Recuerda la condición profunda del espíritu,
los momentos en que viste tu rostro reflejado en un espejo
y te volviste muchas cosas y ninguna
Marcelo Morales, El mundo como objeto
Con azoro y doliéndome de casi todo como si de mí se tratara, he leído un artículo en The New York Times sobre la venta de las propiedades de Lauren Bacall, tres meses apenas después de su muerte el 12 de agosto de 2014, a los 89 años.
En su cuaderno de poesía The Star-Spangled Brand (Veliz Books, Houston,2025), Marcelo Morales (La Habana, 1977), escribe: “Rompí, de torpeza, un plato de toda la vida. Dos rosas grises quedaron a cada lado. Se apretó el pecho todo el día, me faltó el aire todo el día”.
La intervención revolucionaria en los bienes personales y actos de última voluntad de la escritora Dulce María Loynaz (La Habana, 1902-1997) —un despojo institucional amparado y justificado en el principio de la legalidad socialista, en el propósito de salvaguardar el patrimonio cultural cubano, de propiciar el intercambio entre los escritores y el pueblo, así como de crear nuevos espacios de investigación y para el cuidado del legado íntimo de la Premio Cervantes 1992, tan incómoda como un pedrusco incrustado en los zancos de la Revolución– resultó un total desacierto a los efectos de la memoria.
Hoy, la barriada vedadense de La Habana, tan cara al patrimonio arquitectónico y al desarrollo urbanístico cubanos, exhibe su mansión despojada como una institución pública cualquiera. Suceso que, en cierto sentido, podríamos conectar al gesto con el que, al triunfo de esta misma revolución, el 1º. de enero de 1959, Fidel Castro limpió sus botas en los manteles de la Condesa de Revilla de Camargo. Mientras le celebrábamos la revolucionaria idea, con las bocas cariadas y salivando, como si en la redistribución equitativa de los bienes y riquezas el botín fuera a dar a nuestras manos, y no a las de ellos, bajo los múltiples rostros del estupro, la corrupción, la apropiación indebida y el tráfico de influencias.
“El futuro pertenece por entero al socialismo y al comunismo”, declararía Fidel el 25 de febrero de 1976, en Moscú, ante al XXV Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. ¿Qué era el socialismo y el comunismo para ellos? ¿A qué se refería Fidel? ¿Qué fue y qué es para nosotros, y para América Latina, a la luz del siglo XX y del XXI?
En cualquier caso, la condesa ya no tendría un lugar en la nueva Cuba “con todos y para el bien de todos” descrita por José Martí en su discurso a los inmigrantes cubanos en Tampa, Florida, el 26 de noviembre de 1891. Frase de la que supo apropiarse Fidel para apuntalar, en la figura de quien ya era el héroe nacional de la república, la misión histórica de esta revolución como continuadora del pensamiento independentista de aquella; su carácter trascendental y epopéyico y, por, sobre todo, justificar la necesidad de la unión popular bajo un solo partido –el suyo– so pena de prisión, destierro o muerte, entre otras formas del escarnio y la esclavitud.
Referencias secundarias sostienen la existencia de una riposta epistolar a tan memorable (des)encuentro entre Fidel Castro y María Luisa Gómez-Mena y Villa, Condesa de Revilla de Camargo. Algo que, a diferencia de Dulce María Loynaz, parecería que ella pudo haber hecho: “Usted me lo ha robado todo. Usted ha detentado mi casa. Usted ha convertido mi residencia en un chiquero”.
Así expresa uno de los momentos de esta “Carta a Fidel Castro”, publicada en numerosos medios sin que conste su autenticidad y sin que caiga sobre ella otra certeza mayor a la de la voz apócrifa de un exilio, a fin de cuentas, colectivo y transocial.
Vale señalar que, en el año 1964, la casa expropiada a la condesa fue convertida en Museo Nacional de Artes Decorativas y que hoy, alguna de sus salas –vaya sinécdoque historiográfica– exhibe parte de la conocida colección de abanicos de Dulce María Loynaz, su colección de muñecas, otra de tazas de café, y una foto grupal donde aparecen ambas.
“Y pienso ahora porque es de pensar, / en esa extraña fuga de los muebles: / el sofá de los novios, el piano de la abuela / y el gran espejo con dorado marco / donde los viejos se miraron jóvenes, / guardando todavía sus imágenes / bajo un formol de luces melancólicas. / No ha sido simplemente un trasiego de / muebles. // Otras veces también se los llevaron / —nunca el piano, el espejo—, / pero era solo por cambiar aquellos / por otros más modernos y lujosos. / Ahora han sido arrasados / de sus huecos, los huecos donde algunos / habían echado ya raíces”, escribió Dulce María Loynaz en el año 1958 como si el peso de un destino, en Últimos días de una casa, se prefigurara tan temprano ante ella.
Dulce María es la casa y es la casa vacía, el cuerpo violentado, superado por esa historia de los hombres que no parecen saciarse con nada; desposeídos ambos en irremediable simbiosis —la casa y el cuerpo—, de los sonidos familiares y el sentido y el olor de los objetos y las habitaciones.
* * *
Querido Marcelo,
Soñé contigo esta mañana. Serían las seis o las siete. Hay una iglesia acá cerca y llegué a contar las campanadas de las cinco. Paso las madrugadas despierta contando campanadas como si fuesen cabritos. Soñé con perseguidores y perseguidos. Ahmel y yo te buscábamos. Había alambradas, trincheras, nos arrastrábamos por la grava o nos escondíamos tras los muros hasta que alguien delante avisaba para continuar el camino. Te había visto ir en una bicicleta. Incluso nos despedimos, parecías feliz, Marce. No recuerdo qué pasó en medio para buscarte de esa manera. No dije nada. Abandonada hasta de mis muertos, debí sentir miedo de que no regresaras.
Cuando me levanté, guardé en el congelador en un sobre sellado el nombre del Presidente. ¿Y si es verdad que funciona, que toda esa energía se desplaza y llega a su destino en deseo concedido: inmovilizarlo como a una piedra? —El rostro del Presidente lo intercambiamos y actualizamos sin importar geografía ni modelo económico.
Cuarenta años atrás, las profecías anunciaron matrimonio con un hombre que me llevaría a vivir muy lejos. Et voilá! Aquí estamos Ahmel y yo en un pueblo nombrado Willimantic, en el Estado de Connecticut, a 1250 millas de Miami y 1520 de La Habana, del Caribe, el trópico, donde ellas fueron anunciadas.
¿Decir estar es igual a decir estar a salvo?
Hoy caminé media hora en la nieve hasta la escuela de inglés como si el rigor en la nieve, el fango y el viento fuesen la siguiente prueba de este laberinto.
Esclavistas, negreros de nuevo orden nos cercan. Una frase resuena en mi cabeza: “En medio del camino de la vida…”
* * *
Querido Esteban,
A Víctor Hughes yo me lo había inventado y era tarde para destruirle como Oskar Kokoschka a su muñeca. Aún si destruir implicaba la idea firme de un renacimiento.
La primera vez que lo vi, llegó sacudiéndose de azúcar y pan la gorguera, los labios todo mordidos de mordidas ajenas. Un hombre menudo, pequeño. Saltó ligero del coche que lo condujo hasta mí tirado por cuatro caballos blancos, enormes; esos de penachos de plumas en la testera y colleras y arneses bordados, incrustados de plata y borlas de colores; y se abalanzó a abrazarme y a besarme como lo que después de todo era él: un pelele, un clown, un ejemplar de feria.
Necesité apenas unos segundos para recuperarme. Víctor Hughes era mi creación, fruto del estado alterado en que funcionaba mi conciencia.
* * *
Esteban, he visto la grisura alzarse sobre mi cabeza como la guillotina en la plaza. He visto a los verdugos, al sacerdote, y a la muchedumbre seguir de largo abajo, con la cerviz doblada sobre la luz azul de sus teléfonos. Este mundo sin nombre donde los maestros alcoholizados desbarran sin pudor de las niñas y las damas y los discípulos en las redes sociales. No sé cómo escribirlo: ¿las niñes?, ¿les discípules?
¿Cómo debería escribirte sin herir de pensamiento sensibilidades de terceros?
Es tarde, un viento como del fin del mundo bate sobre nuestras cabezas.
Ya nada nos pertenece. Ni los muebles ni el orden de los libros en los libreros.
No puedo sentarme a escribir sin que me caiga de sueño o me ponga a contar al teléfono bienes de Lauren Bacall. Los números y los objetos desfilan frente a mí en una lista dolorosa e interminable:
- An Italian Rococo carved and painted console table possibly Sicilian, mid-18th century, Sold for US$2, 500 inc. premium
- Robert Graham (American, 1938-2008), Untitled (Nudes) 10, Sold for US$4, 375 inc. premium
- A Jacobean walnut and oak chest of drawers, late 17th century, Sold for US$5, 625 inc. premium
- Andres Segovia (Argentinian/Spanish, 1929), Portrait of a girl in profile 32 x 25 1/2in (81,3 x 65cm), Sold for US$7, 500 inc. premium
- Marc Chagall (Russian/French, 1887-1985), David and Absalom, PL.20, from La Bible, Sold for US$7, 500 inc. premium
- Henri Matisse (French, 1869-1954), Lithograph from the Jazz Portfolio, Sold for US$2, 625 inc. premium
- A group of 28 books on Hollywood & Fashion, most with inscriptions for Lauren Bacall and her family, Sold for US$3, 125 inc. premium…
Me cuesta avanzar en la lectura de los veinte años de poesía de Marcelo Morales, que acaba de enviarme. Una compilación suya. Inédita. Cada día enciendo la tablet en las mismas páginas. No puedo sustraerme al valor de los primeros versos en El mundo como objeto: “¿Cuántas veces amaste, sin que ese acto tuviera la menor consecuencia?” o “En la cocina un pez ha sido devorado. / Sus ojos son testigos redondos de lo que voy a ser”.
El sufrimiento prolongado, Esteban, suele llevarnos a nuevas formas de lenguaje. Subterráneas, sí. A veces también extremas.
Víctor Hughes no lo entendería; mi manera de relacionar la verdad con los hechos, que ya no soy la que he sido sino muchas otras. Tampoco mi vínculo con Marcelo. Lo revolvería todo. Haría y diría de todo por alterar o directamente borrar cada suceso, con idéntico engreimiento y moralina a la que ya exhibe para destruir a otros –y de rebote a sí mismo– en sus fintas de líder y revolucionario; “liberal” se finge ante las cámaras y la prensa.
Cansino. Y naif y obsceno como a la poesía el corazón palpitante de los malos poetas.
¿Quién es Víctor Hughes, Esteban? ¿Dónde está Víctor Hughes?
Cuántas veces en un año le escuché decir a Víctor Hughes “tú no vas a vivir bajo un puente”. Luego dijo que si me había echado no era para que anduviera yo contándolo. Como si todavía me hubiesen quedado la cordura y el tiempo para encontrar adónde ir y cubrirle el ego. Huir. Salir de donde nunca me quisieron; mis costumbres que miraban de soslayo con la nariz empinada murmurándome en las espaldas, o a la cara, tal si hubiese perdido la facultad de escucharles y verles.
Y al día siguiente como si nada, Esteban. Como si yo, alucinada.
Cuando miro hacia atrás, me veo arrastrada hacia el ojo de una tormenta de fuerza máxima, navegando sin rumbo en la calma de las islas vaciadas.
Por desgracia, no era la primera vez que me cruzaba con gente tan advenediza y basta. La vida les había privado de todo sentido de compasión y capacidad de andar de frente.
* * *
Yo ya tuve un país. Una lengua. Y cinco siglos atrás tuve otra. Al hablar se escuchaba: taigüey, tai alika, taikaraya; Cobba, Cubanacán si nombrábamos nuestra tierra. Ya fui bastarda, Esteban. Pagué el doble con la fe de los crédulos.
Seguimos llegando tarde a los archivos y legalizaciones de documentos.
* * *
“Son las cuatro de la tarde, hoy di vueltas en la cama, / camino por el pasillo”, escribe Marcelo en El mundo como objeto. Si prescindo de la idea del verso asistiré a la novela de su vida. Lo sé. Hay en su escritura la resignación, ¿acaso la fuerza?, del que parece venir de otro siglo; del que habiendo vivido carga consigo, en el regreso, el peso de todas las dudas, alguna certeza: “A veces hay esos momentos / en que entiendes / que la vida es un detalle. / Una mancha en la pared. / O ese hueco del lavamanos por donde se escurre el agua / y miras espantado”.
También son las cuatro de la tarde en Willimantic y anochece, mientras en Cuba los cementerios y las cárceles no dan abasto.
Cuba, Cobba, Cubanacán.
Es difícil lidiar con este tipo de inteligencias que llegan así heridas, habitando entre las tesituras del fracaso, la desolación y la pérdida.
Vivíamos aún en La Habana, cuando escuché a Marcelo leer en la sala de conferencias del Centro Cultural Dulce María Loynaz –la antigua cochera de la casa donde no queda un pedazo de loza que la autora haya pisado–, los versos de su cuaderno El mecanismo mudo, publicado en 2025 por Varasek Ediciones, de Madrid, e incluidos en The Star-Spangled Brand.
The Star-Spangled Brand por “The Star-Spangled Banner” que es el título del himno nacional de Estados Unidos; o bandera bordada de estrellas o pendón estrellado. “La marca del estandarte estrellado”, quizás, en el desplazamiento físico y por extensión semántico que ocupa a Marcelo. Llamaría la atención sobre el vocablo “marca” y sus acepciones, incluida la de la huella en el diario íntimo, en el mensaje no enviado a lector alguno o que se reserva al ser querido.
Él regresaba de Estados Unidos luego de un período lo suficientemente prolongado para que algunos de nosotros lo creyésemos definitivo: “Amanece y ella es todo lo que tengo, / todo lo que tengo en el desierto. / Y en el tráfico detrás de las persianas. / Y en el tráfico de calles encerradas”.
Llegué a echarle mucho de menos en el panorama cultural habanero y, aun desconociendo entonces en carne propia el contexto de emigración o exilio al que referían una parte de los versos, podía sentir –también en su voz, un susurro sin impostaciones de actor o poeta– el recuento de un quiebre: “Los he visto en el metro con sus cerebros searching for money, they want to see the jungle on you, they want you exotic […] In mojiros paradise. In the arecas paradise […] Cuando las piedras del derrumbe caen, el polvo se levanta […] in the cañas paradise, in the cocos paradise, in the sugar Paradise”.
A los efectos, pensaba en el universo vernáculo al que tanto en La Habana, Miami, Chicago o Vermont —los escenarios de su lectura— el imaginario colectivo acababa regresándonos; de una u otra forma más abierta o solapada, frontal u oblicua. Como si el tiempo se hubiese detenido en el instante sublime del choteo, la mascarada y la plantación. Porque ante el vacío que presupone enfrentar, en la raíz, un sistema de relaciones, de patrones históricos —económicos, políticos, ideológicos, afectivos—, y verlo caer, mejor unírsele y seguir de largo: “—Míster my tocar yo conga Tropicana […] —Cubanou?”
Aquella tarde, Marcelo y yo nos cruzábamos como en un cruce de caminos, y no lo sabíamos, para volver a despedirnos: “Lo más raro del laberinto es que crees que el parqueo es la salida. Estás allí para el minotauro”.
* * *
Son las ocho de la mañana de un día de trabajo y estoy en la cama leyendo a Marcelo. Tomo notas como si toda la vida fuera esto y la memoria la página que leo. La certeza de que “la lluvia cae” parece responder cualquier dilema de finitud para él: “he desarrollado un alma, un pensamiento. / La materia es el testigo, el único testigo”; acaso la necesidad de crear sus propias leyes de la existencia. La tensión entre esas leyes y “las fuerzas invisibles”, anoto. “La religión aparece cuando aparece el miedo. Ruido de tambores, mayoral”.
No podría transcribir aquí todo lo que ese día escuché, ni lo que hoy leo confundida a ratos mi voz con la suya: “Este muro que deseo. / Cerrar los ojos / quedarme quieto”.
Transcribo versos sobre la fragilidad, la mortalidad y la inutilidad del miedo, sobre la decepción y el viaje como constante y destino: “Mirar al mundo significa mirar lo muerto; / Ver las luces reflejadas en el suelo. El pasado. / Yo vi un cisne muriendo bajo un puente. / Su cuerpo tenía la blancura de la nieve”.
¿Conciencia reencarnada, aventajada, aburrida?
“No se trata de que sea fugaz la existencia, sino de que no sea plena, memorable”, escribe en El círculo mágico, de 2007; “Leí al llorón de Michaux y luego al llorón de Cioran” en The Star-Spangled Brand, donde va a regresar una y otra vez a la imposibilidad del amor, a su condición contradictoria tan cercana a la devastación, la humillación y la muerte: “Hermosa era la tarde, cuando entre los dealers de carros, / hermosa la tarde y el sol de los parkings entre banderas de estrellas. / Yo amaba su mente en guerra y amaba su corazón en guerra. / Amé, su mediocridad”.
Y vuelvo a la idea de la cuerda que parece tensarse en lo personal, intrascendente y efímero: “Aquí no hay nada que entender / ningún orden. / La idea de un objeto es más grande que el objeto […] La luz de una vela cuando esta, se ha apagado”. La memoria de un adulto también puede desaparecer al instante lo que amó: “Yo buscaba la pureza / mas no había nada / ahí”.
Y divago y dormito y regreso a las mismas páginas por algún temor que me domina y no puedo explicar. Y boceto a la vez un sinfín de proyectos a la velocidad con que no conseguiré hacerlos. Entre ellos una serie de esculturas blandas, en parte inspirada en Alma Malher, la muñeca de Kokoschka.
* * *
El sitio oficial de la casa de subastas Bonhams en Nueva York ofrece una descripción detallada de la colección de Lauren Bacall y el precio por el que se vendió cada una de las piezas. Más de 740 lotes.
“Lee Roy Reams, un actor que apareció con Lauren Bacall en el musical de Broadway de 1970 Applause, estaba al teléfono el jueves, exultante por su puja ganadora de $2 000, por dos astas de ciervo montadas en una cabeza de madera tallada” —“Lauren Bacall’s Eclectic Treasures Auctioned Off”, Alexandra Jacobs, The New York Times, abril 3 de 2015.
“Los anhelaba y los codiciaba durante muchos años”, declaró Roy Reams.
“Si tuviera mucho dinero, probablemente habría pujado por las maletas de Louis Vuitton. Eran preciosas”, Rachel Leigh, ilustradora, 29 años.
* * *
Hay una parte de mí en otro sitio, Esteban, perdida para siempre en los recuerdos. Si pienso en la capacidad de renacer de las flores después de una helada, ¿adónde habremos conseguido arribar cuando todo esto acabe? Acá las horas de lectura se pagan con horas que te distancian de lo que eres y es entendido como virtud. Cuento bienes de Lauren Bacall como si fuesen campanas en una noche de insomnio e invierno.
Cuando Marcelo y yo nos escribimos, hay un significado en medio que trasciende a las palabras. Puedo reconocerlo en la voz de los libros suyos que dejé en La Habana. También en El mundo como objeto que me había traído a Miami y USPS nos perdió en la mudanza a Willimantic. Una caja entera de libros. Mandorla y Miracle Mile de Cristina Fernández; Arpegio de Nara Mansur; Ratas en la alta noche de Jamila Medina; Estrías de Soleida Ríos; Paradiso de José Lezama Lima; todos los ejemplares de los libros de Ahmel que nos quedaban, y el último de Antón Arrufat: La ciudad que heredamos.
—China, ¿tú también te vas? —así dijo Antón la mañana en que pasé a despedirme—. Emigrar no es para ti —dijo— Emigrar no es para todos.
Sobrevivir tampoco, querido.
A veces, Marcelo y yo nos hemos dejado pasar por eventos como el de la muerte de Antón, también en silencio. La voz del otro implica necesariamente un esfuerzo.
Tengo unas fotos con Marcelo en el funeral de mi padre. Los dos sonreímos a la cámara. Estos son los instantes que cuentan, que deberían contar, me digo. “Cada uno de nosotros tiene una naturaleza, entenderla uno mismo es ya difícil, que alguien la entienda, eso es amor y milagro”, dice él en El círculo mágico.
¿Éramos mejores, Marcelo, cuando nuestra distancia de los fenómenos no dependía de un teorema; de todas las formas que hoy nos conectan, incluidas las redes sociales y la mensajería electrónica?
¿Qué es lo memorable, Marcelo?
¿Quién es Víctor Hughes? ¿Quién es Esteban?
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Querido Esteban,
Amanece y ya estoy pegada al teléfono. ¿Qué esclavitud es esta que no vimos llegar a tiempo? Salir de una cárcel para llegar a otra. ¿Será que ya morí, que ya muero? No puedo sostener una idea optimista en la cabeza. Ni siquiera nuestros amigos están cerca.
No quiero un reembolso doble de Bank of America, quiero que alguien me escriba de puño y letra.
859 Main St., apto 7, Willimantic, Connecticut, 06226
Invierno de 2025 – 2026, Willimantic, Connecticut



