El sol al amanecer. ‘Bokurano’, ‘Ikigami’, y la bella muerte de los jóvenes en época de guerra

‘Bokurano’ e ‘Ikigami’, dos aclamados cómics japoneses contemporáneos, tienen una manera muy propia de lidiar con la muerte y el fracaso y tratan a profundidad algo que nos concierne a todos y a todos los cubanos: el sacrificio del futuro en favor del presente, a través de la muerte de los jóvenes.

-

En un momento de Godzilla Minus One (2023), mientras preparan una misión visiblemente suicida, uno de los voluntarios le pregunta al protagonista si en efecto les están pidiendo saltar a una muerte segura. Al contestarle que por supuesto que no, el voluntario sonríe: “¡ah, entonces no es tan malo como la guerra!” El mismo protagonista, un piloto kamikaze que vive la humillación de su propia cobardía, se prepara secretamente a lavarla con sangre a pesar de que es un sacrificio que nadie le pide salvo, en silencio, todo el mundo. A esta misma expiación ridícula y sublime le dedicará Ivan Morris el último capítulo de su The Nobility of Failure: Tragic Heroes in the History of Japan (1975), en esencia una crónica de los héroes japoneses que pudieron haber sido e incluso fueron, pero que estaban idénticamente destinados al fracaso y la muerte.

Es también un fenómeno que se ve reflejado una y otra vez en la cultura pop japonesa, desde las historias (monogatari) tanto populares como eruditas, pasando por múltiples obras de teatro, hasta llegar a la animación y el cómic contemporáneos. Y es a dos obras de cómic en particular a las que me quiero referir, Bokurano de Mohiro Kitoh, e Ikigami de Motoro Mase. Ambas pertenecen al género seinen, destinado a jóvenes adultos, con recursos como la violencia y el sexo explícitos apoyando tramas y temas más elaborados que las de historietas para niños y adolescentes. 

- Anuncio -

Su publicación fue también casi simultánea, en la primera década de los 2000, y aunque en su momento tuvieron un cierto impacto, la realidad es que fueron opacadas por obras mucho más populares. ¿Por qué analizarlas o leerlas entonces? Pues porque tienen una manera muy propia de lidiar con la muerte y el fracaso (el fracaso al morir y el fracaso al permanecer vivos), y porque ambas tratan a profundidad algo que nos concierne a todos y a todos los cubanos, que es el sacrificio del futuro en favor del presente, a través de la muerte de los jóvenes.

Ikigami es la obra más importante hasta la fecha de Motoro Mase (1969), un historietista que destaca por lo tarde que se inserta en el medio (gana el premio Shogakukan a mejor autor novel en 1998, a los 29 años, en una industria donde muchos autores comienzan en la adolescencia o al terminar la universidad), y por el contenido social de sus obras de ciencia ficción. Además de Ikigami, cuya secuela está publicando desde 2021, ha publicado otras dos series. La primera, Democratia (2013-2015), cuenta la historia de dos jóvenes que construyen androides de apariencia humana que son controlados por la voluntad “democrática” de las masas online, y las consecuencias de este experimento. 

Posteriormente a Ikigami, serializó Moho Humano Hitomoji (2016-2021), donde el estrés de la vida diaria transforma a los protagonistas en mohos deslizantes. Estas historias, a primera vista descabelladas, ganan en verosimilitud gracias al estilo sobrio y realista de sus dibujos, y a personajes empáticos y por lo general bien construidos.

Mohiro Kitoh (1966), por su parte, tiene un estilo que puede reconocerse como “manga” de inmediato, con personajes y situaciones estilizados, y aprovechando tropos particulares del medio. Las historias de la primera etapa de su carrera, entre las que además de Bokurano destacan las fantasías Narutaru (1998-2003) y Las alas de Vendémiaire (1995-1997), suelen incorporar niños y adolescentes enfrentados a situaciones demasiado complejas, y que a veces no son capaces de solucionar. Sus series más recientes, por el contrario, se enfocan en los hobbies e intereses del propio autor, por ejemplo, montar bicicleta en Noririn o el bouldering. Desde 2019, problemas de salud le han hecho poner en pausa varios cómics, así como dedicarse más a la escritura de guiones.

- Anuncio -

Bokurano, su obra más famosa, nos cuenta la historia de un grupo de niños, de entre diez y doce años, que un día descubren un robot de 500 metros de alto, el cual se comprometen a pilotar para proteger el mundo de otros robots invasores. Lo que no saben, y descubren demasiado tarde, es que el robot utiliza la energía vital del piloto para moverse, y cada combate termina con el piloto muerto, y con otro de los niños avisado de que será el próximo. 

De una manera bastante elegante, el autor deja de prestar tanta atención entonces a la cuestión de los robots y sus duelos para centrarse en la vida de estos niños que saben que van a morir y no tienen manera de escapar a su destino. De forma episódica, vamos visitando las vidas, por lo general tristes y conflictivas, de estos niños, que muchas veces no encuentran solución antes de que les llegue su turno de ser pilotos. Eventualmente el gobierno de Japón –un Japón que no es el nuestro, pero se le parece en todo lo necesario– se entera de lo que está sucediendo y, dado que el futuro de toda la tierra está en juego, coacciona a los niños para que dejen sus vidas en favor de la humanidad.

Siento entonces que Bokurano va construyendo, a partir de las breves vidas de sus protagonistas, una visión de ese mundo injusto, planteando una y otra vez la cuestión de si debería ser salvado. Ikigami, por el contrario, parte de una situación general: en un Japón que tampoco es el nuestro, el gobierno inocula a los niños a los seis años con cápsulas, de las cuales una entre mil matará a su receptor en una fecha específica entre sus 18 y 24 años (este era el rango de edad de la inmensa mayoría de los pilotos kamikaze, y no creo que sea una coincidencia). 

El arco conductor, que tiene menos un protagonista que un observador, sigue a un joven de 25 años, recién salido de su período de peligro, quien es empleado por el gobierno para entregar los ikigami homónimos, las notificaciones que reciben los condenados 24 horas antes de que su cápsula estalle. A lo largo del cómic, estas personas son los verdaderos protagonistas de la historia, reaccionando de diferentes maneras al ikigami que reciben: algunos se rebelan, otros se percatan de que han postergado o abandonado lo que verdaderamente querían hacer, otros cometen crímenes… Nuestro repartidor, mientras tanto, solo puede mirar impotente las tragedias múltiples que ocurren a su paso, con una desesperación y un escepticismo cada vez más grandes.

El ikigami, a diferencia de la muerte anunciada del robot, siempre llega en el peor momento, ya sea este uno de crisis personal, o de plenitud o florecimiento. La realidad es que en la edad en que los protagonistas se ven cara a cara con su propia muerte muy pocos entre nosotros mismos tenemos presente la posibilidad de que algo así pueda sucedernos, incluso, como es el caso en el cómic, cuando las autoridades, las personas a cargo, los poderes, se han encargado de repetirnos una y otra vez que esta posibilidad, aunque pequeña, es una certeza para muchos, y además el precio a pagar por la sociedad (en apariencia) armoniosa en que vivimos. Se trata de lavar el estigma de esas muertes de mil maneras, pero la realidad es que el acto de morir en Occidente es el estigma último, contrario a la Vida Eterna y prometida, casi como un insulto intolerable. 

- Anuncio -

En Japón, por el contrario, la actitud histórica ha sido la de aceptar la muerte como acto natural e inevitable, incluso deseable para algunos –el suicidio en Japón en todas las edades, y por cualquier motivo, ha sido asimilado en la cultura pop en obras que van desde Los amantes suicidas de Sonezaki de Chikamatsu, hasta la serie animada Paranoia Agent (2004), de Satoshi Kon, entre numerosísimos y disímiles ejemplos–. La muerte, aprender a morir como es debido, trae honor y lava los posibles deshonores en los que se haya podido incurrir, en especial si es un sacrificio por la comunidad, y este aspecto lo veremos una y otra vez repetido en ambas historias.

Pero más allá de esta fascinación por las morales de aceptación de la muerte y la derrota, me llama la atención la disposición de los autores de ir más allá. Los autores –y esto es en gran medida debido a la necesidad de sobresalir en un mercado saturado– se plantean escenarios que, aunque disímiles, están hermanados por una pregunta: ¿quién puede obligarnos a morir, y bajo qué circunstancias? ¿Hasta qué punto morir por la patria es vivir? 

El giro para nada sorprendente de Bokurano es que los alienígenas invasores no son tales, sino humanos procedentes de planetas Tierra paralelos, que se juegan como nuestros héroes el futuro de sus planetas respectivos. Cada victoria no es sólo entonces la muerte propia, sino un inmediato e indeseado genocidio, del cual los protagonistas están conscientes desde casi el comienzo, y que en ocasiones deben realizar con sus propias manos, bajo el ojo avizor de poderes superiores que nunca llegan del todo a vislumbrarse. 

El giro para nada sorprendente de Ikigami, por su parte, es que el juego, aparentemente igualitario y azaroso, está amañado, y nuestro protagonista debe seguir viviendo como si no conociera este detalle, bajo el ojo avizor de poderes superiores que nunca llegan a vislumbrarse. 

Incluso cuando llegamos a verlos, los “adultos”, por llamarlos de algún modo, están dispuestos a sacrificar lo que sea, incluyendo al futuro (o en especial al futuro) por mantener su posición. ¿Existe alguna razón para que actúen de otra manera?

Esta pregunta, en el entorno japonés, está muy relacionada con la Segunda Guerra Mundial y el colapso ideológico que trajo la misma. En palabras del director de cine Kinji Fukasaku al enfrentarse a la que quizás sea su obra más famosa, la “fábula oscura” Battle Royale (2000): los adultos, incluso los adultos contemporáneos, eran incapaces de imaginar un mañana, y traicionaron a la juventud mandándola a morir durante la guerra.

Su recomendación, la enseñanza final que tenía para los jóvenes, era que no confiasen jamás en los adultos. Esta es, a mi entender, la misma enseñanza que puede extraerse de Bokurano y de Ikigami. El poder establecido –ya sea vestido de verde olivo o de trajes Hugo Boss– solo se preocupa por el presente y sacrifica cualquier cosa por lograr que nada cambie. Los soñadores, los jóvenes, el futuro es un precio que los viejos con poder están siempre dispuestos a pagar para no perder su estatus. 

Se trata también de un sacrificio al que, por mas que nos cueste admitirlo, casi cualquier sociedad estará siempre dispuesta. Los jóvenes no son sino esas perpetuas promesas que perfectamente pueden no cumplirse, la encarnación de esperanzas que a veces es mejor arrancar de cuajo. Es a ellos a quienes les hablan de sacrificio los profetas. A ellos, y a nosotros.

- Anuncio -
DANIEL CRUCES PÉREZ
DANIEL CRUCES PÉREZ
Daniel Cruces Pérez (La Habana, 1983). Diletante, nadador de piscina bajita. Su aversión al trabajo, y en general a todo tipo de esfuerzos, lo encaminaron hacia las ciencias puras, la traducción, y eventualmente el cine. De alguna manera logra balancear sus cinco trabajos (web de educación matemática, actor de teatro, productor de animación, escritor de cómic, traductor) con una apatía en general por hacerlos. En 2016 fundó el Casa Cruces Estudio, dedicado a la animación con pretensiones artísticas. Su primera película, “La Caravana”, se terminará en algún momento, con suerte, cercano. Actual y marginalmente reside en La Habana, hasta que deje de hacerlo.

Leer más

Un viento como del fin del mundo

Seguimos llegando tarde a los archivos y legalizaciones de documentos.

El eterno retorno a 1789

'El nacimiento de un mundo nuevo', de Jeremy D. Popkin, aspira a convertirse en la historia definitiva de la Revolución francesa.

Bestiario Miserable #25: Reinvolucionario

Bestiario Miserable, de la artista Camila Lobón, es un catálogo de los excesos, miserias, deformaciones que las contorsiones circenses del panorama político cubano, global y virtual han ido pariendo.

Contenidos relacionados

Deja un comentario

Escriba su comentario...
Por favor, introduzca su nombre aquí