Reinaldo Arenas: “El jardín de las computadoras”

Tomado de ‘Linden Lane Magazine’, vol. IX, n. 4, octubre-diciembre, 1990, p. 5-6.

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Fifo, con todos sus invitados, abandonó rápidamente el palacio subterráneo o catacumbal que seguía inundándose y salió a una colina donde estaba situado El Jardín de las Computadoras. Se trataba de una alta explanada amurallada dentro de la cual había cientos de computadoras de todas las formas y tamaños. Cada computadora estaba pintada de verde y ocupaba un redondel cercado de alambres como si se tratara de una planta preciosa o exótica. Todos los invitados quedaron estáticos ante aquel enorme jardín sembrado de computadoras verdes que rugían furiosamente exigiendo informes para procesarlos. En efecto, cada uno de aquellos aparatos abría su boca metálica y saltaba como queriendo desprenderse de su base, clamando por las delaciones para sus estómagos de hierro. Esas delaciones constituían el alimento que hacía funcionar a aquellos artefactos. Y en aquellos aparatos voraces e implacables radicaba el verdadero poder de Fifo. Lo único que pedían las computadoras era comida; y eso, para ellas, sobraba. Allá, a un costado de la explanada, separada del jardín por una vasta alambrada, se agrupaba una multitud enardecida. Y cada miembro de esa multitud tenía un pliego de papel, una carta, un documento que era una delación contra alguien y que quería entregar urgentemente a las computadoras. Ese tipo de abastecimiento se realizaba todos los días, pero Fifo, con el fin de impactar a sus invitados, mostrándoles su poder, había congregado a aquella multitud desde hacía una semana alrededor de su palacio, sin permitirle la entrada al jardín. Eso había hecho que el número de los informantes se septuplicase y que el apetito de las computadoras aumentara.

Fifo, en el colmo del éxtasis, se situó con sus invitados en la parte más alta de la colina y desde allí les ordenó a los enanos que abriesen la gran portería. Formando una manada ululante y enfebrecida, todos los informantes corrieron rumbo a las computadoras. Sabían que tenían que presentar su informe lo más rápidamente posible, antes de que otros presentasen otros informes contra ellos. Se desató una batalla campal por llegar primero al cerco donde rugía cada computadora. Mujeres desesperadas presentaban informes contra sus esposos; los esposos delataban a sus hijos y a sus mujeres y a los maridos de sus mujeres y también a sus propios maridos. Cientos de profesores denunciaban a sus alumnos; miles de alumnos delataban a sus profesores. Un tumulto de obreros elevó un pliego contra la jefa de una delegación sindical, pero la jefa del sindicato suministró un enorme texto en clave que condenaba sin recurso a aquellos obreros. Un niño llegó jadeante y le lanzó a una computadora un informe descomunal contra su bisabuela, la misma bisabuela que lo había traído en brazos desde Artemisa y que ahora se entretenía entregando un informe contra su viejo esposo quien a su vez la delataba junto con el resto de su familia y el chofer de una ruta de ómnibus ¡interprovincial por dedicarse al tráfico de viandas en bolsa negra. De los lugares más remotos de la isla seguía arribando la gente con sus informes. Nadie se escapaba. Los vecinos de una cuadra eran denunciados por la presidenta del comité de vigilancia, la presidenta del comité era denunciada por el jefe de zona; el jefe de zona, por un miembro del partido; el miembro del partido, por el comité provincial; el

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comité provincial, por el comité nacional; el comité nacional por un agente de la Seguridad del Estado y este agente era a su vez denunciado por un superagente. No había nadie en aquella multitud delatora que no fuese delatado. Todos robaban conspiraban, mentían; todos se habían cagado en la madre de Fifo. Todos eran roedores… Las computadoras abrían sus inmensas fauces, estiraban sus lenguas metálicas se metían entre sus dientes aquellos informes y al momento los codificaban. Una sensación de felicidad (casi de seguridad y de paz) invadía a aquellas personas una vez que sus informes eran engullidos por la computadora elegida. Entre susurros respetuosos elogiaban a una determinada máquina. Esta es una de las mejores; gracias a ella pude deshacerme de mi sobrino y de mi esposo. Aquella fue la que en una sola visita que le hice acabó con todos los mariconesde mi cuadra. Gracias a ésta logré al fin que cerraran la playa de mi barrio y fusilaran a mi hermano… Y seguían los elogios, siempre entre susurros para no irritar a las otras computadoras que continuaban masticando.

Todo el jardín no era más que un enorme agitarse de papeles que eran tirados por encima de las cercas de alambre dentro de las cuales saltaban las computadoras, tomándolos al vuelo y engulléndolos con estruendo de balacera. Allí estaba Clara Mortea, lanzando un informe contra Teodoro; allí estaba Teodoro Tapón, entregando un informe contra Clara. Unos marineros elevaron un informe contra unos bugarrones y un cura presentó un libro redactado en una semana contra un limosnero. Se presentó una delación contra un puente y contra una mata de almendras. Cientos de poetas aportaron informes contra ellos mismos. Amas de casa se autoacusaban de haber malvaratado la manteca forastera. Los adolescentes, mientras ocultaban sus melenas bajo enormes gorros, delataban a los melenudos. Las Putas oficiales delataban a las que trabajan por la libre. Se presentaron millones de informes sobre personas que oían La Voz de las Américas, Radio Marti y Radio Tinguaro y sobre los que leían Novedades de Moscú. Un enorme informe fue entregado a una computadora gordísima, en el mismo iba una lista de los presuntos suicidas del próximo mes.

En medio de aquella multitud de informantes, la Tétrica Mofeta creyó descubrir la figura de su madre. Rápidamente tomó los gemelos de la vieja Duquesa de Valero (que redactaba un informe contra su abuela muerta hacía doscientos años) y atisbó. Efectivamente, entre aquella multitud estaba la madre de la Tétrica Mofeta enarbolando un informe. La Tétrica Mofeta, graduó más aquellos excelentes gemelos con los cuales la Vieja Duquesa se dedicaba a detectar los negros sobre las matas de coco, y pudo leer el informe. Era un informe contra él, la tétrica, y había sido traído por su madre desde Holguín quién sabe después de cuántas peripecias. La Tétrica repasó con los gemelos el informe que su padre quería meter en la boca de una de las computadoras. El informe estaba dirigido directamente a Fifo y en él se acusaba a Gabriel de corruptor de menores, de vago, de degenerado y vicioso; de oveja descarriada que quería irse del país, de ser el jefe de una banda de maricones y de estar escribiendo un libro contra Fifo y contra todo el país; un libro ateo, maldito y contrarrevolucionario. También la madre consignaba que su hijo en su última visita a Holguín le había robado una botella de manteca de puerco y una bigornia. “La única bigornia que teníamos en todo el barrio, porque yo se la pretaba a todos los vecinos. He venido desde Holguín con las suelas de mis zapatos al garete”… Por último le decía a Fifo que escribía todo eso conociendo su bondad y sus principios y que esperaba que él, Fifo, regenerase a su hijo y que lo encarrilase por el buen camino. “Él nunca ha tenido un buen padre (ni bueno ni malo); usted puede serlo. Yo se lo entrego con toda mi confianza y con todo mi amor. Regenéremelo, reedúquemelo, que se haga un hombre moral y sin mácula. Que yo pueda caminar siempre por mi pueblo con la frente bien alta. Él es mi hijo y es lo que yo más quiero en este mundo, pero es también mi vergüenza. Él no es malo, pero ha perdido el rumbo por culpa de tantos delincuentes como hay en La Habana. Apártemelo de esa churrupiera ¡Encarrílemelo!” —clamaba el informe— “Que trabajé duro, que el trabajo no le hace mal a nadie. Yo propongo que me lo mande a picar piedras a Isla de Pinos. Todo esto lo escribo empapando este papel en lágrimas”… Y sin más. la Tétrica Mofeta vio cómo su madre llorando lanzaba aquel informe a una computadora que al momento se lo tragó. Dando tropiezos, sin duda a causa de sus zapatos rotos, la madre de Reinaldo se confundió entre la muchedumbre. La Tétrica Mofeta quiso seguir observándola con los catalejos de la Vieja Duquesa, pues sabía que ésta era la última vez que la iba a ver. Pero en ese momento otra oleada humana invadió con nuevos informes El Jardín de las Computadoras y la madre no pudo ser identificada. Una nueva lluvia de delaciones cayó sobre las voraces computadoras. La Tétrica Mofeta, tal vez para olvidar su espanto o sencillamente para entretenerse, observó con los catalejos y leyó un informe presentado por el comisionado del Municipio de Arroyo Apolo, en el cual se atestiguaba que las grandes olas de calor que azotaban a toda La Habana se debían a que todo el mundo se levantaba muy temprano para hacer la cola del pan, no con la finalidad de comerse el pan (que para eso no alcanzaba), sino para taponearse con él los oídos y no tener que escuchar ni un capítulo más de La Perlana (o Una envuelta en lana), una novela clandestina que un escritor de los arrabales le leía a todo el mundo. Mientras la Tétrica Mofeta le colocaba en el cuello los binoculares a la Vieja Duquesa de Valero que había terminado de redactar su informe, siguieron cayendo más informes. Informes por alteración del orden público, informes por desacato, por predelincuencia, por robo, por corrupción, por abuso de poder, por negligencia, por blandenguería, por bestialismo, por sodomía, por amiguismo y, en fin, por conspirar contra Los Poderes del Estado y, por lo tanto, por alta traición. Los papeles seguían cayendo torrencialmente sobre el jardín… También se elevó un informe detalladísimo donde se acusaba a Fifo de asesino alevoso, traficante de drogas y gánster internacional. Pero el personaje que presentó ese informe (un viejo general de brigada, retirado y en desgracia) fue engullido al instante por la computadora que recibió el informe. El hombre desapareció conjuntamente con todos sus ayudantes que lo acompañaban.

Fifo, que vio esta ejecución sumaria, quedó muy satisfecho con la eficacia de sus máquinas y mandó a que toda la muchedumbre de informantes abandonara el jardín, aún aquellas personas que no habían podido entregar sus papeles.

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­­­­­­­­——Mañana podrán hacerlo —dijo—. Ahora nos toca a nosotros.

Mientras los enanos expulsaban con violencia a todos los informantes, Fifo les rogó a sus invitados que entregaran sus informes. Seguido por los miembros del convite, Fifo (él el primero) avanzó y ante una inmensa computadora, la Computadora Fifal, depositó su informe.

——Es mi examen de conciencia —dijo—. Ahora les toca a ustedes. Al instante, numerosos invitados, con sus regios atuendos, se acercaron a las computadoras y comenzaron a entregar sus informes.

Alguien presentó un informe contra las debilidades sentimentales e ideológicas de Tibrón Sangriento. La Condesa de Merlín aprovechó la oportunidad para presentar una denuncia por alta traición contra su rival, la Chelo. Dos esquimales presentaron un informe contra Federico Fellini. La Reina de Castilla presentó un informe contra su esposo en el cual se afirmaba que el Rey era el jefe de la ETA, en tanto que la emperatriz de Yugoslavia presentaba un informe contra su madre, explicando que esta señora dirigía el prostíbulo máximo del Brasil y que conspiraba con la nieta de Mao para tomar el poder e implantar en la América del Sur un estado neonazi. Había un informe contra el Papa en el cual se decía que además de ser una mujer era el jefe de la K.G.B.; la brigada “Antonio Maceo”, con sede en Miami, presentó un casete donde aparecía el Presidente de los Estados Unidos haciendo el amor con un conejo. También se presentó una denuncia contra la Madre Teresa por haber propagado el SIDA en toda la India. A Mario Brando se le acusó de haber infestado toda Africa y Oceanía. También se elevó una fotografía a color donde aparecía Agostino Neto haciéndole la paja a un rinoceronte.

Imposible relacionar aquí todos los informes que, con gran elegancia, los invitados suministraban a las computadoras. Lo único que podemos agregar es que Fifo se sentía cada vez más optimista ante aquellos informes que las máquinas le descifraban al instante. Si esto sigue así, pensaba, yo quedaré como un ángel. Pero en el momento en que los informes de los invitados contra los invitados o contra personalidades destacadísimas seguían proliferando, uno de los enanos se acercó a Fifo y le comunicó una noticia fulminante. Gertrudis Gómez de Avellaneda, en medio de la confusión, se había escapado en una lancha no sin antes haber lanzado un informe por las rejas donde calificaba a Fifo de “aquilón sanguinario”.

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——¡No puede ser! ¡No puede ser! —bramó Fifo—. Eso daña mi imagen pública. ¡Detengan a esa puta! ¡O háganle por lo menos un acto de repudio! ¡Que vuelva desprestigiosa a España! ¡Y sobre todo que El País no le vaya a hacer ninguna entrevista o le retiro mi ayuda económica a ese periódico! Envíen a Raúl y a uno de mis dobles para que presidan el acto de repudio. ¡Un gran acto de repudio! ¡Y que comience de una vez el carnaval!

Al instante, la comitiva se preparó para partir con Fifo rumbo al carnaval mientras los enanos organizaban el acto de repudio contra la Avellaneda y secretamente planeaban ultimarla. Carros blindados, carrozas, quitrines, una volanta, trenes con ruedas de goma, alfa romeos, camiones llenos de banderas y todo tipo de vehículos fueron ocupados por los invitados, al frente de los cuales se colocó Fifo dentro de un globo gigantesco, iluminado y transparente, encima del cual en letras rojas el nombre de FIFO se encendía y apagaba intermitentemente.

Pero antes de tomar este artefacto colosal, el jefe de protocolo que era el mismo Raúl Kastro que ya tenía que partir hacia el acto de repudio, se acercó a Fifo, le entregó un uniforme de gala y unas botas nuevas y le recordó que antes de la inauguración del carnaval había programada otra actividad.

­­­­——¡¿Cuál?! —gritó Fifo con un pie en el globo lumínico.

——Un paseo por La Habana Vieja en compañía de Alejo Sholejov, dijo el segundo al mando que aún alentaba la esperanza de ser muy pronto el primero.

——¡Pues para La Habana Vieja vamos! ¡Así que dile a Sholejov que vaya preparando su perorata! ¡Y que sea breve porque inmediatamente después va a quedar inaugurado el carnaval!

* Reinaldo Arenas, novelista cubano que acaba de fallecer, envió especialmente este capítulo de su novela póstuma, aún inédita, El color del verano.


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