientes o no, a la serie The X Files, es quizás una tarea mucho más ardua de lo que se pueda imaginar, de la que solo pocos directores hollywoodenses (también de otros lares y rediles creativos, por qué no) pueden salir airosos. Quizás podríamos nombrar también a James Gunn, con su criticada versión de Superman (2025), más valiosa de lo que se cree –así como Gunn es un director más brillante de lo que se cree.

Spielberg pacta con su director de fotografía más íntimo, el polaco Janusz Kaminski (responsable de filmar 19 de sus títulos), una paleta acerada muy cercana a Minority Report (2002), pero con un fuerte privilegio de los primeros planos, algo que pudiera considerarse contraproducente en un blockbuster de unos 115 millones de dólares presupuesto.

La cinta cuenta con tres o cuatro secuencias de acción, pero estas persecuciones están más cerca de constituir una “disculpa” con el público que espera de Spielberg puro espectáculo, que de ser elementos dramatúrgicos imprescindibles para el desarrollo de un relato anclado en personajes, sus evoluciones y sus decisivas iluminaciones mesiánicas.

La cámara apenas se despega de los rostros del antitético y algo desproporcionado dueto de Daniel y Margaret, devenidos suerte de nuevos progenitores de la humanidad. Parteros de su renacimiento espiritual, moral, empático.

Son unos Adán y Eva espirituales que, a la vez, bien pueden simbolizar las especializaciones de los dos hemisferios cerebrales: el izquierdo (Daniel), concentrado en el razonamiento analítico, lógico, secuencial y práctico, y el derecho (Margaret), concentrado en el pensamiento emocional, intuitivo, creativo. Ambos han sido escogidos para reconfigurar a la especie, para auxiliarla en su próximo paso evolutivo.

En 2009, el singular e irregular Alex Proyas (El cuervo, Dark City) dirigió una pequeña película titulada Señales del futuro (Knowing), una distopía esperanzada en la que, ante el irremediable colapso de la Tierra, los extraterrestres deciden salvar a dos niños para que preserven la humanidad allende las estrellas.

Se me antoja reverso directo de El día de la revelación, en la que Spielberg apuesta por salvar a todos los individuos, no a la especie. La Tierra es el Arca en la que todos tienen lugar, no solo dos de cada especie, mientras el resto se ahoga en las aguas del Diluvio Universal.

Spielberg apuesta por salvar a cada uno de los individuos que caminan, aman y sufren en el mundo; no a preservar los genes de una humanidad sin remedio, para resetearla y reformularla casi desde cero.

Emily Blunt es una actriz poderosa, amén de la calidad de las películas en participe. Recuerda viejas épocas del Hollywood glorioso, pletórico de divas telúricas. Tras su destaque como personaje secundario en El diablo viste de Prada (The Devil Wears Prada, David Frankel, 2006) fue etiquetada de “ladrona de escenas”. Y lo sigue siendo, aunque sea protagonista y no lo necesite.

Con su carisma, pletórico de mutaciones inesperadas, su encantador y trepidante retorno a su yo infantil, se roba una película que de antemano parece estar concebida alrededor de su personaje. Sobrecumple expectativas. Quizás demasiado.

Es una Eva arrolladora de la cual el Adán de Daniel es su costilla, su complemento; pero nunca su par, aunque el guion parezca insistir demasiado en el balance. Pero finalmente Spielberg realza el potencial empático del hemisferio izquierdo, donde es más probable que resida el alma y la condición humana en su estado más puro.

Desde esta perspectiva, el desbalance entre ambos personajes sería totalmente consciente. Daniel es recesivo, racional, experto en traducir el torrente espiritual que fluye a través de la profeta Margaret hacia toda la humanidad con las buenas nuevas. Y Spielberg se permite la ingenuidad de confiar en que la revelación conciliadora de la vida más allá de la Tierra puede salvarnos de implosionar.

Spielberg no se contiene en El día de la revelación. Insiste en la emoción, en el llanto, en que nos amemos unos a los otros, en que nos demos “la paz” al final de esta misa fílmica con verdadera sinceridad. Convierte su película en un rosario violento de rostros lacrimosos, iluminados, compungidos, sensibilizados. Es un último intento por evangelizarnos, desde el cine, en el bien, de operar el despertar, de punzar en la bondad esencial que el director persiste en creer que existe en los humanos.

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ANTONIO ENRIQUE GONZÁLEZ ROJAS
ANTONIO ENRIQUE GONZÁLEZ ROJAS
Antonio Enrique González Rojas (Cienfuegos, 1981). Periodista y crítico de arte. Textos especializados suyos aparecen en publicaciones como La Gaceta de Cuba, Cine cubano: La pupila insomne, El Caimán Barbudo, Hypermedia Magazine, Altercine (IPS Cuba), Cine Cubano, Esquife, Noticias de Arte Cubano, Bisiesto (Muestra Joven ICAIC), Enfoco (EICTV), la revista del Festival de Cine de La Habana, y otras. Ha sido guionista de varios programas televisivos especializados en audiovisual como Lente Joven, Banda Sonora e íconos del celuloide. Ha integrado jurados de la prensa en eventos como el Festival de Cine de La Habana. Ha publicado libros de ficción y crítica de cine, entre los que se encuentran: Voces en la niebla. Un lustro de cine joven cubano (2010-2015) (Ediciones Claustrofobias, 2016) y Tras el telón de celuloide. Acercamientos al cine cubano (Editorial Primigenios, 2019). Un tercer volumen titulado “Críticas, mentiras y cintas de video” está en proceso de edición.

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