Por culpa de Antonio José Ponte he vuelto a ver, y no en una sola ocasión, Our Man in Havana, la película de Carol Reed filmada en 1959 a partir de la trama de espías imaginada por Graham Greene que, por tantas razones, es una auténtica curiosidad. Ya la había visto hace un par de años, en una excelente copia, pero no imaginaba entonces que el autor de La fiesta vigilada iba a hacerme volver a sus escenas a fin de reencontrar en ellas detalles y elementos que Desfila La Habana (Tusquets, 2026), su segunda novela, me ha devuelto a la memoria. Si es que Desfila La Habana puede ser “clasificada” como una novela. Y si es que la memoria, con sus sutilezas y trampas, me hacía creer que podía recordar Our Man in Havana tal cual se rodó en los primeros meses de aquel año tan distante como revolucionario. En todo caso, puedo asegurar que a partir de ahora rememoraré esa película a través de las páginas de este libro que ficcionaliza una realidad tan mitificada y engañosa como podía ser la de esa otra Habana a través de la cual, con su cara y porte de perfecto inglés, cruza las calles Noël Coward, según ordenaba Graham Greene desde su libro. En buena medida, porque la ironía de Greene permea mucho de lo que Antonio José Ponte aprovecha para recrear esa ciudad al borde de su mayor visibilidad y, al mismo tiempo, el inicio de su desaparición.
Desfila La Habana también podría titularse Desaparece La Habana porque en estas páginas, como si coincidieran en una suerte de who’s is who, se entrelazan, saludan, despiden y se esfuman muchos rostros, acaso incluso demasiados. Porque algunos de ellos juegan roles esenciales en sus capítulos mientras que otros parecen hacer cameos, guiños que el lector enterado aprovechará, y que aportan, así sea con su paso rápido por esa capital que se abría ante el avance de las tropas rebeldes, una textura singular, y la confirmación de que este nuevo libro de Antonio José Ponte, tal y como ha ocurrido con sus títulos previos, opera como un código en el cual la ingenuidad no nos revelará nunca su más codiciada contraseña.
Para los que esperábamos de Antonio José Ponte otro libro (de ensayos, de cuentos, de poemas, o su prometido volumen sobre Nitza Villapol, la Julia Child cubana que pasó de su programa culinario en televisión a morir medio enloquecida entre ollas viejas y gritando a quien quisiera oírle sus consignas de fe revolucionaria), Desfila La Habana ha resultado una sorpresa. Y, sin embargo, no es difícil encontrar las pistas, los cabos que el lector debe ir atando para conectar esta novela a sus volúmenes anteriores. Es un libro que puede ser leído, con sus golpes de ingenio, su prosa limpia de remilgos y que va directamente a la acción, como quien la redacta desde una perspectiva que se alimenta del guion cinematográfico al tiempo que sabe que la literatura construye su propia casa de espejos, y que invita a conectar referentes y claves que nos llevan a otros libros. Y a filmes como Our Man in Havana, claro está, o a los que llegaron a las pantallas de cine en los sesenta con Sean Connery encarnando al agente 007, imaginado por alguien que es uno de los personajes de esta novela: el mismísimo Ian Fleming. También, por extensión, nos devuelve a películas que tuvieron su fábula alzada a partir de los laberintos de la Guerra Fría, varias de las cuales no se vieron comercialmente en Cuba o en otras naciones comunistas, como Topaz, de Hitchcock, The Manchurian Candidate, de John Frankenheimer o The Spy Who Came in From The Cold, de Martin Ritt. Por no hablar, por supuesto, de The Godfather, que en su segunda parte tiene a La Habana como un punto fundamental en su propia saga, según lo acordado por Francis Ford Coppola y Mario Puzo, aunque ya esa célebre película tuviera que reconstruir el Teatro Shanghái y otros escenarios habaneros en República Dominicana, sin el privilegio de filmar en los escenarios reales de un país que ya había roto relaciones con los Estados Unidos. Escritores, espías, actores y actrices de Hollywood, mafiosos, periodistas de la prensa amarilla, rebeldes y batistianos, dueños de bares y negocios –turbios, por supuesto–, guardaespaldas y matones conforman el elenco de Desfila La Habana.
La sospecha de que algo grande está por ocurrir en Cuba conduce a la isla a Norman Lewis “el mejor escritor de viajes de la época, si no el mejor desde Marco Polo”, con el objetivo de indagar acerca de eso que sucederá de modo inminente, y si es posible, lograr una entrevista con el mismísimo Fidel Castro, quien desde la Sierra Maestra se anuncia como el líder a la cabeza de ese fenómeno que no es aún la Revolución, pero que ya muchos sospechan va a ser un antes y un después. Una alteración profunda de ese paisaje en el que coinciden Ernest Hemingway y su afán por terminar un nuevo libro con el cual regresar al ruedo literario, la aguda reportera de The New York Times en Cuba, el mítico y bien dotado Supermán del Shanghái, Herbert L. Matthews, Errol Flynn, el millonario Julio Lobo, Meyer Lansky, los miembros de la Logia del Caribe, Amleto Battisti, la aludida pareja de lesbianas del Blue Moon, Anastás Mikoyan, el abogado Leque, director de la revista Fenomenal, el joven Armando Hart, Tennessee Williams y los atléticos bañistas del club Bikini. En esa galería, que la Fenomenal hubiera podido desplegar en sus páginas donde se apretujan las bailarinas y “pollos” de los cabarets del momento en un posible/imposible retrato de grupo, hay una imagen de esa Cuba que iba a ser arrasada. Y toda la novela, en la cual unas fotos atrevidas de Ava Gardner tomadas en la residencia de Papá Hemingway disparan la trama en una búsqueda que luego resulta otra de las trampas del autor para hacernos llegar al desenlace que casi todos conocemos, puede cerrarse en esa idea, como un ciclo que acaba allí donde había comenzado, para recordarnos que ese carnaval aparentemente eterno se congeló bajo los fríos importados de la Rusia soviética, hasta hacerse fantasmal: una Siberia tropicalizada. Desfila La Habana puede leerse como una novela de intriga, y también como una novela poblada de fantasmas.
A su modo, amén de los libros que Ponte menciona con agradecimiento en su postdata y que le sirvieron para reconstruir esa Habana como quien trata de dar vida a un set ya abandonado, esta novela dialoga con pasajes de Tres tristes tigres, La Habana para un infante difunto y Mapa dibujado por un espía, en cuyos episodios Guillermo Cabrera Infante entonaba el canto de cisne de una ciudad que poco a poco, como una Venecia sin canales, se fue hundiendo bajo el peso de su mito ruidoso y festivo. Cuando Cabrera Infante (ausente en esta novela, pero de varios modos aludido en ella) regresa a La Habana en 1964, ya advierte que el mundo en el cual G. Caín, Bustrófedon y otras de sus invenciones salían a la noche en pos de peripecias completamente impredecibles, había ido diluyéndose, fantasmándose. Si en Contrabando de sombras, su primera novela, Ponte imagina a La Habana desde su cementerio, acá están muchos de los rostros y nombres que luego pasarán a rumiar bajo esas lápidas lo que fueron y, sobre todo, lo que perdieron. Esta novela, de pulso más seguro y que se sostiene en la contención de su lenguaje, sus diálogos cortantes, cinematográficos, y sus rápidas descripciones, más interesada en los gestos y acciones de sus personajes que en detenerse en las columnas y fachadas de una ciudad que pasa a ser un museo de ruinas que ya lo son incluso a pesar suyo, se preocupa más en organizar su argumento, en conectar a esos hombres y mujeres, reales o imaginarios, como figuras de un teatro que ya presiente su descomposición. El autor presenta esa, su propia versión de una novela/película posible sobre una Habana ya inexistente, a partir de un juego de distanciamiento que no aspira a presentarnos esos personajes como seres simpáticos, pero que sí retrata el ademán casi desesperado que muchos de ellos trazan al reaccionar ante el fin que se avecina, y al mismo tiempo creer que eso no los afectará demasiado.
En ese rictus de irónica agonía, en esa despedida que va entre la abundancia de placeres, deseos, misterios y cuerpos (como el de la mujer negra desnuda que Lewis descubre, dormida, en los predios de Ted Scott, el editor de The Havana Post, a quien conoce por mediación de Ian Fleming) y la carencia y el vacío, transcurre la trama de Desfila La Habana. Quizá el personaje que prefiera, entre su amplia galería, sea Vic “el que se la sabe todas”, encargado por Leque de averiguar por esas fotos que supuestamente tomaron a una Ava Gardner completamente desnuda en la piscina de la Finca Vigía y que aspira a publicar en Fenomenal, y que tiene la costumbre de intercalar versos de boleros y temas del temprano feeling en sus conversaciones, como si de una victrola humana se tratase. Con él recorremos gran parte de la novela, y es mediante esas conversaciones aboleradas que sabemos de las pistas fugaces de esas imágenes. También es desde su perspectiva que se van revelando al lector muchos de los síntomas de ese cuerpo enfermo que es La Habana festiva. De ahí a los otros síntomas descritos por el propio Ponte en su libro más justamente celebrado, La fiesta vigilada, hay no poca distancia que sus lectores también tendrán que hilvanar, como quien entiende la literatura como un argumento no poco detectivesco. No sé, repito, si Desfila La Habana pueda ser clasificada como novela (la propia nota de solapa con la que Tusquets acompaña su edición duda), pero sí sé que ayuda a ratificar a Ponte como un autor a su manera inclasificable, que se goza en ello, y que elude a conciencia las muchas convenciones que la literatura cubana que hoy circula en los mercados y librerías padece como un casi inevitable lugar común. En su textura cortante y su atmósfera rápida, que remite al cine noir, a la reminiscencia de la fiesta y a la dignidad herida de lo que fue una gran ciudad, Desfila La Habana extiende otro mapa de los cuerpos cubanos y sus obsesiones, eróticas y políticas, que en este caso suelen ser casi siempre la misma cosa.
En ese remolino en el que se confunden los personajes reales que pasan por La Habana entre fines de 1958 e inicios de 1959, y los que imagina Ponte, añadiendo a ello los que agrega desde su propio libro Graham Greene y que Our Man in Havana presenta con los rostros de Alec Guinnes o ese Noël Coward a quien persigue un grupo de músicos que a la manera de Erinias siempre lo acosa cantando el estribillo de “Dónde vas, Domitila” (y que, a estas alturas, puede asumirse como un chiste velado acerca de la homosexualidad del actor empeñado en dar vida a un severo agente del gobierno británico), el personaje más delirante es, por supuesto, Fidel Castro. Por breve que sea su presencia en estas páginas, es él quien gravita sobre todos los párrafos, y el lector de esta novela, simpatizante o no de su figura, no podrá sustraerse a su imán. No deja de ser llamativo que Desfila La Habana coincida en tiempo y espacio con textos teatrales, series televisivas o filmes (Comandante Fritz, de Pavel Giroud, por ejemplo) y otros abordajes que comienzan a desmontarlo en tanto personaje desde perspectivas que se van alejando de la hagiografía y la manera tan meticulosa en la cual el propio Castro diseñó su imagen pública.
En el año del centenario de Fidel Castro, Desfila La Habana se concentra en su encarnación como líder joven, seductor y alucinado, mientras su utopía sufre hoy la mayor crisis de toda la historia. Lo que tendrá como efecto su arribo a esa Habana y al poder sobre la isla puede avistarse, en lo relacionado con la cultura, mediante los dolores de cabeza que tendrá que sufrir Carol Reed, durante el rodaje de su película, bajo la rígida postura de la doctora Clara Martínez del Junco, primerísima censora de su trabajo. La moralina revolucionaria será el antídoto contra el desmadre y el gozo que inundaba esa capital, y ella, fantasma a través del cual podemos reconocer a tantos otros comisarios, lamentablemente mucho más palpables y reales, se encargará de suministrarlo como cura de caballo. Cuando Fidel Castro (apodado justamente El Caballo, dato que le costó a Virgilio Piñera la censura de uno de sus poemas) hace su propio cameo y llega al rodaje de Our Man in Havana, acude a una de las estrategias que mantendrá de por vida ante tales atropellos: disculparse desde la distancia, argumentando que se encontraba fuera del país. Palabras tardías para aliviar una molestia mucho más perdurable, para neuralgias que perduran hasta el presente.
La idea de Castro como personaje, con su aparición casi al final de la trama, como hacen las grandes estrellas en el show de cabaret donde son tan esperadas, cierra el círculo que la novela va trazando, y en la cual, si algún otro acto predomina dentro de ese show, es el de la progresiva desaparición de sus demás personajes. Si la novela puede leerse como el mapa de un Laberinto que hay que atravesar para llegar hasta su Minotauro, cuando este se deja ver, todos caen rendidos ante el encanto peligroso del monstruo, eje del espectáculo, de la gran performance que pretende ser la Revolución. Sin temor a hacer spoilers, el lector más o menos enterado sabe ya que Meyer Lansky no verá crecer su imperio en La Habana, coronado por el Montecarlo que imaginaba cerca de Santa Fe. Hemingway, pese a besar la bandera cubana, abandonará su torre blanca y la piscina donde Ava Gardner expuso sus encantos ante algún ojo indiscreto. Leopoldo, el vendedor de postales y libros, tampoco estará a unos pasos del Teatro Shanghái, reducido a un no-lugar. De la película pornográfica que protagoniza Supermán y que tendrá tantas consecuencias, solo queda hoy el rumor de que acabó en manos de algún coleccionista de gustos muy singulares. Las orquídeas que Ruby, la reportera del Times que escribirá luego sobre sus días habaneros, recibe como un regalo del comandante, también se evaporarán. Del duelo anunciado entre Ted Scott y Hemingway, o de la escalofriante invitación que reciben Tennessee Williams y Kenneth Tynan para presenciar un fusilamiento en La Cabaña, solo quedan suposiciones, cenizas de pólvora no disparada. Desaparecen el rostro de Armando Jesi y su club Bikini, y en esa Habana nunca se distribuye el último número de Fenomenal. Algunas cosas, sin embargo, permanecen: el palacio de Julio Lobo y su colección napoleónica, el busto de Hemingway en El Floridita, hoteles como el Habana Riviera, el Sevilla-Biltmore o el Casa Granda de Santiago de Cuba, escenarios de la novela. Panteones que alguna vez tuvieron vida, y que a su modo repiten los laberintos del hotel Overlook en el cual Jack Torrance pierde la cabeza.
También Desfila La Habana puede leerse como una divertida novela de horror. Aunque el horror sea, esencialmente, lo que va a suceder en ese paisaje una vez que culmine lo que narran sus páginas. Vic también se desintegra en esa Habana donde pierde su auto, y donde ahora mismo ya no sé si, en la calle Aguiar, permanezca el cartel del restaurante Lafayette. Aunque de existir, no debo equivocarme si lo imagino apagado como la mayor parte de La Habana y el país, ahora mismo. Escrita a conciencia contra cualquier exceso de nostalgia (al fin y al cabo, su autor no conoció esa Habana), este libro que se resiste irónicamente a ser entendido solo como una novela, y sobre todo, contra la idea de ser lo que aparenta en su superficie: una novela donde se entrecruzan escritores, mafiosos, negociantes, y espías, es un juego de ases donde triunfa no el deseo, sino lo político. Ese desapego a la nostalgia y a la romantización meramente carnavalesca de su ambiente y sus personajes es el principal reto que hace el libro a sus lectores, quienes deben estar atentos a ello tanto como a no perderse en el numeroso elenco de la trama. Su inicio nos ubica en una fiesta, y en su desenlace estamos en otra, donde Norman Lewis vuelve a conversar con Ian Fleming, como si el tiempo no hubiera transcurrido entre una y otra fiesta, no el tiempo, sino el fin de La Habana. Como destino de sus personajes, como idea de la vorágine que ya era Cuba y el torbellino que iba a remodelarla tan bruscamente, y como eco de fuerzas y odios que nos llevan al ascenso y el asesinato de J. F. Kennedy, a la ubicación trágicamente privilegiada de la Isla de la cual aún salía el ferry hacia Miami, y las ambiciones de su nuevo líder, que a su modo, como los militares que integran la Logia del Caribe y ruegan por unos cabellos supuestamente salvadores, ya sean de una gloriosa cabeza que de un pubis imperial, quieren replantearse el mapa del mundo para poner a Cuba en el centro de todas las latitudes y coordenadas. De esa ambición vienen estas heridas. Receloso de cualquier moraleja, Antonio José Ponte distribuye en su retablo abigarrado a estos personajes que corren en busca de algo que se les escapa, ansiosos por saber qué sucederá cuando ya es demasiado tarde y probablemente ha sucedido absolutamente todo. Todo lo que entendían como una vida que será sustituida y arrasada por otra.
Si he vuelto a ver una y otra vez Our Man in Havana, y he repasado parte de la bibliografía citada por Antonio José Ponte (biografías de Hemingway, Cirules, Plimpton, Moxley, etcétera), es porque me gustó leer esta novela suya a partir de esa frialdad punzante y cargada de ironía que se desprende de sus escenas. Imaginarla como una película que remeda a la otra, donde actores debidamente caracterizados repetirían los pasos de Guinnes, Maureen O’Hara y Coward, y apareciera alguien transformado en ese Errol Flynn ajado y un joven Fidel Castro, con La Habana rendida ante su paso y sus golpes de efecto. Ante la barra del Sloppy’s Joe, o los campos del Tennis Club donde aún no se alzan las cúpulas imaginadas por Ricardo Porro, en los puestos de fritas desde donde se escucha el persistente estribillo (“¿Dónde vas, Domitila, dónde vas?”), la filmación sigue transcurriendo, gracias a esta novela que es en realidad una parodia de los géneros a cuyos recursos apela y vampiriza. A pesar de que cada vez resulte más difícil mantener el decorado en pie, y vaya escaseando el presupuesto necesario para preservar esa ilusión ante las cámaras que intentan preservar esa mezcla entre glamur y pachanga, rebeldes y una variopinta jet set. Desfila La Habana retrata esa ciudad a paso de marcha. Pero esa marcha ocurre en reversa. No hacia el pasado, donde aparente se desenvuelve su trama de tantos ramales, sino hacia las señales que denuncian el final de esa aparente progresión, y que tantos de sus personajes/personas, embebidos en los licores de esos bares y en la grandeza de utopía prometida, se resisten a ver.
Añado esta novela que recomiendo a las sorpresas que ya me ha deparado, como lector, Antonio José Ponte, autor de poemas, relatos (Corazón de Skitalietz), ensayos y conversaciones siempre tan inquietantes, uno de los nombres más provechosos de las letras cubanas, escríbase donde se escriba y creador de textos alejados de lo predecible. Las voces de ese trío me acompañaban mientras recorría la capital que él reconstruye en este mandala que puede ser Desfila La Habana, y la gran lección es esa: nos ayuda a imaginarla sin los gestos repetidos y vacíos de la nostalgia, sin depender de la atmósfera ya resabida en la que han quedado extraviados tantos otros. Cuando regrese a ella, si me topo en alguna librería de segunda mano (de quedar en ella librerías, y de segunda mano) abriré cuanto ejemplar de la Ética Nicomaquea pueda hojear, en busca de las falsas fotos de una actriz desnuda, pues nunca se sabrá si eran o no las auténticas, que se pierden entre las muchas calles de este libro, como una Habana multiplicada en un libro de arena. Por lo pronto, ya no sé si pueda separar, insisto, aquella película de este libro, mientras aguardo por los que su autor ha prometido acerca de Nitza Villapol o el que ya anuncia con el título de “La revolución sin mí”. Como esta novela suya, también él sabe guardar su misterio, y lo disfruta indudablemente. No espero que Antonio José Ponte, dueño hábil de esos recorridos y de varios trucos y secretos ingeniosamente desplegados a lo largo de Desfila La Habana, me diga qué fue en realidad de aquellas fotos de Ava Gardner. Lo que sí espero que me revele, cuando podamos repetir alguno de nuestros encuentros, es el nombre de esa mujer negra que dormía desnuda en la suite de Ted Scott.

